Corre el año 1910. El líder del movimiento
antireeleccionista Francisco I. Madero, refugiado en Estados
Unidos, lanza a la publicidad el volcánico Plan de San
Luis que, con fecha 5 de octubre de 1910, sacude a la
nación. En el séptimo punto del citado plan se dice a la
letra:
El día 20 de noviembre, desde las 6 p.m. en adelante, todos
los ciudadanos de la República tomarán las armas para arrojar
del poder a las autoridades que actualmente gobiernan. Los
pueblos que estén retirados de las vías de comunicación
lo harán desde la víspera.
Era el principio del fin de una comedia que se había vuelto
drama. En efecto, después de gobernar durante treinta años,
con mano pretoriana pero 'aterciopelada', es decir 'paternal',
Porfirio Díaz -quien fue un heroico general juarista durante
la intervención francesa que colocó en un trono efímero
al emperador Maximiliano- se trocó, con el tiempo, en dictador
implacable desde 1876 hasta 1908. En ese año, concedió una
sensacional entrevista a un periodista norteamericano, James
Creelman del Pearson´s Magazine, que tuvo como escenario
el Castillo de Chapultepec, a la sazón sede presidencial.
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En esta reunión el 'caudillo' declaró
que: "el pueblo mexicano estaba preparado para la democracia".
La noticia conmocionó a los medios políticos de la capital
y el diario El Imparcial reprodujo la insólita
entrevista en varios números. El dictador 'daba permiso'
a México para gobernarse como lo estimara. Pero la 'magnanimidad'
iba a durar poco. |
De inmediato, el país se vio cubierto por los esfuerzos
de los antireeleccionistas que hasta enton-ces habían trabajado
casi en la sombra. La figura del movimiento fue, indiscutiblemente,
la del norteño Francisco I. Madero el cual -en el mismo
1908- publicó un libro histórico, La Sucesión Presidencial,
en el que exponía la idea de la democratización del Estado
mexicano y llamaba a la conciencia ciudadana a tal fin.
Rápidamente pusieron manos a la obra. En la Convención
Nacional Antireeleccionista, llevada a cabo en el Tívoli
del Eliseo de la capital, el 15 de octubre de 1910, se designaron
candidatos a la presidencia y vicepresidencia (que en aquel
entonces existía) a los señores Francisco I. Madero y José
María Pino Suárez. Inmediatamente, empezaron por parte de
las autoridades porfirianas arbitrariedades sin cuento,
con su potencia legendaria, en todo el país, al tiempo que
'preparaban' nuevas elecciones. El resultado, el 25 de junio
de 1910, no sorprendió a nadie (quizás Creelman sonreiría):
el Gral. Díaz 'había vuelto a ganar', al tiempo que Madero
era detenido y recluido en la penitenciaría de San Luis
donde meditó el golpe definitivo contra el viejo guerrero
oaxaco. De allí nació el Plan de San Luis que se
extendió por toda la nación y ésta crepitó en la hornaza
de la guerra civil. En todas partes había preparativos de
insurrección: una conspiración es descubierta en la ciudad
de México en noviembre de 1910 -el 13-, en tanto que los
hermanos Serdán, junto con varios amigos, luchan y mueren
en la heroica sublevación de Puebla el 18 del mismo noviembre
y al día siguiente fracasa la expedición para tomar Piedras
Negras, Coahuila, en la frontera con los Estados Unidos.
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Madero toma el mando de las fuerzas
revolucionarias. Poco faltaba para que el mítico dictador
Don Porfirio partiera en el vapor Ipiranga hacia
el exilio en París, donde tras breves años, moriría. |
Digna de recordación es la gesta de Aquiles Serdán en Puebla;
prácticamente él fue el inductor de la gesta antiporfirista.
Y en él, también, está el símbolo más puro de la revuelta.
Su hermana, Carmen Serdán, ha narrado el dramatismo de aquel
campanazo que sacudió de rebeldía a México. He aquí algunos
fragmentos:
Los planes tuvieron que adelantarse y fracasaron. En el
día 17 de noviembre de 1910 supimos que Miguel Cabrera (inspector
de policía de Puebla) se preparaba a catear la casa nuestra,
pues ya sabía que estaba en ella Aquiles, de regreso de
los Estados Unidos, y sabía también que teníamos armas [el
Sr. Serdán era miembro destacado de la Convención Nacional
Antireeleccionista].
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Por tal motivo, los planes
forjados para dos días después fracasaron, al adelantarse
el movimiento el día 18. Desde la noche del 17, Aquiles
distribuyó a sus amigos en la alturas de la casa y estuvimos
en vela esperando a Cabrera y a los suyos, sin que se
presentaran. |
Esa misma noche, Aquiles envió un recado a los ferrocarrileros
y a los fabricantes, en el que les decía que se sostendría
dos horas en la casa y que desarrollaran los planes acordados,
pero parece que no recibieron el aviso y a ello se debió
que no se hubiesen puesto sobre las armas.
Empieza el asedio de la casa de los Serdán y el jefe de
la policía Cabrera, muerto de un certero balazo de carabina
por Aquiles, es la señal de la iniciación de hostilidades.
Sigue el relato de Carmen:
Aquiles y Máximo entendieron que iba a comenzar la parte
más sangrienta del drama que vivíamos y tomaron los dispositivos
finales, parapetando a sus 16 amigos en las alturas de la
finca, tras de los tinacos o bien cubriéndolos con las cornisas
de las azoteas de la casa. Y a las 8 a.m. de aquella mañana
la ciudad se conmovió con los primeros disparos.
Poco a poco las fuerzas porfiristas aumentan en forma abrumadora,
pero sigue la batalla y la narración de Carmen Serdán:
El combate se generalizó a las 8:30 a.m., hora en que se
me ocurrió salir al balcón para hablar al pueblo, al que
grité cuando pude, enseñándoles mi carabina. Si no recuerdo
mal, dije así: ¡Vengan, por ustedes lo hacemos! La libertad
vale más que la vida. ¡Viva la no-reelección!
Pero no pudieron pasar para ayudarnos y el fracaso hubo
de poner su corona de espinas en las frentes de quienes
murieron peleando por su ideal.
Sigue la narración, ahora el 'suspenso' de la tragedia;
aumentan los rurales; el primer cuadro de caballería entra
en acción, pero los hermanos Serdán y sus amigos siguen
la lucha.
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A las 9 a.m. el combate es ensordecedor;
a las 10 a.m. la lucha es encarnizada, feroz y a muerte.
Las descargas de fusilería cerradas... |
Carmen Serdán proveyó de parque a los revolucionarios en
la azotea. A las 11:30 a.m.yo volví a subir adonde estaban
nuestros amigos. Encontré a Máximo que se había trepado
por una cañería y sólo un señor de apellido Méndez, que
estaba herido, lo acompañaba. Los demás estaban muertos
y creo que alguno había logrado escapar. Le grité a Máximo
para que bajara, pero él no quiso. Y mientras disparaba
su carabina me dijo, riéndose:
-No, Carmela, todavía nos podemos sostener aquí otro poco.
-No, no; bájate -le grité-¿no ves que te has quedado solo.?
-Qué importa -respondió- lo que debes hacer es darme parque
(munición), que me hace falta.
Y siguió combatiendo con la sonrisa en los labios.
El relato prosigue, aceleradamente, hacia el fin. No podemos
sustituir el relato, casi telegráfico, de Carmen Serdán;
es demasiado gráfico. La tragedia adquiere tintes clásicos.
Ya es gesta.
Carmen Serdán aprovisionó de municiones a sus hermanos,
hasta el momento culminante de la batalla, el más humano.
.Cuando volví a subir, ya los federales estaban en la azotea
y me dio la corazonada de que Máximo había muerto. Bajé
y le dije a Aquiles: "Ya Máximo acabó. los federales están
en la azotea". No olvidaré nunca la mueca que hizo al oír
esto. Dejó de disparar y puso su carabina en un rincón.
A todo esto, un grupo de rurales se acercó -nadie disparaba
ya- hasta colocarse frente al zaguán de la casa. Los veíamos
bien, podíamos haber matado a la mayor parte de ellos. Yo
estaba fuera de mí por la muerte de Máximo y le dije a Aquiles,
señalándole a los rurales:
-Mira, acabaremos con todos esos.
Aquiles se me quedó mirando con desconsuelo y me preguntó:
-¿Ves a algún jefe con ellos?
-No, están solos- le dije.
-Pues bien -musitó-, esos hombres tienen madres, esposas,
hijos o hermanas. Si yo supiera que con su muerte triunfábamos,
los mataría a todos, pero estamos perdidos de todas maneras.
Me voy a esconder y saldré cuando se organicen, a la noche,
los nuestros.
Se quitó el abrigo que llevaba puesto, empuñó su pistola,
se echó algunos cartuchos en las bolsas del saco y ya se
iba, cuando lo detuve para decirle:
-Hermano, es mejor morir en el combate.
-De todas maneras hay que morir -me respondió-, pero mi
obligación es conservar hasta lo último al jefe de los míos,
y por eso me voy.
Poco después, descubierto en frío sótano, Aquiles Serdán
moría por disparo de un oficial de gendarmes que lo localizó
cuando empezó a toser aquejado de una pulmonía fulminante.
Era el 18 de noviembre de 1910.
Dos días más tarde, el combate se generalizaba y el grito
revolucionario resonó por las estepas y montañas de México.
La tiranía de Porfirio Díaz tocaba su fin.
No obstante, seríamos injustos si no mencionáramos lo
que significó para la Revolución Mexicana el aporte de varios
ilustres y valientes nacionales que lucharon contra la dictadura
porfirista. Entre muchos de ellos cabe destacar figuras
como: Juan Sarabia, Antonio I. Villareal, Ricardo Flores
Magón, Práxedis G. Guerrero y Librado Rivera. Todos con
espléndidos historiales, en especial los Flores Magón (hermanos)
y su incisiva crítica en los periódicos de la época: El
Hijo del Ahuizote y Regeneración, valientes tribunas
que hicieron 'merecer' a sus redactores persecuciones y
cárceles. Por esas fechas causó sensación el libro de John
Kenneth Turner Barbarous Mexico, terrible crónica
en la que se advierte que su propósito es:...informar al
pueblo norteamericano acerca de los hechos que ocurren en
México, con el fin de que pueda prepararse para impedir
la intervención contra una revolución cuya justificación
es indiscutible.
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Por aquella época surge
el genio del grabador José Guadalupe Posada, profundamente
mexicano: sus temas, sus personajes, el llanto y el
fulgor de sus escenas y hasta los huesos de sus vivientes
'calaveras'. De él se expresó Carlos Pellicer, poeta
eminente: |
En Posada vibra ya -en el espíritu, en la intención, en
el estilo- el renacimiento plástico mexicano. Aunque sólo
hizo grabados y nunca pintó un muro, tiene que ser considerado,
por el sentido y la fuerza de su obra, como precursor y
profeta del muralismo mexicano
Todos ellos: los Serdán, los Magón y los cientos de luchadores
que prepararon el final de la dictadura porfirista merecen,
por entero, el bien de la nación. Falta mucho por recorrer,
pero los cimientos son sólidos.
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