menuinterno Inicio | Números anteriores | Libros

Volver al Índice

Correo del Maestro Núm.48, mayo 2000

Paleoecología de los homínidos fósiles

Raúl Valadez Azúa

Contenido
Paleoecología de los homínidos fósiles*
Cómo se hace la paleología
El paso de los árboles al suelo
Los verdaderos vegetarianos
Un humilde carroñero
A la conquista del mundo
La era del hielo
Nuestro origen
Bibliografía
Fotografías a color
Dibujos y gráficos
Cartel a colorde un árbol filogenético y las principales localidadesde fósiles de homínidos.

Paleoecología de los homínidos fósiles*

 

Aunque las descripciones físicas de las diferentes especies de homínidos que han existido en el planeta son importantes, en realidad es un tema muy fácil de encontrar, pues es lo que aparece siempre en los libros que tratan sobre evolución del hombre: lista de especies, dimensiones, aspecto, tipos de evidencias encontradas, rangos en el tiempo, etc. Tan es así que para dominar el tema lo único importante es mantenerse actualizado pero, ¿qué tan fácil es encontrar obras que traten sobre la ecología de estos hombres primitivos?, por ejemplo, que expliquen cómo vivían, en qué ambientes se desarrollaron, qué relación tenían con otras especies de su entorno; en realidad esta información es muy escasa y es por ello que vale la pena darle a este tema un espacio especial.

Volver a contenido

Cómo se hace la paleología

Una reconstrucción de un organismo antiguo a partir de los fósiles consiste básicamente en tomar los datos que nos ofrece la pieza y trasladarlos a una imagen actual o equivalente. Por ejemplo, un cráneo de primate con un agujero occipital en la parte inferior, trasladado a la época actual, indica un tronco colocado debajo de la cabeza, o sea una marcha bípeda.

Ahora bien, una reconstrucción paleoecológica significa continuar con el marco deductivo que estamos realizando, pero con el fin de obtener información relativa a la ecología de la especie estudiada; por ejemplo, una marcha bípeda implica vida terrestre, como la nuestra, o con menos dependencia de los árboles, por tanto, un organismo con esa característica debió vivir en zonas abiertas, tal vez una pradera o quizá un bosque, pero donde subirse a los árboles y desplazarse en ellos no era su primera opción. El traslado de datos de un nivel a otro sería como se presenta en el cuadro 1.

Para el caso que nos interesa, las reconstrucciones paleoecológicas se realizan a partir de dos fuentes de datos: los estudios anatómicos y la fauna fósil asociada a los restos de homínidos descubiertos; lo primero, para tener información relativa a cómo era, cómo funcionaba, cómo vivía la especie y lo segundo, para saber el tipo de ecosistema en que se desarrolló.

volver a contenido

 

El paso de los árboles al suelo

Nuestro punto de entrada será el género Australopithecus ya que es la forma más primitiva de la cual podemos hacer una buena reconstrucción paleoecológica. Ya sabemos que estos organismos fueron nuestros ancestros y quienes realizaron la conquista de la tierra firme. La más antigua especie de homínido conocida en la actualidad es Ardipithecus ramidus, una forma que existió en el este de África hace cuatro y medio millones de años (Leakey y Walker, 1997) y cuya dentición presenta características que le asemejan bastante a la humana. Desgraciadamente no se conocen suficientes restos como para deducir algo de su ecología.

Un poco menos drástico es el caso de Australopithecus anamensis, aunque los restos son tan escasos que apenas podemos decir algo de ellos, sin embargo, lo que conocemos indica un rostro tipo chimpancé y, lo más importante de todo, la parte superior de la tibia, la que se articula con el fémur y forma la rodilla, es asombrosamente similar a la humana, lo cual indica que su locomoción era bípeda, o estaba bastante avanzada en este sentido (Leakey y Walker, 1997). Los fósiles de esta especie se encontraron asociados a fauna de bosque y de río, por lo que podemos suponer que vivía en las selvas, probablemente cerca de ríos y lagos.

En realidad, si queremos hacer una buena reconstrucción paleoecológica nuestro punto de partida debe ser Australopithecus afarensis, especie que vivió hace 3 a 4 millones de años. Fue un organismo con cráneo de simio y cuerpo muy avanzado respecto a la marcha bípeda (McHenry, 1998). El análisis de sus manos muestra que su estructura muscular y ósea era más similar a la de los chimpancés actuales que a la de los homínidos posteriores. Ciertamente podía utilizar objetos a manera de herramientas, pero sus habilidades se encaminaban más hacia movimientos de prehensión en donde la fuerza era el factor clave y, definitivamente, no era capaz de realizar movimientos finos de los dedos y sobre todo del pulgar (Susman, 1998). Con todo esto, más su capacidad craneal de unos 400 centímetros cúbicos (cc), podemos ver a esta especie como algo muy similar a los chimpancés actuales.

Las huellas de homínidos descubiertas en la localidad fósil de Laetoli corresponden, por antigüedad, a individuos de esta especie; esta imagen refuerza la idea de que Australopithecus afarensis era muy apta para caminar en el suelo. Sabemos, no obstante, que esta habilidad se complementaba con una buena aptitud para la vida arborícola, pues las características de las manos y del tronco indican adaptaciones para el transporte entre los árboles.

Sabemos que desde el Plioceno el clima seco fue haciéndose más común en esta región (Coppens, 1994) y que las masas forestales, junto con la fauna asociada, se hicieron cada vez más escasas y más limitadas a los bordes de ríos y lagos. De esta forma, aunque esta especie era básicamente arborícola, es probable que utilizara sus habilidades de locomoción terrestre para desplazarse entre trozo y trozo de bosque.  En los sitios donde se han descubierto sus fósiles, por ejemplo Laetoli, Hadar o Koobi Fora (Reed, 1997), la fauna asociada comprende un buen número de especies arborícolas y/o de alimentación frugívora, además de la presencia de especies anfibias o acuáticas. Dentro de este panorama, Australopithecus afarensis se manifiesta como un organismo que vivía en bosques ribereños, que pasaba parte de su vida en los árboles, parte en el suelo, alimentándose de frutos, insectos, semillas y uno que otro pequeño vertebrado, viviendo en pequeños grupos y siendo presa habitual de leopardos.

Estos homínidos tenían un dimorfismo sexual muy marcado, producto de su vida en grupo.  Gran cantidad de especies de mamíferos viven en sistemas sociales que les proporcionan seguridad contra depredadores pero también implica competencia, sobre todo en lo referente a la lucha entre los machos por las hembras. En los primates hay dos caracteres que diferencian a un sexo del otro y que se acentúan más entre más fuerte es la competencia: el tamaño de los caninos y la talla del individuo (Plavcan y Schaik, 1997). En simios como los gibones, las parejas forman nexos muy estables y la monogamia es la norma, por lo que el dimorfismo sexual es muy poco marcado; caso opuesto son los babuinos, los cuales viven en grupos donde los machos compiten constantemente por las hembras y de ello se deriva que estos últimos sean notablemente más grandes y posean caninos enormes.

Los fósiles de homínidos extintos y nuestra propia especie manifiestan constantemente un evidente dimorfismo sexual, lo cual prueba que la existencia de grupos sociales en donde los machos compiten por las hembras ha sido tan parte nuestra como nuestra marcha bípeda o nuestro cerebro. Los fósiles de Australopithecus afarensis muestran que los colmillos de los machos eran más grandes que los de las hembras y, sobre todo, existía una clara diferencia en la talla individual. Estas características, al compararlas con las de los primates actuales, los ubican como integrantes de grupos sociales en los cuales existía un solo macho, varias hembras e individuos jóvenes, tal y como se observa en la actualidad con los gorilas.

Las siguientes especies de australopitécidos en la escala del tiempo (2 a 3 millones de años antes del presente) fueron Australopithecus africanus, la cual habitó el sur de África, y Australopithecus aethiopicus, que ubicamos en la región de Etiopía (Reed, 1997). Ambas muestran algunas modificaciones que les acercan a la forma humana actual (Leakey, 1985) como disponer de un pulgar con movimiento propio, habilidad para manipular objetos con bastante precisión y un cerebro mayor (400-480 cc).

En los sitios donde aparecen estas especies la fauna es poco especializada, aunque parte de ella se relaciona con el hábitat tipo bosque; por ejemplo, en Sterkfontein (donde habitaba Australopithecus africanus), la fauna estudiada (2.4-2.6 millones de años de antigüedad) incluye 23.3% de especies terrestres arborícolas y, lo más importante, el 16.7% son frugívoros, mientras que sólo el 3.3% son comedores de pastos; en Shungura (2.9 millones de años) la fauna que convivió con Australopithecus aethiopicus incluía 5.6% de especies arbóreas, 14% frugívoras y 5.6% acuáticas. De acuerdo con esto, podemos concluir que estas especies vivieron en ambientes similares a los de su antepasado; para el primer caso (Australopithecus africanus), bosques colindantes con la sabana o bosques abiertos y para el segundo, bosques ribereños (Reed, 1997).

En comparación con Australopithecus afarensis, estas dos nuevas especies representan “un paso adelante” dentro del proceso de “tendencia hacia la forma humana”, aunque seguían siendo muy semejantes a la forma simio. No rebasaban el metro y medio de altura, eran de constitución ligera (de ahí que se les denomine australopitécidos gráciles), sus cráneos eran más semejantes a los humanos (en comparación con los de Australopithecus afarensis) y, como se indicó, tenían un cerebro mayor. Existía dimorfismo sexual, aunque menos marcado que en otros australopitécidos, pues las diferencias en talla entre machos y hembras no eran muy marcadas y las dimensiones de los caninos eran similares; estas características indican que muy probablemente vivían en grupos formados por varios machos y hembras con bastante tolerancia en cuanto a la competencia y control de la comunidad, algo similar a lo que se observa actualmente con los chimpancés.

Como se señaló, Australopithecus africanus y Australopithecus aethiopicus presentan una estructura anatómica en los dedos de las manos similar a la de Homo sapiens, justo la adecuada para el manejo de instrumentos (Susman, 1998), por ejemplo, pulgares comparativamente largos y con una musculatura independiente a la de los restantes dedos (músculos extensores y flexores del pulgar), pero es importante recalcar que nunca se ha encontrado evidencia de que ellos fabricaran sus propios instrumentos. La conclusión de esto es que se trató de organismos muy aptos para usar palos, piedras o huesos, para tirar frutos, golpear a un enemigo o alcanzar un objeto.

Por último, recordemos que en épocas pasadas se creó la idea de que los australopitécidos habían dejado de ser herbívoros para convertirse en cazadores, o al menos en animales con alimentación carnívora, sin embargo, no existe dato alguno que demuestre un cambio en el estilo de vida con respecto a su antecesor, por lo que debemos considerar como más probable una alimentación omnívora muy diversa.

volver a contenido

 

Los verdaderos vegetarianos

Los australopitécidos gráciles fueron el eje del cual se derivaron dos líneas evolutivas, ambas encaminadas hacia un estilo de vida completamente terrestre (o sea sin relación directa con lo arborícola) y cada vez más adaptado hacia el abandono del bosque por la vida en la sabana, una de éstas llevó hacia los australopitécidos robustos y la otra hacia el género Homo.

El primer grupo comprende organismos con un estilo de vida 100% vegetariano. Sus cráneos eran anchos con poderosas mandíbulas, gran desarrollo de la musculatura mandibular y amplios molares, aptos para alimentarse de vegetales duros, algo lógico cuando la alimentación tipo fruto es sustituida por semillas o vegetales más duros, propios de zonas secas (Leakey, 1985).

Las especies involucradas son dos: Australopithecus robustus y Australopithecus boisei. La primera, propia de Sudáfrica (1.5-2 millones de años), fue la forma mejor adaptada a los ambientes secos (entre las especies de este género), pues la fauna fósil asociada (Kromdaii y Swartkrans) indica ausencia de especies arborícolas, aunque sí hay algunas de alimentación frugívora y algunas especies acuáticas (Reed, 1997). De acuerdo con esto podemos suponer que este homínido vivió cerca de los ríos, pero en zonas relativamente secas, donde la sabana y el bosque colindaban.

La segunda especie fue contemporánea (1.5-2.5 millones de años), pero pertenece al este de África y fue más conservadora, pues aparece en sitios (Koobi Fora y Omo) donde el ecosistema dominante parece ser un bosque abierto cercano a ríos (Reed, 1997), algo semejante a lo observado con los australopitécidos anteriores.

La reconstrucción de las manos de estas dos especies demuestra una buena capacidad para utilizar instrumentos (Reed, 1997) pero, aunque se ha sugerido que ocasionalmente podrían haberlos elaborado, lo cierto es que su esfuerzo evolutivo estuvo más relacionado con la evolución hacia una alimentación herbívora, que llevó a fuertes modificaciones en su dentición y poder masticatorio, que hacia la elaboración de herramientas; el bajo incremento de la capacidad cerebral (530 cc) sería una evidencia de ello.

En realidad, si vemos la reconstrucción de alguno de estos organismos es fácil llegar a la conclusión de que su condición “tipo hombre” es indudable, pero que su sobrevivencia dependía básicamente de su potencial biológico, o sea de sus adaptaciones morfológicas y fisiológicas, sin que el aspecto de capacidades mentales haya tenido algún impacto destacable, algo también comprensible si consideramos que la alimentación herbívora no exige el desarrollo de habilidades mentales, en contraposición con la vida depredadora.

Aunque Australopithecus robustus y Australopithecus boisei se manifiestan como formas similares, “hermanas” diríamos, los datos sobre su paleoecología muestran marcadas diferencias, tan grandes como las que hay entre lobos y coyotes o entre leones y tigres. Respecto a los ecosistemas en los cuales se desarrolló cada una, ya vimos que había diferencias, ahora bien, los fósiles también muestran variaciones en lo que respecta a la forma como constituían sus grupos.  En el caso de Australopithecus robustus el dimorfismo sexual no es muy marcado, por ello se puede suponer la existencia de grupos sociales semejantes a las de Australopithecus africanus, mientras que en Australopithecus boisei se observa una marcada diferencia entre sexos, tanta como la que se presenta en los babuinos de la sabana (Papio papio), los cuales viven en grupos donde los machos son definitivamente dominantes, manteniendo entre ellos una continua e intensa competencia.

volver a contenido

Un humilde carroñero

La otra línea evolutiva, la de Homo, se desarrolló en un camino muy distinto. Hay muy poco que nos indique tendencia a la especialización; en realidad, los datos hablan más a favor de la tendencia a mantener una estructura generalizada, no especializada, impulsándose, por otro lado, el empleo de las preadaptaciones relacionadas con la habilidad manual y la capacidad cerebral.

Nuestro punto de partida de esta ruta evolutiva es Homo habilis, una especie que apareció en el planeta hace unos dos y medio millones de años y perduró hasta hace un millón y medio.  Los fósiles muestran que se trató de un organismo que literalmente “se salió del cuadro” que mantenían los australopitécidos, pues su reconstrucción morfológica y ecológica se aparta completamente de aquel esquema.

Homo habilis era un organismo de apariencia ligera, su altura era de unos 140 cm y probablemente no pesaba más de 45 kg (Leakey,  1985). Su capacidad cerebral rebasaba ampliamente a los australopitécidos contemporáneos, pues se ubicaba sobre los 650 cc; esto, más la anatomía de sus manos, indica no sólo la habilidad para usar instrumentos, sino incluso para elaborarlos y llevar un estilo de vida que dependía en cierto grado de esto, algo que no parece haber ocurrido con los australopitécidos.

Es importante destacar que aunque el uso de herramientas había sido pauta normal en la historia de los homínidos, el cambio sustancial que se opera en Homo habilis es su capacidad para pensar en la necesidad de disponer de un objeto de roca con una punta dura, de ahí iniciar la búsqueda de un guijarro que pudiera ser controlado con una mano, tomarlo, golpearlo contra rocas de mayor talla para romperlo y así tratar de obtener una pieza en la cual las fracturas se han concentrado en un sólo extremo y dan por resultado lo que denominamos “tajador” (Leakey 1985) o sea una piedra con bordes cortantes y punta o puntas irregulares, pero consistentes.

Los restos fósiles más importantes de esta especie pertenecen a la barranca de Olduvai, al este de África (Kenya y Etiopía), una región que en la actualidad está ocupada por sabanas abiertas y desierto pero que en aquellas épocas tenía un clima mucho más húmedo (Leakey,  1985). La fauna asociada a Homo habilis, en este sitio y otros (Omo), indica condiciones ambientales propias para el desarrollo de sabanas arboladas o sitios semisecos donde la sabana y el bosque colindaban; la fauna arborícola y la de alimentación frugívora y la acuática aparecen junto con la de la sabana y la que se alimenta de pastos (Reed, 1997). Incluso en Omo sabemos que Australopithecus boisei convivía codo con codo con Homo habilis.

Casi siempre se asocia el uso de los tajadores y el mayor desarrollo cerebral con la vida depredadora, sin embargo, la interpretación paleoecológica de esta especie no apoya esto. Una especie cazadora por necesidad es robusta, fuerte, de gran resistencia (en comparación con organismos de similares dimensiones), pero el proceso evolutivo que dio origen a H. habilis no implicó el desarrollo de cuerpos atléticos o grandes con extraordinaria musculatura. ¿Cuál sería entonces el cambio que se operó en esta especie a partir del uso de herramientas de roca?  Su condición grácil implica un estilo de vida oportunista y se piensa que estas piedras con punta le permitirían el acceso a un tipo de alimento rico en proteína pero de cubierta muy dura: la médula de los huesos.

De acuerdo con esta idea, Homo habilis fue una especie que aprovechó las continuas jornadas de cacería de los depredadores para esperar, como buen oportunista, el momento en que los restos de las presas eran abandonadas para llegar y robarse un hueso y en un lugar seguro machacarlo con su tajador hasta romperlo y extraer la médula. Este alimento, rico en proteína y grasa equivaldría, desde el punto de vista nutricional, a todo un día de recolecta y, por tanto, sería altamente apreciado. La mayor inteligencia la tenemos vinculada a la elaboración de los instrumentos, pero sin duda sería tanto o más valiosa como parte de las habilidades que requerirían para acercarse a los restos y tomar un hueso mientras actuaban contra sus competidores: los chacales y los buitres.

Por último, respecto a su tipo de vida social, esta especie y todas las restantes del género Homo aparecen como formas adaptadas a la vida en grupos donde los machos compiten en forma continua pero poco intensa, con poca probabilidad de que surjan machos dominantes y mucha interacción sexual entre machos y hembras en conjunto (Plavcan y Schaik, 1997).

volver a contenido

A la conquista del mundo

Cómo se indicó, Homo habilis era una especie propia de la sabana arbolada, pero su descendiente, Homo ergaster, fue un tipo de hombre que no requería de los árboles para sobrevivir y que podía subsistir en regiones con condiciones más severas gracias a su mejor constitución física (medía hasta 1.8 m). ¡Ah sí!, y también por su mayor cerebro, el cual alcanzaba hasta 1 000 cc (Tattersall, 1997).  Comúnmente se considera que la mayor capacidad cerebral y la elaboración de herramientas fueron dos aspectos que estuvieron estrechamente relacionados en la evolución de nuestro género, sin embargo, en el caso de Homo ergaster la regla no se cumple, pues los únicos instrumentos conocidos son los tajadores.

Se cree que la verdadera clave del desarrollo de la inteligencia en esta especie fue la alimentación. En zonas húmedas y ricas en recursos la carroñería era una opción sencilla para complementar la alimentación, pero en una región más seca sería algo mucho más complicado, pues habría más competencia. Además de que cualquier habilidad que permitiera conseguir alimento sería seleccionada positivamente, también se cree que Homo ergaster sería un buen robador de presas, algo que requiere de mucha astucia.

Imaginemos un ejemplo de esto. Los leopardos (Panthera pardus), los carnívoros más comunes en la zona, tienen la costumbre de colocar los restos de su presa en la parte superior de los árboles para evitar que se la roben y eso les sirve muy bien contra leones, chacales o hienas, no así contra un primate capaz de subirse a una acacia y que, además, es lo bastante listo para reconocer las pautas de conducta de los leopardos, saber qué árboles son los más empleados y cuál es el momento adecuado para subir a robarse la presa.

Aparentemente, esta especie tuvo una larga vida pues estuvo presente al menos medio millón de años (de dos a, quizá, un millón de años antes del presente) y su éxito como especie queda demostrada al haber abandonado África y lograr diseminarse por Asia (Tattersall, 1997).  La razón de esto sin duda se encuentra en su capacidad para sobrevivir en ambientes abiertos y semiáridos, justo los que encontramos en todo el territorio que abarca el noreste de África y Medio Oriente, sin embargo, más allá de estas regiones se encuentra la tierra prometida, las sabanas arboladas de la India y las estepas que abarcan desde Europa oriental hasta China, o sea un ambiente abierto, llano, perfecto para vivir y diseminarse con facilidad y con menos competencia.

Las grandes distancias recorridas y las distintas condiciones ambientales favorecieron que Homo ergaster fuera el tronco del cual se derivaron dos especies, una de ellas es Homo erectus, la cual se desarrolló en Asia y la otra, Homo heidelbergensis, que apareció en África y de la que derivamos nosotros (Tattersall, 1997).

La diferencia más importante entre estos tres tipos de hombres es el tipo de herramientas que usaban. Como se indicó, Homo ergaster mantuvo su primitiva cultura del tajador y en ello no se manifiestan mayores cambios, pero sus descendientes sí superaron este nivel pues desarrollaron nuevos métodos de elaboración de instrumentos y el resultado fue la aparición de herramientas más diversas y más complejas.

Homo erectus vivió desde hace 1.5 millones hasta hace tan sólo 50000 años, lo cual le convierte en la más exitosa especie del género. Su distribución, desde el norte de China hasta Java y desde la costa del Pacífico hasta los Himalayas, indica que aunque fuera potencialmente apto para vivir en las estepas (como su antepasado), los ambientes de bosque eran su primera opción. Los fósiles de las localidades chinas están asociadas a caballos, elefantes, ciervos, antílopes, bisontes, hienas, leopardos, tigres dientes de sable, o sea, animales propios del bosque y de la pradera. En Java, el otro extremo de su distribución, lo encontramos viviendo en la selva (Tattersall, 1997). 

Su especie hermana, Homo heidelbergensis, logró establecerse en una región que hasta ese momento había estado al margen de la historia de los homínidos, Europa, y tanto su morfología como sus hábitos serían muy similares a los de Homo erectus.

Los instrumentos descubiertos en las localidades fósiles de China y asociados a Homo erectus varían enormemente en su grado de complejidad. Los más antiguos, con un millón de años a cuestas, son apenas algo más complejos que los tajadores que les precedieron y hace 500000 años ya existe una amplia gama de herramientas. Al observar las piezas es fácil concluir que del concepto de tajador se derivó la idea de elaborar instrumentos con otros usos, aunque igualmente sencillos y toscos. El perfeccionamiento de las piezas a través de una elaboración más cuidadosa fue un proceso posterior.

Además del gran logro y la consiguiente ventaja adaptativa que representó para ellos una industria lítica más diversa y perfeccionada, otro importantísimo avance fue el uso y control del fuego, pues representó el primer momento en que el hombre buscó utilizar una fuente de energía (Howell, 1988). Desconocemos cuándo y dónde se dio el primer paso pero los grupos humanos de hace 500000 años de Asia y Europa ya hacían un amplio uso de éste, tal y como lo atestiguan las acumulaciones de ceniza y carbón asociadas a las localidades donde aparecen los fósiles humanos.

La forma como se descubrió el fuego también es algo poco conocido pero básicamente se limita a dos posibilidades: a través del manejo de la madera que se quemaba durante los incendios naturales (en la temporada seca o al caer rayos en los árboles) o durante la fabricación de los utensilios de roca, ya que al tallar dos pedernales es común que salten chispas que pueden convertirse en llama al caer en la hierba seca.

Las novedades tecnológicas y las habilidades mentales de estas dos especies permitieron que el robo de presas y la cacería de pequeños vertebrados (parte del estilo de vida de Homo ergaster) dejaran de ser la máxima expresión en hábitos depredadores y se llegó a niveles tales como la cacería de proboscídeos. Existen interesantes investigaciones realizadas en Torralba y Ambrona, España, realizadas hace medio siglo, donde se encontraron los restos de una increíble carnicería de elefantes (Howell, 1988). El sitio tiene unos 300000 años de antigüedad y, aunque no se encontraron fósiles humanos, la lítica y época permiten suponer que el autor de la cacería fue Homo heidelbergensis.

Los restos de los animales y la herramienta se encontraron en lo que había sido un pantano y las orillas mostraron señales de fuego. Aunque era obvio que los proboscídeos habían muerto ahogados, muchos huesos se encontraron fuera de sitio, sin ningún acomodo natural, sino más bien formando puentes, sitios de paso, que conectaban con la orilla.

Los estudios posteriores permitieron concluir que se había tratado de un grupo de elefantes primitivos que se dirigía hacia el sur por la temporada de invierno. En su camino se tropezaron con esta zona pantanosa, situación delicada, pero perfectamente superable, y con grupos humanos, lo cual selló su destino. Los hombres quemaron los pastizales que se encontraban entre la manada y el pantano y con ello acorralaron a los animales que fueron cayendo, uno por uno, en el lodo. Después, a estos cazadores sólo les quedó  sentarse en la orilla y esperar a que sus presas murieran para iniciar su descuartizamiento. Tomaron algunas partes de los cuerpos y se las llevaron, otras las utilizaron para formar los puentes y otras, simplemente, las ignoraron; estos dos últimos grupos y las herramientas que emplearon en el trabajo fue lo que quedó como evidencia del evento.

volver a contenido

La era del hielo

Como se indicó, Homo heidelbergensis fue el primer homínido que vivió en Europa, sin embargo, la primer especie originaria de la región fue Homo neanderthalensis. A esta especie la podemos reconstruir en dos versiones, una relacionada con ambientes templados o cálidos y otra con climas fríos.

Para el primer caso tenemos los importantes datos provenientes de Medio Oriente (Pilbeam, 1981), por ejemplo, en Shanidar, Irak y en Monte Carmelo en Israel —40 a 80 mil años de antigüedad. Estos hombres vivían en grupos, ocupando cuevas o en chozas que levantaban con ramas, pieles o lo que fuera. Eran cazadores muy diestros pero es probable que la mayor parte del alimento la obtuvieran de la recolección. Un dato muy importante es que entre los fósiles descubiertos hay evidencia de individuos que presentaban lesiones o limitaciones físicas pero aún así podían sobrevivir, así como personas que murieron y fueron enterradas. Estos datos, tan comunes para nosotros, evidencian que la seguridad que se vivía en el interior de estos grupos, por ejemplo, contra depredadores, era muy grande; tanta, que podían darse casos en los que una persona con alguna discapacidad podía buscar refugio. La conclusión ecológica de esto es que las sociedades de esta especie de hombre eran, en conjunto, tan poderosas y aptas como los grandes depredadores con los que convivían, de tal manera que un compañero enfermo podía encontrar en el interior de su grupo suficiente protección hasta curarse sin que fuera rápidamente devorado por un depredador.

No obstante estos importantes datos, lo referente al Homo neanderthalensis que vivió en la época glaciar en Europa es aún más interesante (Fischman, 1992). Sus campamentos aparecen como lugares que se usaban poco tiempo y los restos descubiertos (carbón, huesos, lítica) hablan de personas que llegaban y se limitaban a cubrir sus necesidades inmediatas. Llevaban una vida plenamente nómada, deteniéndose sólo en sitios en los que hubiera alimento disponible para aprovecharlo al máximo y después partían.

Según los antropólogos, a estos campamentos se les puede agrupar en dos tipos, uno se caracteriza por tener instrumentos pequeños, en ellos los restos de plantas son abundantes y los animales cazados eran más bien chicos; el otro tipo de campamento es de mayores proporciones, los restos dominantes son de vertebrados grandes y la lítica comprende armas pesadas. De acuerdo con los especialistas, los campamentos chicos eran ocupados por mujeres y niños y los grandes pertenecían sólo a individuos masculinos, lo que nos lleva a concluir que estos neanderthales vivían en grupos diferentes, uno formado por mujeres e infantes y otro por los hombres, manteniendo cada uno su independencia y favoreciendo el contacto sólo para la reproducción.

¿Qué relación tiene esto con las adaptaciones climáticas? El aspecto principal que buscan cubrir las sociedades de primates son la protección contra depredadores y, para el caso de Homo, apoyar las labores de obtención de alimento (por ejemplo, la cacería); la competencia entre individuos existe, en realidad podríamos decir que es un punto en contra, pero si hay suficiente alimento, espacio y parejas potenciales, se llega a un equilibrio entre lo bueno y lo malo. Sabemos que en condiciones naturales los grupos sociales se hacen tan grandes o chicos como alimento disponible haya y lo mismo ocurre en relación con los peligros existentes; de esta forma, mucho alimento y muchos carnívoros favorecen sociedades compactas y grandes, comida abundante con pocos riesgos lleva a sociedades más laxas y poco alimento produce comunidades chicas sin importar el nivel de riesgo.

Para el caso de estos neanderthales el problema básico no debieron ser los carnívoros sino la alimentación y la respuesta a ello fue vivir en pequeños grupos. Para limitar la competencia los adultos permanecían separados por sexos y los infantes, obviamente, vivían junto con las madres. Para un grupo de cinco o seis mujeres y niños la comida se obtenía recolectando todo el día desde pequeños mamíferos hasta raíces, eso les era suficiente, mientras que para los hombres esto se combinaría con la caza mayor, algo para lo cual estaban capacitados.

Un tema no tocado hasta este momento pero de importancia para la reconstrucción paleoecológica de estos hombres es lo referente al lenguaje hablado. Se cree que todos los australopitécidos tendrían una capacidad de comunicación por sonidos similar a la de los simios. En Homo se presenta la tendencia, paulatina, de que la base del cráneo sea cada vez más angulada y que la laringe ocupe una posición más baja, con respecto a la cabeza, dando por consecuencia que se forme una caja de resonancia con ligamentos y músculos, la cual permite la emisión de sonidos, por ejemplo las vocales. Los fósiles indican que esta caja, en las especies del tipo Homo erectus, permitía la formación de sonidos y en Homo heidelbergensis sería de constitución similar a la nuestra, empero, los neanderthales europeos tenían una laringe en posición alta que limitaba la posibilidad de emitir sonidos tipo vocal (Fischman, 1992).

La interpretación paleoecológica a esto es que una laringe baja (como la nuestra) implica movimientos bruscos en el paso del aire de la nariz hacia los pulmones y mayor flexibilidad en el uso de la boca para respirar; una laringe alta implica entrada de aire en movimientos más chicos, más controlados y básicamente por la nariz. Esta condición, aparentemente tan poco evolucionada, quizá fue la respuesta adaptativa al clima frío de Europa ya que en esas condiciones un golpe de aire frío, directo a los pulmones, llevaría a un alto riesgo, lo mismo que respirar por la boca.

volver a contenido

Características ecológicas básicas de las diferentes especies de homínidos conocidas.

Nuestro origen

Homo sapiens, nuestra especie, fue la última en aparecer y su origen lo encontramos en África hace unos 100000 años. Los restos descubiertos muestran que esta especie poseía una nueva visión sobre la tecnología de instrumentos, ya que junto con los fósiles aparecen nuevas y más económicas formas de utilizar la materia prima, por ejemplo, a través del método de desprendimiento de hojas a partir de un núcleo, o a través de la elaboración de herramientas compuestas (Pilbeam, 1981).

Otro aspecto se relaciona con las partidas de caza. Se piensa que las especies anteriores de Homo dirigían sus mayores esfuerzos hacia las presas grandes, impactantes, codiciadas, pero poco comunes y para cazarlos dependían más de los actos sorpresivos que de la previsión; se cree que nuestra especie inició la técnica de acoso a manadas de herbívoros, y que los hombres llevaban consigo planes de persecución continua, elaborada y anticipada de los rebaños, circunstancia que condujo hacia un mayor y mejor conocimiento de la conducta y necesidades de estos animales, aspecto que concluyó, finalmente, en la domesticación.

Estas nuevas habilidades adaptativas bastaron para superar con creces a las especies contemporáneas. Homo heidelbergensis debió ser la primera en vivir la presión de su descendiente y la primera en desaparecer. Al salir de África, Homo sapiens se mezcló con las poblaciones de Homo neanderthalensis, sobre todo en Oriente Medio, y de ahí se pasó a Europa, donde realizó una labor tan perfecta desplazando y llevando a la extinción a los grupos humanos ahí establecidos que no existe evidencia de dicho contacto, sólo la sustitución, en un parpadeo cronológico, de unos por los otros (Pilbeam, 1981).

Respecto al este de Asia, Homo sapiens ocupó la región con relativa facilidad.  Sabemos que hace 30000 años llegó a Australia y su paso por el Sureste de Asia implicó la extinción de las últimas poblaciones de Homo erectus, las cuales aún vivían en la región hace tan sólo 40000 años (Tattersall, 1997).

El último gran logro adaptativo de nuestra especie, antes de la llegada de la civilización, fue la aparición de la domesticación (Valadez, 1996), un evento lógico si consideramos la recién adquirida capacidad para cazar bóvidos que viven en rebaños y su habilidad para anticipar eventos, tales como esperar la época de crianza para capturar crías y conservarlas vivas en vez de comerlas de inmediato.

El proceso de domesticación de animales precedió al de los vegetales y lo podemos separar claramente en dos fases, la correspondiente a la domesticación del lobo y después todo lo demás. No es un objetivo de la obra abordar este tema, pero sí es importante analizar el caso del origen del perro, tanto por su relación con la adaptabilidad de Homo sapiens como porque este proceso se inició antes de que nuestra especie apareciera.

La información más reciente sobre el evento indica que hace 100000 años se separó la línea de los lobos de la cual se originaron los perros y que muy probablemente esto ocurrió en el noreste de Asia. Debido a que en esta época, en esta región la especie de hombre existente es Homo erectus, es poco probable que el origen del proceso se relacionara con alguna forma de manipuleo de los lobos por parte de estos hombres, más probablemente lo que se dio fue una forma de relación muy estrecha.

Las manadas de lobos y los grupos humanos son muy similares en su ecología, es posible que en algunas regiones aisladas del noreste de Asia ambos tipos de organismos quedaran aislados y se adaptaran a un tipo de vida de estrecho contacto, pues los desechos alimenticios de unos serían alimento de los otros, además de que competirían por las mismas cuevas y cazarían presas similares. Esto llevaría a un aumento del conocimiento de una especie por la otra, un enorme acostumbramiento a hacer su vida cerca del otro.

Ese estilo de vida, en regiones apartadas y en estrecho contacto, se mantuvo hasta que Homo sapiens apareció en la región, hace 50000 años.  Con sus mayores habilidades aprovecharía el habituamiento de estos lobos a la figura humana para perseguirlos, atrapar lobeznos y comerlos o mantenerlos cautivos hasta que se necesitaran sacrificar. En esta fase el hombre aprendería mucho sobre la conducta de estas crías, su cuidado y la forma como podían integrarse al grupo humano. Primero se mantendrían los cachorros cautivos por tiempo indefinido, después se capturarían con el fin expreso de tenerlos dentro del grupo, más tarde se buscaría que los lobos permanecieran el máximo tiempo posible.

La domesticación del lobo se realizó cuando los ejemplares jóvenes aceptaron reproducirse cerca o dentro del campamento humano, pues a partir de entonces el hombre tuvo la posibilidad de seleccionar y favorecer la reproducción de los ejemplares que les eran más adecuados a sus intereses. Poco a poco los lobos domésticos se hicieron más y más diferentes a sus ancestros silvestres hasta que hace 20000 años aparecieron los primeros perros.

volver a contenido

Bibliografía

coppens, Y. “East side history: the origin of humankind”. Scientific American, 1994. 273(5):50-59.

fischman, J.  “Hard evidence”. Discover. The World of Science, 1992.  13(2):44-51.

howell, C. El hombre prehistórico. 2a.  Edición. Colección de la Naturaleza de Time-Life. Ediciones Culturales Intenacionales, 1988. 200 p.

leakey, R.  La formación de la humanidad.  Vol. I y II. Biblioteca de Divulgación Científica Muy Interesante. Barcelona, España, Ed. Orbis S.A.,1985.

leakey, M y walker, A. “Early hominid fossils from Africa”.  Scientific American, 1997.  276(6):60-71.

mchenry, H. y berger, L. “Body proportions in Australopithecus afarensis and A. africanus and the origin of the genus Homo”.  Journal of Human Evolution, 1998.  35:1-22.

pilbeam, D. El ascenso del hombre.  Introducción a la evolución humana. México, Ed. Diana, 1981

plavcan, J. y van schaik, C. “Interpreting hominid behavior on the basis of sexual dimorphism”. Journal of Human Evolution, 1997. 32:345-374.

reed, K. “Early hominid evolution and ecological change through the ecological Plio-Pleistocene”. Journal of Human Evolution, 1997.  32:289-322.

susman, R. “Hand function and behavior in early hominids”.  Journal of Human Evolution, 1998.  35:23-46.

tattersall, I. “De África ¿una... y otra vez?”. Investigación y Ciencia, 1997.  249:20-45.

valadez, R. La domesticación animal. unam-Plaza y Valdez, 1996. 109 p.· En páginas centrales se encuentra un cartel a color de un árbol filogenético y las principales localidades de fósiles de homínidos.

Artículo anteriorArtículo siguienteContenido

Índice