Galicia
Cuando Darwin, en 1859, da a conocer su libro El origen
de las especies seguramente estaba consciente del gran problema
que iba a suscitarse a raíz de su teoría evolutiva. Efectivamente,
su propuesta causó tal revuelo e impacto en la sociedad
que algunos científicos no dudaron en apoyar sus argumentos;
sin embargo, muchos otros investigadores, clérigos
y políticos, la rechazaron terminantemente. El problema
principal se centró en que Darwin menciona el posible origen
del hombre a partir del mono, siendo ésta una propuesta
que ofendía y que era inaceptable para la población cristiana,
la que llegó a considerar a la evolución como una declaración
de guerra frontal y abierta hacia las enseñanzas de las
sagradas escrituras (Howell, 1988).
Lo cierto es que Darwin se apoyó, más que en
el hombre, en otros pequeños seres, principalmente almejas,
plantas, aves, etc., y sólo en un pequeño pasaje insinúa
que la evolución algo tenía que ver con las personas, haciendo
mención, al final, de que: ...la evolución podrá aclarar
el origen del hombre y su historia.
Poco tiempo después, y tras discutir con un
obispo y con el ministro inglés Benjamin Disraeli, el científico
Thomas Henry Huxley asocia, apoyado en la teoría evolutiva,
a los seres humanos con los antropoides, señalando las grandes
semejanzas entre hombre, gorila y chimpancé, postulando
que estos organismos tenían un ancestro común que seguramente
se encontraba fosilizado en tierras africanas.
volver a contenido
Los primeros hallazgos
Al anunciar Huxley que los homínidos provienen de un ancestro
común que vivió en tierras africanas, se encontró con que
no existían aún registros fósiles que pudieran apoyarlo,
salvo el caso, muy divulgado, de una parte de cráneo y algunos
huesos de los miembros, encontrados en una cueva del valle
de Neander, en Alemania, (dado a conocer poco antes de la
publicación de la obra de Darwin) y al cual habían llamado
Hombre de Neanderthal, en 1830. Su aspecto dejaba
mucho que desear por lo que algunos lo consideraron un soldado
que se refugió en la cueva después de perseguir al ejercito
en retirada de Napoleón, y que ahí pereció. Otros lo veían
más como a un hombre que sufrió de raquitismo durante su
infancia, y de artritis en su vejez, y que su deformación
se debía básicamente a que había recibido fuertes golpes
en la cabeza (Leakey, 1985).
La insistencia de varios investigadores sobre
el Hombre de Neanderthal, llevó a que se excavara en cuevas
y lechos de ríos, dando con el descubrimiento del Hombre
de CroMagnon, en el sur de Francia. Posteriormente,
se desenterraron varios ejemplares en excelente estado,
por lo que tuvo que aceptarse que se trataban de verdaderos
seres humanos de la antigüedad.
En Europa Occidental, en la segun-da mitad
del siglo XIX, dio inicio una fuerte oleada de excavaciones,
tanto es así que al finalizar dicho siglo se había logrado
elaborar un calendario de los acontecimientos conocidos,
más importantes, relacionados con la evolución del hombre.
Este calendario revelaba que los hombres de CroMagnon no
eran seres agazapados que vivían en sus agujeros, por el
contrario, se trataba de hombres como nosotros, que bien
pudieron realizar diferentes actividades como cazar, pintar,
fabricar herramientas (de piedra o de hueso), mantener una
creencia religiosa e, inclusive, tener pensamientos complejos.
Se pudo postular que: Si partimos de la teoría evolutiva,
entonces los fósiles humanos debían de presentar una constante
y creciente regresión hacia el primitivismo a medida de
que nos fuéramos yendo más hacia el pasado (Johanson,
1982).
En 1893, el holandés Eugène Dubois dio a conocer
los restos fósiles de un organismo hallado en Java, al cual
le asignó una edad de medio millón de años, hecho que consternó
a la sociedad de su época por el tiempo tan antiguo del
cual se hablaba. Desde entonces se le conoce, en el campo
científico, como Hombre de Java o Pithecanthropus
erectus. La historia se inició así: Guiado por su intuición,
Dubois comenzó a interesarse por el Hombre de Neanderthal,
al cual consideró como un hombre primitivo. Deduciendo que
si esto era cierto entonces deberían de existir, en algún
lugar, formas más viejas con aspecto antropoide, se inclinó
a pensar que este sitio no necesariamente debería de estar
en Europa sino en un lugar como Sumatra, ya que él había
observado que allí habían sobrevivido antropoides grandes
con características algo humanas: los orangutanes.
Dubois bajo la idea de hallar el eslabón
perdido entre hombre y orangután u hombre y chimpancé
viajó hacia las Indias Orientales Holandesas, más concretamente
hacia Sumatra. Sus trabajos médicos le permitían explorar
cuevas en este lugar, sin embargo, no tuvo mucho éxito y
tras contraer la malaria fue trasladado a Java, donde dedicó
la mayor parte de su tiempo a las investigaciones de los
estratos fosilíferos del río Sólo, en Trinil. En este río
comenzó, afanosamente, a buscar los vestigios de algún fósil
de primate y finalmente lo consiguió al hallar un diente
molar muy grande; sin embargo, no pudo esclarecer si dicha
pieza dental perteneció a algún chimpancé u orangután extinto.
Posteriormente, a sólo un metro del diente descubrió la
región superior del cráneo de un primate, pero dadas las
características que presentaba, inmediatamente rechazó que
se tratara de un hombre o un orangután, llegando a la conclusión
de que se trataba de un antropoide muy parecido al
hombre.
El grado de parecido del cráneo de este antropoide
con el del humano era espectacular y al año siguiente se
descubrió un fémur que era casi idéntico al de un hombre
moderno. Dubois concluyó que diente, cráneo y fémur pertenecían
a un mismo individuo. Tal era su euforia que consideró este
hecho como un éxito rotundo pero, en realidad, desató una
serie de críticas y discusiones que lo llevaron a consultar
al paleontólogo Arthur Keith, quien tras un exhaustivo análisis
determinó que los materiales eran de un ser humano y no
de un eslabón perdido, como lo supuso Dubois.
Las críticas y discusiones continuaron durante un tiempo
hasta que, fastidiado, terminó por enterrar al Pithecanthropus
erectus en la sala de su casa, negándose a hablar sobre
el tema durante los siguientes treinta años (Johanson, 1982).
volver a contenido
El Hombre de Piltdown, un gran fraude
El fraude es uno de los tantos problemas a los cuales se
enfrentan los investigadores, los científicos, los profesionales,
la gente en general o los estudiantes; tiene su base en
el engaño y en el querer dar a conocer lo que más conviene
a los propios intereses del defraudador. En la paleontología
este hecho se presentó en la triste falsificación del Hombre
de Piltdown. El acontecimiento se inició en una cantera
de grava del sur de Inglaterra, a principios de siglo, propiamente
en 1912; el arqueólogo aficionado Charles Dawson descubrió
una mandíbula de antropomorfo, el cráneo de un hombre
moderno al que llamó el cráneo de Piltdown, mismo que encajaba
perfectamente con la idea predominante en esa época de que
un antepasado del hombre debía tener facultades intelectuales
bien desarrolladas, pero sin eliminar del todo sus rasgos
físicos antropomorfos. La comunidad científica aceptó a
Piltdown como un verdadero antepasado del hombre, propio
de la comunidad inglesa; lo consideraron como un ser claramente
inteligente de origen inglés y lo adoptaron bajo el apelativo
de El primer inglés (Johanson, 1982).
A pesar de que gran parte del mundo científico
aceptó a Piltdown como el primer hombre con desarrollo intelectual,
muchos otros se mantuvieron al margen de tal afirmación.
La duda comenzó a incrementarse cuando notaron que los custodios
de dicho cráneo no permitían que los especialistas lo estudiaran
detenidamente y tan sólo dejaban que se le diera un rápido
vistazo, para posteriormente guardarlo celosamente. Lo más
que se pudo lograr fue la obtención de los moldes por parte
de Louis Leakey; sin embargo, cuando éste señaló que se
trataba de una falsificación la idea fue rechazada. No fue
sino hasta 1955 cuando se supo que el cráneo de Piltdown
era una falsificación y que el truco consistió en juntar
un cráneo de humano con una mandíbula de orangután después
de darle un minucioso tratamiento.
Aún en la actualidad no se sabe quién fue el
creador de tan espectacular fraude, que llegó a confundir
al mismísimo Arthur Keith; lo único seguro es que dejó una
mancha muy difícil de borrar en el campo de la investigación
paleontológica.
volver a contenido
|
J.C. Fuhlrott (Izquierda), profesor
alemán de ciencias, reconoció que los
fósiles hallados eran los de un hombre no moderno,
al cual llamó "hombre de Neanderthal".
Mientras que Eugéne Dubois (derecha), descubrió
un cráneo y un hueso de la pierna de un ejemplar
homínido, al que denominó "Hombre
de java", mismo que en la actualidad es reconocido
como el primer ejemplar de Homo erectus. |
|
Las nuevas evidencias en el principio
de siglo
El primer alegato importante del siglo lo desataron los
australopitecos. Dio inicio en 1924, cuando una joven sudafricana
creyó ver el cráneo de un mandril extinto en la repisa de
una chimenea de la casa de un amigo. Éste, al notar el interés
de la joven, le cuenta que lo había obtenido de una cantera
de piedra caliza que era de su propiedad en Taung, localidad
del entonces protectorado Bechuanalandia, en Transvaal,
África, y que simplemente había surgido, como muchos restos
fósiles, al dinamitar el área. Ella misma le comunica esta
historia a su profesor de anatomía, el Dr. Raymond Dart,
de la Universidad de Witwastersrand, en Johannesburgo, y
él pide al propietario de la cantera que le envíe las muestras
fósiles que salgan al descubierto.
Pasado un tiempo, llegaron a su casa dos cajas
de fósiles provenientes de la cantera. En la primera de
ellas su desilusión fue mayúscula al no hallar algo fuera
de lo común; sin embargo, al analizar la segunda caja, su
interés se vio fuertemente incrementado al descubrir una
estructura redonda y un fragmento de molde endocraneal.
Su compromiso con la boda de un amigo, de la cual él era
padrino, y la insistencia del novio al tocar la puerta de
su laboratorio, hizo que Dart se separara por un momento,
sin desearlo, del material que estaba analizando. Sin embargo,
al finalizar el acto religioso, se dedicó afanosamente a
tratar de limpiar y armar dicho cráneo. Lo que él, en principio,
consideró como el molde fósil de un mandril, resultó, tras
un exhaustivo análisis, ser el cráneo de un niño de unos
seis años de edad, con un juego de dientes de leche y una
base craneal (occipital) que hacía suponer que el infante
caminaba erguido, asignándolo, en 1925, como perteneciente
a la especie Australopithecus africanus, y al cual llamaron,
posteriormente, con el nombre de Niño de Taung
(Johanson, 1982).
La crítica científica no se hizo esperar y
Sir Arthur Keith, quien lo atacó fuertemente, dio la puntilla
de discusión al afirmar que el ejemplar era del mismo grupo
o subfamilia que el chimpancé y el gorila, convencido de
que el Niño de Taung no era el antepasado del hombre y que
esta hipótesis era absurda.
Tras severas críticas y humillantes declaraciones,
el Niño de Taung poco a poco va cayendo en el olvido y sólo
sobrevive al recuerdo por insistencia de su tenaz descubridor
y por el apoyo incondicional que éste recibe del controvertido
Robert Broom, considerado la máxima eminencia en fósiles
africanos (Johanson, 1982) quien, sin embargo, no escapa
de las críticas del mundo científico. Tras discutir y aguantar
humillaciones, Broom se encuentra ante el hecho de que en
ningún lado le quieren dar trabajo, obligándolo a aceptar
una oferta como ayudante de paleontología en el Museo de
Transvaal, en Pretoria.
Retirado totalmente de la medicina, Broom se
dedica al mundo de los fósiles, y al hacerse amigo de un
notable campesino que poseía un pequeño museo privado de
fósiles, le ayuda a incrementar la colección que pronto
supera a la del mismo museo de Transvaal. Por comentarios
que le hacen llegar, se entera que el capataz de una cueva
de caliza cercana a Sterkfontein, llamado Barlow, se dedica
a la venta clandestina de fósiles para ser adquiridos como
recuerdos por los turistas. Broom se pone en contacto con
Barlow y por él se entera que varios de los fósiles terminan
en los hornos; el investigador explica al capataz la gran
importancia que tienen estos materiales para la comunidad
científica y Barlow, apenado, promete salvar, desde entonces,
todo fósil que de la cueva surja.
Dos días después de la conversación con el
capataz, Broom recibe de éste un molde endocraneal. Inmediatamente,
se dirige hacia la cantera y repasando los escombros de
la roca, acabada de dinamitar, logra recuperar los fragmentos
del cráneo casi completamente; los limpia y al montarlos
se da inmediatamente cuenta que se trata de un australopiteco.
Broom por fin había hallado, en 1936, un segundo fósil parecido
al Niño de Taung, un adulto de Australopithecus africanus,
confirmando así la teoría de Dart.
Gracias a este hallazgo, Broom vuelve a ganar
prestigio y ya con más de setenta años se convirtió en el
centro de la atención científica. Sin dejar de ser el personaje
extrovertido, se dedicó a recorrer los barrancos, hurgando
y colectando el material fósil. Es en una de estas andanzas
cuando se entera que un niño de una escuela, Gert Terblanche,
había encontrado un diente fósil, en Kromdraai, cerca de
Sterkfontein. Después de negociar con Gert la compra de
éste y otros dientes que traía en los bolsillos Broom
llega a ofrecerle un chelín por diente y hasta chocolates
por ellos, logrará convencerlo de que lo condujera
al lugar de donde había obtenido tal material. Gert lo lleva
y le señala el sitio del que había arrancado el diente con
un martillo. Allí, Broom descubrió que por la manipulación
del niño el cráneo había quedado hecho pedazos; sin embargo,
el investigador pudo recuperar gran parte de ellos y armar
su segundo cráneo, quedando totalmente sorprendido al darse
cuenta que se trataba de algo diferente a lo que antes había
descubierto en Sterkfontein.
El fósil tenía un aspecto robusto, tanto en
cráneo como en mandíbula, era muy grande y con dientes de
un grosor de esmalte nunca antes visto. Además, presentaba
marcas en los huesos que sugerían músculos masticadores
bastante potentes, encontrando diferencias con el Niño de
Taung. Finalmente, Broom designó, en 1938, al nuevo cráneo
como perteneciente a la especie Plesianthropus robustus
(aus-tralopiteco robusto). Catorce años después del hallazgo
de Dart, todo indicaba que los ancestros del hombre venían
de África y que incluso habían existido al menos dos formas
de homínidos mitad simio, mitad humano (Howell,
1988).
volver a contenido
El cascanueces
El 17 de julio de 1959, en la garganta de Olduvai, Mary
y Louis Leakey, haciendo su expedición anual, efectuaron
una excavación en el lugar en donde hacía un año habían
encontrado un solo molar. Debido a que Louis se sentía mal,
ese día no le fue posible asistir a la zona de excavación
y decidió quedarse en el campamento; para entonces, Mary
tomó la decisión de salir a buscar lo que habían intentado
encontrar desde los inicios de los años treinta: un fósil
significativo de homínido. En pleno trabajo, Mary, acompañada
de sus seis perros dálmatas, alcanzó a distinguir un pequeño
fragmento óseo un tanto interesante; sin prisa y con toda
calma, se dedicó a cepillar cuidadosa-mente la tierra que
cubría dicha estructura y aparecieron ante ella varios dientes
de homínido que resultaron ser de una mandíbula superior.
A su tiempo, empezaron a surgir los restantes fragmentos
óseos hasta que completó el cráneo. Louis y Mary decidieron
llamar al homínido Dear Boy (Querido muchachito),
sin embargo, la prensa lo dio a conocer como el Hombre
cascanueces debido al tamaño y robustez de su dentadura;
estaba claro que lo hallado por los Leakey no era un Australopitecus
robustus, aunque estaba emparentado con él; los investigadores
decidieron asignarlo como perteneciente a la especie Australopitecus
boisei (Leakey, 1985; Johanson, 1982).
volver a contenido
Los hallazgos que marcaron la pauta
hacia el nuevo milenio
Cuando Louis Leakey descubre al Hombre cascanueces, el
tema de los homínidos vuelve a cobrar fuerza, pues desde
el Niño de Taung o el Hombre de Pekín, nadie
se interesaba en estas investigaciones; sin embargo, la
expectación que causó el Hombre cascanueces atrajo la atención
de la National Geographic Society la cual aportó los recursos
necesarios para que se siguiera investigando al respecto.
Nuevamente, en la Garganta de Olduvai iba a ocurrir otro
hecho sorprendente. Leakey, que había formado un equipo
de trabajo con John Naoier, de origen inglés, y Phillip
Tobias, de Sudáfrica, reportan, en 1964, el hallazgo de
otro fósil de homínido no austrolopiteco pero de características
similares a las de un verdadero hombre moderno; tras un
examen riguroso, los nuevos fósiles que habían sido
recuperados de la Garganta en 1962 y 1963 fueron bautizados
como Cindy, George, el niño de Johnny y Twiggy, y fueron
clasificados como pertenecientes a una nueva especie, Homo
habilis, dado que se caracterizaban por poseer cerebros
mayores a los de los austrolopitecos, con características
que les asemejaban un poco con estos últimos pero con otras
que encajaban a la perfección con un probable ancestro del
género Homo (Johanson, 1982).
 |
A la izquierda, el
controvertido Robert Broom muestra el ejemplar de Paranthropus
que descubrió en Kromdrasi, Sudáfrica, el
cual es considerado como un australopíteco robusto,
descendiente del A. africanus.A la derecha, Raimond Dart,
con el cráneo del que es reconocido, en la actualidad.
como el primer Australophitecus africanus del cual se han
encontrado muchos más en diferentes excavaciones
antropológicas.
 |
Otro hallazgo que sorprendió, y no necesariamente
por tratarse del fragmento fósil de alguna extraña estructura
ósea, fue el rastro de pisadas descubierto en Laetoli, al
sur de Olduvai, por Mary Leakey, Philip y Peter Jones, en
1976 (Leakey, 1985). En un principio éstas se identificaron
como de elefante pero después se concluyó que eran pisadas
humanas; esto último llevó a Mary Leakey, a finales de ese
año, a dar una serie de entrevistas y conferencias que tenían
como objetivo dar a conocer los hallazgos en Laetoli. Sin
embargo, tras varias discusiones, comienza a dudar sobre
las huellas humanas. Este hecho la conduce a consultar a
Louise Robbins, especialista norteamericana en pisadas,
quien tras mucho discutir dictamina que eran de un bóvido,
diciéndole a Mary que seguir en ese proyecto era perder
el tiempo. Exhausta por los acontecimientos, ella decidió
poner fin a la excavación de las huellas y darle el mando
al encargado de la conservación, Ndibo. Tras el descubrimiento
de un par de pisadas por parte de Ndibo, y con el aval de
Mary Leakey, éste cede el terreno a Tim White, quien más
tarde, y tras un exhaustivo trabajo de preservación, descubre
gran cantidad de huellas fosilizadas hechas por un par de
homínidos uno grande y otro pequeño que muy
probablemente caminaron en una misma dirección y de una
manera erguida.
Más espectacular e interesante resultó el hallazgo
que fue llevado a cabo en 1978 por el equipo del norteamericano
Donald Johanson del Instituto de los Orígenes del Hombre,
en Berkeley (Johanson, 1982). Descubrió un homínido femenino
de la especie Australopithecus afarensis, casi completo,
de unos 3.5 millones de años de antigüedad en Hadar, Etiopía,
y que es mejor conocido como Lucy, en memoria
a que en el momento en que fue descubierto los investigadores
y trabajadores escuchaban la popular canción de The Beatles,
Lucy en el cielo con diamantes.
Nuevas excavaciones han hecho posible que se
sigan recuperando restos de Australopithecus afarensis,
sin embargo, ninguno llegó a llamar tanto la atención como
Lucy y no es sino hasta que surge el cráneo de un ejemplar
macho cuando empieza a perderse el romance entre la comunidad
científica y ésta. No obstante, gracias a ella, se pudo
comprobar que afarensis caminaba bípedamente, que poseía
extremidades inferiores cortas, que medía unos 105 cm de
altura, que su peso oscilaba en unos 25 kg, su cuerpo soportaba
una cabeza muy similar a la de un chimpancé y era incapaz
de transmitir información por algún tipo de sonido articulado.
Un hallazgo que mantuvo el interés científico,
por su sólida semejanza con nuestra especie, es el del ejemplar
descubierto en 1984, en Olduvai, Kenia, y que fue llamado
el Chico de Turkana (Tattersall, 1997). Éste
mantiene un extraordinario estado de conservación que inclusive
lo lleva a estar dentro de los más completos, superando
a la mismísima Lucy, permitiendo obtener datos que han ayudado
a determinar que se trataba de un adolescente que poseía
una estructura corporal moderna, robusta y un caminar completamente
erguido, que le valieron para ser asignado inicialmente
como perteneciente a la especie Homo erectus.
En 1991, el yacimiento de Dmanisi, en la antigua
república soviética de Georgia, se descubrió la presencia
de una mandíbula de homínido que sus descubridores asignaron
como pertenecientes a Homo erectus; sin embargo, los métodos
de datación convergen en sugerir que las especies de homínidos
que provienen de Georgia y el Chico de Turkana no son tales
y se les ha agrupado como pertenecientes a la especie Homo
ergaster (Tattersall, 1997).
Poco tiempo después de iniciar el año de 1992,
el equipo de Tim White, de la Universidad de Berkeley, en
Etiopía, reportó el hallazgo de una significativa colección
de restos de organismos fósiles, a los que White y sus colaboradores
han dado en clasificar como pertenecientes a la especie
Ardipithecus ramidus. En ellos se pudieron reconocer formas
muy primitivas de homínidos con una cronología de
4.4 millones de años que vivieron en condiciones muy
semejantes a las de los chimpancés actuales. En estas evidencias
fósiles se puede vislumbrar la tendencia hacia un andar
bípedo (Leakey y Walker, 1997).
Los descubrimientos realizados en 1994 por
Eudald Carbonell y sus colegas, de la Universidad de Tarragona,
en el yacimiento kárstico de la Gran Dolina, en la Sierra
de Atapuerca, Burgos, España, han aportado gran cantidad
de instrumentos y restos de fósiles humanos. Entre los más
completos sobresale un fragmento de la parte superior del
rostro de un individuo no adulto que los investigadores
han clasificado como perteneciente a Homo heidelbergensis;
sin embargo, aún hoy se se sigue discutiendo sobre la autenticidad
de dichos materiales europeos (Tattersall, 1997).
.
Louis Seymor Laekey (1903-1972). A pesar
de su avanzada edad, no dejaba de recorrer los diferentes
centros de excavación en los cuales participaba activamente
con su esposa
Más recientemente, el equipo de Meave Leakey
ha encontrado en ambas orillas del lago Turkana, en Kenia,
fósiles de homínidos de unos cuatro millones de años de
antigüedad a los cuales clasificó, en 1995, como pertenecientes
a Australopithecus anamensis. Sus características indican
que habitaron ambientes de bosque con cuerpos de agua cercanos
(Leakey y Walker, 1997).
Por su parte, Coppens, junto con otros investigadores,
publicaron, en 1995, el hallazgo de un resto fósil de australopiteco
de entre 3 y 3.5 millones de años de edad, en Chad, al norte
de África; ellos argumentan que éste se trata de una especie
distinta a Australopithecus afarensis, postulando una temprana
expansión de los homínidos hacia el oeste en vez de limitarse
al este de África.
Los fragmentos de varios restos fósiles de
Australopithecus descubiertos en 1996, hacen postular la
probable existencia de una nueva especie a la que tentativamente
se ha dado a conocer como Australopithecus bahrelghazali,
sin dejar de ser una línea aún no clarificada en la evolución
del hombre (Leakey y Walker, 1997). No dudemos que en un
futuro no lejano, las condiciones que en estos momentos
han favorecido la clasificación de determinado homínido
cambien completamente y los investigadores futuros sonrían
ante lo que hoy es tan evidente; al fin y al cabo la ciencia
es así, un constante ir y venir que está buscando respuestas
a los más elementales fenómenos naturales, pero que para
Homo siguen siendo un enigma en busca de su verdad, ¡la
verdad de Homo sapiens!
volver a contenido
Bibliografía
howell, C. El hombre prehistórico. 2ª.
Edición. Col. de la Naturaleza de Time-Life. Ediciones Culturales
Internacionales, 1988. 200 p.
johanson, D. y edey, M. El primer antepasado
del hombre. Barcelona, España, Ed. Planeta, 1982. 347 p.
leakey, R. La formación de la humanidad.
Vol. I y II. Biblioteca de Divulgación
Científica Muy Interesante. Barcelona, España, Ed. Orbis
S.A., 1985.
leakey, M. y walker,
A. Early hominid fossils from Africa. Scientific
American, 1997. 276(6):60-71.
tattersall, I. De África ¿una...
y otra vez?. Investigación y Ciencia,1997. 249:20-45.
Artículo
anterior/Artículo
siguiente/Contenido