Las cifras
que nos sirven para contar se remontan, al menos en cuanto
a su nombre, al árabe sifr, "cero", y los números
al indoeuropeo Hnem, "distribuir", que
ha dado también numerosos. Sin embargo, aunque los
números son numerosos, sólo vamos a explorar aquí los que
van del uno al diez[1].
1. El
universo es uno, y la cebolla también
La raíz
indoeuropea Hoin,[2]
"único", va a alimentar, por medio
del latín unus, el conjunto de las lenguas románicas:
uno, único, unidad, unión en español, un, unique,
unité, union en francés, uno, único, unità, unione
en italiano, uno, unico, unidade, união en portugués.
La misma
raíz indoeurpea da en gótico ains, de donde vienen
el inglés one, el alemán ein, el neerlandés
y el danés een. Este término tiene, en las lenguas
germánicas, los mismos derivados que en las románicas, también
ligados a la idea de unicidad. (ing. only, al. einig).
Más
interesantes son los términos universo, del latín
universum, "lo vuelto hacia la unidad", y uniforme,
del latín uniformis, "que tiene una sola forma".
Y, más divertido, el término oignon, "cebolla", que
aparece tardíamente en francés, hacia el siglo xiii. Anteriormente,
la palabra para designar este vegetal era cive,
del latín cepa, con sus formas correspondientes en
español, cebolla, en italiano, cipolla, y
en portugués, cebola, así como en francés ciboule,
ciboulette, civette... ¿Por qué la antigua cive
se convirtió en oignon, y qué tiene que ver este
oignon con el número uno? La explicación más
común es que la cebolla se consideró como una planta de
un solo tallo o de un solo bulbo; de ahí el latín unio,
que es el origen de oignon.
Pero,
en indoeuropeo, la raíz que expresaba la cifra uno
era Hsem. Aunque no se prolonga con este
sentido en las lenguas indoeuropeas, eso no quiere decir
que desapareciera.
Las
formas griegas correspondientes, heıs, "uno",
homós, "semejante", hemi-, "que tiene un solo
lado", se prolongan en español con palabras del tipo de
homónimo, homogéneo, hemiciclo. El latín semper,
"de una vez por todas" , "siempre", ha dado el español siempre,
el italiano y portugués sempre, y ha desaparecido
en francés moderno, mientras que similis da el español
símil y similar, el francés semblable, el
italiano y portugués símile, el español semejar
(it. somigliare, port. semelhar), el francés
sembler (it. sembrare, "parecer") ressembler,
"semejar, parecerse" y ensemble, "juntos" (it. insieme).
Con la forma simplex (de sem + plectere,
"plegado de una sola vez"), la misma raíz ha dado simple
(fr. simple, it. símplice, port. simples).
Pero será en el latín singulus "aislado", donde más
nos detengamos. Encontramos este término, naturalmente,
en la palabra española y portuguesa singular (fr.
singulier, it. singolare), pero también, como
ya hemos visto, en un nombre compuesto latino, singularis
porcus, "cerdo solitario", que se convertirá en sanglier
en francés y cinghiale en italiano.
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En lo
que se refiere a las lenguas germánicas, nos queda por señalar
el gótico sama, correspondiente a Hsem,
que da el inglés same, "mismo", y some "algunos"
(dan. somme), el alemán samt, "con", sammeln,
"reunir", sämtlich, "todos juntos", y zusammen,
"juntos".
2. El
dos y la duda
El número
dos (Hdwi-duwo en indoeuropeo) toma muy
pronto el sentido de repetición: dvih en sánscrito,
dís en griego -y de ahí bis en latín- significan
primero "dos veces". Esta raíz latina se encuentra al principio
de muchas palabras basadas en la idea de repetición: bisar,
el francés biscuit, "cocido dos veces", balanza,
del latín bilanx, "que tiene dos platos" (fr. balance,
it. bilancia, port. balança), bizaza,
"alforja", "que tiene dos bolsas" (fr. besace, it.
bisaccia), y el francés brouette, "carretilla"
(del latín birota, "que tiene dos ruedas", que hay
que relacionar con el italiano barroccio, "carreta
de dos ruedas").
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Historias
de palabras**
Nuestra
lengua, el español, tiene en común con otras lenguas
europeas -danés, italiano, francés, inglés, alemán,
neerlandés, portugués, latín, griego- una historia,
un origen: proceden todas de una lengua reconstruida,
de la que no tenemos ninguna huella escrita, pero
que los sabios han podido reconstituir en laboratorio:
el indoeuropeo.
Remontándonos en el tiempo, descubrimos la manera
de pensar y de vivir de nuestros antepasados, leemos
historias a veces paralelas y a veces divergentes,
la historia de nuestras lenguas y de quienes las hablan.
Porque la etimología es como la geología; las palabras
son como los fósiles: nos dejan ver huellas del pasado,
huellas estáticas, naturalmente, que sin embargo hablan,
dan fe. Del mismo modo que la zoología estudia los
fósiles para reconstruir la genealogía de diferentes
grupos. O la geología fecha yacimientos gracias a
la presencia de fósiles característicos, la lingüística
histórica nos restituye la historia de nuestras lenguas
y, a través de ella, nuestra historia.
La etimología es, por lo tanto, una ciencia. Pero
también es una invitación a la poesía; hace soñar
o sonreír, divierte e instruye: nos lleva de viaje
por el tiempo y las lenguas. Recogiendo palabras como
quien hace un herbario, [podemos descubrir] algo de
historia. Y esta mirada sobre la historia, al tiempo
que nos mostrará nuestro pasado común, nos ayudará
a comprender a los demás, a quienes, más allá de las
fronteras, hablan lenguas diferentes y, sin embargo,
cercanas.
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Del
griego dyo, "dos", viene la forma latina duo,
que se prolonga en el español dos, el francés deux,
el italiano due, el portugués dous y, por
supuesto, la palabra española y portuguesa doble
(fr. double, it. doppio). Más inesperada es
la historia del verbo latino dubitare "dudar", es
decir "estar dividido entre dos posibilidades" (fr. douter,
it. dubbiare, port. duvidar), imagen que volvemos
a encontrar en el alemán zweifeln, "dudar". Señalemos
que el verbo douter significó primero, en antiguo
francés, "temer"; de ahí las formas redouter, "temer",
y redoutable, "temible", de igual origen.
Por
parte germánica, la raíz Hdwi se convierte
en gótico en Htwain, y de ahí el inglés
two, el alemán zwei, el danés to y
el neerlandés twee, así como los derivados del tipo
de twelve , zwölf, tolv, twaalf, "doce".
3. Tercio,
testimonio, testículos, protestante...
La forma
indoeuropea de nombrar la trinidad, H tre-tri,
se encuentra muy naturalmente en el sánscrito trayah,
el latín tres (esp. tres, fr. trois,
it. tre, port. três) y el gótico threis
(ing. three, al. drei, dan. tre, neerl.
drie). Esta idea de trinidad nos lleva directamente
al trébol, "que tiene tres hojas", como muestra
más claramente la palabra italiana, trefoglio (fr.
trèfle, port. trevo), al tridente español,
portugués e italiano (fr. trident), de etimología
transparente, a la terna, al trabajo y al
adjetivo trivial, cuya historia ya hemos contado,
y por último a tercio (fr. tiers, it. terzo,
port. terço). De tercio, "tercero", "tercera
parte", viene el verbo terciar, "mediar para poner
de acuerdo o reconciliar a dos personas". Y este tercio
(<lat. tertius) es el origen del latín testis,
"testigo", es decir, la tercera persona que puede terciar
un conflicto (esp. testigo, fr. témoin, it.
teste, port. testemunha), y también de testimonio
(fr. témoignage, it. testimonio, port.
testemunho). Este testis latino dio origen también
al diminutivo testiculus, "testigo pequeño": de ahí
los testículos, de los que se consideraba que daban
testimonio (¿de la virilidad de su propietario, quizá?).
Dentro
de la misma serie, queda el testamento del verbo
testar (y del latín testis). El testamento
se llama así porque se hacía ante un tercero, es decir un
testigo. Atestar o testificar y contestar
tienen, evidentemente, el mismo origen, ligado a la idea
de testigo; y también, claro está, protestar,
cuyo primer significado es "declarar". De ahí los protestantes,
que no protestan contra el catolicismo, como pretende la
etimología popular, sino que dan testimonio de su
fe. Y el círculo queda cerrado: testar, testigo, testificar,
protestante... No estamos lejos de los testigos de Jehová.
*Fragmento
tomado del capítulo x "De uno a diez" del libro de Louis-Jean
Calvet, Historias de palabras. Etimologías europeas.
Versión española de Soledad García Mouton. Gredos, Madrid,
1996. pp. 95-98.
**
Extractado de la "Introducción", op. cit., pp. 7-9.
[1]
Nosotros hemos tomado, únicamente,
del uno al tres.
[2]
El símbolo H delante de una
forma indica que está reconstruida, es decir que, aunque
no tenemos ninguna huella real, su existencia anterior ha
quedado demostrada al comparar las distintas lenguas de
la misma familia y al aplicar las leyes de la fonética histórica.