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Correo del Maestro Núm. 39, agosto 1999

A cien años del nacimeinto del Jorge Luis Borges

  Nora Gowland

                       

Leo y admiro a Borges y vivo entusiasmada con su obra desde mi temprana juventud. Sólo desearía saber y/o entender por qué cuando publicó en 1974, en emecé, sus obras completas, omitió tanto de lo que ya estaba publicado y —según lo expresara, entre otros, don Alfonso Reyes, su buen amigo— ya no era de él: era de nosotros, de todas las personas que lo han seguido, lo siguen y lo seguirán.

En su Autobiografía (escrita en inglés en 1970 y traducida al castellano, post-mortem, en 1999) dice Borges, refiriéndose a su Fervor de Buenos Aires: “Siento que durante toda mi vida he estado reescribiendo ese único libro”.

 Yo lo estudié en la versión de Poemas (1922-1943) que Editorial Losada s.a. publicó en 1943. Cursaba mi primer año de Profesorado de Castellano y Literatura, allá por el año 1946 y tenía 18 años. Ya, entonces, me enamoré y memoricé cuanto pude.

Cuando se publicaron esas Obras completas (1974) no pude encontrar siete de sus poemas de Fervor de Buenos Aires que yo tenía, ni ninguna explicación del motivo de su exclusión.

Para deleite de los que leen esta revista, deseo transcribir y compartir dos de ellos, como los vengo llevando en mí desde hace 43 años; no me resigno a no encontrarlos y no me resigno a que, vosotros, mis hermanos mexicanos, niños y adultos, no los puedan gustar.

Creo que, como muestra, basta para comprenderme. Gracias por su atención.

    La guitarra

He mirado la Pampa
desde el traspatio de una casa de Buenos Aires
Cuando entré no la vi.
Estaba acurrucada
en lo profundo de una brusca guitarra.
Sólo se desmelenó
al entreverar la diestra las cuerdas.
No sé lo que azuzaban;
a lo mejor fue un aire del Norte
pero yo vi la Pampa.
Vi muchas brazadas de cielo
sobre un manojito de pasto.
Vi una loma que arrinconan
quietas distancias
mientras leguas y leguas
caen desde lo alto.
Vi el campo donde cabe
  Dios sin haber de inclinarse,
vi el único lugar de la tierra
donde puede caminar Dios a sus anchas.
Vi la Pampa cansada
que antes horrorizaron los malones
y hoy apaciguan en quietud maciza las parvas.
De un tirón vi todo eso
mientras se desesperaban las cuerdas
en un compás tan zarandeado como éste.
( La vi también a ella,
cuyo recuerdo aguarda en toda música )
Hasta que en brusco cataclismo
se apagó la guitarra apasionada
y me cercó el silencio
y hurañamente tornó el vivir a estancarse.

   

  Vanilocuencia

 La ciudad está en mí como un poema
que no he logrado detener en palabras.
A un lado hay la excepción de algunos versos;
al otro, arrinconándolos,
la vida se adelanta sobre el tiempo,
como terror
que usurpa toda el alma.
Siempre hay otros ocasos, otra gloria;
yo siento la fatiga del espejo
que no descansa en una imagen sola.
¿Para qué esta porfía
de clavar con dolor un claro verso
de pie como una lanza sobre el tiempo
si mi calle, mi casa,
desdeñosas de plácemes verbales,
me gritarán su novedad mañana?
Nuevas como una boca no besada.

                                  Jorge Luis Borges

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