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Correo del Maestro Núm. 43,diciembre 1999

Leer a Comenio, Rousseau, Rébsamen, Sáenz, Dewey y otros más, ¿nos sirve de algo?

María Esther Aguirre Lora

Una de las preocupaciones recurrentes entre los que trabajamos en el campo de la educación se orienta a replantear constantemente lo que hemos de saber y de saber hacer, situación que también se proyecta en el ámbito de nuestra propia identidad profesional. El maestro de educación básica vive acosado por exigencias y necesidades de preparación que muchas veces exacerban el exceso de técnica, de recursos de aplicación inmediata para dar respuesta a los abrumadores requerimientos de la vida cotidiana en las escuelas; o bien, en el otro extremo, la carga de discursos complejos, fuertemente abstractos que parecieran no tocar la tierra. En medio de ambas situaciones polares, salta a la vista una generalizada percepción ahistórica de la educación y de la pedagogía, una suerte de negociación de la memoria, en la que cualquier autor de aplicación inmediata puede ponerse de moda, devenir best-seller. Situación que vela, cuando no distorsiona, la comprensión real de la dimensión educativa y pedagógica y agrava el patente desconocimiento de las raíces. Pudiéramos decir que no existe ancla.

¿Cuál es el lugar desde el cual participa el maestro?, ¿qué es lo que comparte con otros educadores?, ¿qué gestualidad lo ha marcado por su diferencia con ellos?, ¿cuáles son, por así decirlo, sus raíces?

Raíz, nos remite a asidero, a un espacio nutricional desde el que se puede crecer y, más adelante, aportar. La raíz nos permite radicar, echar raíces y arraigarnos en la medida en que posibilita establecernos en un punto, en algún lugar: nos centra en la tierra. Desde ahí podemos dirigir nuestra mirada hacia las cuatro direcciones; desde ahí hablamos, participamos y sentimos.

En el arraigo y también en el desarraigo, ¿por qué no?, configuramos nuestro lenguaje, adquirimos un rostro. Es decir, nuestra identidad profesional, con sus pertenencias y lealtades, nos introduciría a compartir, crear y recrear un discurso constituido por valores comunes, por tradiciones, por conocimientos y expectativas, que dan cuenta del imaginario de la sociedad en curso.

Nuestras raíces dan cuenta de nuestra pertenencia, de lo que nos diferencia de los otros y nos solidariza con ellos, de lo que nos excluye pero también lo que nos incluye. Punto de referencia importante y lugar de legitimación de prácticas y discursos donde se expresan las creencias y su ritualización. Punto de llegada al que se torna después de recorrer caminos y vericuetos, pues uno jamás deja de tener el sello de maestro como tal.

Sin embargo, si tenemos presente que nuestra identidad se constituye teniendo como referente al otro para delimitar igualdades y diferencias, podemos encontrar comportamientos polares que oscilan entre el encerramiento en lo nacional o bien, la imitación de lo que viene de fuera que siempre se considera, desde esta óptica, mejor que lo local. En algunos casos pareciera olvidarse que en lo nacional se dan cita aportaciones culturales diversas que, integradas a nuestra cultura, crean una nueva síntesis y posibilitan una nueva lectura de nuestro ámbito; en otros casos, entramos en el terreno de la imitación, de la adopción de autores de moda, sin una reflexión más sólida, sin una apropiación cultural, en la que prevalecen las elaboraciones de los otros que no han sido procesadas, reflexionadas, analizadas; en ese sentido siguen siendo ajenas a nuestras preocupaciones y utopías, como dice Villoro: "La cultura imitativa no consiste en el origen externo de esas ideas, sino que en su repetición sin reflexión y crítica y en su falta de integración a la vida".[1]

Frente a este panorama, si algo queda fuera es precisamente un clásico, ya que éste no es precisamente un autor de moda, ni tampoco nos ofrece 'alternativas de aplicación inmediata'; resulta de dudosa utilidad... Sin embargo, ellos están ahí, trátese tanto de clásicos europeos y americanos, como Loyola, Rousseau, Kant, Dewey, Freire, o bien de los clásicos locales, como es el caso de Altamirano, Flores, G. Prieto, Rébsamen y otros más, no como 'modelos ejemplares', como paradigmas a imitar, sino para comprender a través de su estudio cómo se ha configurado nuestro campo disciplinario, cómo se han ido dibujando en él las respuestas a determinadas problemáticas formativas del hombre, cómo se ha trazado el campo de la teoría pedagógica. Sus aportaciones se nutren de la rica experiencia educativa en la que vuelven sobre sus pasos y reflexionan sobre ellos, problematizándolos, ensayando nuevas formas de explicación, incursionando en otras vías o consolidando los caminos transitados.

El estudio de pedagogos, maestros y educadores en general, locales y de otras latitudes, próximos a nuestro tiempo y lejanos a él, aporta elementos para esa cultura pedogógica, que hoy como ayer nos es tan necesaria como fondo común de creencias y lealtades, de saberes y re-flexiones en torno a la configuración del campo en el que trabajamos.

El acercamiento a maestros, educadores y pensadores abre el horizonte al plantear lo que otros vivieron, la forma en que estructuraron una respuesta en el campo de la educación y la pedagogía para determinado grupo social, las redes de relaciones, de intercambios y de zonas de influencia entre los clásicos occidentales en general y los nuestros. Esto aporta elementos para comprender las propias soluciones, para reflexionar sobre los caminos andados y comunicar nuestros propios asideros e introducirnos en los vericuetos de la construcción de teoría pedagógica, la de otros y, ¿por qué no?, también la nuestra.

La lectura de los clásicos en educación, por lo demás, puede darnos elementos para teorizar desde otro lugar, siempre renovados, que den cuenta de las herencias y las tradiciones, de las otras voces que están presentes en nuestro hacer la educación y pensar la educación. Su estudio se transforma en una herramienta de trabajo para captar la realidad educativa desde otras dimensiones múltiples y complejas que nos confrontan con la exigencia de pensar de otra manera las relaciones entre la obra, autor, momento y espacio histórico y cultural en que se dan, y desde ahí percibir tanto la singularidad de nuestro momento, de nuestras soluciones, de nuestras experiencias, como de lo que nos hermana con ellos, a pesar de la distancia temporal y espacial.

La tarea nos llevará a emprender el camino de la historia social de la educación y de la cultura, no para permanecer en el pasado por el solo prurito de hacerlo, por exquisitez y erudición, sino para comprender mejor la complejidad de nuestro presente.

Pero es cierto que estudiar a los clásicos de esta manera nos exige una gran inversión de tiempo para recabar y procesar tanta información, para hilar fino. Por ello también es posible que, desde una perspectiva pragmática y utilitarista, los clásicos no sirvan absolutamente para nada...

Pero aquí podemos retomar a Calvino y cerrar el círculo regresando al punto de partida: "Los clásicos sirven para entender quiénes somos y a dónde hemos llegado."


[1] villoro, Luis. "En torno al nacionalismo cultural", en La cultura nacional, Coordinación de Humanidades-FFyL, unam, México, 1984.

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