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Correo del Maestro Núm. 39, agosto 1999

El laberinto

Concepción Ruiz Ruiz-Funes Juan Manuel Ruisánchez Serra

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde.

Entonces imploró el socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía un laberinto mejor y que, si           Dios era servido, se lo daría a conocer algún día, luego regresó a Arabia, juntó a sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto.

Cabalgaron tres días y le dijo: “¡Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso”.

Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed; la gloria sea con Aquel que no muere.*

Jorge Luis Borges**

La actividad que proponemos en este número de Correo del Maestro está pensada para estudiantes de cualquier nivel de educación básica. Puede llevarse a cabo fotocopiando el dibujo que incluimos, reproduciéndolo en una hoja de cuaderno o incluso en el piso del patio de la escuela, donde puede pintarse el laberinto de forma tal que sea posible caminar sobre él; así, además, podrán participar varios niños a la vez, cada uno buscando su propio camino.

 

Actividad: El laberinto

Debes construir un camino para salir del laberinto cumpliendo las siguientes reglas:

1. De un círculo sólo puedes pasar a un cuadrado y de un cuadrado a un círculo, es decir, el camino debe quedar: círculo, cuadrado, círculo, cuadrado, etcétera.

2. La casilla a la que te puedes mover debe tocar (por un lado o por un vértice) a la casilla en la que estás, es decir, el camino debe ser continuo, no se vale saltar.

3. Está permitido pasar varias veces por una misma casilla.

 

Por la gran cantidad de soluciones que hay, hemos decidido no poner ninguna. Un ejercicio interesante puede ser pedirle al estudiante que dibuje todos los caminos que encuentre y que determine, por ejemplo, cuál es el más corto o el más largo.

 

*   Jorge Luis Borges. “Los dos reyes y los dos laberintos” en El Aleph. México D.F., Alianza/Emecé, 1989 pp. 1939 y 1940.

** Jorge Luis Borges, escritor argentino, cumpliría en agosto de 1999, 100 años de vida.

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