Paleoecología de los homínidos fósiles*
Aunque las descripciones físicas de las diferentes especies
de homínidos que han existido en el planeta son importantes,
en realidad es un tema muy fácil de encontrar, pues es lo
que aparece siempre en los libros que tratan sobre evolución
del hombre: lista de especies, dimensiones, aspecto, tipos
de evidencias encontradas, rangos en el tiempo, etc. Tan
es así que para dominar el tema lo único importante es mantenerse
actualizado pero, ¿qué tan fácil es encontrar obras que
traten sobre la ecología de estos hombres primitivos?, por
ejemplo, que expliquen cómo vivían, en qué ambientes se
desarrollaron, qué relación tenían con otras especies de
su entorno; en realidad esta información es muy escasa y
es por ello que vale la pena darle a este tema un espacio
especial.
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Cómo se hace la paleología
Una reconstrucción de un organismo antiguo a partir de
los fósiles consiste básicamente en tomar los datos que
nos ofrece la pieza y trasladarlos a una imagen actual o
equivalente. Por ejemplo, un cráneo de primate con un agujero
occipital en la parte inferior, trasladado a la época actual,
indica un tronco colocado debajo de la cabeza, o sea una
marcha bípeda.
Ahora bien, una reconstrucción paleoecológica
significa continuar con el marco deductivo que estamos realizando,
pero con el fin de obtener información relativa a la ecología
de la especie estudiada; por ejemplo, una marcha bípeda
implica vida terrestre, como la nuestra, o con menos dependencia
de los árboles, por tanto, un organismo con esa característica
debió vivir en zonas abiertas, tal vez una pradera o quizá
un bosque, pero donde subirse a los árboles y desplazarse
en ellos no era su primera opción. El traslado de datos
de un nivel a otro sería como se presenta en el cuadro 1.
Para el caso que nos interesa, las
reconstrucciones paleoecológicas se realizan a partir de
dos fuentes de datos: los estudios anatómicos y la fauna
fósil asociada a los restos de homínidos descubiertos; lo
primero, para tener información relativa a cómo era, cómo
funcionaba, cómo vivía la especie y lo segundo, para saber
el tipo de ecosistema en que se desarrolló.
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El paso de los árboles al suelo
Nuestro punto de entrada será el género Australopithecus
ya que es la forma más primitiva de la cual podemos hacer
una buena reconstrucción paleoecológica. Ya sabemos que
estos organismos fueron nuestros ancestros y quienes realizaron
la conquista de la tierra firme. La más antigua especie
de homínido conocida en la actualidad es Ardipithecus ramidus,
una forma que existió en el este de África hace cuatro y
medio millones de años (Leakey y Walker, 1997) y cuya dentición
presenta características que le asemejan bastante a la humana.
Desgraciadamente no se conocen suficientes restos como para
deducir algo de su ecología.
Un poco menos drástico es el caso
de Australopithecus anamensis, aunque los restos son tan
escasos que apenas podemos decir algo de ellos, sin embargo,
lo que conocemos indica un rostro tipo chimpancé y, lo más
importante de todo, la parte superior de la tibia, la que
se articula con el fémur y forma la rodilla, es asombrosamente
similar a la humana, lo cual indica que su locomoción era
bípeda, o estaba bastante avanzada en este sentido (Leakey
y Walker, 1997). Los fósiles de esta especie se encontraron
asociados a fauna de bosque y de río, por lo que podemos
suponer que vivía en las selvas, probablemente cerca de
ríos y lagos.
En realidad, si queremos hacer una
buena reconstrucción paleoecológica nuestro punto de partida
debe ser Australopithecus afarensis, especie que vivió hace
3 a 4 millones de años. Fue un organismo con cráneo de simio
y cuerpo muy avanzado respecto a la marcha bípeda (McHenry,
1998). El análisis de sus manos muestra que su estructura
muscular y ósea era más similar a la de los chimpancés actuales
que a la de los homínidos posteriores. Ciertamente podía
utilizar objetos a manera de herramientas, pero sus habilidades
se encaminaban más hacia movimientos de prehensión en donde
la fuerza era el factor clave y, definitivamente, no era
capaz de realizar movimientos finos de los dedos y sobre
todo del pulgar (Susman, 1998). Con todo esto, más su capacidad
craneal de unos 400 centímetros cúbicos (cc), podemos ver
a esta especie como algo muy similar a los chimpancés actuales.
Las huellas de homínidos descubiertas
en la localidad fósil de Laetoli corresponden, por antigüedad,
a individuos de esta especie; esta imagen refuerza la idea
de que Australopithecus afarensis era muy apta para caminar
en el suelo. Sabemos, no obstante, que esta habilidad se
complementaba con una buena aptitud para la vida arborícola,
pues las características de las manos y del tronco indican
adaptaciones para el transporte entre los árboles.
Sabemos que desde el Plioceno el
clima seco fue haciéndose más común en esta región (Coppens,
1994) y que las masas forestales, junto con la fauna asociada,
se hicieron cada vez más escasas y más limitadas a los bordes
de ríos y lagos. De esta forma, aunque esta especie era
básicamente arborícola, es probable que utilizara sus habilidades
de locomoción terrestre para desplazarse entre trozo y trozo
de bosque. En los sitios donde se han descubierto sus fósiles,
por ejemplo Laetoli, Hadar o Koobi Fora (Reed, 1997), la
fauna asociada comprende un buen número de especies arborícolas
y/o de alimentación frugívora, además de la presencia de
especies anfibias o acuáticas. Dentro de este panorama,
Australopithecus afarensis se manifiesta como un organismo
que vivía en bosques ribereños, que pasaba parte de su vida
en los árboles, parte en el suelo, alimentándose de frutos,
insectos, semillas y uno que otro pequeño vertebrado, viviendo
en pequeños grupos y siendo presa habitual de leopardos.
Estos homínidos tenían un dimorfismo
sexual muy marcado, producto de su vida en grupo. Gran
cantidad de especies de mamíferos viven en sistemas sociales
que les proporcionan seguridad contra depredadores pero
también implica competencia, sobre todo en lo referente
a la lucha entre los machos por las hembras. En los primates
hay dos caracteres que diferencian a un sexo del otro y
que se acentúan más entre más fuerte es la competencia:
el tamaño de los caninos y la talla del individuo (Plavcan
y Schaik, 1997). En simios como los gibones, las parejas
forman nexos muy estables y la monogamia es la norma, por
lo que el dimorfismo sexual es muy poco marcado; caso opuesto
son los babuinos, los cuales viven en grupos donde los machos
compiten constantemente por las hembras y de ello se deriva
que estos últimos sean notablemente más grandes y posean
caninos enormes.
Los fósiles de homínidos extintos
y nuestra propia especie manifiestan constantemente un evidente
dimorfismo sexual, lo cual prueba que la existencia de grupos
sociales en donde los machos compiten por las hembras ha
sido tan parte nuestra como nuestra marcha bípeda o nuestro
cerebro. Los fósiles de Australopithecus afarensis muestran
que los colmillos de los machos eran más grandes que los
de las hembras y, sobre todo, existía una clara diferencia
en la talla individual. Estas características, al compararlas
con las de los primates actuales, los ubican como integrantes
de grupos sociales en los cuales existía un solo macho,
varias hembras e individuos jóvenes, tal y como se observa
en la actualidad con los gorilas.
Las siguientes especies de australopitécidos
en la escala del tiempo (2 a 3 millones de años antes del
presente) fueron Australopithecus africanus, la cual habitó
el sur de África, y Australopithecus aethiopicus, que ubicamos
en la región de Etiopía (Reed, 1997). Ambas muestran algunas
modificaciones que les acercan a la forma humana actual
(Leakey, 1985) como disponer de un pulgar con movimiento
propio, habilidad para manipular objetos con bastante precisión
y un cerebro mayor (400-480 cc).
En los sitios donde aparecen estas
especies la fauna es poco especializada, aunque parte de
ella se relaciona con el hábitat tipo bosque; por ejemplo,
en Sterkfontein (donde habitaba Australopithecus africanus),
la fauna estudiada (2.4-2.6 millones de años de antigüedad)
incluye 23.3% de especies terrestres arborícolas y, lo más
importante, el 16.7% son frugívoros, mientras que sólo el
3.3% son comedores de pastos; en Shungura (2.9 millones
de años) la fauna que convivió con Australopithecus aethiopicus
incluía 5.6% de especies arbóreas, 14% frugívoras y 5.6%
acuáticas. De acuerdo con esto, podemos concluir que estas
especies vivieron en ambientes similares a los de su antepasado;
para el primer caso (Australopithecus africanus), bosques
colindantes con la sabana o bosques abiertos y para el segundo,
bosques ribereños (Reed, 1997).
En comparación con Australopithecus
afarensis, estas dos nuevas especies representan un
paso adelante dentro del proceso de tendencia
hacia la forma humana, aunque seguían siendo muy semejantes
a la forma simio. No rebasaban el metro y medio de altura,
eran de constitución ligera (de ahí que se les denomine
australopitécidos gráciles), sus cráneos eran más semejantes
a los humanos (en comparación con los de Australopithecus
afarensis) y, como se indicó, tenían un cerebro mayor. Existía
dimorfismo sexual, aunque menos marcado que en otros australopitécidos,
pues las diferencias en talla entre machos y hembras no
eran muy marcadas y las dimensiones de los caninos eran
similares; estas características indican que muy probablemente
vivían en grupos formados por varios machos y hembras con
bastante tolerancia en cuanto a la competencia y control
de la comunidad, algo similar a lo que se observa actualmente
con los chimpancés.
Como se señaló, Australopithecus
africanus y Australopithecus aethiopicus presentan una estructura
anatómica en los dedos de las manos similar a la de Homo
sapiens, justo la adecuada para el manejo de instrumentos
(Susman, 1998), por ejemplo, pulgares comparativamente largos
y con una musculatura independiente a la de los restantes
dedos (músculos extensores y flexores del pulgar), pero
es importante recalcar que nunca se ha encontrado evidencia
de que ellos fabricaran sus propios instrumentos. La conclusión
de esto es que se trató de organismos muy aptos para usar
palos, piedras o huesos, para tirar frutos, golpear a un
enemigo o alcanzar un objeto.
Por último, recordemos que en épocas
pasadas se creó la idea de que los australopitécidos habían
dejado de ser herbívoros para convertirse en cazadores,
o al menos en animales con alimentación carnívora, sin embargo,
no existe dato alguno que demuestre un cambio en el estilo
de vida con respecto a su antecesor, por lo que debemos
considerar como más probable una alimentación omnívora muy
diversa.
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Los verdaderos vegetarianos
Los australopitécidos gráciles fueron el eje del cual se
derivaron dos líneas evolutivas, ambas encaminadas hacia
un estilo de vida completamente terrestre (o sea sin relación
directa con lo arborícola) y cada vez más adaptado hacia
el abandono del bosque por la vida en la sabana, una de
éstas llevó hacia los australopitécidos robustos y la otra
hacia el género Homo.
El primer grupo comprende organismos
con un estilo de vida 100% vegetariano. Sus cráneos eran
anchos con poderosas mandíbulas, gran desarrollo de la musculatura
mandibular y amplios molares, aptos para alimentarse de
vegetales duros, algo lógico cuando la alimentación tipo
fruto es sustituida por semillas o vegetales más duros,
propios de zonas secas (Leakey, 1985).
Las especies involucradas son dos:
Australopithecus robustus y Australopithecus boisei. La
primera, propia de Sudáfrica (1.5-2 millones de años), fue
la forma mejor adaptada a los ambientes secos (entre las
especies de este género), pues la fauna fósil asociada (Kromdaii
y Swartkrans) indica ausencia de especies arborícolas, aunque
sí hay algunas de alimentación frugívora y algunas especies
acuáticas (Reed, 1997). De acuerdo con esto podemos suponer
que este homínido vivió cerca de los ríos, pero en zonas
relativamente secas, donde la sabana y el bosque colindaban.
La segunda especie fue contemporánea
(1.5-2.5 millones de años), pero pertenece al este de África
y fue más conservadora, pues aparece en sitios (Koobi Fora
y Omo) donde el ecosistema dominante parece ser un bosque
abierto cercano a ríos (Reed, 1997), algo semejante a lo
observado con los australopitécidos anteriores.
La reconstrucción de las manos de
estas dos especies demuestra una buena capacidad para utilizar
instrumentos (Reed, 1997) pero, aunque se ha sugerido que
ocasionalmente podrían haberlos elaborado, lo cierto es
que su esfuerzo evolutivo estuvo más relacionado con la
evolución hacia una alimentación herbívora, que llevó a
fuertes modificaciones en su dentición y poder masticatorio,
que hacia la elaboración de herramientas; el bajo incremento
de la capacidad cerebral (530 cc) sería una evidencia de
ello.
En realidad, si vemos la reconstrucción
de alguno de estos organismos es fácil llegar a la conclusión
de que su condición tipo hombre es indudable,
pero que su sobrevivencia dependía básicamente de su potencial
biológico, o sea de sus adaptaciones morfológicas y fisiológicas,
sin que el aspecto de capacidades mentales haya tenido algún
impacto destacable, algo también comprensible si consideramos
que la alimentación herbívora no exige el desarrollo de
habilidades mentales, en contraposición con la vida depredadora.
Aunque Australopithecus robustus
y Australopithecus boisei se manifiestan como formas similares,
hermanas diríamos, los datos sobre su paleoecología
muestran marcadas diferencias, tan grandes como las que
hay entre lobos y coyotes o entre leones y tigres. Respecto
a los ecosistemas en los cuales se desarrolló cada una,
ya vimos que había diferencias, ahora bien, los fósiles
también muestran variaciones en lo que respecta a la forma
como constituían sus grupos. En el caso de Australopithecus
robustus el dimorfismo sexual no es muy marcado, por ello
se puede suponer la existencia de grupos sociales semejantes
a las de Australopithecus africanus, mientras que en Australopithecus
boisei se observa una marcada diferencia entre sexos, tanta
como la que se presenta en los babuinos de la sabana (Papio
papio), los cuales viven en grupos donde los machos son
definitivamente dominantes, manteniendo entre ellos una
continua e intensa competencia.
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Un humilde carroñero
La otra línea evolutiva, la de Homo, se desarrolló en un
camino muy distinto. Hay muy poco que nos indique tendencia
a la especialización; en realidad, los datos hablan más
a favor de la tendencia a mantener una estructura generalizada,
no especializada, impulsándose, por otro lado, el empleo
de las preadaptaciones relacionadas con la habilidad manual
y la capacidad cerebral.
Nuestro punto de partida de esta
ruta evolutiva es Homo habilis, una especie que apareció
en el planeta hace unos dos y medio millones de años y perduró
hasta hace un millón y medio. Los fósiles muestran que
se trató de un organismo que literalmente se salió
del cuadro que mantenían los australopitécidos, pues
su reconstrucción morfológica y ecológica se aparta completamente
de aquel esquema.
Homo habilis era un organismo de
apariencia ligera, su altura era de unos 140 cm y probablemente
no pesaba más de 45 kg (Leakey, 1985). Su capacidad cerebral
rebasaba ampliamente a los australopitécidos contemporáneos,
pues se ubicaba sobre los 650 cc; esto, más la anatomía
de sus manos, indica no sólo la habilidad para usar instrumentos,
sino incluso para elaborarlos y llevar un estilo de vida
que dependía en cierto grado de esto, algo que no parece
haber ocurrido con los australopitécidos.
Es importante destacar que aunque
el uso de herramientas había sido pauta normal en la historia
de los homínidos, el cambio sustancial que se opera en Homo
habilis es su capacidad para pensar en la necesidad de disponer
de un objeto de roca con una punta dura, de ahí iniciar
la búsqueda de un guijarro que pudiera ser controlado con
una mano, tomarlo, golpearlo contra rocas de mayor talla
para romperlo y así tratar de obtener una pieza en la cual
las fracturas se han concentrado en un sólo extremo y dan
por resultado lo que denominamos tajador (Leakey
1985) o sea una piedra con bordes cortantes y punta o puntas
irregulares, pero consistentes.
Los restos fósiles más importantes
de esta especie pertenecen a la barranca de Olduvai, al
este de África (Kenya y Etiopía), una región que en la actualidad
está ocupada por sabanas abiertas y desierto pero que en
aquellas épocas tenía un clima mucho más húmedo (Leakey,
1985). La fauna asociada a Homo habilis, en este sitio y
otros (Omo), indica condiciones ambientales propias para
el desarrollo de sabanas arboladas o sitios semisecos donde
la sabana y el bosque colindaban; la fauna arborícola y
la de alimentación frugívora y la acuática aparecen junto
con la de la sabana y la que se alimenta de pastos (Reed,
1997). Incluso en Omo sabemos que Australopithecus boisei
convivía codo con codo con Homo habilis.
Casi siempre se asocia el uso de
los tajadores y el mayor desarrollo cerebral con la vida
depredadora, sin embargo, la interpretación paleoecológica
de esta especie no apoya esto. Una especie cazadora por
necesidad es robusta, fuerte, de gran resistencia (en comparación
con organismos de similares dimensiones), pero el proceso
evolutivo que dio origen a H. habilis no implicó el desarrollo
de cuerpos atléticos o grandes con extraordinaria musculatura.
¿Cuál sería entonces el cambio que se operó en esta especie
a partir del uso de herramientas de roca? Su condición
grácil implica un estilo de vida oportunista y se piensa
que estas piedras con punta le permitirían el acceso a un
tipo de alimento rico en proteína pero de cubierta muy dura:
la médula de los huesos.
De acuerdo con esta idea, Homo habilis
fue una especie que aprovechó las continuas jornadas de
cacería de los depredadores para esperar, como buen oportunista,
el momento en que los restos de las presas eran abandonadas
para llegar y robarse un hueso y en un lugar seguro machacarlo
con su tajador hasta romperlo y extraer la médula. Este
alimento, rico en proteína y grasa equivaldría, desde el
punto de vista nutricional, a todo un día de recolecta y,
por tanto, sería altamente apreciado. La mayor inteligencia
la tenemos vinculada a la elaboración de los instrumentos,
pero sin duda sería tanto o más valiosa como parte de las
habilidades que requerirían para acercarse a los restos
y tomar un hueso mientras actuaban contra sus competidores:
los chacales y los buitres.
Por último, respecto a su tipo de
vida social, esta especie y todas las restantes del género
Homo aparecen como formas adaptadas a la vida en grupos
donde los machos compiten en forma continua pero poco intensa,
con poca probabilidad de que surjan machos dominantes y
mucha interacción sexual entre machos y hembras en conjunto
(Plavcan y Schaik, 1997).
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A la conquista del mundo
Cómo se indicó, Homo habilis era una especie propia de
la sabana arbolada, pero su descendiente, Homo ergaster,
fue un tipo de hombre que no requería de los árboles para
sobrevivir y que podía subsistir en regiones con condiciones
más severas gracias a su mejor constitución física (medía
hasta 1.8 m). ¡Ah sí!, y también por su mayor cerebro, el
cual alcanzaba hasta 1 000 cc (Tattersall, 1997). Comúnmente
se considera que la mayor capacidad cerebral y la elaboración
de herramientas fueron dos aspectos que estuvieron estrechamente
relacionados en la evolución de nuestro género, sin embargo,
en el caso de Homo ergaster la regla no se cumple, pues
los únicos instrumentos conocidos son los tajadores.
Se cree que la verdadera clave del
desarrollo de la inteligencia en esta especie fue la alimentación.
En zonas húmedas y ricas en recursos la carroñería era una
opción sencilla para complementar la alimentación, pero
en una región más seca sería algo mucho más complicado,
pues habría más competencia. Además de que cualquier habilidad
que permitiera conseguir alimento sería seleccionada positivamente,
también se cree que Homo ergaster sería un buen robador
de presas, algo que requiere de mucha astucia.
Imaginemos un ejemplo de esto. Los
leopardos (Panthera pardus), los carnívoros más comunes
en la zona, tienen la costumbre de colocar los restos de
su presa en la parte superior de los árboles para evitar
que se la roben y eso les sirve muy bien contra leones,
chacales o hienas, no así contra un primate capaz de subirse
a una acacia y que, además, es lo bastante listo para reconocer
las pautas de conducta de los leopardos, saber qué árboles
son los más empleados y cuál es el momento adecuado para
subir a robarse la presa.
Aparentemente, esta especie tuvo
una larga vida pues estuvo presente al menos medio millón
de años (de dos a, quizá, un millón de años antes del presente)
y su éxito como especie queda demostrada al haber abandonado
África y lograr diseminarse por Asia (Tattersall, 1997).
La razón de esto sin duda se encuentra en su capacidad para
sobrevivir en ambientes abiertos y semiáridos, justo los
que encontramos en todo el territorio que abarca el noreste
de África y Medio Oriente, sin embargo, más allá de estas
regiones se encuentra la tierra prometida, las sabanas arboladas
de la India y las estepas que abarcan desde Europa oriental
hasta China, o sea un ambiente abierto, llano, perfecto
para vivir y diseminarse con facilidad y con menos competencia.
Las grandes distancias recorridas
y las distintas condiciones ambientales favorecieron que
Homo ergaster fuera el tronco del cual se derivaron dos
especies, una de ellas es Homo erectus, la cual se desarrolló
en Asia y la otra, Homo heidelbergensis, que apareció en
África y de la que derivamos nosotros (Tattersall, 1997).
La diferencia más importante entre
estos tres tipos de hombres es el tipo de herramientas que
usaban. Como se indicó, Homo ergaster mantuvo su primitiva
cultura del tajador y en ello no se manifiestan mayores
cambios, pero sus descendientes sí superaron este nivel
pues desarrollaron nuevos métodos de elaboración de instrumentos
y el resultado fue la aparición de herramientas más diversas
y más complejas.
Homo erectus vivió desde hace 1.5
millones hasta hace tan sólo 50000 años, lo cual le convierte
en la más exitosa especie del género. Su distribución, desde
el norte de China hasta Java y desde la costa del Pacífico
hasta los Himalayas, indica que aunque fuera potencialmente
apto para vivir en las estepas (como su antepasado), los
ambientes de bosque eran su primera opción. Los fósiles
de las localidades chinas están asociadas a caballos, elefantes,
ciervos, antílopes, bisontes, hienas, leopardos, tigres
dientes de sable, o sea, animales propios del bosque y de
la pradera. En Java, el otro extremo de su distribución,
lo encontramos viviendo en la selva (Tattersall, 1997).
Su especie hermana, Homo heidelbergensis,
logró establecerse en una región que hasta ese momento había
estado al margen de la historia de los homínidos, Europa,
y tanto su morfología como sus hábitos serían muy similares
a los de Homo erectus.
Los instrumentos descubiertos en
las localidades fósiles de China y asociados a Homo erectus
varían enormemente en su grado de complejidad. Los más antiguos,
con un millón de años a cuestas, son apenas algo más complejos
que los tajadores que les precedieron y hace 500000 años
ya existe una amplia gama de herramientas. Al observar las
piezas es fácil concluir que del concepto de tajador se
derivó la idea de elaborar instrumentos con otros usos,
aunque igualmente sencillos y toscos. El perfeccionamiento
de las piezas a través de una elaboración más cuidadosa
fue un proceso posterior.
Además del gran logro y la consiguiente
ventaja adaptativa que representó para ellos una industria
lítica más diversa y perfeccionada, otro importantísimo
avance fue el uso y control del fuego, pues representó el
primer momento en que el hombre buscó utilizar una fuente
de energía (Howell, 1988). Desconocemos cuándo y dónde se
dio el primer paso pero los grupos humanos de hace 500000
años de Asia y Europa ya hacían un amplio uso de éste, tal
y como lo atestiguan las acumulaciones de ceniza y carbón
asociadas a las localidades donde aparecen los fósiles humanos.
La forma como se descubrió el fuego
también es algo poco conocido pero básicamente se limita
a dos posibilidades: a través del manejo de la madera que
se quemaba durante los incendios naturales (en la temporada
seca o al caer rayos en los árboles) o durante la fabricación
de los utensilios de roca, ya que al tallar dos pedernales
es común que salten chispas que pueden convertirse en llama
al caer en la hierba seca.
Las novedades tecnológicas y las
habilidades mentales de estas dos especies permitieron que
el robo de presas y la cacería de pequeños vertebrados (parte
del estilo de vida de Homo ergaster) dejaran de ser la máxima
expresión en hábitos depredadores y se llegó a niveles tales
como la cacería de proboscídeos. Existen interesantes investigaciones
realizadas en Torralba y Ambrona, España, realizadas hace
medio siglo, donde se encontraron los restos de una increíble
carnicería de elefantes (Howell, 1988). El sitio tiene unos
300000 años de antigüedad y, aunque no se encontraron fósiles
humanos, la lítica y época permiten suponer que el autor
de la cacería fue Homo heidelbergensis.
Los restos de los animales y la
herramienta se encontraron en lo que había sido un pantano
y las orillas mostraron señales de fuego. Aunque era obvio
que los proboscídeos habían muerto ahogados, muchos huesos
se encontraron fuera de sitio, sin ningún acomodo natural,
sino más bien formando puentes, sitios de paso, que conectaban
con la orilla.
Los estudios posteriores permitieron
concluir que se había tratado de un grupo de elefantes primitivos
que se dirigía hacia el sur por la temporada de invierno.
En su camino se tropezaron con esta zona pantanosa, situación
delicada, pero perfectamente superable, y con grupos humanos,
lo cual selló su destino. Los hombres quemaron los pastizales
que se encontraban entre la manada y el pantano y con ello
acorralaron a los animales que fueron cayendo, uno por uno,
en el lodo. Después, a estos cazadores sólo les quedó sentarse
en la orilla y esperar a que sus presas murieran para iniciar
su descuartizamiento. Tomaron algunas partes de los cuerpos
y se las llevaron, otras las utilizaron para formar los
puentes y otras, simplemente, las ignoraron; estos dos últimos
grupos y las herramientas que emplearon en el trabajo fue
lo que quedó como evidencia del evento.
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La era del hielo
Como se indicó, Homo heidelbergensis fue el primer homínido
que vivió en Europa, sin embargo, la primer especie originaria
de la región fue Homo neanderthalensis. A esta especie la
podemos reconstruir en dos versiones, una relacionada con
ambientes templados o cálidos y otra con climas fríos.
Para el primer caso tenemos los
importantes datos provenientes de Medio Oriente (Pilbeam,
1981), por ejemplo, en Shanidar, Irak y en Monte Carmelo
en Israel 40 a 80 mil años de antigüedad. Estos hombres
vivían en grupos, ocupando cuevas o en chozas que levantaban
con ramas, pieles o lo que fuera. Eran cazadores muy diestros
pero es probable que la mayor parte del alimento la obtuvieran
de la recolección. Un dato muy importante es que entre los
fósiles descubiertos hay evidencia de individuos que presentaban
lesiones o limitaciones físicas pero aún así podían sobrevivir,
así como personas que murieron y fueron enterradas. Estos
datos, tan comunes para nosotros, evidencian que la seguridad
que se vivía en el interior de estos grupos, por ejemplo,
contra depredadores, era muy grande; tanta, que podían darse
casos en los que una persona con alguna discapacidad podía
buscar refugio. La conclusión ecológica de esto es que las
sociedades de esta especie de hombre eran, en conjunto,
tan poderosas y aptas como los grandes depredadores con
los que convivían, de tal manera que un compañero enfermo
podía encontrar en el interior de su grupo suficiente protección
hasta curarse sin que fuera rápidamente devorado por un
depredador.
No obstante estos importantes datos,
lo referente al Homo neanderthalensis que vivió en la época
glaciar en Europa es aún más interesante (Fischman, 1992).
Sus campamentos aparecen como lugares que se usaban poco
tiempo y los restos descubiertos (carbón, huesos, lítica)
hablan de personas que llegaban y se limitaban a cubrir
sus necesidades inmediatas. Llevaban una vida plenamente
nómada, deteniéndose sólo en sitios en los que hubiera alimento
disponible para aprovecharlo al máximo y después partían.
Según los antropólogos, a estos
campamentos se les puede agrupar en dos tipos, uno se caracteriza
por tener instrumentos pequeños, en ellos los restos de
plantas son abundantes y los animales cazados eran más bien
chicos; el otro tipo de campamento es de mayores proporciones,
los restos dominantes son de vertebrados grandes y la lítica
comprende armas pesadas. De acuerdo con los especialistas,
los campamentos chicos eran ocupados por mujeres y niños
y los grandes pertenecían sólo a individuos masculinos,
lo que nos lleva a concluir que estos neanderthales vivían
en grupos diferentes, uno formado por mujeres e infantes
y otro por los hombres, manteniendo cada uno su independencia
y favoreciendo el contacto sólo para la reproducción.
¿Qué relación tiene esto con las
adaptaciones climáticas? El aspecto principal que buscan
cubrir las sociedades de primates son la protección contra
depredadores y, para el caso de Homo, apoyar las labores
de obtención de alimento (por ejemplo, la cacería); la competencia
entre individuos existe, en realidad podríamos decir que
es un punto en contra, pero si hay suficiente alimento,
espacio y parejas potenciales, se llega a un equilibrio
entre lo bueno y lo malo. Sabemos que en condiciones naturales
los grupos sociales se hacen tan grandes o chicos como alimento
disponible haya y lo mismo ocurre en relación con los peligros
existentes; de esta forma, mucho alimento y muchos carnívoros
favorecen sociedades compactas y grandes, comida abundante
con pocos riesgos lleva a sociedades más laxas y poco alimento
produce comunidades chicas sin importar el nivel de riesgo.
Para el caso de estos neanderthales
el problema básico no debieron ser los carnívoros sino la
alimentación y la respuesta a ello fue vivir en pequeños
grupos. Para limitar la competencia los adultos permanecían
separados por sexos y los infantes, obviamente, vivían junto
con las madres. Para un grupo de cinco o seis mujeres y
niños la comida se obtenía recolectando todo el día desde
pequeños mamíferos hasta raíces, eso les era suficiente,
mientras que para los hombres esto se combinaría con la
caza mayor, algo para lo cual estaban capacitados.
Un tema no tocado hasta este momento
pero de importancia para la reconstrucción paleoecológica
de estos hombres es lo referente al lenguaje hablado. Se
cree que todos los australopitécidos tendrían una capacidad
de comunicación por sonidos similar a la de los simios.
En Homo se presenta la tendencia, paulatina, de que la base
del cráneo sea cada vez más angulada y que la laringe ocupe
una posición más baja, con respecto a la cabeza, dando por
consecuencia que se forme una caja de resonancia con ligamentos
y músculos, la cual permite la emisión de sonidos, por ejemplo
las vocales. Los fósiles indican que esta caja, en las especies
del tipo Homo erectus, permitía la formación de sonidos
y en Homo heidelbergensis sería de constitución similar
a la nuestra, empero, los neanderthales europeos tenían
una laringe en posición alta que limitaba la posibilidad
de emitir sonidos tipo vocal (Fischman, 1992).
La interpretación paleoecológica
a esto es que una laringe baja (como la nuestra) implica
movimientos bruscos en el paso del aire de la nariz hacia
los pulmones y mayor flexibilidad en el uso de la boca para
respirar; una laringe alta implica entrada de aire en movimientos
más chicos, más controlados y básicamente por la nariz.
Esta condición, aparentemente tan poco evolucionada, quizá
fue la respuesta adaptativa al clima frío de Europa ya que
en esas condiciones un golpe de aire frío, directo a los
pulmones, llevaría a un alto riesgo, lo mismo que respirar
por la boca.
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Características ecológicas básicas
de las diferentes especies de homínidos conocidas.
Nuestro origen
Homo sapiens, nuestra especie, fue la última en aparecer
y su origen lo encontramos en África hace unos 100000 años.
Los restos descubiertos muestran que esta especie poseía
una nueva visión sobre la tecnología de instrumentos, ya
que junto con los fósiles aparecen nuevas y más económicas
formas de utilizar la materia prima, por ejemplo, a través
del método de desprendimiento de hojas a partir de un núcleo,
o a través de la elaboración de herramientas compuestas
(Pilbeam, 1981).
Otro aspecto se relaciona con las
partidas de caza. Se piensa que las especies anteriores
de Homo dirigían sus mayores esfuerzos hacia las presas
grandes, impactantes, codiciadas, pero poco comunes y para
cazarlos dependían más de los actos sorpresivos que de la
previsión; se cree que nuestra especie inició la técnica
de acoso a manadas de herbívoros, y que los hombres llevaban
consigo planes de persecución continua, elaborada y anticipada
de los rebaños, circunstancia que condujo hacia un mayor
y mejor conocimiento de la conducta y necesidades de estos
animales, aspecto que concluyó, finalmente, en la domesticación.
Estas nuevas habilidades adaptativas
bastaron para superar con creces a las especies contemporáneas.
Homo heidelbergensis debió ser la primera en vivir la presión
de su descendiente y la primera en desaparecer. Al salir
de África, Homo sapiens se mezcló con las poblaciones de
Homo neanderthalensis, sobre todo en Oriente Medio, y de
ahí se pasó a Europa, donde realizó una labor tan perfecta
desplazando y llevando a la extinción a los grupos humanos
ahí establecidos que no existe evidencia de dicho contacto,
sólo la sustitución, en un parpadeo cronológico, de unos
por los otros (Pilbeam, 1981).
Respecto al este de Asia, Homo sapiens
ocupó la región con relativa facilidad. Sabemos que hace
30000 años llegó a Australia y su paso por el Sureste de
Asia implicó la extinción de las últimas poblaciones de
Homo erectus, las cuales aún vivían en la región hace tan
sólo 40000 años (Tattersall, 1997).
El último gran logro adaptativo
de nuestra especie, antes de la llegada de la civilización,
fue la aparición de la domesticación (Valadez, 1996), un
evento lógico si consideramos la recién adquirida capacidad
para cazar bóvidos que viven en rebaños y su habilidad para
anticipar eventos, tales como esperar la época de crianza
para capturar crías y conservarlas vivas en vez de comerlas
de inmediato.
El proceso de domesticación de animales
precedió al de los vegetales y lo podemos separar claramente
en dos fases, la correspondiente a la domesticación del
lobo y después todo lo demás. No es un objetivo de la obra
abordar este tema, pero sí es importante analizar el caso
del origen del perro, tanto por su relación con la adaptabilidad
de Homo sapiens como porque este proceso se inició antes
de que nuestra especie apareciera.
La información más reciente sobre
el evento indica que hace 100000 años se separó la línea
de los lobos de la cual se originaron los perros y que muy
probablemente esto ocurrió en el noreste de Asia. Debido
a que en esta época, en esta región la especie de hombre
existente es Homo erectus, es poco probable que el origen
del proceso se relacionara con alguna forma de manipuleo
de los lobos por parte de estos hombres, más probablemente
lo que se dio fue una forma de relación muy estrecha.
Las manadas de lobos y los grupos
humanos son muy similares en su ecología, es posible que
en algunas regiones aisladas del noreste de Asia ambos tipos
de organismos quedaran aislados y se adaptaran a un tipo
de vida de estrecho contacto, pues los desechos alimenticios
de unos serían alimento de los otros, además de que competirían
por las mismas cuevas y cazarían presas similares. Esto
llevaría a un aumento del conocimiento de una especie por
la otra, un enorme acostumbramiento a hacer su vida cerca
del otro.
Ese estilo de vida, en regiones
apartadas y en estrecho contacto, se mantuvo hasta que Homo
sapiens apareció en la región, hace 50000 años. Con sus
mayores habilidades aprovecharía el habituamiento de estos
lobos a la figura humana para perseguirlos, atrapar lobeznos
y comerlos o mantenerlos cautivos hasta que se necesitaran
sacrificar. En esta fase el hombre aprendería mucho sobre
la conducta de estas crías, su cuidado y la forma como podían
integrarse al grupo humano. Primero se mantendrían los cachorros
cautivos por tiempo indefinido, después se capturarían con
el fin expreso de tenerlos dentro del grupo, más tarde se
buscaría que los lobos permanecieran el máximo tiempo posible.
La domesticación del lobo se realizó
cuando los ejemplares jóvenes aceptaron reproducirse cerca
o dentro del campamento humano, pues a partir de entonces
el hombre tuvo la posibilidad de seleccionar y favorecer
la reproducción de los ejemplares que les eran más adecuados
a sus intereses. Poco a poco los lobos domésticos se hicieron
más y más diferentes a sus ancestros silvestres hasta que
hace 20000 años aparecieron los primeros perros.
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y otra vez?. Investigación y Ciencia, 1997. 249:20-45.
valadez, R. La domesticación animal. unam-Plaza
y Valdez, 1996. 109 p.· En
páginas centrales se encuentra un cartel a color de un árbol
filogenético y las principales localidades de fósiles de
homínidos.
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