Luego
de subir y bajar escaleras, de correr por los pasillos
del metro y de hacer miles de malabares con mi bolsa,
el morral con la grabadora y demás "chunches", llego a
la cita en la enah[2]. Primero busco el baño para mujeres,
para arreglarme la falda, darme una manita de gato y contener
el asiduo arrepentimiento de haberme puesto las zapatillas
nuevas.
Una
última mirada en el espejo y me dirijo al cubículo donde
voy a encontrar al maestro José Luis Ramos. Repaso rápidamente
las preguntas centrales para la entrevista, trato de calmarme
para no parecer caballo desbocado. Finalmente llego y
me presento.
Él
con una sonrisa amable me invita a pasar, me pregunta
si tuve problemas para llegar a la escuela. Un tanto nerviosa
le contesto que no, que fue muy fácil ("facilísimo", pienso).
Más preocupada por instalar mis instrumentos de trabajo,
no alcanzo a escuchar bien lo que me dice. Pruebo la grabadora,
¡chin!, no prende; me lleva..., ahora sí.
Vox Populi:
Bueno, cuando quiera maestro podemos empezar.
José
Luis: Háblame de tú.
vp: Está
bien. Cuando gustes podemos iniciar.
jl: Sale,
arráncate.
Lo
que quisiera, pienso, es arrancarme los cabellos. En fin,
que sea lo que Dios quiera.
vp: Después
del avance logrado en tu proyecto[3], ¿qué concepción tienes del juego?
jl: Bueno,
son tres aspectos los que encuentro como más definitivos
o distintivos del juego. Su carácter libertario, placentero
y de acto cultural.
vp: ¿Podrías
ampliar la idea de cada uno de los tres aspectos?
jl: Claro.
En cuanto al primer rubro, considero que el juego es libertario
en tanto los participantes profesan la libertad, entendida
como la capacidad que tienen los jugadores de decidir
jugar; no es una orden, encomienda o solicitud externa,
mucho menos coercitiva. Se trata de que cada jugador sea
libre de participar, lo hace porque quiere.
El
segundo aspecto del juego consiste en mirarlo como un
acto placentero, pues se trata de realizar una actividad
que no tiene un fin determinado, no busca o pretende cumplir
con cierta función, sólo se trata de disfrutar el placer
de jugar. Aquí podemos localizar o reconocer el vértigo
o tensión que mantienen los jugadores hasta que se resuelve
un juego, lo que provoca una atención o concentración
sobre las diversas acciones que hay que cubrir y los retos
que se van imponiendo a los jugadores por lograr el objetivo.
Finalmente,
aparece el carácter más complejo del juego, concebirlo
como un acto cultural. Primero, debe verse como un proceso,
es cuando hablamos propiamente de jugar (nos referimos
a la acción). Segundo, hay que entenderlo como producto.
El resultado que se genera de jugar es transmitido a otra
generación, el juego se convierte en tradición; sobre
todo cuando las normas devienen reglas, estaremos hablando
de juego.
vp: Entonces,
si todos los juegos tienen normas, ¿esto no contradice
lo que anteriormente dijiste acerca del juego, de entenderlo
como un acto de libertad?
jl: Por
eso me refiero a la complejidad que contiene el juego.
En tanto acto cultural necesariamente estamos hablando
de un conjunto de normas, lo que permite la vida social
en los humanos. Y la libertad, repito, se entiende como
la capacidad de decisión que tiene alguien de querer jugar;
pero inmediatamente que ingresa al juego debe atenerse
a las reglas, aunque muchas veces son negociadas previamente
por los participantes. De ahí que cuando es un agente
externo el que orienta la dirección del juego, éste ya
no puede ser contemplado como tal, pues se estaría violentando
su carácter de libertario.
vp: Ahora
empiezo a ver esa complejidad que señalas.
jl: Pero,
eso no es todo.
vp: Te
escucho.
jl: Falta
distinguir entre jugar (proceso) y juego (producto de
ese proceso). Por lo regular, siempre hablamos de manera
indistinta de estos dos momentos de la actividad lúdica
creando cierta confusión. En cambio, si distinguimos la
existencia de dos facetas podremos entender mejor al juego
como acto cultural. El juego, en tanto producto, es el
resultado de un proceso (jugar), en donde han sido decantadas
las normas, las cuales son transmitidas a las nuevas generaciones
de jugadores. Mientras que como proceso, en su aspecto
dinámico, corresponde a la situación de jugar; donde los
juegos son recreados, regenerados, sufren transformaciones
o adecuaciones a las condiciones de los propios jugadores.
Hay una transformación, algunas veces radical, del tiempo,
el espacio, los objetos y el propio jugador en tanto sujeto.
vp: ¿Cómo
se da esa transformación?
jl: Por
ejemplo, nuestro tiempo está medido por una serie de convenciones
a las que denominamos segundos, minutos, horas, días,
etc. En cambio, cuando jugamos el tiempo adquiere otras
medidas, aún cuando digamos que están presentes, o bien
se puede hablar de que no pasa el tiempo, que se ha detenido,
que acontecen situaciones al mismo tiempo; en fin, el
transcurso temporal es otro. De manera similar, el espacio
sufrirá determinados cambios conforme la situación del
juego lo requiera, el propio juego crea un espacio lúdico
particular en donde puede llegar a suceder cualquier cosa
que los jugadores quieran que suceda, los límites los
impone la imaginación y la fantasía.
El
tercer elemento que sufre transformaciones son los objetos
de juego, de ahí la importancia que tiene que alguien
juegue con ellos o no, que prefiera emplear juguetes.
vp: ¿Qué,
no son lo mismo?
jl: No.
Para entender la diferencia a mí me gusta hablar de objetos
más o menos maleables; es decir, un juguete es un objeto
menos maleable y un objeto de juego contiene mayor maleabilidad.
El primero es más apropiado para los juegos, mientras
que el segundo se encuentra mejor localizado en el jugar.
vp: ¿Puedes
ser más específico?
jl: En
los juguetes se han materializado u objetivado las reglas
de algunos juegos, su forma y consistencia están diseñados
a partir de ellas, las cuales definen su empleo, el cómo
debe ser jugado un juego con ese determinado juguete...,
hasta parece juego de palabras (risas). En cambio el objeto
de juego, dada su mayor maleabilidad, podrá adquirir las
cualidades de un número mayor de referentes lúdicos, menos
expuesto a reglas ya establecidas de ciertos juegos.
vp: ¿Por
ejemplo?
jl: Un
pedazo de madera cuenta con un mayor abanico de posibilidades
de ser objeto de distintos juegos, mientras que una muñeca
o un carrito tienen su campo de acción más restringido.
Y cuanto mayor nivel tecnológico contengan esto se acentúa;
una muñeca que llora, camina, hace sus "gracias"... (más
risas), se convierte más en objeto de observación que
de juego.
vp: ¿Y
del cambio de identidad del jugador?
jl: Al
entrar al campo de juego, tiempo y espacio lúdicos, uno
puede darse el lujo de cambiar de apariencia, de personalidad,
de color, etc., de convertirse en cualquier cosa y eso
nos permite reconocernos, saber quiénes somos y quiénes
no somos. Esta transformación se vuelve un reto, de atreverse
al cambio; me parece que es la parte más difícil de jugar,
que tenemos miedo al cambio, por eso preferimos la comodidad
que nos brinda la costumbre, nos sentimos más cómodos
con los juegos que con el acto de jugar.
vp: Y
hay personas que ni con los juegos.
jl: Así
es. En el proceso de cambio se localiza la creatividad.
Nos quejamos de ser poco creativos, es por nuestro temor
al cambio, a alejarnos de nuestra identidad para vernos
desde otro ángulo, ser otros. Seguramente atrevernos a
jugar nos ayuda a una mejor comunicación con lo diferente,
con la alteridad.
vp: Si
aceptamos que esto es el juego, ¿qué no lo es?
jl: Una
estrategia lógica es pensar al no-juego como el acto que
promueve los efectos contrarios del juego; es decir, que
no es libertario, que no es placentero y que es más institucional.
vp: Conforme
a lo expuesto, ¿es todo lo contrario?
jl: En
parte. No es libertario, porque las decisiones de participar
en un acto no lúdico son externas y no propias. Las diversas
acciones tienen un fin determinado, una función o una
meta, no sólo de proporcionar placer por hacerlas.
vp: Pero,
¿el no-juego es un acto cultural, o no?
jl: Sí.
Pero lo pienso como un acto más institucional porque me
refiero a fenómenos sociales con normas claramente establecidas,
estoy hablando de hechos económicos, políticos, educativos,
etc. Para entender que algo no es juego, debemos apreciar
el conjunto de los elementos y no tomar sólo uno de ellos,
por eso aclaro que en parte es todo lo contrario. Podemos
encontrar a alguien que ha decidido trabajar en algo y
en el momento que lo desee se retira, no son presiones
externas lo que lo obligan a trabajar, lo hace por su
gusto; pero esto no lo convierte en juego, se requiere
de los otros aspectos para ser concebido como tal.
vp: Entonces,
¿qué pasa con los adultos?, ¿ya no jugamos o jugamos menos?
jl: Bueno,
nuestra posición social nos obliga a relacionarnos de
manera diferente con el juego. Cuando jugamos lo hacemos
más en el terreno de seguir las tradiciones, menos en
el acto de jugar, el de la transformación. Por eso nos
encontramos muy a gusto (jugando) con los juegos de mesa,
por ejemplo, pero somos más reacios a jugar de manera
más libre. Gracias a la definición que apuntamos anteriormente
pueden entenderse estas diferencias, de otro modo llegaríamos
a pensar que los adultos ya no jugamos. Repito, sí lo
hacemos pero más con los productos que con el proceso.
vp: Entonces,
¿cómo se puede entender la relación entre juego y educación
formal?
jl: La
relación que exista dependerá del tipo de juego pues la
educación formal es eminentemente institucional, hay todo
un sistema estructurado que tiene como meta educar; por
lo tanto, habrá más conflicto entre el jugar y la educación
escolar que entre ésta y los juegos más institucionalizados.
Sin embargo, me inclino a pensar que es difícil que haya
una convivencia entre el juego y la educación formal.
vp: ¿Y
los juegos didácticos?
jl: Conforme
a la definición de juego que manejo no hay juegos didácticos,
pues éstos tienen la finalidad de educar, enseñar mejor,
etc. Y recordemos que una de las cualidades del juego
es que no debe contener un fin determinado o función especial,
es sólo el goce de jugar.
vp: Entonces,
¿el juego está expulsado de la escuela?
jl: Sí,
sólo se cuela a la hora del recreo.
vp: ¿No
es un panorama desolador?
jl: No.
vp: ¡¿Noo?!...
¡Ay!, perdón.
jl: No
te preocupes. Decía, si bien el juego está reñido con
la escuela, esto no implica que no puedan retomarse algunos
de los aspectos del juego para crear mejores instrumentos
pedagógicos, hacer más placentero el proceso de ense-
ñanza-aprendizaje. El juego como tal está fuera de la
institución escolar.
vp: Pero,
eso se ve difícil, ¿o no?
jl: Así
es, de ahí que pocos sean los docentes que tengan la confianza
o seguridad de utilizar lo que ellos entienden por juegos
para lograr mejores resultados de aprendizaje con sus
alumnos. Más aún, si apreciamos lo que antes mencioné
entenderemos que acercarse al juego para aprender y tomar
algunos elementos de él se vuelve algo complicado.
Pienso
que nos encontramos al inicio de un viaje, hay que elegir
entre dos caminos posibles, uno nos lleva al del docente-jugador
y el otro al de docente-dictador.
vp: ¿Y
cómo saber cuál camino tomar?
jl: Por
lo regular sólo llegamos a descubrir el camino adecuado
cuando hemos terminado de recorrerlo. Afortunadamente,
en este caso, podemos saber qué camino elegir reconociendo
las características que tienen los dos tipos de profesor.
El docente-dictador es aquel que constantemente impone
su decisión sobre las de sus alumnos, no está dispuesto
a negociar o a dialogar las estrategias de trabajo; y
si llegara a utilizar los "juegos didácticos" lo haría
conforme a sus deseos y necesidades, no a las de sus estudiantes.
La idea que tiene del juego es altamente negativa, por
lo tanto, el placer que genera una actividad sin un fin
definido le resulta horrendo. Prefiere y defiende la institucionalidad,
en casos extremos estaríamos hablando de maestros tradicionalistas
y fundamentalistas de la misión del educador.
vp: Ojalá
la imagen del otro camino sea mejor.
jl: Lo
es, pero también es el menos elegido. Por principio de
cuentas, estamos hablando de un docente-jugador que ha
logrado perder el miedo a la libertad, que se responsabiliza
de sus actos, que la decisión de ser educador sobrepasa
a las de otro carácter lo cual lo lleva a saber respetar
a sus alumnos. Siente placer por su actividad, aunque
ésta tiene un fin determinado para evitar confundirnos
con el juego. Además, sueña con cambiar las cosas, al
mundo, tiene sueños y teje utopías.
vp: Pero
hay maestros que muestran algunas de estas referencias
y sin embargo no parecen sentirse muy a gusto con el asunto
del juego.
jl: Vuelvo
a insistir, debemos ver el conjunto de los aspectos; aquellos
educadores que logren combinar la libertad, el placer
y el cambio sabrán sacarle jugo al juego; aquellos que
sólo atiendan a un solo aspecto tendrán una relación con
el juego más restringida. Con esto podemos imaginarnos
un menú de tipos de maestros conforme al grado de atención
que pongan a cada aspecto del juego y del no-juego. En
el caso más ideal, es el profesor el que asume que en
él está realizar varias acciones a favor del proceso de
enseñanza-aprendizaje que viven sus alumnos y no responsabiliza
al clima o al 30 de febrero de que las cosas no le salen
bien, que siente placer por dominar los retos que le imponen
las condiciones adversas y que se concentra en resolver
los problemas. Se atreve a modificar sus estrategias de
trabajo, vuelve maleables los tiempos, espacios, recursos
didácticos, inventa, se vuelve creativo para atender a
sus alumnos.
vp: Entonces,
ya no estamos hablando de jugar en algo específico sino
de algo más amplio.
jl: Efectivamente,
con esta concepción de juego, si bien en un principio
dije, o más bien afirmé, que el juego está fuera de la
escuela, en un segundo momento también aclaraba que podíamos
aprender mucho de él. Es decir, para un educador lo más
importante será contar con una filosofía de jugar en la
vida. Se trata de una manera de hacer las cosas, de sentirse
a gusto o molesto con la vida. Dicho en otras palabras
de querer ser educador o no.
vp: ¿Unas
últimas palabras?
jl: ¿Con
la z?
vp: ¿...?
jl: Era
una broma (risas).
vp: Mhh.
Muchas gracias.
jl: A
ti, por tu paciencia.
Recojo
mis bártulos y nos despedimos con un apretón de manos.
Salgo a la calle y me preparo para iniciar de nueva cuenta
la carrera de obstáculos (dentro y fuera del metro), pero
ahora me siento más ligerita, y pienso: después de todo,
la entrevista fue como cosa de juego.
[3]
El macroproyecto tiene el nombre de "Juego,
Educación y Cultura," con tres líneas de trabajo:
investigar, capacitar, difundir. Los resultados parciales
han sido presentados en ponencias a nivel nacional
e internacional. También se cuentan con varias publicaciones:
1) "La intercomunicación a través del juego" en :
Correo del Maestro, México, Enero 1997, año,
Año 1 No. 9. 2) "II Coloquio Juego y Educación de
las Ciencias Sociales: perspectivas tempranas" en:
Inventario antropológico de Oaxaca, Cultura y educación.
cnca/enah, México, 1999.