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Correo del Maestro Núm39,agosto 1999

Del pensar, como primer momento del trabajo intelectual

Luis Eduardo Primero Rivas

“La ciencia es ciencia de la experiencia y consiste en aplicar un método racional a lo que nos ofrecen los sentidos. La inducción, el análisis, la comparación, la observación y la experimentación son las principales condiciones de un método racional”*

Karl Marx

El ser humano es el ser que piensa, pero es igualmente el ser que siente y actúa, por lo cual pensamiento, sentimiento y acción son respuestas de la subjetividad humana sobre la objetividad del mundo y la naturaleza.

Sin embargo, pensamiento, sentimiento y acción no son sólo respuestas sino también creaciones humanas para entender el entorno y modificarlo. Por ello, son tanto determinaciones subjetivas del ser humano como objetivaciones de su subjetividad, lo cual las lleva a ser concreciones sociales y de suyo históricas.

De esta manera, podemos hablar del pensamiento, los sentimientos y las acciones de una época y de una sociedad, o de iguales determinaciones en una persona individual o social. Así alcanzamos a afirmar que unos u otras se conforman en/por estructuras diferenciadas que nos permiten hablar de organizaciones conceptivas, sensibles y prácticas de una época o de una sociedad, de un individuo o de una comunidad.

Si tenemos esta afirmación podemos asegurar que el pensamiento es, en primer lugar, la captación intelectual del mundo exterior a la subjetividad cognoscente y, en segundo lugar, una estructura objetiva que cobra realidad institucional vía los diferentes tipos de la comunicación humana, destacando entre ellos la comunicación escrita.

El sentimiento es igualmente captación de la realidad externa e institución, pero es prioritariamente apropiación e institucionalización inmediata de ella, registro a-conceptual (pero no a-verbal) que se distingue por su generalidad, su flexibilidad, su imponderabilidad, su mutabilidad y su antropomorfismo, lo que hace que el registro sentimental de la realidad sea importante pero diferente a su señalamiento intelectual y experimental.

La experiencia es precisamente el resultado de la acción y es la articulación u organización de los sentimientos y pensamientos que obtiene un ser humano (o una sociedad) de las actividades que emprende y es, en cuanto la anotación estructurada que deja la acción en la subjetividad, la determinación básica en la constitución de las estructuras cognitivas y sensibles de una persona o una sociedad.

De ahí que convenga comprender que la actividad humana está en la base de la construcción de los sentimientos y los pensamientos, por lo cual podemos asegurar —siguiendo a autores renacentistas reinterpretados en nuestra época—1 que la subjetividad humana se forma con la práctica y que conforma sus niveles de acuerdo a ella.

Así, la experiencia, la sensibilidad y la intelectualidad, los resultados de la práctica, del sentimiento y del pensamiento, se construyen de acuerdo al lugar en el que el ser humano singular (o los grupos humanos) se inserte en el conjunto de la producción, de ahí que pensemos, sintamos y experimentemos de acuerdo a cómo hemos aprendido a pensar, sentir y actuar.

Si nuestro aprendizaje nos aportó estructuras cognitivas aptas sólo para vivir en la mera cotidianidad sin comprender las razones del género,2 entonces nuestra capacidad de trabajo intelectual ha de aprender a conocer las razones genéricas construyendo las estructuras cognitivas adecuadas a ellas.

Éste es el momento en el cual se requiere precisar una buena manera de pensar, pues el pensamiento es la condición primera para la (buena) actuación en la realidad, y cuando este pensamiento pretende dejar atrás las determinaciones propias de la vida cotidiana para ubicarse en las propias del género humano, es cuando requiere de un método de pensamiento, un método racional.

El trabajo intelectual se realiza a través del pensar, del investigar y del exponer, y consecuentemente cada uno de sus momentos posee una manera de operar. Estos tres métodos son diferentes entre sí y el del pensamiento es la primera manera con la cual se comienza a dilucidar la realidad.

Antes de investigar y de exponer los resultados obtenidos tenemos que pensar y por ello el pensamiento es no solamente lo indicado —la determinación gnoseológica de la captación de la realidad— sino que es también la organización intelectual de ésta en la subjetividad.

Nuestro pensamiento, cotidiano o científico (genérico, racional, sistemático o nomotético), es, por su constitución lógica, organización de la exterioridad en la interioridad (de la objetividad en la subjetividad) y es, en consecuencia, descripción, comprensión y valoración intelectual de ella.

Cuando nuestro pensamiento genérico es el que actúa, estos momentos intelectuales son conscientes, construibles y deconstruibles, encontrándose impregnados de la bondad de la conciencia. De esta manera en la descripción podemos (y debemos) ubicar los elementos de la realidad en sus determinaciones propias, lo que conduce a situarlas en sus contextos inmediatos, mediatos y lejanos. En su dinámica y en su estática y, como Marx sugirió, en “sus múltiples determinaciones y relaciones”.3

La descripción ubica la especificidad de los objetos de estudio y por ello su singularidad, su particularidad y su conexión con la genericidad que le corresponde, pues siempre un objeto pertenece a un género, aun cuando éste sea único y extraordinario.

La descripción lleva a nombrar los objetos, por aquello de que “al comienzo era el verbo”, esto es: para iniciar la identificación de la realidad hay que delimitarla mediante el uso de las palabras.

Éstas al principio del proceso cognitivo sirven sólo para describir las cosas en su ser más elemental, más primario y, paulatinamente, pueden ir siendo útiles para acotar progresivamente campos semánticos más ricos y complejos, cuando pasan de ser meros términos y llegan a ser ideas, conceptos, categorías, teorías...

La acotación de un campo de la realidad se hace originalmente por medio de las palabras (sean como términos, ideas, conceptos, etc.), lo que permite su distinción, delimitación o rotu-lación primaria. Ésta sería la descripción como delimitación.

Mas la descripción es también agrupamiento de regularidades, de tipos, clasificación, selección de caracteres, de determinaciones; conceptuación, inicio de la generalización, de la ubicación en géneros. Cuando se llega a este nivel se arriba a la descripción como clasificación, y ella conduce a un nivel mayor, a la descripción como objetivación.

Cuando el sujeto cognoscente ha delimitado y clasificado un campo de la realidad,4 éste aparece en la conciencia social como creado, como objetivado, determinado en sus especificaciones originales, como reconocible y reflexionable.

Cuando la descripción llega a este nivel se acerca a un estadio más complejo del método racional, el propio de la comprensión. Ésta es la actividad del pensamiento reflexivo y generizante que establece interconexiones entre los elementos del universo considerado, y por tanto vínculos y formas. Es por tanto el momento básico del análisis y la síntesis, de la descomposición y la composición, de la proyección e implicación del pensamiento humano.

Con ella ubicamos al universo considerado, al objeto estudiado, en su estática y en su dinámica y en sus contextuaciones semánticas, sustanciales y quizá hasta figurativas o imaginativas.

Sin embargo, la comprensión no es absoluta como podría pensarse en un primer momento, sino tendencial y aproximativa. Por ello, cuando más, podemos, en el estado actual de nuestra realidad social, disminuir los márgenes de azar y de imponderabilidad que operan en la comprensión de la realidad.

El sueño dorado de Occidente —de nuestra cultura— es el conocimiento absoluto, mas su misma extensión y complejidad actual nos conducen a fijar sólo la idea del conocimiento posible. Lo que podemos llegar a conocer puede variar por el azar y por lo desconocido y si no fijamos un margen de azar y otro de imponderabilidad, nuestra comprensión es más frágil que la posible.

Pero si los consideramos, podemos dedicarnos a disminuirlos de tal forma de aumentar la comprensión racional de los objetos considerados, haciendo crecer con ellos el conocimiento posible.

De paso, evitamos con ello la unidimensionalización de la comprensión, la cual lleva al reduccionismo, la ilusión, la mistificación y, por último, la fetichización. Evitamos, por tanto, deformaciones sustanciales de conocimientos y nos acercamos a formas realistas de la captación de la realidad que se sustraen de la falsa conciencia y se ubican en un conocimiento necesariamente parcial pero seguro, comprobable por genérico y común, no personal y particular.

Obviamente que la teoría heliocéntrica fue alguna vez personal y particular, así como la teoría de la plusvalía registró en su momento iguales caracteres, pero con la misma evidencia podemos asegurar que no todos somos Copérnico o Marx y de ahí que vale más apostar al conocimiento comprobable, a la comprensión genérica que a la genialidad.

Pero ésta puede intentarse y, además, la comprensión de un objeto (o de un campo de la realidad) es intuitiva, representativa, conceptiva, analítica y concreta, por lo que quizá una buena intuición valga más que mil comprensiones repetitivas y sea el origen de un nuevo desarrollo cognitivo.

La comprensión en el método de pensamiento que reflexionamos es un momento más complejo que la descripción, pero menos estructurado que la valoración, el último estadio que desagregaremos. Es, en cuanto acto cognitivo, análisis y síntesis y en cuanto acto epistémico, construcción de teorías e incluso elaboración de nuevas ciencias.

Como producto social e histórico es una realidad a sustanciar concretamente, ya que hay que delimitar en tiempos y espacios específicos la propia comprensión para ver qué es lo que se comprende y cómo se lo comprende, por la existencia de los márgenes de azar y de imponderabilidad que de pronto le hacen malas jugadas a la comprensión.

De aquí que sea importante que la comprensión (el ser humano que comprende) se autocontrole en sus logros, revise sus conclusiones y retorne a la descripción para observar qué es lo comprendido y cómo es que se lo ha entendido, pues la inteligencia de la que hablamos no es la empática del amor, o la poética de los artistas, sino la racional de los científicos y los sistematizadores y esto conlleva un permanente autocontrol para medir los grados de avance de la importancia conseguida.

Si esto se hace se tendrá un conocimiento diferenciado (una conciencia) de los universos estudiados, sus complejidades, interacciones, contextuaciones y substanciaciones y se podrá valorar el conocimiento que se tiene.

La valoración como momento intelectual es el tiempo reflexivo en el cual establecemos preferencias subjetivas; nos orientamos en nuestra comprensión (del objeto que nos ocupa), establecemos niveles de importancia o jerarquías cognitivas y finalmente aceptamos o rechazamos las descripciones y las comprensiones que hemos efectuado sobre el objeto que concentra nuestra atención.

Al conocer siempre valoramos aunque esta ponderación sea automática como lo es en los mecanismos propios del pensamiento cotidiano, o diferenciada y mediata como ocurre en el pensar sistemático, racional o científico.

En el conocer cotidiano valoramos, si bien esta calificación no pasa por nuestra conciencia (o es tan rápida que no la registramos), y en el conocimiento científico con mayor razón pues está dirigido al género humano y al interés común o social, aun cuando sea con los signos negativos del interés particular.

El conocimiento humano jamás es neutral, desinteresado o inocuo y siempre encierra un valor, a pesar de que sea diferente a los valores de la economía y se distinga por su sustancia moral o sensible, estética. Esta condición axiológica del pensar hace que la valoración sea un componente sustancial del acto cognitivo y produce que en el método de pensamiento llamado racional sea el tiempo cognitivo más complejo, ya que podemos haber descrito un universo y logramos haberlo comprendido o inteligido en su composición real, pero no quedaremos satisfechos de nuestro conocimiento sino hasta que hagamos sobre nuestro trabajo una atribución de valor: ¡Qué bien lo hice! ¡Cuánto falta todavía! etcétera.

De hecho, siempre lo hacemos y por ello es más conveniente ser conscientes de nuestra actividad (axiológica) que inconscientes de ella. Si nuestro conocimiento es deliberado entonces podremos dar cuenta de nuestra preferencias, nuestros sentidos, nuestras escalas de atención y, finalmente, de nuestras fobias y filias. Si hacemos esto, podremos ser aptos para comunicar adecuadamente nuestros pensamientos, distinguiendo en ellos sus articulaciones e implicaciones morales, económicas, sensibles e intelectuales, pues la valoración de la cual hablamos no sólo es subjetiva sino que (tendencialmente) es objetiva, pues cuando nuestro pensar se externa, se realiza y con su concreción se ubica en el conjunto de la realidad.

Resulta así que nuestro pensamiento tampoco es neutral, desinteresado o inocuo en su realización, sino que implica igualmente uno o varios campos de la composición real de la realidad. Y por esta axiología sustancial de nuestro pensamiento tenemos que ser cuidadosos con lo que decimos, pues si hemos pensado descuidadamente, con seguridad nuestros errores se mostrarán a su tiempo, aunque no sea necesariamente inmediato a su realización.

Muchas veces, al pasar de los años, descubrimos con horror que nos recuerdan cosas olvidadas pero dichas y (seguramente) mal pensadas y, en consecuencia, nos arrepentimos a deshora cuando el tiempo es ya irreversible. Con seguridad, y con mayor o menor medida, esto nos ha pasado a todos, por lo que esta verdad elemental nos lleva a asegurar que un buen método de pensamiento no sólo debe describir y comprender sino también ha de valorar lo reseñado e inteligido para tomar posición sobre lo pensado.

Esto es necesario pues el conocimiento no es absoluto sino relativo. Conocemos de acuerdo a nuestra edad (física, intelectual, moral), nuestra circunstancia personal (estamos tranquilos o azorados por el mal, la iniquidad, la calumnia,) la cotidianidad vivida (puede ser que tuviésemos una buena infancia o que desde pequeños nos destinaran a reproducir una historia miserable) y de acuerdo a otros muchos factores que no se tratarán aquí, pero que nos indican que conocemos siempre condicionados, relativos a...

Por esta determinación ontológica de nuestro pensar conviene ser prudentes con nuestro pensamiento, pues éste (cuando se realiza) cobra significado y puede ser loado o penado, mas finalmente no quedará sin la marca de la objetividad.

Obviamente, este cuidado en el pensar no debe llevarnos a la inmovilidad, pues pensamos (si lo hacemos con método) de acuerdo a las normas de nuestra cultura (profesional, nacional o histórica), los lineamientos intelectuales de nuestra época, la orientación de nuestras filiaciones cognitivas y, en fin, nuestro propio criterio que, cuando es adulto, puede eludir las patologías del pensar.

Esto es: las trampas de la inconsciencia, de la in-deliberación y de la desubicación, del descontrol. No sólo puede evitar las falacias lógicas sino las sensibles (psíquicas, perceptivas y efectivas) y cognitivas (intelectuales e ideológicas) que nos han dejado una mala formación personal, defecto que —para el caso que aquí se estudia— nos impida describir, comprender y valorar convenientemente nuestros objetos de estudio y de acción.

Por este defecto cognitivo somos incapaces de conformar lógicamente nuestros pensamientos y podemos llegar a organizarlos, si esto se puede decir, de manera puramente pasional e incluso meramente visceral, alejándonos él de la posibilidad de poder distinguir con propiedad la dinámica interna de nuestro pensamiento, su estructuración y sus implicaciones; y, en fin —y sobre todo—, nos alejamos de la posibilidad de diferenciar nuestro pensamiento de nuestros sentimientos y nuestras acciones.

El pensar es una actividad autónoma de la subjetividad que se distingue por su intelectuación, su a-sensibilidad, su rigor y su formalización y que, cuando está regido por alguna o algunas de las patologías indicadas, se entremezcla indiferenciadamente con la sensibilidad y la acción dando resultados fatales, dramáticos y, en todo caso, deplorables, por lo que debemos estar atentos a nuestra actividad intelectual para poder distinguirla de nuestras sensaciones y acciones, alcanzando con ello más y mejores resultados.

El pensamiento se enferma cual se trastoca la sensibilidad (y la acción), y si para ellas hay diversas terapias, habrá que pensar alguna para las patologías del pensar, pues cada vez está más en duda el aserto de la cultura occidental de que el ser humano es un ser racional y, por el contrario, triunfan otras antropofilosofías que nos acercan a revalorar el viejo dilema liberal de “civilización o barbarie”, para reformularlo en términos más simples de vida o muerte.

Las enfermedades del pensamiento (formales, sustanciales o existenciales) conducen a la necrofilia y consecuentemente al mal, a la destrucción, al dolor. Si aún se puede construir un pensamiento socialmente sano debemos de apostar la vida contra la muerte, pues es mejor luchar por esta opción que sucumbir a la derrota.

 

Notas

1 Pienso en concreto en Pietro Pomponazzi (1462-1525) y en las reinterpretaciones de su obra en la palabra de Agnes Heller, El hombre del Renacimiento, Ed. Península (Col. Historia, ciencia, sociedad # 164), Barcelona, 1980, ps. 165-171 y P.O. Kristeller, Ocho filósofos del Renacimiento italiano, Fondo de Cultura Económica (Breviarios #210), México, 1970, ps. 99-122.
2 Véase en especial para la referencia al conocimiento cotidiano y al conocimiento científico a Agnes Heller, Sociología de la vida cotidiana, Ed. Península (Col. Historia, ciencia sociedad #144), Barcelona, 1977 ps. 102-110; 188-199; 193-314, 317-347 y 354-358, y para más detalles sobre el concepto de vida cotidiana el ensayo del que esto escribe “El concepto de vida cotidiana en Lukács y Agnes Heller”, Revista Pedagogía, UPN Editor, Vol. 5, #14, México D.F., abril-junio de 1988, ps. 57 74, donde se especifica que la vida cotidiana es el espacio por excelencia de la vida del ser humano particular mientras que el mundo de las objetivaciones genéricas, la historia, es el lugar privilegiado del desarrollo del género, de la comunidad humana, y del ser humano singular consciente de sí y de su genericidad.
3 K. Marx, Elementos Fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), 1857-1858, Ed. Siglo XXI (Biblioteca del Pensamiento Socialista-Serie Los Clásicos), México, 1971, Vol. 1, p. 21.
4 Piénsese, por ejemplo, en la constitución de toda ciencia y más en concreto en la formación histórica de la antropología, que vio sus orígenes en el Siglo de las Luces con sus grandes momentos descriptivos y taxonómicos. Los grandes viajeros y exploradores del Siglo XVIII (Prévost, Charlevoix, de Pauw) suministraron los relatos y las colecciones para que pudieran hacerse posibles los primeros compendios y las clasificaciones iniciales de razas, costumbres y culturas humanas, con lo que pudo darse un Linneo, un Buffon, un J. Hutton. Un proceso histórico como éste hace más evidente la importancia del pensar como momento previo y anterior al investigar y al exponer.

 

 

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