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Correo del Maestro Núm. 34, marzo 1999

De uno a diez*

Louis-Jean Calvet

Las cifras que nos sirven para contar se remontan, al menos en cuanto a su nombre, al árabe sifr, "cero", y los números al indoeuropeo Hnem, "distribuir", que ha dado también numerosos. Sin embargo, aunque los números son numerosos, sólo vamos a explorar aquí los que van del uno al diez[1].

1. El universo es uno, y la cebolla también

La raíz indoeuropea Hoin,[2] "único", va a alimentar, por medio del latín unus, el conjunto de las lenguas románicas: uno, único, unidad, unión en español, un, unique, unité, union en francés, uno, único, unità, unione en italiano, uno, unico, unidade, união en portugués.

La misma raíz indoeurpea da en gótico ains, de donde vienen el inglés one, el alemán ein, el neerlandés y el danés een. Este término tiene, en las lenguas germánicas, los mismos derivados que en las románicas, también ligados a la idea de unicidad. (ing. only, al. einig).

Más interesantes son los términos universo, del latín universum, "lo vuelto hacia la unidad", y uniforme, del latín uniformis, "que tiene una sola forma". Y, más divertido, el término oignon, "cebolla", que aparece tardíamente en francés, hacia el siglo xiii. Anteriormente, la palabra para designar este vegetal era cive, del latín cepa, con sus formas correspondientes en español, cebolla, en italiano, cipolla, y en portugués, cebola, así como en francés ciboule, ciboulette, civette... ¿Por qué la antigua cive se convirtió en oignon, y qué tiene que ver este oignon con el número uno? La explicación más común es que la cebolla se consideró como una planta de un solo tallo o de un solo bulbo; de ahí el latín unio, que es el origen de oignon.

Pero, en indoeuropeo, la raíz que expresaba la cifra uno era Hsem. Aunque no se prolonga con este sentido en las lenguas indoeuropeas, eso no quiere decir que desapareciera.

Las formas griegas correspondientes, heıs, "uno", homós, "semejante", hemi-, "que tiene un solo lado", se prolongan en español con palabras del tipo de homónimo, homogéneo, hemiciclo. El latín semper, "de una vez por todas" , "siempre", ha dado el español siempre, el italiano y portugués sempre, y ha desaparecido en francés moderno, mientras que similis da el español símil y similar, el francés semblable, el italiano y portugués símile, el español semejar (it. somigliare, port. semelhar), el francés sembler (it. sembrare, "parecer") ressembler, "semejar, parecerse" y ensemble, "juntos" (it. insieme). Con la forma simplex (de sem + plectere, "plegado de una sola vez"), la misma raíz ha dado simple (fr. simple, it. símplice, port. simples). Pero será en el latín singulus "aislado", donde más nos detengamos. Encontramos este término, naturalmente, en la palabra española y portuguesa singular (fr. singulier, it. singolare), pero también, como ya hemos visto, en un nombre compuesto latino, singularis porcus, "cerdo solitario", que se convertirá en sanglier en francés y cinghiale en italiano.

En lo que se refiere a las lenguas germánicas, nos queda por señalar el gótico sama, correspondiente a Hsem, que da el inglés same, "mismo", y some "algunos" (dan. somme), el alemán samt, "con", sammeln, "reunir", sämtlich, "todos juntos", y zusammen, "juntos".

2. El dos y la duda

El número dos (Hdwi-duwo en indoeuropeo) toma muy pronto el sentido de repetición: dvih en sánscrito, dís en griego -y de ahí bis en latín- significan primero "dos veces". Esta raíz latina se encuentra al principio de muchas palabras basadas en la idea de repetición: bisar, el francés biscuit, "cocido dos veces", balanza, del latín bilanx, "que tiene dos platos" (fr. balance, it. bilancia, port. balança), bizaza, "alforja", "que tiene dos bolsas" (fr. besace, it. bisaccia), y el francés brouette, "carretilla" (del latín birota, "que tiene dos ruedas", que hay que relacionar con el italiano barroccio, "carreta de dos ruedas").

Historias de palabras**

Nuestra lengua, el español, tiene en común con otras lenguas europeas -danés, italiano, francés, inglés, alemán, neerlandés, portugués, latín, griego- una historia, un origen: proceden todas de una lengua reconstruida, de la que no tenemos ninguna huella escrita, pero que los sabios han podido reconstituir en laboratorio: el indoeuropeo.

 Remontándonos en el tiempo, descubrimos la manera de pensar y de vivir de nuestros antepasados, leemos historias a veces paralelas y a veces divergentes, la historia de nuestras lenguas y de quienes las hablan. Porque la etimología es como la geología; las palabras son como los fósiles: nos dejan ver huellas del pasado, huellas estáticas, naturalmente, que sin embargo hablan, dan fe. Del mismo modo que la zoología estudia los fósiles para reconstruir la genealogía de diferentes grupos. O la geología fecha yacimientos gracias a la presencia de fósiles característicos, la lingüística histórica nos restituye la historia de nuestras lenguas y, a través de ella, nuestra historia.

 La etimología es, por lo tanto, una ciencia. Pero también es una invitación a la poesía; hace soñar o sonreír, divierte e instruye: nos lleva de viaje por el tiempo y las lenguas. Recogiendo palabras como quien hace un herbario, [podemos descubrir] algo de historia. Y esta mirada sobre la historia, al tiempo que nos mostrará nuestro pasado común, nos ayudará a comprender a los demás, a quienes, más allá de las fronteras, hablan lenguas diferentes y, sin embargo, cercanas.

Del griego dyo, "dos", viene la forma latina duo, que se prolonga en el español dos, el francés deux, el italiano due, el portugués dous y, por supuesto, la palabra española y portuguesa doble (fr. double, it. doppio). Más inesperada es la historia del verbo latino dubitare "dudar", es decir "estar dividido entre dos posibilidades" (fr. douter, it. dubbiare, port. duvidar), imagen que volvemos a encontrar en el alemán zweifeln, "dudar". Señalemos que el verbo douter significó primero, en antiguo francés, "temer"; de ahí las formas redouter, "temer", y redoutable, "temible", de igual origen.

Por parte germánica, la raíz Hdwi se convierte en gótico en Htwain, y de ahí el inglés two, el alemán zwei, el danés to y el neerlandés twee, así como los derivados del tipo de twelve , zwölf, tolv, twaalf, "doce".

3. Tercio, testimonio, testículos, protestante...

La forma indoeuropea de nombrar la trinidad, H tre-tri, se encuentra muy naturalmente en el sánscrito trayah, el latín tres (esp. tres, fr. trois, it. tre, port. três) y el gótico threis (ing. three, al. drei, dan. tre, neerl. drie). Esta idea de trinidad nos lleva directamente al trébol, "que tiene tres hojas", como muestra más claramente la palabra italiana, trefoglio (fr. trèfle, port. trevo), al tridente español, portugués e italiano (fr. trident), de etimología transparente, a la terna, al trabajo y al adjetivo trivial, cuya historia ya hemos contado, y por último a tercio (fr. tiers, it. terzo, port. terço). De tercio, "tercero", "tercera parte", viene el verbo terciar, "mediar para poner de acuerdo o reconciliar a dos personas". Y este tercio (<lat. tertius) es el origen del latín testis, "testigo", es decir, la tercera persona que puede terciar un conflicto (esp. testigo, fr. témoin, it. teste, port. testemunha), y también de testimonio (fr. témoignage, it. testimonio, port. testemunho). Este testis latino dio origen también al diminutivo testiculus, "testigo pequeño": de ahí los testículos, de los que se consideraba que daban testimonio (¿de la virilidad de su propietario, quizá?).

Dentro de la misma serie, queda el testamento del verbo testar (y del latín testis). El testamento se llama así porque se hacía ante un tercero, es decir un testigo. Atestar o testificar y contestar tienen, evidentemente, el mismo origen, ligado a la idea de testigo; y también, claro está, protestar, cuyo primer significado es "declarar". De ahí los protestantes, que no protestan contra el catolicismo, como pretende la etimología popular, sino que dan testimonio de su fe. Y el círculo queda cerrado: testar, testigo, testificar, protestante... No estamos lejos de los testigos de Jehová.

*Fragmento tomado del capítulo x "De uno a diez" del libro de Louis-Jean Calvet, Historias de palabras. Etimologías europeas. Versión española de Soledad García Mouton. Gredos, Madrid, 1996. pp. 95-98.

** Extractado de la "Introducción", op. cit., pp. 7-9.

[1] Nosotros hemos tomado, únicamente, del uno al tres.

[2]  El símbolo H delante de una forma indica que está reconstruida, es decir que, aunque no tenemos ninguna huella real, su existencia anterior ha quedado demostrada al comparar las distintas lenguas de la misma familia y al aplicar las leyes de la fonética histórica.

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