Lo tenemos
que asustarnos por las palabras que no entendemos. Si decidimos
ser maestros es por algo: algo importante que requiere una
continua actualización, un estudio permanente. Es decir,
no podemos contentarnos de nuestra sabiduría ya que no es
suficiente para dar clase a gente "que sabe menos que nosotros".
Menos un alumno sabe, más tenemos que saber nosotros. Por
esta razón -por esta profesión difícil que elegimos- tenemos
la obligación de conocer las palabras, sus sentidos y sus
significados.
Sin
embargo, existen palabras que creemos conocer y que -en
realidad- representan para nosotros universos desconocidos.
Conocer una palabra significa conocerla tres veces... Y
tres veces no son suficientes para conocerla hasta al fondo.
Tomemos
el ejemplo de máscara: es una simple palabra que
nos evoca la imagen del teatro, la de los actores
que se mueven, hablan, sufren, odian y aman en la escena.
Sin duda, ustedes saben perfectamente que estamos hablando
de una cara superpuesta a otra [más (+) cara], una
cara sobre la cara verdadera. Es decir, el personaje sobre
el actor...
Tal
vez no todos saben que el lugar de origen de dicha palabra
se llama Grecia, la cuna de la cultura occidental del siglo
v a.C. Allá, cuando no había ni tele ni cine, la gente iba
al teatro. Empecemos de aquí... ¿Qué es el teatro?
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Los
griegos antiguos para decir mirar tenían muchas palabras,
y una de éstas indicaba exactamente la acción de percibir
un mensaje emitido por otros: theaomai, que era un
verbo que ellos mismos definían como medio-pasivo, a saber
un verbo activo pero que necesita de una posición de pasividad
del sujeto, justo la posición que toma el espectador cuando
mira lo que otros actúan. Entonces, el teatro es
un lugar donde se mira, y donde -hace 2500 años-
actores varones (se prohibía a las mujeres actuar en público)
se ponían una cara para interpretar un personaje.
Sí, porque la palabra es griega (káara) y se pronunciaba
así como se pronuncia hoy en español... cara: es
decir la cabeza, el aspecto, el rostro, la descripción de
la aparencia de alguien y -de una vez- de su interioridad
más escondida. Los antiguos latinos llamaban a la máscara
con una palabra que hoy en día puede ser que nos sorprenda:
persona. Sí, la misma persona que en nuestras lenguas
modernas significa un individuo, un ser humano,
para ellos representaba nada más que la apariencia. Nada
más... La apariencia, para los antiguos, no era algo
superficial, una característica marginal del individuo,
era carácter, personalidad... El hombre era
así como se veía.
Marco
Tulio Cicerón hablaba de la persona -es decir de
la máscara- para describir el papel que un
hombre o una mujer actuaban en su propio grupo social. Anticipaba,
de tal manera, la gran intuición del sociólogo moderno Erwing
Goffman: todo hombre es un actor en la gran representación
social que es la vida, un actor que actúa un papel múltiple,
ahora -por ejemplo- es padre, ahora es hijo, ahora hermano,
ahora amigo, ahora domina, ahora es dominado. Todos estos
papeles en el curso de la misma "representación", es decir
de la única vida que "actuando" vive.
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De
hecho, la vida es un gran teatro poblado por máscaras:
personalidades, carácteres, papeles, producen la representación
que nosotros llamamos social. Cicerón y -antes que
él- los antiguos griegos habían intuido esta importante
realidad: en su visión extraordinariamente amplia del universo
social en que vivían, colocaban el teatro más allá
que cualquier forma de diversión. De hecho, para ellos era
algo muy similar a un acto religioso, o por lo menos místico,
donde el rito de la actuación representaba la proyección
fiel y catártica de la representación de la vida cotidiana.
Hoy
la palabra máscara parece perder su propio verdadero
significado, la palabra teatro parece no tener más
su sentido complejo. En la sociedad de la apariencia, ser
y aparecer son dos cosas diferentes, y actuar
un papel -en el sentido común- es algo que corresponde
nada más a los profesionales, tal vez para ganar un Oscar.