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Correo del Maestro Núm. 54,noviembre 2000

Comó estalló la Revolución Mexicana

Adolfo Hernández Muñoz

Corre el año 1910. El líder del movimiento antireeleccionista Francisco I. Madero, refugiado en Estados Unidos, lanza a la publicidad el volcánico Plan de San Luis que, con fecha 5 de octubre de 1910, sacude a la nación. En el séptimo punto del citado plan se dice a la letra:

El día 20 de noviembre, desde las 6 p.m. en adelante, todos los ciudadanos de la República tomarán las armas para arrojar del poder a las autoridades que actualmente gobiernan. Los pueblos que estén retirados de las vías de comunicación lo harán desde la víspera.

Era el principio del fin de una comedia que se había vuelto drama. En efecto, después de gobernar durante treinta años, con mano pretoriana pero 'aterciopelada', es decir 'paternal', Porfirio Díaz -quien fue un heroico general juarista durante la intervención francesa que colocó en un trono efímero al emperador Maximiliano- se trocó, con el tiempo, en dictador implacable desde 1876 hasta 1908. En ese año, concedió una sensacional entrevista a un periodista norteamericano, James Creelman del Pearson´s Magazine, que tuvo como escenario el Castillo de Chapultepec, a la sazón sede presidencial.

James Creelman
En esta reunión el 'caudillo' declaró que: "el pueblo mexicano estaba preparado para la democracia". La noticia conmocionó a los medios políticos de la capital y el diario El Imparcial reprodujo la insólita entrevista en varios números. El dictador 'daba permiso' a México para gobernarse como lo estimara. Pero la 'magnanimidad' iba a durar poco.

De inmediato, el país se vio cubierto por los esfuerzos de los antireeleccionistas que hasta enton-ces habían trabajado casi en la sombra. La figura del movimiento fue, indiscutiblemente, la del norteño Francisco I. Madero el cual -en el mismo 1908- publicó un libro histórico, La Sucesión Presidencial, en el que exponía la idea de la democratización del Estado mexicano y llamaba a la conciencia ciudadana a tal fin.

Rápidamente pusieron manos a la obra. En la Convención Nacional Antireeleccionista, llevada a cabo en el Tívoli del Eliseo de la capital, el 15 de octubre de 1910, se designaron candidatos a la presidencia y vicepresidencia (que en aquel entonces existía) a los señores Francisco I. Madero y José María Pino Suárez. Inmediatamente, empezaron por parte de las autoridades porfirianas arbitrariedades sin cuento, con su potencia legendaria, en todo el país, al tiempo que 'preparaban' nuevas elecciones. El resultado, el 25 de junio de 1910, no sorprendió a nadie (quizás Creelman sonreiría): el Gral. Díaz 'había vuelto a ganar', al tiempo que Madero era detenido y recluido en la penitenciaría de San Luis donde meditó el golpe definitivo contra el viejo guerrero oaxaco. De allí nació el Plan de San Luis que se extendió por toda la nación y ésta crepitó en la hornaza de la guerra civil. En todas partes había preparativos de insurrección: una conspiración es descubierta en la ciudad de México en noviembre de 1910 -el 13-, en tanto que los hermanos Serdán, junto con varios amigos, luchan y mueren en la heroica sublevación de Puebla el 18 del mismo noviembre y al día siguiente fracasa la expedición para tomar Piedras Negras, Coahuila, en la frontera con los Estados Unidos.

Revista Pearson´Magazine, entrevista por James Creelman.
Madero toma el mando de las fuerzas revolucionarias. Poco faltaba para que el mítico dictador Don Porfirio partiera en el vapor Ipiranga hacia el exilio en París, donde tras breves años, moriría.

Digna de recordación es la gesta de Aquiles Serdán en Puebla; prácticamente él fue el inductor de la gesta antiporfirista. Y en él, también, está el símbolo más puro de la revuelta. Su hermana, Carmen Serdán, ha narrado el dramatismo de aquel campanazo que sacudió de rebeldía a México. He aquí algunos fragmentos:

Los planes tuvieron que adelantarse y fracasaron. En el día 17 de noviembre de 1910 supimos que Miguel Cabrera (inspector de policía de Puebla) se preparaba a catear la casa nuestra, pues ya sabía que estaba en ella Aquiles, de regreso de los Estados Unidos, y sabía también que teníamos armas [el Sr. Serdán era miembro destacado de la Convención Nacional Antireeleccionista].

Casa de Aquiles Serdán  en Santa Clara, Puebla.
Por tal motivo, los planes forjados para dos días después fracasaron, al adelantarse el movimiento el día 18. Desde la noche del 17, Aquiles distribuyó a sus amigos en la alturas de la casa y estuvimos en vela esperando a Cabrera y a los suyos, sin que se presentaran.

Esa misma noche, Aquiles envió un recado a los ferrocarrileros y a los fabricantes, en el que les decía que se sostendría dos horas en la casa y que desarrollaran los planes acordados, pero parece que no recibieron el aviso y a ello se debió que no se hubiesen puesto sobre las armas.

Empieza el asedio de la casa de los Serdán y el jefe de la policía Cabrera, muerto de un certero balazo de carabina por Aquiles, es la señal de la iniciación de hostilidades. Sigue el relato de Carmen:

Aquiles y Máximo entendieron que iba a comenzar la parte más sangrienta del drama que vivíamos y tomaron los dispositivos finales, parapetando a sus 16 amigos en las alturas de la finca, tras de los tinacos o bien cubriéndolos con las cornisas de las azoteas de la casa. Y a las 8 a.m. de aquella mañana la ciudad se conmovió con los primeros disparos.

Aquiles Serdán
Carmen Serdán
Máximo Serdán

Poco a poco las fuerzas porfiristas aumentan en forma abrumadora, pero sigue la batalla y la narración de Carmen Serdán:

El combate se generalizó a las 8:30 a.m., hora en que se me ocurrió salir al balcón para hablar al pueblo, al que grité cuando pude, enseñándoles mi carabina. Si no recuerdo mal, dije así: ¡Vengan, por ustedes lo hacemos! La libertad vale más que la vida. ¡Viva la no-reelección!

Pero no pudieron pasar para ayudarnos y el fracaso hubo de poner su corona de espinas en las frentes de quienes murieron peleando por su ideal.

Sigue la narración, ahora el 'suspenso' de la tragedia; aumentan los rurales; el primer cuadro de caballería entra en acción, pero los hermanos Serdán y sus amigos siguen la lucha.

Azotea de la casa de la familia Serdán.
A las 9 a.m. el combate es ensordecedor; a las 10 a.m. la lucha es encarnizada, feroz y a muerte. Las descargas de fusilería cerradas...

Carmen Serdán proveyó de parque a los revolucionarios en la azotea. A las 11:30 a.m.yo volví a subir adonde estaban nuestros amigos. Encontré a Máximo que se había trepado por una cañería y sólo un señor de apellido Méndez, que estaba herido, lo acompañaba. Los demás estaban muertos y creo que alguno había logrado escapar. Le grité a Máximo para que bajara, pero él no quiso. Y mientras disparaba su carabina me dijo, riéndose:

-No, Carmela, todavía nos podemos sostener aquí otro poco.

-No, no; bájate -le grité-¿no ves que te has quedado solo.?

-Qué importa -respondió- lo que debes hacer es darme parque (munición), que me hace falta.

Y siguió combatiendo con la sonrisa en los labios.

El relato prosigue, aceleradamente, hacia el fin. No podemos sustituir el relato, casi telegráfico, de Carmen Serdán; es demasiado gráfico. La tragedia adquiere tintes clásicos. Ya  es gesta.

Carmen Serdán aprovisionó de municiones  a sus hermanos, hasta el momento culminante de la batalla, el más humano.

.Cuando volví a subir, ya los federales estaban en la azotea y me dio la corazonada de que Máximo había muerto. Bajé y le dije a Aquiles: "Ya Máximo acabó. los federales están en la azotea". No olvidaré nunca la mueca que hizo al oír esto. Dejó de disparar y puso su carabina en un rincón. A todo esto, un grupo de rurales se acercó -nadie disparaba ya- hasta colocarse frente al zaguán de la casa. Los veíamos bien, podíamos haber matado a la mayor parte de ellos. Yo estaba fuera de mí por la muerte de Máximo y le dije a Aquiles, señalándole a los rurales:

-Mira, acabaremos con todos esos.

Aquiles se me quedó mirando con desconsuelo y me preguntó:

-¿Ves a algún jefe con ellos?

-No, están solos- le dije.

-Pues bien -musitó-, esos hombres tienen madres, esposas, hijos o hermanas. Si yo supiera que con su muerte triunfábamos, los mataría a todos, pero estamos perdidos de todas maneras. Me voy a esconder y saldré cuando se organicen, a la noche, los nuestros.

Se quitó el abrigo que llevaba puesto, empuñó su pistola, se echó algunos cartuchos en las bolsas del saco y ya se iba, cuando lo detuve para decirle:

-Hermano, es mejor morir en el combate.

-De todas maneras hay que morir -me respondió-, pero mi obligación es conservar hasta lo último al jefe de los míos, y por eso me voy.

Poco después, descubierto en frío sótano, Aquiles Serdán moría por disparo de un oficial de gendarmes que lo localizó cuando empezó a toser aquejado de una pulmonía fulminante. Era el 18 de noviembre de 1910.

Dos días más tarde, el combate se generalizaba y el grito revolucionario resonó por las estepas y montañas de México. La tiranía de Porfirio Díaz tocaba su fin.

No obstante, seríamos injustos si no mencionáramos lo que significó para la Revolución Mexicana el aporte de varios ilustres y valientes nacionales que lucharon contra la dictadura porfirista. Entre muchos de ellos cabe destacar figuras como: Juan Sarabia, Antonio I. Villareal, Ricardo Flores Magón, Práxedis G. Guerrero y Librado Rivera. Todos con espléndidos historiales, en especial los Flores Magón (hermanos) y su incisiva crítica en los periódicos de la época: El Hijo del Ahuizote y Regeneración, valientes tribunas que hicieron 'merecer' a sus redactores persecuciones y cárceles. Por esas fechas causó sensación el libro de John Kenneth Turner Barbarous Mexico, terrible crónica en la que se advierte que su propósito es:...informar al pueblo norteamericano acerca de los hechos que ocurren en México, con el fin de que pueda prepararse para impedir la intervención contra una revolución cuya justificación es indiscutible.

Recamara de Aquiles Serdán, después del enfrentamiento.
Por aquella  época surge el genio del grabador José Guadalupe Posada, profundamente mexicano: sus temas, sus personajes, el llanto y el fulgor de sus escenas y hasta los huesos de sus vivientes 'calaveras'. De él se expresó Carlos Pellicer, poeta eminente:

En Posada  vibra ya -en el espíritu, en la intención, en el estilo- el renacimiento plástico mexicano. Aunque sólo hizo grabados y nunca pintó un muro, tiene que ser considerado, por el sentido y la fuerza de su obra, como precursor y profeta del muralismo mexicano

Todos ellos: los Serdán, los Magón y los cientos de luchadores que prepararon el final de la dictadura porfirista merecen, por entero, el bien de la nación. Falta mucho por recorrer, pero los cimientos son sólidos.

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