Los griegos los del siglo v antes de Cristo
respetaban las palabras. Respetaban su sentido y su significado,
reconocían su carácter sagrado, su funcionalidad para la
existencia del sistema. Es decir, las palabras eran parte
del orden como decían ellos, del cosmos y el
sentido de cualquier orden dependía de ellas.
Hoy empezamos
un viaje en el mundo de las palabras, vamos a leerlas mil
veces y cada una de estas veces vamos a entender
algo diferente, vamos a encontrar algún sentido a cuanto
decía Ambrose Bierce, es decir que las palabras son instrumentos
del diablo, ya que, en lugar de revelar los significados,
los esconden por medio de sentidos culturales, ideológicos,
religiosos... Conocer dichos sentidos significa conocer
el verdadero significado de una palabra.
Los latinos,
como los griegos, diseñaban su cosmos por medio de palabras
sintéticas, es decir con una palabra resumían un concepto
cuidando su significado y subrayando inequívocamente
su sentido. Llamaban locus lo que nosotros llamamos
lugar, y con esta palabra indicaban lo que indicamos
nosotros, pero con tonos diferentes y mutantes.
La condición
necesaria para entender el verdadero significado de la palabra
de lugar y de cualquiera otra era el
contexto, es decir el texto donde la palabra tomaba su sentido.
Por ejemplo, locus significaba un lugar geográfico,
pero con un claro cambio de contexto podía también
indicar una precisa parte del cuerpo humano, frecuentemente
el útero, la matriz, o en términos generales
los órganos sexuales. Esta sorprendente variabilidad
del significado, que varía junto con el sentido, es debida
como muchos de ustedes ciertamente ya saben
a un fenómeno que podemos definir hipocresía lingüística,
es decir la necesidad que nosotros sentimos al igual
que los antiguos de disfrazar palabras que cultural
e ideológicamente consideramos obscenas. Así que el
útero se vuelve locus, lugar preciso e indecible.
En otros
casos, la misma palabra significaba casa, el espacio
donde una persona vivía, sus mismas posesiones. Ese lugar
no era un lugar cualquiera, era el hogar, la
vivienda, en pocas palabras representaba la vida
privada, el bien inalienable. Así como en la visión
estructurada del cosmos con locus, los latinos
indicaban la posición política o social de una persona.
Cada quien en su lugar, entonces, para que el orden
no se altere y todo siga fluyendo. Como decía Heráclito:
panta rei todo fluye ya que todo ocupa
su propio lugar, todos actúan su propio papel. No
se puede traicionar el sistema de relaciones que constituye
dicho orden, no se puede abandonar el lugar asignado:
el precio sería el desequilibrio o, con una imagen más sugestiva,
la locura social.
Horacio,
el poeta, decía: ¡Es bonito hacer locuras en los momentos
oportunos!, y esos momentos los indicaba
con la palabra locus; es decir, confundía deliberadamente
el concepto de lugar físico con el significado de
lugar temporal. La confusión de los significados
representa, de hecho, la riqueza de una lengua: una palabra
que expresa, de una vez, dos conceptos es mucho más que
una palabra: es una prueba de la inteligencia humana, la
garantía viviente de una verdadera libertad crítica.
Locus,
para los latinos, significaba pretexto, oportunidad,
argumento y cuando hablaban de algo serio, algo que
tenía que ver con todos como decían los griegos, con
la polis hablaban con razón de loci communes,
es decir los argumentos generales que, justo por su
ser generales a saber pertenecientes
a todos, eran, de una vez, fundamentales. Los
sentidos cambian... Hoy en día, en nuestra sociedad donde
lo que no es original no es interesante, y lo que pertenece
a todos es simplemente corriente, un lugar
común es algo marginal o, nada menos, despreciable,
es decir sin valor en una cultura que ha transformado
el sentido de valor en una pobre dependencia
del significado de precio, la cultura de la
comunicación que paradójicamente no encuentra
ubicación a las palabras que usa. Una cultura que, a menudo,
habla fuera de lugar.