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Una persona que no sabe jugar está privada al mismo
tiempo de la alegría de hacer y
crear y seguramente está mutilada en su capacidad de sentirse
viva.
Rosenar y Gorden
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La educación,
como proceso preparatorio a una vida digna, ha sido ligada
a la evolución social. Las necesidades sociales siempre
antecedieron a la preparación adecuada de su solución.
La escuela
ha sido y continúa siendo reacia al cambio. Ya no es viable
que la escuela se conforme con ser un ente que se limita
a la mera transmisión, al simple paso de conocimientos
de los que saben a los que ignoran. Es por ello que resulta
imperioso que ésta se adentre en la vía de la "democracia
cultural" algo diferente a la realidad actual. La democracia
cultural se puede concebir como la posibilidad de que
cada cual viva y realice la cultura mediante la actividad
personal, la creatividad y la participación; Lapierre
y Aucouturier dicen: "La enseñanza no puede continuar
siendo lo que era hace 30 ó 40 años, es decir, los conocimientos
mínimos garantizados por el certificado de estudios primarios
por una parte y la formación por otro lado".
Con las
perspectivas de los tiempos actuales y los condicionantes
que el futuro nos va a imponer, resulta evidente que una
escuela que no se lance a la audacia del aperturismo está
condenada al más estrepitoso fracaso. Cada día resulta
más imperioso que la escuela dote a los educandos de un
currículum que esté en concordancia con la realidad, que
deje cauces abiertos al desarrollo de la creatividad,
a lo nuevo y a lo desconocido. No parece, pues, quedarnos
otra alternativa razonable que apostar por una educación
diferente, una educación que abarque a todos en todas
y cada una de sus dimensiones.
La actual
es una escuela de trabajo, cuyo único objetivo
radica en las futuras tareas laborales de los educandos:
a)
El trabajo tiende a una rápida disminución mientras el
tiempo libre está en franco aumento.
b)
El individuo, a lo largo de su vida, estará forzado a
cambiar de trabajo en varias ocasiones.
Estas
dos premisas nos lleva al planteamiento: ¿Para qué sirve
la actual educación cuyas únicas miras apuntan hacia el
mundo laboral?
La pedagogía
actual, en sus matices más innovadores y sus revolucionarias
tendencias, apunta hacia el ocio.
Pese
a todo, no consideramos acertada una postura tendiente
a deslindar la pedagogía educativa y la pedagogía del
ocio.
El mundo
tiende al ocio y ello nos lleva a pensar que la educación
debe estar dominada por ese imperativo. Pero, ¡ojo!, cuando
decimos ocio no estamos hablando de un estatus ocioso
impuesto, dominador y consumista sino de un ocio libre,
creativo y generador de riqueza trascendente.
No caer
en un ocio consumista implica desarrollar cualidades tales
en los individuos que les predispongan a crear y modular
su propio y particular ocio. Lo que sí es claro es que
si se inculcan al hombre unos conocimientos concretos,
éstos no serán suficientes ya que los tiempos actuales
tienden a hacer un hombre que ha de responder íntegramente
a todas y cada una de las situaciones con una actitud
creativa personal, única, no repetitiva de lo aprendido.
Lapierre y Aucouturier señalan:
La educación no es una serie de aprendizajes definitivos, sino una búsqueda
permanente sobre temas que se encadenan espontáneamente
unos a otros, una escuela que continúa formando un pensamiento
estático, basado en la memorización de conocimientos definitivos,
de un saber otorgado respecto al cual cualquier error
es sancionado, resulta un anacronismo en el mundo de hoy.
Hay
que dotar a los individuos de capacidades y no de conocimientos
estereotipados y puntuales.
Entonces,
a la pedagogía actual no le queda otra salida que preocuparse
por:
a)
la democracia cultural,
b)
el aunamiento de todos los tipos de educación,
c)
el educar en la cooperación y participación,
d)
el educar para el futuro,
e)
los elementos procesuales,
f)
el signo de la creatividad,
g)
partir del propio individuo.
Dentro
de esta estructura pedagógica consideramos al juego en
las tareas educativas ya que el aprender de manera lúdica
es la forma mejor y más acertada de aprendizaje.
El juego
puede ser considerado de varias formas diferentes pero
las resumimos en dos:
a) como
instrumento y
b) como
fin en sí mismo.
En el
primer supuesto el juego es utilizado como medio para
conseguir otros fines, educativos, instructivos, etc...,
es la adaptación que utilizan las asignaturas cuando queremos
que el aprendizaje sea divertido; pero también está el
juego como valor educativo en sí mismo, éste es formativo
y se convierte en objetivo dentro de una óptica de cooperación.
Cuando el "me aburro" no tenga cabida en nuestro mundo
es que habremos aprendido a jugar utilizando cualquier
elemento a nuestro alcance.
El juego
es fundamentalmente una actividad libre. Las personas
cuando jugamos lo hacemos por placer; precisamente el
poder responder a la necesidad de pasarla bien, sin otro
motivo, supone un acto de libertad.
El juego
se aleja de lo cotidiano, ocupa parámetros especiales
y temporales diferentes de los impuestos por la rutina
diaria. El juego se realiza según una norma o regla, siguiendo
una determinada estructura y, por consiguiente, crea orden.
El juego
se puede considerar como la actividad fundamental de la
infancia, actividad que se prolonga en la vida adulta.
Estamos seguros que éste se convertirá en el gran instrumento
socializador.
Entender
el juego como contenido es la consecuencia lógica de considerar
que éste es un elemento cultural de gran trascendencia.
Es propio de todas las culturas y de todos los tiempos.
Huizinga, afirma:
El juego cobra inmediatamente sólida estructura como forma cultural.
Una vez que se ha jugado permanece en el recuerdo como
creación o como tesoro espiritual, es trasmitido por tradición
y puede ser repetido en cualquier momento, ya sea inmediatamente
después de terminado -como un juego infantil, una partida
de bolos, una carrera- o transcurrido un largo tiempo.
La exigencia
de los juegos de adoptar puntos de vista externos a uno
mismo constituye otra de sus características. Esta exigencia
viene determinada, sin duda, por los conflictos y las
reglas impuestas desde afuera. Tanto su resolución como
la comprensión y su aceptación requieren de una progresión
considerable en la construcción del pensamiento infantil.
En todo esto no podemos dejar a un lado la motivación,
consecuencia del propio placer por el juego y, paralelamente
a ésta, también está la necesidad de descubrir, de experimentar,
que aparece muy ligada al juego infantil. Para obtener
un máximo rendimiento del potencial educativo será necesaria
una intervención didáctica consciente y reflexiva encaminada
a:
¿Qué
tipo de juego?
Juegos
cooperativos
Los juegos
en la sociedad actual han dejado de ser participativos
y recreativos para convertirse en ejercicios meramente
competitivos y sumamente reglados e institucionalizados.
Una sociedad renovada, con hombres y mujeres nuevos, necesita
de creatividad y participación y de enseñar a jugar desde
la óptica de la cooperación.
Juegos
creativos
La creatividad
debe estar presente en todo proceso educativo. Ciertamente,
los juegos no pueden ser excesivamente regidos ni determinados
porque un juego rígido, reglado excesivamente y muy determinado
no ofrece margen a la imaginación de los participantes.
La educación,
según hemos visto, no debe caer en la utilización de métodos
repetitivos y debemos tener en cuenta que por encima del
juego está la persona, el individuo, el ser integral.
Recordemos
que nosotros debemos, como educadores, fomentar la alegría,
la espontaneidad, adecuar las clases a los intereses y
necesidades de nuestros alumnos promoviendo la participación
activa y creadora; de ahí que los contenidos y las actividades
deben ser variados y amplios, que ofrezcan la mayor riqueza
de posibilidades, sin repeticiones mecánicas. Las actividades
deben fomentar descubrimientos nuevos y estimulantes acerca
de las posibilidades de los niños, quienes deben encontrar
la oportunidad de desarrollar sus capacidades para ser
originales y creativos.
El juego
es un medio de expresión, un instrumento de conocimiento,
un medio de socialización, un regulador y compensador
de la afectividad y un efectivo instrumento de desarrollo
de las estructuras del pensamiento; en una palabra, resulta
un medio esencial de organización, desarrollo y afirmación
de la personalidad.
Bibliografía
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Trigo
aza, Eugenia. Juegos motores y creatividad.
Ed. 2a. Paido Tribo. España, 1992, 274p.
LLeixá
arribas, Teresa. Juegos sensoriales y de conocimiento
corporal. Ed. 2a. Paido Tribo. España, 1995,
246p.
Chateu,
Jean. Psicología de los juegos infantiles.
Kapelusz. Argentina, 1968, 149p.
Aquino,
Francisco. Cantos para jugar. Trillas, México.
1984. 112p.
La
otra el combustible que utilizan para producirla.
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