¡Déjate de médicos!...
Para la caída de cuajo paladéalo con un algodón impregnado
en miel de monte... ¿Está empachado tu hijo?
¡Dale el purgante de los tres aceites!... ¿Para
el mal de ojo qué es bueno?...No; el doctor
no sabe curar el calentamiento de cabeza... Mastruja
nueve montes en aguardiente... Que si qué es
bueno para la aventazón... Para los cólicos
no hay nada mejor que el anís de estrella...Soasa
las flores... Hierve los cogollos... Llévalo
a ensalmar... ¡Ahora te dejas que ponga esta
lavativa de cañafístula!... ¡Que cargue en brazos
esa mujer al niño para que se le quite el pujo!...
¡Ponle una cataplasma o un emplasto en la herida!.
¡Ah! los remedios caseros.
Ningún médico y ningún medicamento de patente eran más efectivos
que aquéllos que aplicaban, con absoluta fe en sus poderes
curativos, las madres de familia, las tías mayores y las
abuelas, enciclopedias andantes de la antigua herbolaria
tabasqueña.
Los remedios caseros,
vestigio de aquella medicina tradicional preparada a base
de ingredientes vegetales en estado natural, que poco a
poco se pierden en la inmemoria, restablecieron la salud
y atenuaron la enfermedad (aunque a veces precipitaron la
muerte) de los tabasqueños anteriores al último tercio de
siglo.
En aquellas épocas heroicas,
cuando el médico pionero no llegaba al pantano y a la selva
tabasqueña o el nativo se resistía a consultarlo porque
no confiaba lo suficiente en su ciencia, los curanderos,
y más que éstos la tradición familiar y social conocedoras
de los secretos curativos de las yerbas, auxiliaban
al enfermo en sus achaques y le brindaban la atención que
podían.
El tabasqueño era reticente
al médico y a la medicina no me va a matar la
enfermedad sino las medicinas. Las enfermedades, decía,
vienen solas y se van solas y el cuerpo
se cura solo. La presión de la familia o las molestias
de las dolencias obligaban al empleo de los remedios hechos
y recetados por gente de la casa o aconsejados por amigos
o vecinos. A veces curaban; en ocasiones (como la toma de
purgantes con cuadros de apendicitis) mataban más rápidamente;
en otras, por inocuos, ni hacían bien ni mal (lo que
no mata engorda, se replicaba).
Las mujeres mayores (las
ancianas aún más) conocían los secretos de los remedios
caseros, que transmitían sin reservas de generación en generación
a la vez que hacían verdaderas apologías de su poder curativo.
La herbolaria llega a gozar
de un gran prestigio, haciéndose imprescindible para el
uso común de quienes sufren quebrantamientos de salud y
desean prevenir males físicos.
Los jarabes, tés, cocimientos,
gotas, soasados, cataplasmas, frotaciones, hervidos, talladas,
ensalmos, emplastos, lavativas, inhalaciones, y una vastísima
gama de recetas empíricas, sustentan la de por sí riquísima
medicina práctica que aún hoy en día, pese a los insólitos
avances de la ciencia alópata, resiste y sobrevive, negándose
a desaparecer.
Asociados estrechamente
a esa época del auge de los remedios caseros se encuentran
aquellas dietas, realmente de hambre, a que eran sometidos
sin piedad los enfermos, los largos encierros y postraciones
que imponía el cuidado de las gripas y esas purgas estomacales
que fue de rigor tragar una vez al año cuando menos.
Casi todas las convalecencias
de males estomacales y de brotes epidémicos iban acompañadas
de rigurosas dietas; las de gripas y calenturas de encierros
temporales para aislarse de los aires; las de
mal de cuerpo de postraciones y encamamientos
transitorios o prolongados, según fuese la gravedad del
enfermo.
Había remedios caseros
para el hipo infantil y para el hipo adulto. El primero
se curaba colocando al pequeño una hebra de hilo humedecida
con saliva en medio de la frente; el otro con la ingesta
lenta de nueve tragos de agua sin respirar, para cuyo propósito
se oprimían ambas fosas nasales haciendo pinza con los dedos
pulgar e índice y pronunciando palabras rituales. (Al
hijo de Dios hipo le dio y con nueve tragos de agua se le
quitó).
A los niños recién nacidos
se les quemaba el ombligo con aceite de palo, repitiendo
las curaciones hasta que éste secaba y caía solo. Cuando,
ya mayorcito, se le salía el ombligo, se oprimía
la porción con un grano de cacao o una moneda de cobre.
Los nacidos, tan frecuentes
en épocas de calor cuando no se tomaban los purgantes
anuales, se curaban lavando la zona afectada con cocimiento
de planta sanalotodo.
Los dolores se atenuaban
con diversos tratamientos. Si eran de oído con flor de calabaza
soasada o con jugo de azucena y hoja de ruda; si eran de
muelas con buches de agua de sal o clavo de olor; si eran
de pecho con canela, hojas de maguey y ramas de chipilín
hervidas y cataplasma ungida en el tórax; si eran menstruales
con hoja de malva, pedacitos de caña de azúcar y hojas de
gordolobo o toma de ruda.
Los cólicos con té de
anís azucarado. Si eran vesiculares con hojas de albahaca
cocidas con ramas de incienso verde y gotas de naranja agria;
si eran de estómago con yerbabuena y manzanilla.
Para la caída del cuajo
(o mollera) paladear con el dedo envuelto en un algodón
impregnado en miel de monte; para la caída de campanilla
(o anginas) toques de miel de monte; para las temperaturas
altas (que entonces se sudaban con mayor calor y ahora se
bajan con hielo) plantilla de cebo y café; para la tos pasmada
cocolmeca y flor de azahar hervida en agua con una cucharada
de aguardiente; para la encajonada cocimiento de bugambilia
roja, ciruelas pasa, jugo de limón y miel de monte; para
los nervios té de tila o de naranja; para la tos simple
cocimiento de flor de rosa, concha con canela, bengala y
altea.
Recetas naturales de
fácil aplicación en el hogar fueron:
Jugo de epazote machacado
para quitar verrugas y té para expulsar lombrices intestinales.
Té calientito de eucalipto
para el asma y la bronquitis catarral, col comida para catarro,
tos, ronquera y dolores de pulmones. Corteza de capulín
para cólicos y nervios.
Cabello de elote para infecciones
de riñón, vejiga o disentería; bugambilia para la tos e
infecciones de pulmón; lavativa de cañafístula para el cólico
miserere; cocohite para el mal de ojo; isabelita para el
estreñimiento; hoja de oreganón soasada para el dolor de
oído; cuajilote para el riñón; cogollo de plátano para quemaduras;
cocoyol redondo y té de sauco para la chichimeca.
Berenjena en cataplasma
con aceite de coco para quemaduras; semillas de papaya con
agua de cáscara de naranja para la obesidad; sávila para
la inflamación del vientre; arroz para las infecciones intestinales
y diarreas; hoja de majagua, engrasada en manteca de cerdo,
para desinflamar; hoja de maguey para el tétano; toronjil
para el corazón; nogal para el hígado y la diabetes.
Para la tos jarabe de cebolla;
té de pimienta gorda para dolores de estómago; té de limón
para el vómito; horchata de cacao verde para el sarampión.
Las heridas se curaban con
amargoso, aguardiente y miel de monte; los sangrados con
cataplasma de café, petróleo o telaraña; las insolaciones
con limón en los pulsos y en el cerebro y café caliente;
las abiertas de cadera con corrida de ventosas
y parche poroso apretado en la hamaca; el mal de cuerpo
con té de toronjil, chintul y zacate limón.
Lo más eficaz para la aventazón
eran hojas de momo soasadas con aceite de almendra o tortilla
quemada sobre el estómago. Para el empacho nada era mejor
que un purgante con miel de monte, aceites de olivo, palma
criste, magnesia calcinada y jarabe de tolú (hasta que tronaba).
El calentamiento de cabeza se qui-taba a los niños con ensalmos
lo mismo que el espanto a jugados de duende
de los nueve montes mastrujados en aguardiente:
yerbabuena, albahaca, ruda, hoja de chile amashito, trébol,
hoja de jícara, toronjil, yerba martín y chintul.
Para la sacanaca tizne de
comal, miel de monte y agua cocida de hoja de tamarindo.
Para el susto de mayores agua de brasa tomada; para los
pequeños agua azucarada o nalgadas a la voz de ¡coge
tu sombra.
Las enfermedades dejaban
huellas externas cuando eran estomacales o virales.
Los purgantes, la infección misma, las dietas rigurosas,
hacían que el enfermo perdiera peso y que se escurriera.
Las largas diarreas se reflejaban en esos rostros pálidos
y famélicos. Los abrigamientos corporales, pese a las altas
temperaturas, evidenciaban la convalecencia de una gripa
emperrada cuya recaída se temía.
Los remedios caseros, en
plena época de la atención médica especializada y de la
automedicación de productos patentados por los laboratorios
farmacéuticos, poco a poco se pierden en el olvido y se
rechazan veladamente y hasta con estupor (¡Cómo! ¿Tomar
yo esos cocimientos? ¡Ni Dios lo quiera!).
En el medio urbano las recetas
caseras son casi antiguallas y, como antes se veía a las
medicinas de laboratorio, se les observa con desconfianza
o curiosidad. En el ambiente rural, acaso último resquicio
del Tabasco que se está quedando en el pasado, la medicina
herbolaria, y con ella aquellos remedios, continúa siendo
recurrida y efectiva, quizá porque se sigue creyendo en
sus poderes curativos y porque si se le hubiese perdido
la fe es la que está más al alcance de la gente de
la campiña tabasqueña. (Aunque la salud de patente está
en expansión).
En las ciudades hoy, a
diferencia de los pueblos de hace veinte o treinta años,
cuando esto era común, ya no se ve por las calles a ningún
infortunado que luzca un pañuelo amarrado alrededor de las
mandíbulas y la cabeza, signo inequívoco de estar soportando
dolores de muela; tampoco se observa a dama alguna con la
frente y sienes cubiertas con un trapo, evidencia de una
maternidad reciente; los cráneos rapados a coco de los niños
piojosos o de pelo rebelde ya no se distinguen; las cubiertas
de gruesas vendas de gasa o medias de seda, signos de erisipela,
desaparecieron del escenario cotidiano; las semillas de
marañón y las rodajas de bacal perforados por un cordón
que formaban un collar dejaron de circundar los cuellos
de los asmáticos.
Aún más, en las calles ya
no se ven como sí, y con mucha frecuencia, antes
los tuberculosos exageradamente abrigados tomando
baños de sol. Ya no deambulan tampoco aquellos perros parte
inseparable de nuestro paisaje viviente alrededor
de cuyo cuello cruzaba un collarín hecho de bacales y limones
(uno y uno), precisamente para curar la tos perruna.
¡Ah! los remedios caseros.
Una tradición llena de sabiduría popular que está
desapareciendo conforme la nueva civilización ocupa los
espacios que habita el hombre de la modernidad. Sus curaciones,
sustentadas en el gran poder natural de los vegetales y
de algunos minerales de la región, en la fe que los mayores
inculcaban hacia ellos y, algunas veces, en la milagrosa
recuperación del organismo que usando sus energías inherentes
sanaba, dentro de poco serán cosa del pasado.
Las recetas de las abuelas,
junto a aquellas enfermedades cuyos nombres hoy suenan raros,
tendrán el mismo destino que todo lo que no es moderno:
el olvido.
* Agradecemos al los licenciados
Freddy A. Priego Priego y Juan Adolfo García Pérez el habernos
hecho llegar este texto del Lic. Francisco Peralta Burelo
perteneciente al libro Los otros tiempos, editado por la
Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, Villahermosa, 1999.