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Con frecuencia existe la confusión de que al mencionar
al arte rupestre estamos hablando solamente de una expresión
propia de los grupos humanos de tiempos prehistóricos, lo
cual es un error. La palabra rupestre, del
latin rupes, designa las formaciones rocosas, los peñascos
y las cavernas, y el término arte rupestre engloba
las pinturas, dibujos y relieves que tanto el hombre prehistórico
como algunas culturas antiguas, realizaron dentro de cavernas
o sobre formaciones rocosas. Si pensamos en el caso de México,
nos encontraremos que frecuentemente hombres pertenecientes
a culturas tan desarrolladas como los mixtecos, los zapotecos
o los mayas, dejaron pinturas en cuevas o petroglifos en
algunos sitios donde el paisaje pétreo les sirvió de lienzo
para plasmar un signo, una imagen. Lo que sí resulta cierto
para muchos investigadores, es que tanto los pueblos nómadas
de la prehistoria como las civilizaciones antiguas, hicieron
uso del dibujo, la pintura y el bajo relieve para manifestar
una creencia mágica o religiosa y que, por lo tanto, las
imágenes del arte rupestre eran parte de un acto ritual,
o bien, ofrendas a seres superiores.
En 1878 se descubrieron en España
las cuevas de Altamira y sus magníficos murales de bestias
repartidos a lo largo de los muros y techos de las cavernas.
La destreza de los artistas que plasmaron esta zoología
de tonos ocres, rojizos y negros hizo que hoy en día y después
de que se han descubierto cientos de cuevas con manifestaciones
de este tipo, siga siendo ella la llamada Capilla
Sixtina del arte rupestre. Estas pinturas de no menos
de 25000 años de antigüedad representan una prueba del desarrollo
intelectual del hombre
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del periodo glacial; ello nos hace pensar que si
bien la mayoría de las cosas que produjo desaparecieron
a lo largo de los años, quizás su organización social
y sus ideas eran más complejas que lo que científicamente
se ha podido comprobar.
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Cualquier maestro sabe lo que cuesta a un niño aprender
a plasmar de forma realista la imagen dibujada de
un hombre, un animal o un objeto; de hecho, para llegar
a tener un dominio pleno del dibujo hacen falta muchas
horas de práctica,
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así como la transmisión de conocimientos por parte del
maestro o de libros para saber pintar con las proporciones
adecuadas o para dar sensación de movimiento. Por todo esto,
resulta increíble pensar que estos grupos de cazadores y
recolectores, tuviesen tiempo para dedicarse al arte y alcanzar
tales grados de maestría. Lo anterior nos hace pensar que
ya había en este momento personajes dedicados a cultivar
exclusivamente esta actividad y que su función se hallaba
inserta dentro de las ceremonias que aquellos grupos humanos
realizaban para tener éxito en la caza o para congraciarse
con los dioses o las fuerzas sobrenaturales.
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En el caso de México, la mayor parte del arte rupestre
que encontramos no es realista, sino que presenta estilizaciones
de los objetos, animales o humanos a los que busca plasmar
en la piedra. El estilo de las obras es muy diverso pues
pertenecen a grupos humanos alejados en el tiempo y en la
geografía ya que encontramos obras rupestres en Baja California,
Yucatán, Oaxaca, Tlaxcala y el Valle de México. Esto no
resta méritos a las obras de estos creadores y también en
Europa, Asia y África se han encontrado pinturas que más
que reproducir buscan significar algún elemento de la realidad.
Estas esquematizaciones de las figuras humanas o de los
animales han sido, además, una fuente inagotable de inspiración
para los artistas modernos, pues cuando la dictadura del
arte realista terminó en las primeras décadas del siglo
XX con la aparición de las vanguardias europeas, los artistas
voltearon a todas las manifestaciones del arte antiguo,
incluido el rupestre, para renovar su lenguaje plástico.
Pintores como Picasso, Klee, Matisse, Brancusi o Giacometti
serían inexplicables sin su acercamiento al arte rupestre,
al arte tribal y, en general, a las manifestaciones creativas
de las civilizaciones del pasado. En nuestro país, baste
mencionar a Francisco Toledo, quien quizás es el artista
más importante de nuestro momento y que ha tomado no sólo
formas sino también colores del arte rupestre.
Así, vemos cómo este tipo de arte
tiene una importancia doble: por un lado representa una
prueba invaluable del grado evolutivo del hombre en tiempos
muy lejanos y, por otro, sin la carga mágico religiosa fueron
concebidos, sigue enviando mensajes e ideas a los hombres
de hoy, haciendo que algo antiquísimo sea motor de las más
innovadoras formas de expresión creativa.
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