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Correo del Maestro Núm. 43,diciembre 1999

¿Jugamos a la escuelita?

Vox Populi [1]

Luego de subir y bajar escaleras, de correr por los pasillos del metro y de hacer miles de malabares con mi bolsa, el morral con la grabadora y demás "chunches", llego a la cita en la enah[2]. Primero busco el baño para mujeres, para arreglarme la falda, darme una manita de gato y contener el asiduo arrepentimiento de haberme puesto las zapatillas nuevas.

Una última mirada en el espejo y me dirijo al cubículo donde voy a encontrar al maestro José  Luis Ramos. Repaso rápidamente las preguntas centrales para la entrevista, trato de calmarme para no parecer caballo desbocado. Finalmente llego y me presento.

Él con una sonrisa amable me invita a pasar, me pregunta si tuve problemas para llegar a la escuela. Un tanto nerviosa le contesto que no, que fue muy fácil ("facilísimo", pienso). Más preocupada por instalar mis instrumentos de trabajo, no alcanzo a escuchar bien lo que me dice. Pruebo la grabadora, ¡chin!, no prende; me lleva..., ahora sí.

Vox Populi: Bueno, cuando quiera maestro podemos empezar.

José  Luis: Háblame de tú.

vp: Está  bien. Cuando gustes podemos iniciar.

jl: Sale, arráncate.

Lo que quisiera, pienso, es arrancarme los cabellos. En fin, que sea lo que Dios quiera.

vp: Después del avance logrado en tu proyecto[3], ¿qué concepción tienes del juego?

jl: Bueno, son tres aspectos los que encuentro como más definitivos o distintivos del juego. Su carácter libertario, placentero y de acto cultural.

vp: ¿Podrías ampliar la idea de cada uno de los tres aspectos?

jl: Claro. En cuanto al primer rubro, considero que el juego es libertario en tanto los participantes profesan la libertad, entendida como la capacidad que tienen los jugadores de decidir jugar; no es una orden, encomienda o solicitud externa, mucho menos coercitiva. Se trata de que cada jugador sea libre de participar, lo hace porque quiere.

El segundo aspecto del juego consiste en mirarlo como un acto placentero, pues se trata de realizar una actividad que no tiene un fin determinado, no busca o pretende cumplir con cierta función, sólo se trata de disfrutar el placer de jugar. Aquí podemos localizar o reconocer el vértigo o tensión que mantienen los jugadores hasta que se resuelve un juego, lo que provoca una atención o concentración sobre las diversas acciones que hay que cubrir y los retos que se van imponiendo a los jugadores por lograr el objetivo.

Finalmente, aparece el carácter más complejo del juego, concebirlo como un acto cultural. Primero, debe verse como un proceso, es cuando hablamos propiamente de jugar (nos referimos a la acción). Segundo, hay que entenderlo como producto. El resultado que se genera de jugar es transmitido a otra generación, el juego se convierte en tradición; sobre todo cuando las normas devienen reglas, estaremos hablando de juego.

vp: Entonces, si todos los juegos tienen normas, ¿esto no contradice lo que anteriormente dijiste acerca del juego, de entenderlo como un acto de libertad?

jl: Por eso me refiero a la complejidad que contiene el juego. En tanto acto cultural necesariamente estamos hablando de un conjunto de normas, lo que permite la vida social en los humanos. Y la libertad, repito, se entiende como la capacidad de decisión que tiene alguien de querer jugar; pero inmediatamente que ingresa al juego debe atenerse a las reglas, aunque muchas veces son negociadas previamente por los participantes. De ahí que cuando es un agente externo el que orienta la dirección del juego, éste ya no puede ser contemplado como tal, pues se estaría violentando su carácter de libertario.

vp: Ahora empiezo a ver esa complejidad que señalas.

jl: Pero, eso no es todo.

vp: Te escucho.

jl: Falta distinguir entre jugar (proceso) y juego (producto de ese proceso). Por lo regular, siempre hablamos de manera indistinta de estos dos momentos de la actividad lúdica creando cierta confusión. En cambio, si distinguimos la existencia de dos facetas podremos entender mejor al juego como acto cultural. El juego, en tanto producto, es el resultado de un proceso (jugar), en donde han sido decantadas las normas, las cuales son transmitidas a las nuevas generaciones de jugadores. Mientras que como proceso, en su aspecto dinámico, corresponde a la situación de jugar; donde los juegos son recreados, regenerados, sufren transformaciones o adecuaciones a las condiciones de los propios jugadores. Hay una transformación, algunas veces radical, del tiempo, el espacio, los objetos y el propio jugador en tanto sujeto.

vp: ¿Cómo se da esa transformación?

jl: Por ejemplo, nuestro tiempo está medido por una serie de convenciones a las que denominamos segundos, minutos, horas, días, etc. En cambio, cuando jugamos el tiempo adquiere otras medidas, aún cuando digamos que están presentes, o bien se puede hablar de que no pasa el tiempo, que se ha detenido, que acontecen situaciones al mismo tiempo; en fin, el transcurso temporal es otro. De manera similar, el espacio sufrirá determinados cambios conforme la situación del juego lo requiera, el propio juego crea un espacio lúdico particular en donde puede llegar a suceder cualquier cosa que los jugadores quieran que suceda, los límites los impone la imaginación y la fantasía.

El tercer elemento que sufre transformaciones son los objetos de juego, de ahí  la importancia que tiene que alguien juegue con ellos o no, que prefiera emplear juguetes.

vp: ¿Qué, no son lo mismo?

jl: No. Para entender la diferencia a mí me gusta hablar de objetos más o menos maleables; es decir, un juguete es un objeto menos maleable y un objeto de juego contiene mayor maleabilidad. El primero es más apropiado para los juegos, mientras que el segundo se encuentra mejor localizado en el jugar.

vp: ¿Puedes ser más específico?

jl: En los juguetes se han materializado u objetivado las reglas de algunos juegos, su forma y consistencia están diseñados a partir de ellas, las cuales definen su empleo, el cómo debe ser jugado un juego con ese determinado juguete..., hasta parece juego de palabras (risas). En cambio el objeto de juego, dada su mayor maleabilidad, podrá adquirir las cualidades de un número mayor de referentes lúdicos, menos expuesto a reglas ya establecidas de ciertos juegos.

vp: ¿Por ejemplo?

jl: Un pedazo de madera cuenta con un mayor abanico de posibilidades de ser objeto de distintos juegos, mientras que una muñeca o un carrito tienen su campo de acción más restringido. Y  cuanto mayor nivel tecnológico contengan esto se acentúa; una muñeca que llora, camina, hace sus "gracias"... (más risas), se convierte más en objeto de observación que de juego.

vp: ¿Y del cambio de identidad del jugador?

jl: Al entrar al campo de juego, tiempo y espacio lúdicos, uno puede darse el lujo de cambiar de apariencia, de personalidad, de color, etc., de convertirse en cualquier cosa y eso nos permite reconocernos, saber quiénes somos y quiénes no somos. Esta transformación se vuelve un reto, de atreverse al cambio; me parece que es la parte más difícil de jugar, que tenemos miedo al cambio, por eso preferimos la comodidad que nos brinda la costumbre, nos sentimos más cómodos con los juegos que con el acto de jugar.

vp: Y hay personas que ni con los juegos.

jl: Así es. En el proceso de cambio se localiza la creatividad. Nos quejamos de ser poco creativos, es por nuestro temor al cambio, a alejarnos de nuestra identidad para vernos desde otro ángulo, ser otros. Seguramente atrevernos a jugar nos ayuda a una mejor comunicación con lo diferente, con la alteridad.

vp: Si aceptamos que esto es el juego, ¿qué  no lo es?

jl: Una estrategia lógica es pensar al no-juego como el acto que promueve los efectos contrarios del juego; es decir, que no es libertario, que no es placentero y que es más institucional.

vp: Conforme a lo expuesto, ¿es todo lo contrario?

jl: En parte. No es libertario, porque las decisiones de participar en un acto no lúdico son externas y no propias. Las diversas acciones tienen un fin determinado, una función o una meta, no sólo de proporcionar placer por hacerlas.

vp: Pero, ¿el no-juego es un acto cultural, o no?

jl: Sí. Pero lo pienso como un acto más institucional porque me refiero a fenómenos sociales con normas claramente establecidas, estoy hablando de hechos económicos, políticos, educativos, etc. Para entender que algo no es juego, debemos apreciar el conjunto de los elementos y no tomar sólo uno de ellos, por eso aclaro que en parte es todo lo contrario. Podemos encontrar a alguien que ha decidido trabajar en algo y en el momento que lo desee se retira, no son presiones externas lo que lo obligan a trabajar, lo hace por su gusto; pero esto no lo convierte en juego, se requiere de los otros aspectos para ser concebido como tal.

vp: Entonces, ¿qué pasa con los adultos?, ¿ya no jugamos o jugamos menos?

jl: Bueno, nuestra posición social nos obliga a relacionarnos de manera diferente con el juego. Cuando jugamos lo hacemos más en el terreno de seguir las tradiciones, menos en el acto de jugar, el de la transformación. Por eso nos encontramos muy a gusto (jugando) con los juegos de mesa, por ejemplo, pero somos más reacios a jugar de manera más libre. Gracias a la definición que apuntamos anteriormente pueden entenderse estas diferencias, de otro modo llegaríamos a pensar que los adultos ya no jugamos. Repito, sí lo hacemos pero más con los productos que con el proceso.

vp: Entonces, ¿cómo se puede entender la relación entre juego y educación formal?

jl: La relación que exista dependerá del tipo de juego pues la educación formal es eminentemente institucional, hay todo un sistema estructurado que tiene como meta educar; por lo tanto, habrá más conflicto entre el jugar y la educación escolar que entre ésta y los juegos más institucionalizados. Sin embargo, me inclino a pensar que es difícil que haya una convivencia entre el juego y la educación formal.

vp: ¿Y los juegos didácticos?

jl: Conforme a la definición de juego que manejo no hay juegos didácticos, pues éstos tienen la finalidad de educar, enseñar mejor, etc. Y recordemos que una de las cualidades del juego es que no debe contener un fin determinado o función especial, es sólo el goce de jugar.

vp: Entonces, ¿el juego está expulsado de la escuela?

jl: Sí, sólo se cuela a la hora del recreo.

vp: ¿No es un panorama desolador?

jl: No.

vp: ¡¿Noo?!... ¡Ay!, perdón.

jl: No te preocupes. Decía, si bien el juego está reñido con la escuela, esto no implica que no puedan retomarse algunos de los aspectos del juego para crear mejores instrumentos pedagógicos, hacer más placentero el proceso de ense- ñanza-aprendizaje. El juego como tal está fuera de la institución escolar.

vp: Pero, eso se ve difícil, ¿o no?

jl: Así es, de ahí que pocos sean los docentes que tengan la confianza o seguridad de utilizar lo que ellos entienden por juegos para lograr mejores resultados de aprendizaje con sus alumnos. Más aún, si apreciamos lo que antes mencioné entenderemos que acercarse al juego para aprender y tomar algunos elementos de él se vuelve algo complicado.  

Pienso que nos encontramos al inicio de un viaje, hay que elegir entre dos caminos posibles, uno nos lleva al del docente-jugador y el otro al de docente-dictador.

vp: ¿Y cómo saber cuál camino tomar?

jl: Por lo regular sólo llegamos a descubrir el camino adecuado cuando hemos terminado de recorrerlo. Afortunadamente, en este caso, podemos saber qué camino elegir reconociendo las características que tienen los dos tipos de profesor. El docente-dictador es aquel que constantemente impone su decisión sobre las de sus alumnos, no está dispuesto a negociar o a dialogar las estrategias de trabajo; y si llegara a utilizar los "juegos didácticos" lo haría conforme a sus deseos y necesidades, no a las de sus estudiantes. La idea que tiene del juego es altamente negativa, por lo tanto, el placer que genera una actividad sin un fin definido le resulta horrendo. Prefiere y defiende la institucionalidad, en casos extremos estaríamos hablando de maestros tradicionalistas y fundamentalistas de la misión del educador.

vp: Ojalá  la imagen del otro camino sea mejor.

jl: Lo es, pero también es el menos elegido. Por principio de cuentas, estamos hablando de un docente-jugador que ha logrado perder el miedo a la libertad, que se responsabiliza de sus actos, que la decisión de ser educador sobrepasa a las de otro carácter lo cual lo lleva a saber respetar a sus alumnos. Siente placer por su actividad, aunque ésta tiene un fin determinado para evitar confundirnos con el juego. Además, sueña con cambiar las cosas, al mundo, tiene sueños y teje utopías.

vp: Pero hay maestros que muestran algunas de estas referencias y sin embargo no parecen sentirse muy a gusto con el asunto del juego.

jl: Vuelvo a insistir, debemos ver el conjunto de los aspectos; aquellos educadores que logren combinar la libertad, el placer y el cambio sabrán sacarle jugo al juego; aquellos que sólo atiendan a un solo aspecto tendrán una relación con el juego más restringida. Con esto podemos imaginarnos un menú de tipos de maestros conforme al grado de atención que pongan a cada aspecto del juego y del no-juego. En el caso más ideal, es el profesor el que asume que en él está realizar varias acciones a favor del proceso de enseñanza-aprendizaje que viven sus alumnos y no responsabiliza al clima o al 30 de febrero de que las cosas no le salen bien, que siente placer por dominar los retos que le imponen las condiciones adversas y que se concentra en resolver los problemas. Se atreve a modificar sus estrategias de trabajo, vuelve maleables los tiempos, espacios, recursos didácticos, inventa, se vuelve creativo para atender a sus alumnos.

vp: Entonces, ya no estamos hablando de jugar en algo específico sino de algo más amplio.

jl: Efectivamente, con esta concepción de juego, si bien en un principio dije, o más bien afirmé, que el juego está  fuera de la escuela, en un segundo momento también aclaraba que podíamos aprender mucho de él. Es decir, para un educador lo más importante será contar con una filosofía de jugar en la vida. Se trata de una manera de hacer las cosas, de sentirse a gusto o molesto con la vida. Dicho en otras palabras de querer ser educador o no.

vp: ¿Unas últimas palabras?

jl: ¿Con la z?

vp: ¿...?

jl: Era una broma (risas).

vp: Mhh. Muchas gracias.

jl: A ti, por tu paciencia.

Recojo mis bártulos y nos despedimos con un apretón de manos. Salgo a la calle y me preparo para iniciar de nueva cuenta la carrera de obstáculos (dentro y fuera del metro), pero ahora me siento más ligerita, y pienso: después de todo, la entrevista fue como cosa de juego.



[1]Con la idea de jugar, el presente artículo ha sido elaborado como si fuera una entrevista que ofrece el autor del texto, José Luis Ramos   Ramírez, a una reportera ficticia de nombre Vox Populi

[2] Escuela Nacional de Antropología e Historia

[3] El macroproyecto tiene el nombre de "Juego, Educación y Cultura," con tres líneas de trabajo: investigar, capacitar,  difundir. Los resultados parciales han sido presentados en ponencias a nivel nacional e internacional. También se cuentan con varias publicaciones: 1) "La intercomunicación a través del juego" en : Correo del Maestro, México, Enero 1997, año, Año 1 No. 9. 2) "II Coloquio Juego y Educación de las Ciencias Sociales: perspectivas tempranas" en: Inventario antropológico de Oaxaca, Cultura y educación. cnca/enah, México, 1999.

Para obtener mayor información sobre el proyecto se pueden comunicar a:  fax 56659228 y e-mail: xozeluizr@yahoo.com

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