menuinterno Inicio | Números anteriores | Libros

Volver al índice

Correo del Maestro Núm. 34, marzo 1999

Aventura matemática

Laura Nakamura

Los pueblos árabes han ejercido siempre una extraña fascinación no sólo por la diversidad de sus costumbres, de sus ritos, de sus danzas, sino también por esa tradición milenaria de excelentes matemáticos. Lo mismo nos hemos sentido seducidos por uno de sus cuentos llenos de magia y misterio, que por las sorprendentes historias que nos hablan de esa cultura y sus aportaciones al mundo de la ciencia.

El hombre que calculaba es un libro cautivador que conjuga estas dos facetas del pueblo árabe; transita por el mundo de la precisión matemática pero lo hace a través de la literatura. Quienes tenemos cierta resistencia hacia los cálculos matemáticos por considerarlos fríos, áridos y además aburridos, no tardamos mucho tiempo -una vez iniciada la lectura de este texto-, en quedar atrapados por la trama del cuento y sentir la necesidad de acompañar al protagonista en sus andanzas, como discípulos que quieren recoger sus enseñanzas y resolver, junto con él, los acertijos matemáticos que se le presentan y que, en muchas ocasiones, ayudarán a actuar con justicia en diversas situaciones de la vida.

La historia de este libro transcurre en el Oriente y por medio de ella penetramos en una sociedad deslumbrante por sus riquezas y por la fastuosidad de sus palacios pero que, también es sorprendente, por las marcadas diferencias sociales. Beremiz Samir, el joven protagonista, es un viajero que en el trayecto de su camino resuelve algunos problemas de cálculo aparentemente sin solución, extendiéndose su fama por toda la región; pero sus enseñanzas no se limitan al terreno matemático, trascienden al terreno espiritual, por ello la simpatía y admiración que produce a los lectores es casi inmediata.

 

El libro está organizado en breves capítulos que relatan las experiencias del hombre que calculaba y su acompañante -que narra la historia- y que dan marco a los diferentes problemas matemáticos que se plantean. Es importante resaltar que al resolver estos problemas de cálculo -que en un inicio parecen no tener solución posible- el joven calculador, además de dar la respuesta, explica aquellas leyes matemáticas que ha puesto en juego para su solución.

Al final del libro, el autor ha incluido un apéndice con varias secciones para complementar la información que proporciona su obra: los datos de calculadores famosos, las aportaciones de los árabes a las matemáticas, algunos pensamientos elogiosos sobre esta materia, consideraciones sobre los problemas planteados, un lexicón, las voces e interjecciones árabes que aparecen en el texto y los datos de algunas naciones, ciudades, personajes históricos, matemáticos, etcétera. El hombre que calculaba es una obra eminentemente didáctica en la que se unen conocimientos matemáticos con una historia que realmente se disfruta.

Volver al índice