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Correo del Maestro Núm.48, mayo 2000

El arte rupestre y sus ecos en el arte actual

Fernando Gálvez

 

Con frecuencia existe la confusión de que al mencionar al arte rupestre estamos hablando solamente de una expresión propia de los grupos humanos de tiempos prehistóricos, lo cual es un error. La palabra “rupestre”,  del latin rupes, designa las formaciones rocosas, los peñascos y las cavernas, y el término “arte rupestre” engloba las pinturas, dibujos y relieves que tanto el hombre prehistórico como algunas culturas antiguas, realizaron dentro de cavernas o sobre formaciones rocosas. Si pensamos en el caso de México, nos encontraremos que frecuentemente hombres pertenecientes a culturas tan desarrolladas como los mixtecos, los zapotecos o los mayas, dejaron pinturas en cuevas o petroglifos en algunos sitios donde el paisaje pétreo les sirvió de lienzo para plasmar un signo, una imagen. Lo que sí resulta cierto para muchos investigadores, es que tanto los pueblos nómadas de la prehistoria como las civilizaciones antiguas, hicieron uso del dibujo, la pintura y el bajo relieve para manifestar una creencia  mágica  o religiosa y que, por lo tanto, las imágenes del arte rupestre eran parte de un acto ritual, o bien, ofrendas a seres superiores.

          En 1878 se descubrieron en España las cuevas de Altamira y sus magníficos murales de bestias repartidos a lo largo de los muros y techos de las cavernas. La destreza de los artistas que plasmaron esta zoología de tonos ocres, rojizos y negros hizo que hoy en día y después de que se han descubierto cientos de cuevas con manifestaciones de este tipo, siga siendo ella la llamada “Capilla Sixtina del arte rupestre”. Estas pinturas de no menos de 25000 años de antigüedad representan una prueba del desarrollo intelectual del hombre

del periodo glacial; ello nos hace pensar que si bien la mayoría de las cosas que produjo desaparecieron a lo largo de los años, quizás su organización social y sus ideas eran más complejas que lo que  científicamente se ha podido comprobar.

Cualquier maestro sabe lo que cuesta a un niño aprender a plasmar de forma realista la imagen dibujada de un hombre, un animal o un objeto; de hecho, para llegar a tener un dominio pleno del dibujo hacen falta muchas horas de práctica,

 

 

      

 

 

 

 

 

 

así como la transmisión de conocimientos por parte del maestro o de libros para saber pintar con las proporciones adecuadas o para dar sensación de movimiento. Por todo esto, resulta increíble pensar que estos grupos de cazadores y recolectores, tuviesen tiempo para dedicarse al arte y alcanzar tales grados de maestría. Lo anterior nos hace pensar que ya había en este momento personajes dedicados a cultivar exclusivamente esta actividad y que su función se hallaba inserta dentro de las ceremonias que aquellos grupos humanos realizaban para tener éxito en la caza o para congraciarse con los dioses o las fuerzas sobrenaturales.

 

 

En el caso de México, la mayor parte del arte rupestre que encontramos no es realista, sino que presenta estilizaciones de los objetos, animales o humanos a los que busca plasmar en la piedra. El estilo de las obras es muy diverso pues pertenecen a grupos humanos alejados en el tiempo y en la  geografía ya que encontramos obras rupestres en Baja California, Yucatán, Oaxaca, Tlaxcala y el Valle de México. Esto no resta méritos a las obras de estos creadores y también en Europa, Asia y África se han encontrado pinturas que más que reproducir buscan significar algún elemento de la realidad. Estas esquematizaciones de las figuras humanas o de los animales han sido, además, una fuente inagotable de inspiración para los artistas modernos, pues cuando la dictadura del arte realista terminó en las primeras décadas del siglo XX con la aparición de las vanguardias europeas, los artistas voltearon a todas las manifestaciones del arte antiguo, incluido el rupestre, para renovar su lenguaje plástico. Pintores como Picasso, Klee, Matisse, Brancusi o Giacometti serían inexplicables sin su acercamiento al arte rupestre, al arte tribal y, en general, a las manifestaciones creativas de las civilizaciones del pasado. En nuestro país, baste mencionar a Francisco Toledo, quien quizás es el artista más importante de nuestro momento y que ha tomado no sólo formas sino también colores del arte rupestre.

          Así, vemos cómo este tipo de arte tiene una importancia doble: por un lado representa una prueba invaluable del grado evolutivo del hombre en tiempos muy lejanos y, por otro, sin la carga mágico religiosa fueron concebidos, sigue enviando mensajes e ideas a los hombres de hoy, haciendo que algo antiquísimo sea motor de las más innovadoras formas de expresión creativa.

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