De los rasgos
inherentes a nuestra especie, pocos hay tan inefables como
el juego de los niños y la creación artística. Podríamos
decir, de ambos, que son expresiones del espíritu, de lo
más íntimo de cada uno, búsquedas de comunicación, formas
de socialización o, incluso, lenguajes. Sin embargo, aun
reuniendo todas estas posibilidades y haciendo uso de todos
nuestros recursos lingüísticos, no podríamos lograr expresar,
aunque sea de manera cercana, la extraordinaria riqueza
y gama de emociones, sentimientos, vivencias, tradiciones,
sentidos y significados implicados en estas manifestaciones
humanas.
Por nuestra
tarea como educadores sabemos de la importancia del juego
y la creatividad en la educación y de la necesidad de insistir
en su conocimiento y su integración a la vida escolar. Si
deseamos ser formadores para la vida, he aquí un
ejemplo a seguir: el de los niños y los artistas; esto es,
pensar y vivir la vida como un hermoso juego en el que el
amor, la libertad, el reconocimiento y respeto de las diferencias
y de lo que otros nos han legado, han de facilitar el despliegue
de nuestra creatividad.