La ciencia es ciencia de la experiencia y consiste en aplicar un método
racional a lo que nos ofrecen los sentidos. La inducción,
el análisis, la comparación, la observación y la experimentación
son las principales condiciones de un método racional*
Karl Marx
El ser humano es el ser que piensa, pero es igualmente
el ser que siente y actúa, por lo cual pensamiento,
sentimiento y acción son respuestas de la
subjetividad humana sobre la objetividad del mundo y la
naturaleza.
Sin embargo,
pensamiento, sentimiento y acción no son sólo respuestas
sino también creaciones humanas para entender el entorno
y modificarlo. Por ello, son tanto determinaciones subjetivas
del ser humano como objetivaciones de su subjetividad, lo
cual las lleva a ser concreciones sociales y de suyo históricas.
De esta
manera, podemos hablar del pensamiento, los sentimientos
y las acciones de una época y de una sociedad, o de iguales
determinaciones en una persona individual o social. Así
alcanzamos a afirmar que unos u otras se conforman en/por
estructuras diferenciadas que nos permiten hablar de organizaciones
conceptivas, sensibles y prácticas de una época o de una
sociedad, de un individuo o de una comunidad.
Si tenemos
esta afirmación podemos asegurar que el pensamiento es,
en primer lugar, la captación intelectual del mundo exterior
a la subjetividad cognoscente y, en segundo lugar, una estructura
objetiva que cobra realidad institucional vía los diferentes
tipos de la comunicación humana, destacando entre ellos
la comunicación escrita.
El sentimiento
es igualmente captación de la realidad externa e institución,
pero es prioritariamente apropiación e institucionalización
inmediata de ella, registro a-conceptual (pero no a-verbal)
que se distingue por su generalidad, su flexibilidad, su
imponderabilidad, su mutabilidad y su antropomorfismo, lo
que hace que el registro sentimental de la realidad sea
importante pero diferente a su señalamiento intelectual
y experimental.
La experiencia
es precisamente el resultado de la acción y es la articulación
u organización de los sentimientos y pensamientos que obtiene
un ser humano (o una sociedad) de las actividades que emprende
y es, en cuanto la anotación estructurada que deja la acción
en la subjetividad, la determinación básica en la constitución
de las estructuras cognitivas y sensibles de una persona
o una sociedad.
De ahí que
convenga comprender que la actividad humana está en la base
de la construcción de los sentimientos y los pensamientos,
por lo cual podemos asegurar siguiendo a autores renacentistas
reinterpretados en nuestra época1
que la subjetividad humana se forma con la práctica y que
conforma sus niveles de acuerdo a ella.
Así, la
experiencia, la sensibilidad y la intelectualidad, los resultados
de la práctica, del sentimiento y del pensamiento, se construyen
de acuerdo al lugar en el que el ser humano singular (o
los grupos humanos) se inserte en el conjunto de la producción,
de ahí que pensemos, sintamos y experimentemos de acuerdo
a cómo hemos aprendido a pensar, sentir y actuar.
Si nuestro
aprendizaje nos aportó estructuras cognitivas aptas sólo
para vivir en la mera cotidianidad sin comprender las razones
del género,2 entonces nuestra
capacidad de trabajo intelectual ha de aprender a conocer
las razones genéricas construyendo las estructuras cognitivas
adecuadas a ellas.
Éste es
el momento en el cual se requiere precisar una buena manera
de pensar, pues el pensamiento es la condición primera para
la (buena) actuación en la realidad, y cuando este pensamiento
pretende dejar atrás las determinaciones propias de la vida
cotidiana para ubicarse en las propias del género humano,
es cuando requiere de un método de pensamiento, un método
racional.
El trabajo
intelectual se realiza a través del pensar, del investigar
y del exponer, y consecuentemente cada uno de sus momentos
posee una manera de operar. Estos tres métodos son diferentes
entre sí y el del pensamiento es la primera manera con la
cual se comienza a dilucidar la realidad.
Antes de
investigar y de exponer los resultados obtenidos tenemos
que pensar y por ello el pensamiento es no solamente lo
indicado la determinación gnoseológica de la captación
de la realidad sino que es también la organización
intelectual de ésta en la subjetividad.
Nuestro
pensamiento, cotidiano o científico (genérico, racional,
sistemático o nomotético), es, por su constitución lógica,
organización de la exterioridad en la interioridad (de la
objetividad en la subjetividad) y es, en consecuencia, descripción,
comprensión y valoración intelectual de ella.
Cuando nuestro
pensamiento genérico es el que actúa, estos momentos intelectuales
son conscientes, construibles y deconstruibles, encontrándose
impregnados de la bondad de la conciencia. De esta manera
en la descripción podemos (y debemos) ubicar los elementos
de la realidad en sus determinaciones propias, lo que conduce
a situarlas en sus contextos inmediatos, mediatos y lejanos.
En su dinámica y en su estática y, como Marx sugirió, en
sus múltiples determinaciones y relaciones.3
La descripción
ubica la especificidad de los objetos de estudio y por ello
su singularidad, su particularidad y su conexión con la
genericidad que le corresponde, pues siempre un objeto pertenece
a un género, aun cuando éste sea único y extraordinario.
La descripción
lleva a nombrar los objetos, por aquello de que al
comienzo era el verbo, esto es: para iniciar la identificación
de la realidad hay que delimitarla mediante el uso de las
palabras.
Éstas al
principio del proceso cognitivo sirven sólo para describir
las cosas en su ser más elemental, más primario y, paulatinamente,
pueden ir siendo útiles para acotar progresivamente campos
semánticos más ricos y complejos, cuando pasan de ser meros
términos y llegan a ser ideas, conceptos, categorías, teorías...
La acotación
de un campo de la realidad se hace originalmente por medio
de las palabras (sean como términos, ideas, conceptos, etc.),
lo que permite su distinción, delimitación o rotu-lación
primaria. Ésta sería la descripción como delimitación.
Mas la descripción
es también agrupamiento de regularidades, de tipos, clasificación,
selección de caracteres, de determinaciones; conceptuación,
inicio de la generalización, de la ubicación en géneros.
Cuando se llega a este nivel se arriba a la descripción
como clasificación, y ella conduce a un nivel mayor, a la
descripción como objetivación.
Cuando el
sujeto cognoscente ha delimitado y clasificado un campo
de la realidad,4 éste aparece
en la conciencia social como creado, como objetivado, determinado
en sus especificaciones originales, como reconocible y reflexionable.
Cuando la
descripción llega a este nivel se acerca a un estadio más
complejo del método racional, el propio de la comprensión.
Ésta es la actividad del pensamiento reflexivo y generizante
que establece interconexiones entre los elementos del universo
considerado, y por tanto vínculos y formas. Es por tanto
el momento básico del análisis y la síntesis, de la descomposición
y la composición, de la proyección e implicación del pensamiento
humano.
Con ella
ubicamos al universo considerado, al objeto estudiado, en
su estática y en su dinámica y en sus contextuaciones semánticas,
sustanciales y quizá hasta figurativas o imaginativas.
Sin embargo,
la comprensión no es absoluta como podría pensarse en un
primer momento, sino tendencial y aproximativa. Por ello,
cuando más, podemos, en el estado actual de nuestra realidad
social, disminuir los márgenes de azar y de imponderabilidad
que operan en la comprensión de la realidad.
El sueño
dorado de Occidente de nuestra cultura es el
conocimiento absoluto, mas su misma extensión y complejidad
actual nos conducen a fijar sólo la idea del conocimiento
posible. Lo que podemos llegar a conocer puede variar por
el azar y por lo desconocido y si no fijamos un margen de
azar y otro de imponderabilidad, nuestra comprensión es
más frágil que la posible.
Pero si
los consideramos, podemos dedicarnos a disminuirlos de tal
forma de aumentar la comprensión racional de los objetos
considerados, haciendo crecer con ellos el conocimiento
posible.
De paso,
evitamos con ello la unidimensionalización de la comprensión,
la cual lleva al reduccionismo, la ilusión, la mistificación
y, por último, la fetichización. Evitamos, por tanto, deformaciones
sustanciales de conocimientos y nos acercamos a formas realistas
de la captación de la realidad que se sustraen de la falsa
conciencia y se ubican en un conocimiento necesariamente
parcial pero seguro, comprobable por genérico y común, no
personal y particular.
Obviamente
que la teoría heliocéntrica fue alguna vez personal y particular,
así como la teoría de la plusvalía registró en su momento
iguales caracteres, pero con la misma evidencia podemos
asegurar que no todos somos Copérnico o Marx y de ahí que
vale más apostar al conocimiento comprobable, a la comprensión
genérica que a la genialidad.
Pero ésta
puede intentarse y, además, la comprensión de un objeto
(o de un campo de la realidad) es intuitiva, representativa,
conceptiva, analítica y concreta, por lo que quizá una buena
intuición valga más que mil comprensiones repetitivas y
sea el origen de un nuevo desarrollo cognitivo.
La comprensión
en el método de pensamiento que reflexionamos es un momento
más complejo que la descripción, pero menos estructurado
que la valoración, el último estadio que desagregaremos.
Es, en cuanto acto cognitivo, análisis y síntesis y en cuanto
acto epistémico, construcción de teorías e incluso elaboración
de nuevas ciencias.
Como producto
social e histórico es una realidad a sustanciar concretamente,
ya que hay que delimitar en tiempos y espacios específicos
la propia comprensión para ver qué es lo que se comprende
y cómo se lo comprende, por la existencia de los márgenes
de azar y de imponderabilidad que de pronto le hacen malas
jugadas a la comprensión.
De aquí
que sea importante que la comprensión (el ser humano que
comprende) se autocontrole en sus logros, revise sus conclusiones
y retorne a la descripción para observar qué es lo comprendido
y cómo es que se lo ha entendido, pues la inteligencia de
la que hablamos no es la empática del amor, o la poética
de los artistas, sino la racional de los científicos y los
sistematizadores y esto conlleva un permanente autocontrol
para medir los grados de avance de la importancia conseguida.
Si esto
se hace se tendrá un conocimiento diferenciado (una conciencia)
de los universos estudiados, sus complejidades, interacciones,
contextuaciones y substanciaciones y se podrá valorar el
conocimiento que se tiene.
La valoración
como momento intelectual es el tiempo reflexivo en el cual
establecemos preferencias subjetivas; nos orientamos en
nuestra comprensión (del objeto que nos ocupa), establecemos
niveles de importancia o jerarquías cognitivas y finalmente
aceptamos o rechazamos las descripciones y las comprensiones
que hemos efectuado sobre el objeto que concentra nuestra
atención.
Al conocer
siempre valoramos aunque esta ponderación sea automática
como lo es en los mecanismos propios del pensamiento cotidiano,
o diferenciada y mediata como ocurre en el pensar sistemático,
racional o científico.
En el conocer
cotidiano valoramos, si bien esta calificación no pasa por
nuestra conciencia (o es tan rápida que no la registramos),
y en el conocimiento científico con mayor razón pues está
dirigido al género humano y al interés común o social, aun
cuando sea con los signos negativos del interés particular.
El conocimiento
humano jamás es neutral, desinteresado o inocuo y siempre
encierra un valor, a pesar de que sea diferente a los valores
de la economía y se distinga por su sustancia moral o sensible,
estética. Esta condición axiológica del pensar hace que
la valoración sea un componente sustancial del acto cognitivo
y produce que en el método de pensamiento llamado racional
sea el tiempo cognitivo más complejo, ya que podemos haber
descrito un universo y logramos haberlo comprendido o inteligido
en su composición real, pero no quedaremos satisfechos de
nuestro conocimiento sino hasta que hagamos sobre nuestro
trabajo una atribución de valor: ¡Qué bien lo hice! ¡Cuánto
falta todavía! etcétera.
De hecho,
siempre lo hacemos y por ello es más conveniente ser conscientes
de nuestra actividad (axiológica) que inconscientes de ella.
Si nuestro conocimiento es deliberado entonces podremos
dar cuenta de nuestra preferencias, nuestros sentidos, nuestras
escalas de atención y, finalmente, de nuestras fobias y
filias. Si hacemos esto, podremos ser aptos para comunicar
adecuadamente nuestros pensamientos, distinguiendo en ellos
sus articulaciones e implicaciones morales, económicas,
sensibles e intelectuales, pues la valoración de la cual
hablamos no sólo es subjetiva sino que (tendencialmente)
es objetiva, pues cuando nuestro pensar se externa, se realiza
y con su concreción se ubica en el conjunto de la realidad.
Resulta
así que nuestro pensamiento tampoco es neutral, desinteresado
o inocuo en su realización, sino que implica igualmente
uno o varios campos de la composición real de la realidad.
Y por esta axiología sustancial de nuestro pensamiento tenemos
que ser cuidadosos con lo que decimos, pues si hemos pensado
descuidadamente, con seguridad nuestros errores se mostrarán
a su tiempo, aunque no sea necesariamente inmediato a su
realización.
Muchas veces,
al pasar de los años, descubrimos con horror que nos recuerdan
cosas olvidadas pero dichas y (seguramente) mal pensadas
y, en consecuencia, nos arrepentimos a deshora cuando el
tiempo es ya irreversible. Con seguridad, y con mayor o
menor medida, esto nos ha pasado a todos, por lo que esta
verdad elemental nos lleva a asegurar que un buen método
de pensamiento no sólo debe describir y comprender sino
también ha de valorar lo reseñado e inteligido para tomar
posición sobre lo pensado.
Esto es
necesario pues el conocimiento no es absoluto sino relativo.
Conocemos de acuerdo a nuestra edad (física, intelectual,
moral), nuestra circunstancia personal (estamos tranquilos
o azorados por el mal, la iniquidad, la calumnia,) la cotidianidad
vivida (puede ser que tuviésemos una buena infancia o que
desde pequeños nos destinaran a reproducir una historia
miserable) y de acuerdo a otros muchos factores que no se
tratarán aquí, pero que nos indican que conocemos siempre
condicionados, relativos a...
Por esta
determinación ontológica de nuestro pensar conviene ser
prudentes con nuestro pensamiento, pues éste (cuando se
realiza) cobra significado y puede ser loado o penado, mas
finalmente no quedará sin la marca de la objetividad.
Obviamente,
este cuidado en el pensar no debe llevarnos a la inmovilidad,
pues pensamos (si lo hacemos con método) de acuerdo a las
normas de nuestra cultura (profesional, nacional o histórica),
los lineamientos intelectuales de nuestra época, la orientación
de nuestras filiaciones cognitivas y, en fin, nuestro propio
criterio que, cuando es adulto, puede eludir las patologías
del pensar.
Esto es:
las trampas de la inconsciencia, de la in-deliberación y
de la desubicación, del descontrol. No sólo puede evitar
las falacias lógicas sino las sensibles (psíquicas, perceptivas
y efectivas) y cognitivas (intelectuales e ideológicas)
que nos han dejado una mala formación personal, defecto
que para el caso que aquí se estudia nos impida
describir, comprender y valorar convenientemente nuestros
objetos de estudio y de acción.
Por este
defecto cognitivo somos incapaces de conformar lógicamente
nuestros pensamientos y podemos llegar a organizarlos, si
esto se puede decir, de manera puramente pasional e incluso
meramente visceral, alejándonos él de la posibilidad de
poder distinguir con propiedad la dinámica interna de nuestro
pensamiento, su estructuración y sus implicaciones; y, en
fin y sobre todo, nos alejamos de la posibilidad
de diferenciar nuestro pensamiento de nuestros sentimientos
y nuestras acciones.
El pensar
es una actividad autónoma de la subjetividad que se distingue
por su intelectuación, su a-sensibilidad, su rigor y su
formalización y que, cuando está regido por alguna o algunas
de las patologías indicadas, se entremezcla indiferenciadamente
con la sensibilidad y la acción dando resultados fatales,
dramáticos y, en todo caso, deplorables, por lo que debemos
estar atentos a nuestra actividad intelectual para poder
distinguirla de nuestras sensaciones y acciones, alcanzando
con ello más y mejores resultados.
El pensamiento
se enferma cual se trastoca la sensibilidad (y la acción),
y si para ellas hay diversas terapias, habrá que pensar
alguna para las patologías del pensar, pues cada
vez está más en duda el aserto de la cultura occidental
de que el ser humano es un ser racional y, por el contrario,
triunfan otras antropofilosofías que nos acercan a revalorar
el viejo dilema liberal de civilización o barbarie,
para reformularlo en términos más simples de vida o muerte.
Las enfermedades
del pensamiento (formales, sustanciales o existenciales)
conducen a la necrofilia y consecuentemente al mal, a la
destrucción, al dolor. Si aún se puede construir un pensamiento
socialmente sano debemos de apostar la vida contra la muerte,
pues es mejor luchar por esta opción que sucumbir a la derrota.
Notas
1
Pienso en concreto en Pietro Pomponazzi (1462-1525)
y en las reinterpretaciones de su obra en la palabra
de Agnes Heller, El hombre del Renacimiento, Ed. Península
(Col. Historia, ciencia, sociedad # 164), Barcelona,
1980, ps. 165-171 y P.O. Kristeller, Ocho filósofos
del Renacimiento italiano, Fondo de Cultura Económica
(Breviarios #210), México, 1970, ps. 99-122.
2 Véase en especial para
la referencia al conocimiento cotidiano y al conocimiento
científico a Agnes Heller, Sociología de la vida cotidiana,
Ed. Península (Col. Historia, ciencia sociedad #144),
Barcelona, 1977 ps. 102-110; 188-199; 193-314, 317-347
y 354-358, y para más detalles sobre el concepto de
vida cotidiana el ensayo del que esto escribe El
concepto de vida cotidiana en Lukács y Agnes Heller,
Revista Pedagogía, UPN Editor, Vol. 5, #14, México D.F.,
abril-junio de 1988, ps. 57 74, donde se especifica
que la vida cotidiana es el espacio por excelencia de
la vida del ser humano particular mientras que el mundo
de las objetivaciones genéricas, la historia, es el
lugar privilegiado del desarrollo del género, de la
comunidad humana, y del ser humano singular consciente
de sí y de su genericidad.
3 K. Marx, Elementos Fundamentales
para la crítica de la economía política (Grundrisse),
1857-1858, Ed. Siglo XXI (Biblioteca del Pensamiento
Socialista-Serie Los Clásicos), México, 1971, Vol. 1,
p. 21.
4 Piénsese, por ejemplo,
en la constitución de toda ciencia y más en concreto
en la formación histórica de la antropología, que vio
sus orígenes en el Siglo de las Luces con sus grandes
momentos descriptivos y taxonómicos. Los grandes viajeros
y exploradores del Siglo XVIII (Prévost, Charlevoix,
de Pauw) suministraron los relatos y las colecciones
para que pudieran hacerse posibles los primeros compendios
y las clasificaciones iniciales de razas, costumbres
y culturas humanas, con lo que pudo darse un Linneo,
un Buffon, un J. Hutton. Un proceso histórico como éste
hace más evidente la importancia del pensar como momento
previo y anterior al investigar y al exponer. |