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Correo del Maestro Núm. 39,agosto 1999

Jorge Luis Borges: un argentino universal

Angélica Tornero

Jorge Luis Borges en los años veinte.

 

Las emociones que la literatura suscita
son quizá eternas, pero los medios deben
constantemente variar, siquiera de un
modo levísimo, para no perder su virtud.
Jorge Luis Borges

 

 

 

“Pensar, analizar, inventar [...] no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia”, escribió Jorge Luis Borges en un relato de ficción titulado Pierre Menard, autor del Quijote. Y no hay duda de que eso precisamente, pensar y analizar los sucesos que rodean a los seres humanos e inventar profusamente, crear obras de gran factura en las que la inteligencia y la sensibilidad operan al unísono, fue lo que el escritor legó a la humanidad, por medio de sus numerosas obras de poesía, ficción y ensayo literario.

Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires, Argentina, el 24 de agosto de 1899, es decir, hace 100 años; para conmemorar el nacimiento de tan relevante personalidad de las letras universales, en diversos países del mundo se han dado cita, por estas fechas, importantes escritores y estudiosos de la obra del escritor porteño.

El nombre completo del ahora conocido simple-mente como Borges fue Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo; los primeros tres nombres correspondían a los de su padre y abuelos, el cuarto a un tío uruguayo, que fue diplomático. El padre se llamó Jorge Guillermo Borges y la madre Leonor Acevedo. El primero era descendiente de ingleses: la abuela paterna de Borges, Fanny Haslam, era oriunda de Staffordshire, Inglaterra. Este último dato, que puede parecer trivial, será importante en la vida de Borges, ya que marcó el inicio de la condición de hombre universal que lo caracterizó toda su vida. La abuela Haslam, que convivió muchos años con Borges y con su hermana Norah —la única que tuvo— hablaba con los niños en inglés, además de leerles cuentos y novelas en este idioma. Debido a que en aquel tiempo la tuberculosis era altamente contagiosa, no llevaron al niño Borges —Georgie, como lo llamaba la abuela— a la escuela sino hasta los 9 años. Durante este tiempo, el niño aprendió a leer y escribir en español y en inglés, gracias a las enseñanzas de su abuela y su padre.

En 1914, la familia viajó a Europa en busca de un médico especialista para subsanar las dolencias del padre, quien padecía un mal en la vista de carácter hereditario, mismo que aquejará a Borges a lo largo de toda su vida y que, después de los cincuenta años de edad, lo dejará en la penumbra casi total. Esta estancia en Europa, que pretendía ser de un año aproximadamente, se prolongó debido a la guerra. La familia se estableció en Ginebra por un tiempo; ahí, los padres decidieron buscar escuela para sus hijos adolescentes. Borges aprendió francés y alemán e incluyó entre sus lecturas favoritas obras en estos idiomas, de autores como Emile Zola, Guy de Maupassant, Victor Hugo, Heine, Rilke, Hugo von Hoffmannsthal, sólo por mencionar algunas. A los dieciséis años, Borges era un asiduo lector de literatura en cuatro idiomas; a los dieciocho años era ya aspirante a poeta.

La familia partió de Ginebra y decidió ir a España. Ahí, los Borges recorrieron distintas provincias, permaneciendo algunos meses en cada una de ellas. En las distintas ciudades españolas, el poeta encontraría amigos jóvenes con quienes compartiría sus inquietudes literarias. En este país iniciaría su carrera fecunda como escritor. Al lado de Rafael Cansinos-Assens, un escritor español que estudiaba para sacerdote, Borges incursionó en las vanguardias europeas, uniéndose, sólo de manera esporádica, al movimiento llamado ultraísmo. Como en la gran mayoría de las vanguardias, en ésta, el credo consistía en dar lugar sólo a lo nuevo. El primer Borges, se convierte, así, en un escritor ultraísta; en la poesía escrita en estos tiempos marca su afán de innovación, “como movilidad y mutabilidad formal y focal, como dinamismo, como imprevisibilidad de dirección, como coqueteo con el dislate y la desfachatez”. Esta inclinación, no obstante, sería pronto superada por el poeta.

Colección Jorge Luis Borges, Fundación
San Telmo, Buenos Aires

En 1921, la familia regresó a Buenos Aires, lo cual fue completamente desolador para Borges, por lo menos al principio. Había hecho sus primeras amistades íntimas en Europa y regresaba a un país al que sentía desconocer. Pero muy pronto estas ideas lo abandonaron y Borges se dedicó plenamente a su profesión. En nueve años, entre 1921 y 1930, había publicado ya siete libros entre poemas, ensayos y una biografía: Evaristo Carriego; su vocación quedaba más que probada. El primer libro publicado por Borges se tituló Fervor de Buenos Aires (poemas), y fue una edición pagada por el padre de Jorge, publicada en 1923; este libro le abrió las puertas como poeta de manera definitiva.

Cuando la familia regresó a Europa, en 1924, a Borges le quedaba claro que debía escribir en su idioma y que, lejos de pensar en convertirse en escritor europeo debía consagrarse como escritor argentino. A escasos años de las independencias de los países de América Latina, a principios de siglo xx había un especial interés en construir, indagar los rasgos de lo nacional que dieran identidad a cada país. Al estar en su tierra natal, Borges se había impresionado con la personalidad del nativo argentino, al que estaba descubriendo; su curiosidad e insaciable apetito de saber lo llevaron a explorar las formas de la vida cotidiana de los argentinos típicos, de ahí su afición a leer a los autores de la tradición gauchesca, como Almafuerte, Ascasubi, Estanislao del Campo, José Hernández. Cuando Borges se inició en la prosa, por medio de sus cuentos, se adentraría en un mundo sórdido, oscuro, de crímenes, pasiones y conflictos, que atraía su atención.

Colección Jorge Luis Borges, Fundación San Telmo, Buenos Aires

Borges es un autor moderno, no sólo por haberse vinculado con un movimiento de vanguardia, cosa que hizo sólo durante unos años, como se dijo anteriormente, sino por haber explorado más allá de fórmulas literarias conocidas hasta entonces. Su segunda incursión estética fue en el criollismo; ámbito dentro del cual también se propuso encontrar la expresión originaria. El autor argentino optó por alejarse de la metáfora bucólica, idílica y se abocó a revisar la relación que existía entre los suburbios encarecidos y el centro de la ciudad, entre lo marginal y lo urbano, para encontrar la metáfora en presencia, con mayor nivel de resolución textual, para buscar la forma narrativa que diera cuenta, con mayor precisión, de su aprehensión de la realidad. Parte de su búsqueda consistió en excavar, en el idioma propio de los argentinos, lo diferente en el uso del castellano; palabras como pampa y gaucho exaltaban su sensibilidad y no le parecía que causaran perjuicio al castellano, sino todo lo contrario, lo renovaban. En la década de los veinte publicó, entre otros, un libro titulado El idioma de los argentinos, en el que rescata el habla como un rasgo de identidad nacional, lo cual le parecía de gran riqueza. Esta aproximación no duraría por siempre, aunque un sustrato de ella permanecería en cuentos y poemas. En los libros de madurez el autor se adentraría en nuevas búsquedas estéticas.

El joven Borges, no había cumplido aún treinta años, estaba todavía en condiciones de experimentar literariamente. En aquel tiempo no se veía a sí mismo como narrador de ficción, aunque había escrito ya algunos trabajos en prosa; sobre todo ensayo: Inquisiciones (1925) y El tamaño de mi esperanza (1926). Transcurrirían todavía diez años más para publicar los cuentos que lo hicieron famoso. En la década de los treinta, colaboró en una importante revista llamada Sur, al lado de quien después sería su amiga entrañable, Victoria Ocampo, una personalidad del ámbito cultural de la época, nueve años mayor que Borges, que había notado en el “joven” grandes aptitudes literarias. Por medio de esta publicación, Borges se convertiría en una figura internacional.

Por esos años, el escritor entabló una amistad muy importante con un escritor argentino, unos años menor que él, que llegaría a cobrar gran renombre: Adolfo Bioy Casares. Desde el punto de vista literario, el escritor dejaba atrás sus preocupaciones de la década anterior: el ultraísmo y el criollismo, y avanzaba hacia nuevos rumbos.

Hacia finales de los años treinta, una vez que su padre hubo fallecido, Borges se encontró con la necesidad de hacerse de un trabajo fijo. Hasta entonces, sus ingresos provenían de las revistas en las que colaboraba. En 1937, entró a trabajar en la Biblioteca Miguel Cané, situada en el barrio de Boedo, cerca de la avenida La Plata. Su trabajo consistía en clasificar y catalogar las existencias de la biblioteca. Al parecer, su estancia en esa biblioteca, hasta 1946, no fue satisfactoria ni muy feliz. La indolencia de los trabajadores no le permitía realizar su trabajo como él deseaba. Pero como todo espíritu inquieto, supo aprovechar esta situación; en sus tiempos libres, se dedicó a trabajar en sus textos, que cada vez cobraban mayor fuerza y maestría.

Los años treinta fueron especialmente agitados para Borges. Durante esta década murieron su padre y su abuela Fanny, la hermana se había marchado a vivir a España con su marido, Guillermo de Torre, y él y su madre, solos, compartirían un departamento. Además, hacia finales de esta década, en 1938, el autor de Historia universal de la infamia (1935) sufrió un accidente que marcaría definitivamente su vida. Al subir por las escaleras, rumbo a su departamento, se dio un fuerte golpe en la cabeza con la orilla de una ventana que estaba abierta. Este accidente, que lo mantuvo entre la vida y la muerte a causa de una infección que le provocó septicemia, habría de dar un giro importante a su faceta de escritor. Debido al fuerte golpe Borges creía haber perdido su talento, no obstante, después del accidente, producirá las obras que finalmente lo llevaron a la cumbre. En esos años escribió dos de sus cuentos más relevantes Pierre Menard, autor del Quijote, publicado en 1939, y Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, publicado en 1940, ambos en la revista Sur. Estos dos cuentos formarían parte de un volumen titulado El jardín de los senderos que se bifurcan, cuya primera edición vio la luz en 1941.

La genialidad de Borges, su sello distintivo como autor de ficción, consistió en haber cuestionado, por medio de los propios textos, los procedimientos hasta entonces empleados para escribir cuentos. Su aproximación se alejaba ostensiblemente de las propuestas convencionales e intentaba una búsqueda a partir del supuesto de la incapacidad de la palabra escrita para hacer algo más que imitar, reflejar. Al no lanzarse totalmente a la ficción, de acuerdo con los parámetros hasta entonces conocidos, el autor de Ficciones (1944) crea un híbrido, borra las fronteras entre los géneros de ficción y ensayo, y realiza su propia propuesta. Sus incursiones en la estructura espacio-temporal del relato suponen una ruptura importante con los usos de la época. Para Borges, el tiempo no existirá en una disposición de sucesión de acontecimientos, sino de circularidad: siempre se vuelve al punto de partida. El lenguaje es un reflejo de lo que el ser humano puede conocer, pero no será la realidad. Para Borges, la idea del simulacro es fundamental: el mundo no existe, para nosotros, más que como un simulacro. “El mundo, para Borges, es una proyección imaginaria, una fabulación concebida según nuestra estructura intelectual, concorde con nuestras necesidades operatorias; pero la realidad es refractaria a ese molde modelado por el hombre”.

Uno de sus cuentos más espectaculares de esta época es Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. En este cuento hay dos países imaginarios, un país llamado Uqbar, situado en una parte desconocida del Asia Menor, que es descrito por medio de una enciclopedia americana, de dudosa procedencia y otro llamado Tlön, descubierto en una enciclopedia, también dudosa, enviada, desde Brasil, a Herbert Ashe. Tlön es un sitio singular en el que el tiempo y el espacio no existen como los conocemos. Esta idea de un tiempo diferente es transmitida al lector mediante un complejo juego con los sustantivos y los tiempos verbales. Borges se adentra, así, en la exploración de las llamadas, posteriormente, formas metafictivas, aproximaciones críticas a la ficción, que serán utilizadas por muchos otros autores. Parte del dominio teórico de Borges consiste en analizar, en deconstruir, el lenguaje que construye la “simbólica social”, con base en los convencionalismos de la doxa.

La publicación de este libro cambiaría la vida de Borges. En adelante, el escritor se dedicaría a recorrer Argentina impartiendo cursos y conferencias. Más tarde, su fama internacional lo llevará a viajar por todo el mundo, invitado por universidades y gobiernos. La década de los cuarenta es definitiva para su consolidación como uno de los mejores escritores de latinoamérica.

Si bien Borges manifestaba gusto por la ficción, nunca abandonó la poesía. En 1943 publicó un volumen de poesía reunida, titulado Poemas (1922-1943). En este género, sus búsquedas fueron menos audaces: de las formas ultraístas, novedosas, con que se inició, en los poemas de madurez se replegó cada vez más hacia formas clásicas, no por ello menos valiosas. El autor no creía más en las metáforas insólitas, en la libertad sin ataduras; prefirió la metáfora que permanece. Su poesía destaca por la precisión, la articulación conceptual, la simetría y la coherencia sintáctica.

Pero no todo fue venturoso en la vida de Borges. En el plano sentimental, el escritor argentino se topó con numerosos impedimentos; se enamoró de varias mujeres, pero nunca fue correspondido. Su vida estuvo rodeada de rechazos y rompimientos constantes. Por fin, en 1967, el escritor decidió casarse con una antigua conocida suya, Elsa Astete; desgraciadamente el matrimonio derivó en fracaso rotundo. En 1970, a los 71 años de edad, decide separarse legalmente (en Argentina no existía el divorcio). En esta ocasión no es la mujer la que se aleja, sino él mismo quien decide terminar con la relación, argumentando que había cometido uno de los peores errores de su vida.

Según algunos de sus biógrafos, parte de su fracaso amoroso se debió a dos circunstancias: primera, el padre lo indujo a la iniciación sexual con una prostituta, a los diecinueve años de edad, cuando vivían en Ginebra, experiencia que a Borges le pareció humillante y lo marcó para toda su vida; segundo, la madre fue una mujer autoritaria que inhibió sus posibilidades de madurez sexual. Sea cual fuere la razón, el hecho es que Borges padeció de soledad y tristeza debido a esta imposibilidad de realización amorosa.

En 1949, Borges publicó un volumen de cuentos, que lleva el título de una de sus narraciones más famosas: El Aleph. Este cuento, que ha alcanzado gran popularidad, ha sido motivo de numerosos estudios y comentarios, en todo el mundo. El Aleph, artefacto que contiene la suma de los misterios de todo conocimiento, se encuentra en el sótano de la casa de Beatriz Viterbo, la cual debía ser demolida. Carlos Argentino Daneri llama la atención al narrador sobre la existencia de este artefacto; ambos deciden ir a buscarlo. Al toparse con el artefacto, el narrador experimenta un suceso peculiar: las relaciones espacio-temporales han desaparecido y Buenos Aries no se encuentra en ningún lado, como tampoco hay historia o tiempo. Mediante este artefacto, el mundo aparece, al que lo mira, en un instante con toda su sabiduría, como una especie de iluminación eterna. En este cuento, Borges nombró calles, plazas concretas de Buenos Aires, además de artefactos de la modernidad, teléfonos, telégrafos, lo cual supuso un paso más en relación con sus relatos anteriores, en los cuales la ciudad era una entidad más abstracta.

Para los años sesenta sus obras eran traducidas al francés y al inglés, y era invitado a las universidades estadounidenses a impartir cátedras. Hacia finales de la década, terminaba de armar el libro titulado El informe Brodie (1970). Este libro será distinto de Ficciones y de El Aleph, debido a que Borges, de alguna manera, regresa a los temas que le ocupaban antes de cumplir cuarenta años, relacionados con el lado oscuro y sombrío de la vida de los argentinos: el crimen, los gauchos, el machismo. Este libro contiene tres cuentos fundamentales: La intrusa, El encuentro y El evangelio según San Marcos.

El poeta, en Venecia, junto a María Kodama, la última compañera de su vida.

A partir de 1961, y hasta su muerte en 1986, Borges recibiría más de sesenta distinciones y premios internacionales, entre nombramientos de Doctor honoris causa de universidades de todo el mundo, premios de poesía, llaves de ciudades, legiones de honor, entre otros. No obstante, nunca recibiría el Premio Nobel. Por varios años, el autor argentino apareció nominado para recibir el premio literario más importante hasta ahora, pero siempre le fue negado. No se sabe con precisión las razones que impidieron que Borges obtuviera este reconocimiento.

Se presume que sus ideas políticas (nunca se convenció del peronismo y lo atacó públicamente) lo habían automarginado de esta posibilidad, además de la conducta racista que se le ha imputado, la cual no ha sido probada. Sea como fuere, actualmente, no haber otorgado este premio a quien realmente lo mereció, aparece como un error histórico.

A partir de 1970, Borges viajaría constantemente por todo el mundo. En uno de sus viajes conocerá a la que más tarde será la última compañera de su vida: María Kodama. María Kodama conoció a Borges cuando tenía doce años. Al parecer, ella nació en 1946, lo cual la hacía cuarenta y siete años menor que él. La también estudiosa de la literatura escandinava fue la asistente de Borges en sus últimos años. Ocho semanas antes de la muerte del poeta, acaecida en junio de 1986, María Kodama y Jorge Luis Borges se casaron formalmente.

En la década de los setenta, Borges publicaría varios libros: El libro de arena (cuentos) (1975); La rosa profunda (poesía) (1975); La moneda de hierro (poesía) (1976); Rosa y azul (dos cuentos) (1977); Historia de la noche (poesía) (1977). De El libro de arena, último libro de ficciones de Borges, destaca el único relato amoroso de su producción: Ulrica, el cual, se dice, fue escrito como homenaje a María Kodama. Cuatro meses después de la aparición de este libro, murió Leonor Acevedo, la madre de Borges, quien jugó un papel muy importante en la vida de su hijo como escritor.

Los conjurados, su último libro, con poemas y un texto breve en prosa, fue publicado en 1985. En el prólogo a este volumen Borges escribió: “A nadie puede maravillar que el primero de los elementos, el fuego, no abunde en el libro de un hombre de ochenta y tantos años. Una reina, en la hora de su muerte, dice que es fuego y aire; yo suelo sentir que soy tierra, cansada tierra. Sigo, sin embargo, escribiendo. ¿Qué otra suerte me queda, qué otra hermosa suerte me queda?”

En 1986, en Ginebra, Jorge Luis Borges murió a causa de cáncer en el hígado. Tras numerosos desencuentros amorosos, el escritor no estuvo solo ni abandonado en sus últimos días; su esposa, María Kodama, permanecería a su lado hasta el final. Sus restos se encuentran en el cementerio Plain-Palais, el cementerio de los reyes, como se conoce en Ginebra.

Jorge Luis Borges vivió para la literatura; ella fue su único y verdadero amor. Su sed de saber lo condujo a explorar numerosas lenguas y literaturas, espíritus y formas de vida cotidiana. El escritor argentino pasó la mayor parte de su tiempo leyendo e inventando; fue un innovador que exploró en la imaginación humana más allá que en cualquier otro ámbito. Leer los cuentos, la poesía y los ensayos de Borges se convierte en una experiencia intelectual y sensible de la que no pueden prescindir los interesados en las posibilidades de la inteligencia y la emoción humanas.

Referencias bibliográficas

Barnatán, Marcos Ricardo. Borges: biografía total, Madrid, Temas de Hoy, 1995.

Borges, Jorge Luis. Discusión, Buenos Aires, Emecé, 1989.

El Aleph, México, Alianza Editorial, 1984.

El informe Brodie, México, Alianza, 1987.

Nueva antología personal, México, Siglo XXI, 1994.

El libro de arena, México, Alianza Editorial, 1989.

Ficciones, México, Alianza Editorial, 1991.

Los conjurados, México, Alianza Tres, 1986.

Antología poética 1923-1977, Madrid, Alianza, 1982.

Olea Franco, Rafael. El otro Borges, el primer Borges, México, FCE, 1993.

Woodall, James. La vida de Jorge Luis Borges, Barcelona, Gedisa, 1999.

Yurkievich, Saúl. Summa crítica, México, FCE, 1997.

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