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Correo del Maestro Núm. 43, diciembre 1999

La máscara cotidiana*

Paolo Pagliai

Lo tenemos que asustarnos por las palabras que no entendemos. Si decidimos ser maestros es por algo: algo importante que requiere una continua actualización, un estudio permanente. Es decir, no podemos contentarnos de nuestra sabiduría ya que no es suficiente para dar clase a gente "que sabe menos que nosotros". Menos un alumno sabe, más tenemos que saber nosotros. Por esta razón -por esta profesión difícil que elegimos- tenemos la obligación de conocer las palabras, sus sentidos y sus significados.

     Sin embargo, existen palabras que creemos conocer y que -en realidad- representan para nosotros universos desconocidos. Conocer una palabra significa conocerla tres veces... Y tres veces no son suficientes para conocerla hasta al fondo.

     Tomemos el ejemplo de máscara: es una simple palabra que nos evoca la imagen del teatro, la de los actores que se mueven, hablan, sufren, odian y aman en la escena. Sin duda, ustedes saben perfectamente que estamos hablando de una cara superpuesta a otra [más (+) cara], una cara sobre la cara verdadera. Es decir, el personaje sobre el actor...

     Tal vez no todos saben que el lugar de origen de dicha palabra se llama Grecia, la cuna de la cultura occidental del siglo v a.C. Allá, cuando no había ni tele ni cine, la gente iba al teatro. Empecemos de aquí... ¿Qué es el teatro?

     Los griegos antiguos para decir mirar tenían muchas palabras, y una de éstas indicaba exactamente la acción de percibir un mensaje emitido por otros: theaomai, que era un verbo que ellos mismos definían como medio-pasivo, a saber un verbo activo pero que necesita de una posición de pasividad del sujeto, justo la posición que toma el espectador cuando mira lo que otros actúan. Entonces, el teatro es un lugar donde se mira, y donde -hace 2500 años- actores varones (se prohibía a las mujeres actuar en público) se ponían una cara para interpretar un personaje. Sí, porque la palabra es griega (káara) y se pronunciaba así como se pronuncia hoy en español... cara: es decir la cabeza, el aspecto, el rostro, la descripción de la aparencia de alguien y -de una vez- de su interioridad más escondida. Los antiguos latinos llamaban a la máscara con una palabra que hoy en día puede ser que nos sorprenda: persona. Sí, la misma persona que en nuestras lenguas modernas significa un individuo, un ser humano, para ellos representaba nada más que la apariencia. Nada más... La apariencia, para los antiguos, no era algo superficial, una característica marginal del individuo, era carácter, personalidad... El hombre era así como se veía.

     Marco Tulio Cicerón hablaba de la persona -es decir de la máscara- para describir el papel que un hombre o una mujer actuaban en su propio grupo social. Anticipaba, de tal manera, la gran intuición del sociólogo moderno Erwing Goffman: todo hombre es un actor en la gran representación social que es la vida, un actor que actúa un papel múltiple, ahora -por ejemplo- es padre, ahora es hijo, ahora hermano, ahora amigo, ahora domina, ahora es dominado. Todos estos papeles en el curso de la misma "representación", es decir de la única vida que "actuando" vive.

     De hecho, la vida es un gran teatro poblado por máscaras: personalidades, carácteres, papeles, producen la representación que nosotros llamamos social. Cicerón y -antes que él- los antiguos griegos habían intuido esta importante realidad: en su visión extraordinariamente amplia del universo social en que vivían, colocaban el teatro más allá que cualquier forma de diversión. De hecho, para ellos era algo muy similar a un acto religioso, o por lo menos místico, donde el rito de la actuación representaba la proyección fiel y catártica de la representación de la vida cotidiana.

     Hoy la palabra máscara parece perder su propio verdadero significado, la palabra teatro parece no tener más su sentido complejo. En la sociedad de la apariencia, ser y aparecer son dos cosas diferentes, y actuar un papel -en el sentido común- es algo que corresponde nada más a los profesionales, tal vez para ganar un Oscar.

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