Los pueblos
árabes han ejercido siempre una extraña fascinación no sólo
por la diversidad de sus costumbres, de sus ritos, de sus
danzas, sino también por esa tradición milenaria de excelentes
matemáticos. Lo mismo nos hemos sentido seducidos por uno
de sus cuentos llenos de magia y misterio, que por las sorprendentes
historias que nos hablan de esa cultura y sus aportaciones
al mundo de la ciencia.
El
hombre que calculaba es un libro cautivador que conjuga
estas dos facetas del pueblo árabe; transita por el mundo
de la precisión matemática pero lo hace a través de la literatura.
Quienes tenemos cierta resistencia hacia los cálculos matemáticos
por considerarlos fríos, áridos y además aburridos, no tardamos
mucho tiempo -una vez iniciada la lectura de este texto-,
en quedar atrapados por la trama del cuento y sentir la
necesidad de acompañar al protagonista en sus andanzas,
como discípulos que quieren recoger sus enseñanzas y resolver,
junto con él, los acertijos matemáticos que se le presentan
y que, en muchas ocasiones, ayudarán a actuar con justicia
en diversas situaciones de la vida.
La historia
de este libro transcurre en el Oriente y por medio de ella
penetramos en una sociedad deslumbrante por sus riquezas
y por la fastuosidad de sus palacios pero que, también es
sorprendente, por las marcadas diferencias sociales. Beremiz
Samir, el joven protagonista, es un viajero que en el trayecto
de su camino resuelve algunos problemas de cálculo aparentemente
sin solución, extendiéndose su fama por toda la región;
pero sus enseñanzas no se limitan al terreno matemático,
trascienden al terreno espiritual, por ello la simpatía
y admiración que produce a los lectores es casi inmediata.
El libro
está organizado en breves capítulos que relatan las experiencias
del hombre que calculaba y su acompañante -que narra la
historia- y que dan marco a los diferentes problemas matemáticos
que se plantean. Es importante resaltar que al resolver
estos problemas de cálculo -que en un inicio parecen no
tener solución posible- el joven calculador, además de dar
la respuesta, explica aquellas leyes matemáticas que ha
puesto en juego para su solución.
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Al final
del libro, el autor ha incluido un apéndice con varias secciones
para complementar la información que proporciona su obra:
los datos de calculadores famosos, las aportaciones de los
árabes a las matemáticas, algunos pensamientos elogiosos
sobre esta materia, consideraciones sobre los problemas
planteados, un lexicón, las voces e interjecciones árabes
que aparecen en el texto y los datos de algunas naciones,
ciudades, personajes históricos, matemáticos, etcétera.
El hombre que calculaba es una obra eminentemente
didáctica en la que se unen conocimientos matemáticos con
una historia que realmente se disfruta.