menuinterno Inicio | Números anteriores | Libros

Volver al índice

Correo del Maestro Núm. 36, mayo 1999

Los remedios infalibles de las abuelas

Francisco Peralta Burelo

                                                                                             

“¡Déjate de médicos!”... “Para la caída de cuajo paladéalo con un algodón impregnado en miel de monte”... “¿Está empachado tu hijo?” ¡Dale el purgante de los tres aceites!”... “¿Para el mal de ojo qué es bueno?”...“No; el doctor no sabe curar el calentamiento de cabeza”... “Mastruja nueve montes en aguardiente”... “Que si qué es bueno para la aventazón”... “Para los cólicos no hay nada mejor que el anís de estrella”...“Soasa las flores”... “Hierve los cogollos”... “Llévalo a ensalmar”... “¡Ahora te dejas que ponga esta lavativa de cañafístula!”... “¡Que cargue en brazos esa mujer al niño para que se le quite el pujo!”... “¡Ponle una cataplasma o un emplasto en la herida!”.

¡Ah! los remedios caseros. Ningún médico y ningún medicamento de patente eran más efectivos que aquéllos que aplicaban, con absoluta fe en sus poderes curativos, las madres de familia, las tías mayores y las abuelas, enciclopedias andantes de la antigua herbolaria tabasqueña.

  Los remedios caseros, vestigio de aquella medicina tradicional preparada a base de ingredientes vegetales en estado natural, que poco a poco se pierden en la inmemoria, restablecieron la salud y atenuaron la enfermedad (aunque a veces precipitaron la muerte) de los tabasqueños anteriores al último tercio de siglo.

En aquellas épocas heroicas, cuando el médico pionero no llegaba al pantano y a la selva tabasqueña o el nativo se resistía a consultarlo porque no confiaba lo suficiente en su ciencia, los curanderos, y más que éstos la tradición familiar y social —conocedoras de los secretos curativos de las yerbas—, auxiliaban al enfermo en sus achaques y le brindaban la atención que podían.

El tabasqueño era reticente al médico y a la medicina —“no me va a matar la enfermedad sino las medicinas”. Las enfermedades, decía, “vienen solas y se van solas” y “el cuerpo se cura solo”. La presión de la familia o las molestias de las dolencias obligaban al empleo de los remedios hechos y recetados por gente de la casa o aconsejados por amigos o vecinos. A veces curaban; en ocasiones (como la toma de purgantes con cuadros de apendicitis) mataban más rápidamente; en otras, por inocuos, ni hacían bien ni mal (“lo que no mata engorda”, se replicaba).

 Las mujeres mayores (las ancianas aún más) conocían los secretos de los remedios caseros, que transmitían sin reservas de generación en generación a la vez que hacían verdaderas apologías de su poder curativo.

La herbolaria llega a gozar de un gran prestigio, haciéndose imprescindible para el uso común de quienes sufren quebrantamientos de salud y desean prevenir males físicos.

 Los jarabes, tés, cocimientos, gotas, soasados, cataplasmas, frotaciones, hervidos, talladas, ensalmos, emplastos, lavativas, inhalaciones, y una vastísima gama de recetas empíricas, sustentan la de por sí riquísima medicina práctica que aún hoy en día, pese a los insólitos avances de la ciencia alópata, resiste y sobrevive, negándose a desaparecer.

Asociados estrechamente a esa época del auge de los remedios caseros se encuentran aquellas dietas, realmente de hambre, a que eran sometidos sin piedad los enfermos, los largos encierros y postraciones que imponía el cuidado de las gripas y esas purgas estomacales que fue de rigor tragar una vez al año cuando menos.

Casi todas las convalecencias de males estomacales y de brotes epidémicos iban acompañadas de rigurosas dietas; las de gripas y calenturas de encierros temporales “para aislarse de los aires”; las de “mal de cuerpo” de postraciones y encamamientos transitorios o prolongados, según fuese la gravedad del enfermo.

 Había remedios caseros para el hipo infantil y para el hipo adulto. El primero se curaba colocando al pequeño una hebra de hilo humedecida con saliva en medio de la frente; el otro con la ingesta lenta de nueve tragos de agua sin respirar, para cuyo propósito se oprimían ambas fosas nasales haciendo pinza con los dedos pulgar e índice y pronunciando palabras rituales. (“Al hijo de Dios hipo le dio y con nueve tragos de agua se le quitó”).

 A los niños recién nacidos se les quemaba el ombligo con aceite de palo, repitiendo las curaciones hasta que éste secaba y caía solo. Cuando, ya mayorcito, se le “salía” el ombligo, se  oprimía la porción con un grano de cacao o una moneda de cobre.

Los nacidos, tan frecuentes en épocas de calor “cuando no se tomaban los purgantes anuales”, se curaban lavando la zona afectada con cocimiento de planta sanalotodo.

Los dolores se atenuaban con diversos tratamientos. Si eran de oído con flor de calabaza soasada o con jugo de azucena y hoja de ruda; si eran de muelas con buches de agua de sal o clavo de olor; si eran de pecho con canela, hojas de maguey y ramas de chipilín hervidas y cataplasma ungida en el tórax; si eran menstruales con hoja de malva, pedacitos de caña de azúcar y hojas de gordolobo o toma de ruda.

  Los cólicos con té de anís azucarado. Si eran vesiculares con hojas de albahaca cocidas con ramas de incienso verde y gotas de naranja agria; si eran de estómago con yerbabuena y manzanilla.

Para la caída del cuajo (o mollera) paladear con el dedo envuelto en un algodón impregnado en miel de monte; para la caída de campanilla (o anginas) toques de miel de monte; para las temperaturas altas (que entonces se sudaban con mayor calor y ahora se bajan con hielo) plantilla de cebo y café; para la tos pasmada cocolmeca y flor de azahar hervida en agua con una cucharada de aguardiente; para la encajonada cocimiento de bugambilia roja, ciruelas pasa, jugo de limón y miel de monte; para los nervios té de tila o de naranja; para la tos simple cocimiento de flor de rosa, concha con canela, bengala y altea.

Recetas naturales “de fácil aplicación en el hogar” fueron:

Jugo de epazote machacado para quitar verrugas y té para expulsar lombrices intestinales.

Té calientito de eucalipto para el asma y la bronquitis catarral, col comida para catarro, tos, ronquera y dolores de pulmones. Corteza de capulín para cólicos y nervios.

Cabello de elote para infecciones de riñón, vejiga o disentería; bugambilia para la tos e infecciones de pulmón; lavativa de cañafístula para el cólico miserere; cocohite para el mal de ojo; isabelita para el estreñimiento; hoja de oreganón soasada para el dolor de oído; cuajilote para el riñón; cogollo de plátano para quemaduras; cocoyol redondo y té de sauco para la chichimeca.

Berenjena en cataplasma con aceite de coco para quemaduras; semillas de papaya con agua de cáscara de naranja para la obesidad; sávila para la inflamación del vientre; arroz para las infecciones intestinales y diarreas; hoja de majagua, engrasada en manteca de cerdo, para desinflamar; hoja de maguey para el tétano; toronjil para el corazón; nogal para el hígado y la diabetes.

Para la tos jarabe de cebolla; té de pimienta gorda para dolores de estómago; té de limón para el vómito; horchata de cacao verde para el sarampión.

Las heridas se curaban con amargoso, aguardiente y miel de monte; los sangrados con cataplasma de café, petróleo o telaraña; las insolaciones con limón en los pulsos y en el cerebro y café caliente; las “abiertas” de cadera con corrida de ventosas y parche poroso apretado en la hamaca; el mal de cuerpo con té de toronjil, chintul y zacate limón.

Lo más eficaz para la aventazón eran hojas de momo soasadas con aceite de almendra o tortilla quemada sobre el estómago. Para el empacho nada era mejor que un purgante con miel de monte, aceites de olivo, palma criste, magnesia calcinada y jarabe de tolú (hasta que tronaba). El calentamiento de cabeza se qui-taba a los niños con ensalmos —lo mismo que el espanto a “jugados de duende”— de “los nueve montes” mastrujados en aguardiente: yerbabuena, albahaca, ruda, hoja de chile amashito, trébol, hoja de jícara, toronjil, yerba martín y chintul.

Para la sacanaca tizne de comal, miel de monte y agua cocida de hoja de tamarindo. Para el susto de mayores agua de brasa tomada; para los pequeños agua azucarada o nalgadas a la voz de “¡coge tu sombra”.

Las enfermedades dejaban huellas externas cuando eran estomacales o virales. Los purgantes, la infección misma, las dietas rigurosas, hacían que el enfermo perdiera peso y que se “escurriera”. Las largas diarreas se reflejaban en esos rostros pálidos y famélicos. Los abrigamientos corporales, pese a las altas temperaturas, evidenciaban la convalecencia de una gripa “emperrada” cuya recaída se temía.

Los remedios caseros, en plena época de la atención médica especializada y de la automedicación de productos patentados por los laboratorios farmacéuticos, poco a poco se pierden en el olvido y se rechazan veladamente y hasta con estupor (“¡Cómo! ¿Tomar yo esos cocimientos? ¡Ni Dios lo quiera!).

En el medio urbano las recetas caseras son casi antiguallas y, como antes se veía a las medicinas de laboratorio, se les observa con desconfianza o curiosidad. En el ambiente rural, acaso último resquicio del Tabasco que se está quedando en el pasado, la medicina herbolaria, y con ella aquellos remedios, continúa siendo recurrida y efectiva, quizá porque se sigue creyendo en sus poderes curativos y porque —si se le hubiese perdido la fe— es la que está más al alcance de la gente de la campiña tabasqueña. (Aunque la salud de patente está en expansión).

 En las ciudades hoy, a diferencia de los pueblos de hace veinte o treinta años, cuando esto era común, ya no se ve por las calles a ningún infortunado que luzca un pañuelo amarrado alrededor de las mandíbulas y la cabeza, signo inequívoco de estar soportando dolores de muela; tampoco se observa a dama alguna con la frente y sienes cubiertas con un trapo, evidencia de una maternidad reciente; los cráneos rapados a coco de los niños piojosos o de pelo rebelde ya no se distinguen; las cubiertas de gruesas vendas de gasa o medias de seda, signos de erisipela, desaparecieron del escenario cotidiano; las semillas de marañón y las rodajas de bacal perforados por un cordón que formaban un collar dejaron de circundar los cuellos de los asmáticos.

Aún más, en las calles ya no se ven —como sí, y con mucha frecuencia, antes— los tuberculosos exageradamente abrigados tomando baños de sol. Ya no deambulan tampoco aquellos perros —parte inseparable de nuestro paisaje viviente— alrededor de cuyo cuello cruzaba un collarín hecho de bacales y limones (uno y uno), precisamente para curar la tos perruna.

 ¡Ah! los remedios caseros. Una tradición llena de sabiduría popular que está desapareciendo conforme la nueva civilización ocupa los espacios que habita el hombre de la modernidad. Sus curaciones, sustentadas en el gran poder natural de los vegetales y de algunos minerales de la región, en la fe que los mayores inculcaban hacia ellos y, algunas veces, en la milagrosa recuperación del organismo que usando sus energías inherentes sanaba, dentro de poco serán cosa del pasado.

 Las recetas de las abuelas, junto a aquellas enfermedades cuyos nombres hoy suenan raros, tendrán el mismo destino que todo lo que no es moderno: el olvido.

* Agradecemos al los licenciados Freddy A. Priego Priego y Juan Adolfo García Pérez el habernos hecho llegar este texto del Lic. Francisco Peralta Burelo perteneciente al libro Los otros tiempos, editado por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco,  Villahermosa, 1999.

Volver al índice