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Correo del Maestro Núm.48, mayo 2000

Homo sapiens y los hallazgos de homínidos

Bernardo Rodríguez

Contenido
Homo sapiens y los hallazgos de homínidos
Los primeros hallazgos
El Hombre de Piltdown, un gran fraude
Las nuevas evidencias en el principio de sigl
El cascanueces
Los hallazgos que marcaron la pauta hacia el nuevo milenio
Bibliografía

Galicia

Cuando Darwin, en 1859, da a conocer su libro El origen de las especies seguramente estaba consciente del gran problema que iba a suscitarse a raíz de su teoría evolutiva. Efectivamente, su propuesta causó tal revuelo e impacto en la sociedad que algunos científicos no dudaron en apoyar sus argumentos; sin embargo, muchos otros —investigadores, clérigos y políticos—, la rechazaron terminantemente. El problema principal se centró en que Darwin menciona el posible origen del hombre a partir del mono, siendo ésta una propuesta que ofendía y que era inaceptable para la población cristiana, la que llegó a considerar a la evolución como una declaración de guerra frontal y abierta hacia las enseñanzas de las sagradas escrituras (Howell, 1988).

            Lo cierto es que Darwin se apoyó, más que en el hombre, en otros pequeños seres, principalmente almejas, plantas, aves, etc., y sólo en un pequeño pasaje insinúa que la evolución algo tenía que ver con las personas, haciendo mención, al final, de que: “...la evolución podrá aclarar el origen del hombre y su historia”.

            Poco tiempo después, y tras discutir con un obispo y con el ministro inglés Benjamin Disraeli, el científico Thomas Henry Huxley asocia, apoyado en la teoría evolutiva, a los seres humanos con los antropoides, señalando las grandes semejanzas entre hombre, gorila y chimpancé, postulando que estos organismos tenían un ancestro común que seguramente se encontraba fosilizado en tierras africanas.

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Los primeros hallazgos

Al anunciar Huxley que los homínidos provienen de un ancestro común que vivió en tierras africanas, se encontró con que no existían aún registros fósiles que pudieran apoyarlo, salvo el caso, muy divulgado, de una parte de cráneo y algunos huesos de los miembros, encontrados en una cueva del valle de Neander, en Alemania, (dado a conocer poco antes de la publicación de la obra de Darwin) y al cual habían llamado “Hombre de Neanderthal”, en 1830. Su aspecto dejaba mucho que desear por lo que algunos lo consideraron un soldado que se refugió en la cueva después de perseguir al ejercito en retirada de Napoleón, y que ahí pereció. Otros lo veían más como a un hombre que sufrió de raquitismo durante su infancia, y de artritis en su vejez, y que su deformación se debía básicamente a que había recibido fuertes golpes en la cabeza (Leakey, 1985).

            La insistencia de varios investigadores sobre el Hombre de Neanderthal, llevó a que se excavara en cuevas y lechos de ríos, dando con el descubrimiento del “Hombre de CroMagnon”, en el sur de Francia. Posteriormente, se desenterraron varios ejemplares en excelente estado, por lo que tuvo que aceptarse que se trataban de verdaderos seres humanos de la antigüedad.

            En Europa Occidental, en la segun-da mitad del siglo XIX, dio inicio una fuerte oleada de excavaciones, tanto es así que al finalizar dicho siglo se había logrado elaborar un calendario de los acontecimientos conocidos, más importantes, relacionados con la evolución del hombre. Este calendario revelaba que los hombres de CroMagnon no eran seres agazapados que vivían en sus agujeros, por el contrario, se trataba de hombres como nosotros, que bien pudieron realizar diferentes actividades como cazar, pintar, fabricar herramientas (de piedra o de hueso), mantener una creencia religiosa e, inclusive, tener pensamientos complejos. Se pudo postular que: “Si partimos de la teoría evolutiva, entonces los fósiles humanos debían de presentar una constante y creciente regresión hacia el primitivismo a medida de que nos fuéramos yendo más hacia el pasado” (Johanson, 1982).

            En 1893, el holandés Eugène Dubois dio a conocer los restos fósiles de un organismo hallado en Java, al cual le asignó una edad de medio millón de años, hecho que consternó a la sociedad de su época por el tiempo tan antiguo del cual se hablaba. Desde entonces se le conoce, en el campo científico, como “Hombre de Java” o Pithecanthropus erectus. La historia se inició así: Guiado por su intuición, Dubois comenzó a interesarse por el Hombre de Neanderthal, al cual consideró como un hombre primitivo. Deduciendo que si esto era cierto entonces deberían de existir, en algún lugar, formas más viejas con aspecto antropoide, se inclinó a pensar que este sitio no necesariamente debería de estar en Europa sino en un lugar como Sumatra, ya que él había observado que allí habían sobrevivido antropoides grandes con características algo humanas: los orangutanes.

            Dubois —bajo la idea de hallar el “eslabón perdido” entre hombre y orangután u hombre y chimpancé— viajó hacia las Indias Orientales Holandesas, más concretamente hacia Sumatra. Sus trabajos médicos le permitían explorar cuevas en este lugar, sin embargo, no tuvo mucho éxito y tras contraer la malaria fue trasladado a Java, donde dedicó la mayor parte de su tiempo a las investigaciones de los estratos fosilíferos del río Sólo, en Trinil. En este río comenzó, afanosamente, a buscar los vestigios de algún fósil de primate y finalmente lo consiguió al hallar un diente molar muy grande; sin embargo, no pudo esclarecer si dicha pieza dental perteneció a algún chimpancé u orangután extinto. Posteriormente, a sólo un metro del diente descubrió la región superior del cráneo de un primate, pero dadas las características que presentaba, inmediatamente rechazó que se tratara de un hombre o un orangután, llegando a la conclusión de que se trataba de un “antropoide muy parecido al hombre”.

            El grado de parecido del cráneo de este antropoide con el del humano era espectacular y al año siguiente se descubrió un fémur que era casi idéntico al de un hombre moderno. Dubois concluyó que diente, cráneo y fémur pertenecían a un mismo individuo. Tal era su euforia que consideró este hecho como un éxito rotundo pero, en realidad, desató una serie de críticas y discusiones que lo llevaron a consultar al paleontólogo Arthur Keith, quien tras un exhaustivo análisis determinó que los materiales eran de un ser humano y no de un “eslabón perdido”, como lo supuso Dubois. Las críticas y discusiones continuaron durante un tiempo hasta que, fastidiado, terminó por enterrar al Pithecanthropus erectus en la sala de su casa, negándose a hablar sobre el tema durante los siguientes treinta años (Johanson, 1982).

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El Hombre de Piltdown, un gran fraude

El fraude es uno de los tantos problemas a los cuales se enfrentan los investigadores, los científicos, los profesionales, la gente en general o los estudiantes; tiene su base en el engaño y en el querer dar a conocer lo que más conviene a los propios intereses del defraudador. En la paleontología este hecho se presentó en la triste falsificación del “Hombre de Piltdown”. El acontecimiento se inició en una cantera de grava del sur de Inglaterra, a principios de siglo, propiamente en 1912; el arqueólogo aficionado Charles Dawson “descubrió” una mandíbula de antropomorfo, el “cráneo de un hombre” moderno al que llamó el cráneo de Piltdown, mismo que encajaba perfectamente con la idea predominante en esa época de que un antepasado del hombre debía tener facultades intelectuales bien desarrolladas, pero sin eliminar del todo sus rasgos físicos antropomorfos. La comunidad científica aceptó a Piltdown como un verdadero antepasado del hombre, propio de la comunidad inglesa; lo consideraron como un ser claramente inteligente de origen inglés y lo adoptaron bajo el apelativo de “El primer inglés” (Johanson, 1982).

            A pesar de que gran parte del mundo científico aceptó a Piltdown como el primer hombre con desarrollo intelectual, muchos otros se mantuvieron al margen de tal afirmación. La duda comenzó a incrementarse cuando notaron que los custodios de dicho cráneo no permitían que los especialistas lo estudiaran detenidamente y tan sólo dejaban que se le diera un rápido vistazo, para posteriormente guardarlo celosamente. Lo más que se pudo lograr fue la obtención de los moldes por parte de Louis Leakey; sin embargo, cuando éste señaló que se trataba de una falsificación la idea fue rechazada. No fue sino hasta 1955 cuando se supo que el cráneo de Piltdown era una falsificación y que el truco consistió en juntar un cráneo de humano con una mandíbula de orangután después de darle un minucioso tratamiento. 

            Aún en la actualidad no se sabe quién fue el creador de tan espectacular fraude, que llegó a confundir al mismísimo Arthur Keith; lo único seguro es que dejó una mancha muy difícil de borrar en el campo de la investigación paleontológica.

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J.C. Fuhlrott (Izquierda), profesor alemán de ciencias, reconoció que los fósiles hallados eran los de un hombre no moderno, al cual llamó "hombre de Neanderthal". Mientras que Eugéne Dubois (derecha), descubrió un cráneo y un hueso de la pierna de un ejemplar homínido, al que denominó "Hombre de java", mismo que en la actualidad es reconocido como el primer ejemplar de Homo erectus.


Las nuevas evidencias en el principio de siglo

El primer alegato importante del siglo lo desataron los australopitecos. Dio inicio en 1924, cuando una joven sudafricana creyó ver el cráneo de un mandril extinto en la repisa de una chimenea de la casa de un amigo. Éste, al notar el interés de la joven, le cuenta que lo había obtenido de una cantera de piedra caliza que era de su propiedad en Taung, localidad del entonces protectorado Bechuanalandia, en Transvaal, África, y que simplemente había surgido, como muchos restos fósiles, al dinamitar el área. Ella misma le comunica esta historia a su profesor de anatomía, el Dr. Raymond Dart, de la Universidad de Witwastersrand, en Johannesburgo, y él pide al propietario de la cantera que le envíe las muestras fósiles que salgan al descubierto.

            Pasado un tiempo, llegaron a su casa dos cajas de fósiles provenientes de la cantera. En la primera de ellas su desilusión fue mayúscula al no hallar algo fuera de lo común; sin embargo, al analizar la segunda caja, su interés se vio fuertemente incrementado al descubrir una estructura redonda y un fragmento de molde endocraneal. Su compromiso con la boda de un amigo, de la cual él era padrino, y la insistencia del novio al tocar la puerta de su laboratorio, hizo que Dart se separara por un momento, sin desearlo, del material que estaba analizando. Sin embargo, al finalizar el acto religioso, se dedicó afanosamente a tratar de limpiar y armar dicho cráneo. Lo que él, en principio, consideró como el molde fósil de un mandril, resultó, tras un exhaustivo análisis, ser el cráneo de un niño de unos seis años de edad, con un juego de dientes de leche y una base craneal (occipital) que hacía suponer que el infante caminaba erguido, asignándolo, en 1925, como perteneciente a la especie Australopithecus africanus, y al cual llamaron, posteriormente, con el nombre de “Niño de Taung” (Johanson, 1982).

            La crítica científica no se hizo esperar y Sir Arthur Keith, quien lo atacó fuertemente, dio la puntilla de discusión al afirmar que el ejemplar era del mismo grupo o subfamilia que el chimpancé y el gorila, convencido de que el Niño de Taung no era el antepasado del hombre y que esta hipótesis era absurda.

            Tras severas críticas y humillantes declaraciones, el Niño de Taung poco a poco va cayendo en el olvido y sólo sobrevive al recuerdo por insistencia de su tenaz descubridor y por el apoyo incondicional que éste recibe del controvertido Robert Broom, considerado la máxima eminencia en fósiles africanos (Johanson, 1982) quien, sin embargo, no escapa de las críticas del mundo científico. Tras discutir y aguantar humillaciones, Broom se encuentra ante el hecho de que en ningún lado le quieren dar trabajo, obligándolo a aceptar una oferta como ayudante de paleontología en el Museo de Transvaal, en Pretoria.

            Retirado totalmente de la medicina, Broom se dedica al mundo de los fósiles, y al hacerse amigo de un notable campesino que poseía un pequeño museo privado de fósiles, le ayuda a incrementar la colección que pronto supera a la del mismo museo de Transvaal. Por comentarios que le hacen llegar, se entera que el capataz de una cueva de caliza cercana a Sterkfontein, llamado Barlow, se dedica a la venta clandestina de fósiles para ser adquiridos como recuerdos por los turistas. Broom se pone en contacto con Barlow y por él se entera que varios de los fósiles terminan en los hornos; el investigador explica al capataz la gran importancia que tienen estos materiales para la comunidad científica y Barlow, apenado, promete salvar, desde entonces, todo fósil que de la cueva surja.

            Dos días después de la conversación con el capataz, Broom recibe de éste un molde endocraneal. Inmediatamente, se dirige hacia la cantera y repasando los escombros de la roca, acabada de dinamitar, logra recuperar los fragmentos del cráneo casi completamente; los limpia y al montarlos se da inmediatamente cuenta que se trata de un australopiteco. Broom por fin había hallado, en 1936, un segundo fósil parecido al Niño de Taung, un adulto de Australopithecus africanus, confirmando así la teoría de Dart.

            Gracias a este hallazgo, Broom vuelve a ganar prestigio y ya con más de setenta años se convirtió en el centro de la atención científica. Sin dejar de ser el personaje extrovertido, se dedicó a recorrer los barrancos, hurgando y colectando el material fósil. Es en una de estas andanzas cuando se entera que un niño de una escuela, Gert Terblanche, había encontrado un diente fósil, en Kromdraai, cerca de Sterkfontein. Después de negociar con Gert la compra de éste y otros dientes que traía en los bolsillos —Broom llega a ofrecerle un chelín por diente y hasta chocolates por ellos—, logrará convencerlo de que lo condujera al lugar de donde había obtenido tal material. Gert lo lleva y le señala el sitio del que había arrancado el diente con un martillo. Allí, Broom descubrió que por la manipulación del niño el cráneo había quedado hecho pedazos; sin embargo, el investigador pudo recuperar gran parte de ellos y armar su segundo cráneo, quedando totalmente sorprendido al darse cuenta que se trataba de algo diferente a lo que antes había descubierto en Sterkfontein.

            El fósil tenía un aspecto robusto, tanto en cráneo como en mandíbula, era muy grande y con dientes de un grosor de esmalte nunca antes visto. Además, presentaba marcas en los huesos que sugerían músculos masticadores bastante potentes, encontrando diferencias con el Niño de Taung. Finalmente, Broom designó, en 1938, al nuevo cráneo como perteneciente a la especie Plesianthropus robustus (aus-tralopiteco robusto). Catorce años después del hallazgo de Dart, todo indicaba que los ancestros del hombre venían de África y que incluso habían existido al menos dos formas de homínidos “mitad simio, mitad humano” (Howell, 1988).

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El cascanueces

El 17 de julio de 1959, en la garganta de Olduvai, Mary y Louis Leakey, haciendo su expedición anual, efectuaron una excavación en el lugar en donde hacía un año habían encontrado un solo molar. Debido a que Louis se sentía mal, ese día no le fue posible asistir a la zona de excavación y decidió quedarse en el campamento; para entonces, Mary tomó la decisión de salir a buscar lo que habían intentado encontrar desde los inicios de los años treinta: un fósil significativo de homínido. En pleno trabajo, Mary, acompañada de sus seis perros dálmatas, alcanzó a distinguir un pequeño fragmento óseo un tanto interesante; sin prisa y con toda calma, se dedicó a cepillar cuidadosa-mente la tierra que cubría dicha estructura y aparecieron ante ella varios dientes de homínido que resultaron ser de una mandíbula superior. A su tiempo, empezaron a surgir los restantes fragmentos óseos hasta que completó el cráneo. Louis y Mary decidieron llamar al homínido “Dear Boy” (Querido muchachito), sin embargo, la prensa lo dio a conocer como el “Hombre cascanueces” debido al tamaño y robustez de su dentadura; estaba claro que lo hallado por los Leakey no era un Australopitecus robustus, aunque estaba emparentado con él; los investigadores decidieron asignarlo como perteneciente a la especie Australopitecus boisei (Leakey, 1985; Johanson, 1982).

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Los hallazgos que marcaron la pauta hacia el nuevo milenio

Cuando Louis Leakey descubre al Hombre cascanueces, el tema de los homínidos vuelve a cobrar fuerza, pues desde el Niño de Taung o el “Hombre de Pekín”, nadie se interesaba en estas investigaciones; sin embargo, la expectación que causó el Hombre cascanueces atrajo la atención de la National Geographic Society la cual aportó los recursos necesarios para que se siguiera investigando al respecto. Nuevamente, en la Garganta de Olduvai iba a ocurrir otro hecho sorprendente. Leakey, que había formado un equipo de trabajo con John Naoier, de origen inglés, y Phillip Tobias, de Sudáfrica, reportan, en 1964, el hallazgo de otro fósil de homínido no austrolopiteco pero de características similares a las de un verdadero hombre moderno; tras un examen riguroso, los nuevos fósiles —que habían sido recuperados de la Garganta en 1962 y 1963— fueron “bautizados” como Cindy, George, el niño de Johnny y Twiggy, y fueron clasificados como pertenecientes a una nueva especie, Homo habilis, dado que se caracterizaban por poseer cerebros mayores a los de los austrolopitecos, con características que les asemejaban un poco con estos últimos pero con otras que encajaban a la perfección con un probable ancestro del género Homo (Johanson, 1982).

  

A la izquierda, el controvertido Robert Broom muestra el ejemplar de Paranthropus que descubrió en Kromdrasi, Sudáfrica, el cual es considerado como un australopíteco robusto, descendiente del A. africanus.A la derecha, Raimond Dart, con el cráneo del que es reconocido, en la actualidad. como el primer Australophitecus africanus del cual se han encontrado muchos más en diferentes excavaciones antropológicas.

          Otro hallazgo que sorprendió, y no necesariamente por tratarse del fragmento fósil de alguna extraña estructura ósea, fue el rastro de pisadas descubierto en Laetoli, al sur de Olduvai, por Mary Leakey, Philip y Peter Jones, en 1976 (Leakey, 1985). En un principio éstas se identificaron como de elefante pero después se concluyó que eran pisadas humanas; esto último llevó a Mary Leakey, a finales de ese año, a dar una serie de entrevistas y conferencias que tenían como objetivo dar a conocer los hallazgos en Laetoli. Sin embargo, tras varias discusiones, comienza a dudar sobre las huellas humanas. Este hecho la conduce a consultar a Louise Robbins, especialista norteamericana en pisadas, quien tras mucho discutir dictamina que eran de un bóvido, diciéndole a Mary que seguir en ese proyecto era perder el tiempo. Exhausta por los acontecimientos, ella decidió poner fin a la excavación de las huellas y darle el mando al encargado de la conservación, Ndibo. Tras el descubrimiento de un par de pisadas por parte de Ndibo, y con el aval de Mary Leakey, éste cede el terreno a Tim White, quien más tarde, y tras un exhaustivo trabajo de preservación, descubre gran cantidad de huellas fosilizadas hechas por un par de homínidos —uno grande y otro pequeño— que muy probablemente caminaron en una misma dirección y de una manera erguida.

            Más espectacular e interesante resultó el hallazgo que fue llevado a cabo en 1978 por el equipo del norteamericano Donald Johanson del Instituto de los Orígenes del Hombre, en Berkeley (Johanson, 1982). Descubrió un homínido femenino de la especie Australopithecus afarensis, casi completo, de unos 3.5 millones de años de antigüedad en Hadar, Etiopía, y que es mejor conocido como “Lucy”, en memoria a que en el momento en que fue descubierto los investigadores y trabajadores escuchaban la popular canción de The Beatles, Lucy en el cielo con diamantes.

            Nuevas excavaciones han hecho posible que se sigan recuperando restos de Australopithecus afarensis, sin embargo, ninguno llegó a llamar tanto la atención como Lucy y no es sino hasta que surge el cráneo de un ejemplar macho cuando empieza a perderse el romance entre la comunidad científica y ésta. No obstante, gracias a ella, se pudo comprobar que afarensis caminaba bípedamente, que poseía extremidades inferiores cortas, que medía unos 105 cm de altura, que su peso oscilaba en unos 25 kg, su cuerpo soportaba una cabeza muy similar a la de un chimpancé y era incapaz de transmitir información por algún tipo de sonido articulado.

            Un hallazgo que mantuvo el interés científico, por su sólida semejanza con nuestra especie, es el del ejemplar descubierto en 1984, en Olduvai, Kenia, y que fue llamado el “Chico de Turkana” (Tattersall, 1997). Éste mantiene un extraordinario estado de conservación que inclusive lo lleva a estar dentro de los más completos, superando a la mismísima Lucy, permitiendo obtener datos que han ayudado a determinar que se trataba de un adolescente que poseía una estructura corporal moderna, robusta y un caminar completamente erguido, que le valieron para ser asignado inicialmente como perteneciente a la especie Homo erectus.

            En 1991, el yacimiento de Dmanisi, en la antigua república soviética de Georgia, se descubrió la presencia de una mandíbula de homínido que sus descubridores asignaron como pertenecientes a Homo erectus; sin embargo, los métodos de datación convergen en sugerir que las especies de homínidos que provienen de Georgia y el Chico de Turkana no son tales y se les ha agrupado como pertenecientes a la especie Homo ergaster (Tattersall, 1997).

            Poco tiempo después de iniciar el año de 1992, el equipo de Tim White, de la Universidad de Berkeley, en Etiopía, reportó el hallazgo de una significativa colección de restos de organismos fósiles, a los que White y sus colaboradores han dado en clasificar como pertenecientes a la especie Ardipithecus ramidus. En ellos se pudieron reconocer formas muy primitivas de homínidos —con una cronología de 4.4 millones de años— que vivieron en condiciones muy semejantes a las de los chimpancés actuales. En estas evidencias fósiles se puede vislumbrar la tendencia hacia un andar bípedo (Leakey y Walker, 1997).

            Los descubrimientos realizados en 1994 por Eudald Carbonell y sus colegas, de la Universidad de Tarragona, en el yacimiento kárstico de la Gran Dolina, en la Sierra de Atapuerca, Burgos, España, han aportado gran cantidad de instrumentos y restos de fósiles humanos. Entre los más completos sobresale un fragmento de la parte superior del rostro de un individuo no adulto que los investigadores han clasificado como perteneciente a Homo heidelbergensis; sin embargo, aún hoy se se sigue discutiendo sobre la autenticidad de dichos materiales europeos (Tattersall, 1997).

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Louis Seymor Laekey (1903-1972). A pesar de su avanzada edad, no dejaba de recorrer los diferentes centros de excavación en los cuales participaba activamente con su esposa

            Más recientemente, el equipo de Meave Leakey ha encontrado en ambas orillas del lago Turkana, en Kenia, fósiles de homínidos de unos cuatro millones de años de antigüedad a los cuales clasificó, en 1995, como pertenecientes a Australopithecus anamensis. Sus características indican que habitaron ambientes de bosque con cuerpos de agua cercanos (Leakey y Walker, 1997).

            Por su parte, Coppens, junto con otros investigadores, publicaron, en 1995, el hallazgo de un resto fósil de australopiteco de entre 3 y 3.5 millones de años de edad, en Chad, al norte de África; ellos argumentan que éste se trata de una especie distinta a Australopithecus afarensis, postulando una temprana expansión de los homínidos hacia el oeste en vez de limitarse al este de África.

            Los fragmentos de varios restos fósiles de Australopithecus descubiertos en 1996, hacen postular la probable existencia de una nueva especie a la que tentativamente se ha dado a conocer como Australopithecus bahrelghazali, sin dejar de ser una línea aún no clarificada en la evolución del hombre (Leakey y Walker, 1997). No dudemos que en un futuro no lejano, las condiciones que en estos momentos han favorecido la clasificación de determinado homínido cambien completamente y los investigadores futuros sonrían ante lo que hoy es tan evidente; al fin y al cabo la ciencia es así, un constante ir y venir que está buscando respuestas a los más elementales fenómenos naturales, pero que para Homo siguen siendo un enigma en busca de su verdad, ¡la verdad de Homo sapiens!

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Bibliografía

howell, C. El hombre prehistórico. 2ª. Edición. Col. de la Naturaleza de Time-Life. Ediciones Culturales Internacionales, 1988. 200 p.

johanson, D. y edey, M. El primer antepasado del hombre. Barcelona, España, Ed. Planeta, 1982. 347 p.

leakey, R. La formación de la humanidad.  Vol. I y II. Biblioteca de Divulgación Científica Muy Interesante. Barcelona, España, Ed. Orbis S.A., 1985.

leakey, M. y walker, A. “Early hominid fossils from Africa”. Scientific American, 1997. 276(6):60-71.

tattersall, I. “De África ¿una... y otra vez?”.  Investigación y Ciencia,1997. 249:20-45.

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