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La
mirada, los museos y la memoria
Jesús Márquez Carrillo
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La
importancia está en la mirada,
no en la cosa mirada.
André
Gide
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Para el escritor francés Roland Barthes, el historiador
da la impresión de contar hechos o acontecimientos, pero
en realidad enuncia sentidos, maneras de ver las cosas que
por demás remiten a una concepción de lo notable y producen
un "efecto de lo real", una idea de lo verdadero.1
Mientras que al leer un cuento o una novela sabemos de
antemano que la narración es ficticia, al estudiar un libro
de historia creemos enfrentarnos a la realidad de los sucesos,
a la existencia de los acontecimientos.2
Por eso discutimos o ponemos en duda lo escrito,
por eso con relativa facilidad decimos: en este libro las
fechas están equivocadas, le faltan más datos, o -simplemente-
no es cierto lo que dice. El cuento, la novela o el relato
histórico son entidades construidas, representaciones elaboradas
de la realidad. El discurso histórico coloca en el pasado
las miradas del presente y construye una realidad a partir
de indicios, murmullos, voces que han muerto.3
Lo que llamamos explicación, es sólo la manera que tiene
el relato de organizarse, de hacerse comprensible para nosotros,
es la intriga o la trama.4
El historiador selecciona, recuerda, rescata e inventa
trozos del pasado, los organiza de cierta manera y ofrece
una mirada de los mismos, en la que está presente tanto
su relación con el poder como sus múltiples determinaciones
sociales, afectivas, morales, culturales e intelectuales.5
La historia, escribió el poeta francés Paul Valéry, es
el producto más peligroso que la química del intelecto haya
elaborado [...] Hace soñar, embriaga a la gente, engendra
falsos recuerdos, exagera los reflejos, mantiene abiertas
viejas heridas, atormenta en el reposo, conduce al delirio
de grandeza o al de persecución, y vuelve a las naciones
amargas, soberbias, insoportables y vanas.6
Por lo mismo -en tanto que la reconstrucción del pasado
se hace a partir del tiempo presente- cualquier régimen
sociopolítico es del mismo modo un sistema de imágenes,
ideas, fines y creencias, "una estructura de sentido" que
posibilita la acción común o la rivalidad de los actores
sociales.7 En México, durante
muchos años, la lucha armada de 1910 y su posterior institucionalización
fue un elemento importantísimo de identidad entre los mexicanos.
La legitimidad de un grupo gobernante -sobra decirlo- persiste
en la medida que puede controlar y administrar los múltiples
efectos de sentido de una sociedad determinada; es decir,
en tanto produce, difunde y hace creíble en la mayor parte
de la sociedad una determinada manera de ver la historia.
Cada institución conoce la importancia de controlar su
imagen, y siguiendo la misma lógica aunque a un nivel más
complejo, cada sociedad organiza una o varias imágenes de
sí misma y de su pasado [...] La escritura misma de la historia
está ligada a instituciones académicas que en parte codifican
las maneras de escribir sobre el pasado.8
Luego entonces, si un acontecimiento histórico no existe
aislado, sino más bien es parte de un proceso que se construye
en una extensa red de significaciones que son trama o intriga,
el trabajo del historiador no es el de rehacer la historia,
sino el de hacer la historia, el de producir nuevas miradas
seleccionando y dando cuerpo (sentido) a los hechos. Es
con esta forma de ver la historia que la sociedad toda -los
y las estudiantes en particular- se debe familiarizar; comprender
que la memoria individual y la memoria compartida son tan
selectivas, como el olvido y el aprendizaje; que, a fin
de cuentas, uno recuerda lo que quiere, puede, necesita
y le interesa recordar: la llave de un cuarto de hotel,
el número de acceso a una cuenta bancaria, el cumpleaños
de un ser querido, la fecha de un examen cualquiera, etcétera.9
Pero en tanto la memoria individual se edifica sobre la
conciencia temporal y la revisión biográfica del pasado
(un mismo acontecimiento lo podemos interpretar de distintas
formas y darle diferente importancia a lo largo de nuestra
vida), la memoria cultural o colectiva se construye mediante
ciertos soportes institucionales y a través de determinadas
prácticas sociales; es decir, se elabora en el seno de instituciones
creadas para almacenar, resguardar, conservar, difundir
y establecer la memoria social legítima. De ahí que el archivo
y la biblioteca, junto con el museo y la escuela, sean las
instituciones específicamente creadas y configuradas para
conservar, recrear y transmitir tanto la memoria y el saber
acopiados como los silencios y los olvidos acumulados.10
Además, los monumentos conmemorativos y las celebraciones
cívicas institucionalizan y difunden su interpretación de
los hechos, pero también excluyen y suprimen otras versiones
de la historia.11 Para el
historiador Marc Ferro, la imagen que tenemos de otros pueblos,
y hasta de nosotros mismos, está asociada a la historia
tal y como se nos contó cuando éramos niños. Ella deja su
huella en nosotros para toda la vida, y sobre esta imagen
se incorporan de inmediato opiniones, ideas fugitivas o
duraderas, como un amor..., al tiempo que permanecen, indelebles,
las huellas de nuestras primeras curiosidades y nuestras
primeras emociones.12
Del conjunto de instituciones creadas para almacenar, resguardar,
conservar, difundir y establecer la memoria social legítima,
quisiera referirme a los museos públicos. La historia de
los museos públicos, en términos generales, es la de los
distintos significados que desde el poder ha tenido la memoria
cultural para los y las integrantes de una comunidad. Desde
hace dos siglos, a cada nueva perspectiva de cambio social
ha correspondido una 'museización' distinta del pasado:
un acto de 'imaginar' museográficamente la historia, el
arte o la vida misma, con las implicaciones políticas, sociales
y culturales que de ello se derivan.13
En el caso de México, el museo público fue producto del
mestizaje entre las ideas sociales y políticas de la Revolución,
la influencia museológica del neoyorquino Osborne y las
teorías antropológicas de Franz Boas. Sus creadores, Alfonso
Pruneda y Jesús Galindo y Villa, lo concibieron como un
espacio para la investigación científica y la educación
pública, no como un almacén de cosas viejas -que así lo
consideraba la museografía porfiriana.14 Y esta concepción
se enlazó, años más tarde, con una idea dinámica del museo,
pues se le definió como una institución al servicio de la
sociedad que adquiere, conserva, y permite la valorización
de los testigos materiales de la evolución de la naturaleza
y del hombre.15
Sobre esta base, la Dirección General de Museos del Instituto
Nacional de Antropología e Historia puso en marcha en 1972
un programa de museos locales y escolares, con el propósito
no sólo de "enseñar, proteger y divulgar la importancia
del patrimonio cultural en las comunidades", sino también
con la mira de servir de complemento a los programas de
enseñanza formal estimulando de esta manera la organización
de los grupos sociales locales que promuevan los procesos
de cambio hacia mejores formas de organización económica
y social.
Se trataba de mostrar objetivamente el desarrollo económico,
cultural, político y social del hombre en un área geográfica
determinada, de manera que los visitantes del museo puedan
darse cuenta de los problemas que interesan, afectan y determinan
la vida de la región.16
Para 1978, sin embargo, apenas se habían abierto once museos
en el país, y además en ellos se había prestado muy poca
atención a la relación del museo con la comunidad.17
Yolanda Díaz Galicia escribió:
En la política de la planeación de los museos locales,
es evidente su instalación arbitraria ya que no se toman
en cuenta las decisiones y opiniones de los miembros de
la comunidad, misma que al ser creados no participa activamente.18
De este modo, la política encaminada a la apertura de museos
locales y escolares no tuvo los resultados esperados. Creo,
sin embargo, que es de vital importancia ponerla de nuevo
en marcha, aprovechando los avances recientes de la historiografía.
En las últimas décadas del siglo xx, los temas, problemas
y enfoques del quehacer historiográfico mundial experimentaron
importantes cambios. Hoy la historia -entendida como el
estudio de las diferentes formas a través de las cuales
las comunidades y los individuos, partiendo de sus diferencias
sociales y culturales, perciben, dotan de sentido y comprenden
su sociedad y su propia historia- ha conquistado nuevos
espacios y tiende a ser cada vez más un campo importantísimo
del conocimiento social y humano.19
Todo aquello que antes se daba por sentado, ahora es visto
como algo que varía de una sociedad a otra, de un siglo
a otro y que es, por lo mismo, social e históricamente construido.20
A los relatos de batallas gloriosas y biografías de hombres
ilustres (necesarios en el siglo xix para la consolidación
de los estados nacionales) se han sucedido en los últimos
treinta años las historias de los acontecimientos menudos
y de los hombres y mujeres de carne y hueso que viven y
sueñan en sociedad. La historia que hoy nos ocupa y nos
preocupa no pretende ser objetiva, tiene que ver con nuestro
entorno, con nuestras preguntas, necesidades y angustias,
es más íntima y vivencial; su ejercicio puede hacernos más
humanos, fraternos y solidarios, tanto más si aspiramos
a la libertad, el respeto y la tolerancia entre nosotros,
si con todos nuestros recursos intelectuales, morales y
afectivos imaginamos -aquí y ahora- un mundo distinto. De
ahí el afán y la necesidad por 'historizar' la construcción
de sentidos, confrontar discursos y prácticas, interpretar
y comprender la tensión entre las capacidades inventivas
de los individuos o las comunidades y las coacciones, las
normas y las convenciones que limitan -más o menos fuertemente
según su posición en las relaciones de dominación- aquello
que les es posible pensar, enunciar y hacer.21
En esta perspectiva, la propuesta de establecer museos
locales y escolares se inscribe en una doble vertiente.
Por un lado pretende incorporar y difundir a nivel local
los avances de la historiografía social y cultural; por
otro, busca motivar la participación activa del conjunto
social en la hechura de su historia. No es su propósito
mostrar objetivamente y desde afuera la historia de las
comunidades; intenta crear un espacio para la participación
y el diálogo; un lugar para el conocimiento y la reflexión
del pasado. Un eje, a final de cuentas, desde donde se pueda
articular una nueva memoria social y culturalmente legítima.
Porque no sólo se trata de pulir nuestra capacidad de observación
con los objetos a la mano, sino -y fundamentalmente- de
interpretar y comprender, a partir de nuestras propias inquietudes
y en una perspectiva histórica, la vida material, los intereses
y los sueños, las esperanzas y luchas cotidianas de quienes
nos precedieron en el tiempo y cuya huella hoy respiramos.22
A los niños y niñas les llama mucho la atención saber cómo
vestían sus padres, madres, abuelas y abuelos, qué calzado
utilizaban, cómo se peinaban, cómo se transportaban, a qué
diversiones asistían, o bien qué era lo que comían.23
Estas cuestiones, sin duda, deben estar presentes en los
museos locales y escolares, pero también la historia de
los usos y funciones de los objetos, un bacín por ejemplo.24
El hecho que esté en el lugar donde se abordan distintos
aspectos económicos de la Nueva España impide comprender
su contexto específico, aun cuando se lo vincule a las actividades
productivas de una época. Obviamente, todos los bacines
del periodo colonial desempeñaron la misma función, pero
no siempre estuvieron hechos de lo mismos materiales ni
tampoco se invirtió en ellos la misma calidad y cantidad
de mano de obra, los hubo diferentes y para diversos públicos.
Reconstruir los usos sociales de los bienes exhibidos es
una tarea imprescindible y necesaria para interpretar y
comprender la sociedad y sus cambios. Igual sucede con los
aperos de labranza, los utensilios de cocina o la historia
de la escuela. Preguntarnos por su pasado nos lleva a investigar
la vida toda de la comunidad y sus protagonistas ¿Qué objetos
existían para tal o cual actividad? ¿Cómo se usaban? ¿Dónde
y cómo se compraban? ¿Quién los vendía y compraba? ¿De qué
materiales eran? ¿Qué significado tenían?, etc., etc. Debemos
recordar que las pinturas y las esculturas de la época colonial
no son obras de arte en sí mismas; antes que eso, nos permiten
comprender los cambios en las devociones y el ornato de
los templos y las casas novohispanas. La reconstrucción
de la vida cotidiana y su sentido, gracias a los avances
de historia social y cultural, nos ofrece la mejor oportunidad
para modificar nuestra idea del mundo y su organización.
Un museo local o escolar puede contribuir, ciertamente,
a este propósito, pero también ser parte fundamental en
la hechura de una nueva memoria social y culturalmente legítima.
La patria chica, apunta Luis González, es el pueblo entendido
como conjunto de familias ligadas al suelo, es la ciudad
menuda en la que todavía los vecinos se reconocen entre
sí, es el barrio de la urbe con gente agrupada alrededor
de una parroquia o espiritualmente unida de alguna manera,
es la colonia de inmigrados a la gran ciudad... es el gremio,
el monasterio y la hacienda, es el pequeño mundo de las
relaciones personales y sin intermediario.25
En este pequeño mundo pueden sembrarse las semillas de
una cultura cívica para la vida democrática, en este pequeño
mundo puede alentarse la participación individual y colectiva
de hombres y mujeres comprometidos con las múltiples determinaciones
sociales de su tiempo, en este pequeño mundo pueden nacer
y prosperar, afortunadamente, los museos locales y escolares:
las formas nuevas de mirar la historia, de querer la vida,
los espejos que fuimos, somos y hemos sido.
Si el historiador en vez de contar hechos enuncia maneras
de ver las cosas y produce una idea de lo verdadero, que
al mismo tiempo
-independientemente de sus múltiples determinaciones sociales,
culturales y afectivas- mantiene estrechos vínculos con
el poder y se apoya en un conjunto de instituciones creadas
para almacenar, resguardar, conservar, difundir y establecer
la memoria social legítima, la propuesta de impulsar la
creación de museos locales y escolares -aprovechando los
recientes avances de la historiografía social y cultural-
pretende servir de base para tejer una nueva memoria colectiva,
una memoria legítima e incluyente, una cultura cívica para
la democracia.
Sin embargo, para que tenga sentido esta propuesta es muy
importante el interés de la comunidad por escribir su historia,
las visiones que la habitan y los sueños que la reconfortan,
porque a fin de cuentas, la historia:
no se aprende de manera pasiva, no puede ser otorgada ni
dotada por otro, es un proceso de desarrollo y transformación
de la conciencia individual que después se asimilará a la
conciencia colectiva.26
Es, en suma, una perenne mudanza del yo frente al espejo,
un cotidiano e interminable fluir -aguas tranquilas, mansas,
turbulentas- hacia un nosotros sin fronteras: la identidad,
nuestra identidad, evanescente y siempre a prueba.
Notas:
1 Roland
Barthes, 1967, pp. 65-75.
2 Ricoeur, 1987, pp. I:
27-28; Berger, 1979, p. 285-290. La novela "es indispensable
al hombre, como el pan... porque en ella se encontrará
la clave de lo que el historiador... ignora o disimula",
opina Carlos Fuentes. Vid. Kundera, 1985, p. XVI.
3 Certeau, 1985, pp. 126-129.
4 Veyne, 1984, pp. 67-72.
5 Lewis, 1984,
pp. 21-23.
6 Aron, 1983, p. 101.
7 Ansart, 1983, pp. 11-16.
8 Orellana, 1983, p. 9.
La crítica y el estudio de dichas maneras es el campo
de la historiografía.
9 Le Goff, Santoni Rugiu, 1996,
p. 21, 55; Viñao Frago, 1996, p. 34; Bertrand, 1977,
pp. 60-63.
10 Viñao Frago, 1996, p. 34-36.
11 Benjamin, 1996, p. 115.
12 Ferro, 1990, p. 9.
13 Básicamente estas ideas
las expone Morales Moreno. Vid: 1993, pp. 157-158.
14 Sobre los orígenes
del museo "moderno" mexicano, sus características teóricas
y doctrinarias, vid: Morales Moreno. 1993, pp. 160-161.
15 Ramos Galicia, 1978,
p. 1.
16 Ramos Galicia, 1978,
pp. 2-3.
17 He aquí la lista de
los museos locales: San Miguel Amantla Azcapotzalco,
en el Distrito Federal; Valle de Santiago y Acámbaro,
en Guanajuato; Ocotlán, Puerto Vallarta y Ciudad Guzmán,
en Jalisco; Compostela, en Nayarit; Córdoba y Santiago
Tuxtla, en Veracruz; Taxco, en Guerrero, y Yautepec,
en Morelos.
18 Ramos Galicia, 1978,
p. 5.
19 Chartier, 1994, pp.
10- 11; Darnton, 1987, p. 11; Duby, 1982, pp. 13-17.
20 Burke, 1991, p. 26.
21 Chartier, 1994, p.
11.
22 Sobre por qué es necesario
el conocimiento histórico y su enseñanza, vid: Viard
Rodríguez, 1990, 226-228.
23 Galván de Terrazas,
1996, p. 26.
24 Martí Cotarelo, 1994,
p. 121-122. Un bacín, según el diccionario, es un vaso
para los excrementos.
25 González y González,
1973, p. 27
26 Lamoneda, 1990, p.
8. |
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