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Correo del Maestro Núm. 39, agosto 1999

Lugar fuera de lugar

Paolo Pagliai

Los griegos —los del siglo v antes de Cristo— respetaban las palabras. Respetaban su sentido y su significado, reconocían su carácter sagrado, su funcionalidad para la existencia del sistema. Es decir, las palabras eran parte del orden —como decían ellos, del cosmos— y el sentido de cualquier orden dependía de ellas.

Hoy empezamos un viaje en el mundo de las palabras, vamos a leerlas mil veces y —cada una de estas veces— vamos a entender algo diferente, vamos a encontrar algún sentido a cuanto decía Ambrose Bierce, es decir que las palabras son instrumentos del diablo, ya que, en lugar de revelar los significados, los esconden por medio de sentidos culturales, ideológicos, religiosos... Conocer dichos sentidos significa conocer el verdadero significado de una palabra.

Los latinos, como los griegos, diseñaban su cosmos por medio de palabras sintéticas, es decir con una palabra resumían un concepto cuidando su significado y subrayando —inequívocamente— su sentido. Llamaban locus lo que nosotros llamamos lugar, y con esta palabra indicaban lo que indicamos nosotros, pero con tonos diferentes y mutantes.

La condición necesaria para entender el verdadero significado de la palabra —de lugar y de cualquiera otra— era el contexto, es decir el texto donde la palabra tomaba su sentido. Por ejemplo, locus significaba un lugar geográfico, pero —con un claro cambio de contexto— podía también indicar una precisa parte del cuerpo humano, frecuentemente el útero, la matriz, o —en términos generales— los órganos sexuales. Esta sorprendente variabilidad del significado, que varía junto con el sentido, es debida —como muchos de ustedes ciertamente ya saben— a un fenómeno que podemos definir “hipocresía lingüística”, es decir la necesidad que nosotros sentimos —al igual que los antiguos— de disfrazar palabras que —cultural e ideológicamente— consideramos obscenas. Así que el útero se vuelve locus, lugar preciso e indecible.

En otros casos, la misma palabra significaba casa, el espacio donde una persona vivía, sus mismas posesiones. Ese lugar no era un lugar cualquiera, era el hogar, la vivienda, en pocas palabras representaba la vida privada, el bien inalienable. Así como —en la visión estructurada del cosmos— con locus, los latinos indicaban la posición política o social de una persona. Cada quien en su lugar, entonces, para que el orden no se altere y todo siga fluyendo. Como decía Heráclito: panta rei —todo fluye— ya que todo ocupa su propio lugar, todos actúan su propio papel. No se puede traicionar el sistema de relaciones que constituye dicho orden, no se puede abandonar el lugar asignado: el precio sería el desequilibrio o, con una imagen más sugestiva, la locura social.

Horacio, el poeta, decía: “¡Es bonito hacer locuras en los momentos oportunos!”, y esos “momentos” los indicaba con la palabra locus; es decir, confundía deliberadamente el concepto de lugar físico con el significado de lugar temporal. La confusión de los significados representa, de hecho, la riqueza de una lengua: una palabra que expresa, de una vez, dos conceptos es mucho más que una palabra: es una prueba de la inteligencia humana, la garantía viviente de una verdadera libertad crítica.

Locus, para los latinos, significaba pretexto, oportunidad, argumento y cuando hablaban de algo serio, algo que tenía que ver con todos —como decían los griegos, con la polis— hablaban con razón de loci communes, es decir los argumentos generales que, justo por su “ser generales” —a saber “pertenecientes a todos”—, eran, de una vez, fundamentales. Los sentidos cambian... Hoy en día, en nuestra sociedad donde lo que no es original no es interesante, y lo que pertenece a todos es simplemente “corriente”, un lugar común es algo marginal o, nada menos, despreciable, es decir “sin valor” en una cultura que ha transformado el sentido de “valor” en una pobre dependencia del significado de “precio”, la cultura de la comunicación que —paradójicamente— no encuentra ubicación a las palabras que usa. Una cultura que, a menudo, habla fuera de lugar.

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