Cuetzalan, Pue. a 18 de febrero de 1995
Hola Juan,
Estoy contenta
de trabajar en esta escuela. Me gusta el lugar, los niños
y me llevo muy bien con mis compañeros. Mi único problema
es el director. Es un hombre muy amargado y rígido. Cuando
lo veo, como por arte de magia, pierdo la alegría y quisiera
pedir mi cambio cuanto antes. Yo misma me tengo que dar
ánimo y me digo: Calma, Elisita, no todo en la vida
es miel con hojuelas.
El director
nos dice que nosotros, los maestros, debemos enseñar a los
niños la esencia de las cosas. En la última
reunión del Consejo Técnico lo repitió unas cinco veces.
A la tercera, le pregunté en que consistía esa esencia,
pero no atinó a responderme, y mejor cambió de tema.
Ayer se
me aclaró un poco lo que tiene en mente. Estaba mirando
unas colecciones de libros. Cuando hojeó y miró algunos
párrafos de los libros de historia, dijo: Mire nomás,
estos libros, casi no mencionan fechas importantes.
Después, tocó el turno a los de ciencias naturales y dijo
Estos libros parecen cuentos, no dicen cómo nacen
los alacranes, los grillos y los escarabajos...
¿Te das
cuenta, Juan? Supongo ahora que para él la esencia
de las cosas son datos aislados para que los alumnos
puedan memorizarlos con relativa facilidad. Tal vez me equivoque,
pero al parecer nuestro director es de aquellos docentes
que piensan que la mente de los niños está vacía y es nuestro
deber llenarla de información.Quizá él espera que cada libro
sea un tratado exhaustivo que cuente con gran cantidad de
datos; quizás quiera que los libros sean para formar eruditos
en cada materia como aquellos que se presentan en los programas
de televisión.
¿Será este
director una excepción entre los demás? Temo que no.Conozco
a otros maestros que suponen que la lectura solamente sirve
para encontrar respuestas. Por eso les gustan tanto las
enciclopedias y los diccionarios. Pero entonces, ¿en qué
lugar quedan las preguntas? ¿Por qué no leer para que surjan
cada vez más inquietudes, más cuestionamientos sobre nosotros
mismos y el mundo que nos rodea? Creo que los niños no deben
leer solamente para responderle al maestro. ¿No sería mejor
que leyeran para preguntarnos, para preguntarse también
entre ellos mismos?
En fin,
ya veremos que pasa con el director. Insisto, me gustaría
que fuera más flexible, menos superficial.
Termino
porque me estoy helando. Desde ayer llegó por acá una onda
fría y mis manos ya se entumieron. Dejo entonces de escribirte.
Me voy a meter a la cama con una cobija más.
Afectuosamente,
Elisa.
Cuetzalan, Pue. a 22 de mayo de 1995
Recordado
Juan,
Hace tiempo
que conozco a la profesora Lucía pero no sabía nada de sus
artimañas.Verás, el lunes pasado, después de que escuché
el timbre de salida, entré al salón para esperarla. Era
urgente ponernos de acuerdo para realizar una actividad
conjunta. Al darle las últimas instrucciones a los niños,
la oí decirles:
De tarea van a leer tres lecciones. Tengo una bola de cristal
en mi casa y desde ahí puedo ver a los niños que leen y
a quienes se ponen a hacer otra cosa. Desde allí puedo ver
a los que no leyeron.
Después
de decir eso, dio por terminada la sesión con los niños.
Salimos caminando juntas y comenzó a conversar conmigo sobre
su estrategia: Ellos mismos se delatan al decirme:
Yo si leí maestra, pero usted no me vio.
No hablamos
más del asunto y llegamos a un acuerdo respecto a la actividad
que teníamos pendiente. Después me despedí de ella y me
dirigí a mi casa. En el camino, iba pensando en Lucía, de
quien no conocía sus dotes de vidente.
No sabía
que muy pronto encontraría la contraparte de ella... Esto
sucedió días después, cuando estaba a punto de salir de
la escuela. Cerca del extremo de la barda, casi en la reja
de salida, se me cayeron varios papeles. Mientras los recogía
escuché una plática desde el otro lado.
Una voz
dijo:Ora sí, ya te agarró de bajada la maestra.
Otra respondió: Sí, todo el tiempo me está preguntando
cosas. La otra voz dijo despacio, como para que quedara
bien claro: Pues hazle como yo, memoriza algunos renglones
del libro y cuando te empiece a preguntar, se los dices.
Ella va a creer que entendiste la lección y te va a dejar
en paz. El otro niño contestó con tono emocionado:
¡Ah sí!, ¿verdá?
Sentí muchísima
curiosidad por saber quiénes eran. ¡Eran dos alumnos de
Lucía! ¿Qué piensas Juan? ¡El cazador resultó cazado, pues
los niños tenían también artimañas propias con las cuales
responderle! Al principio se me hizo gracioso el incidente,
pero después el asunto me pareció muy grave.
¿No es una
pena que haya maestros que usen trucos en la enseñanza en
lugar de entenderse con los niños con la sinceridad que
se merecen?
Por favor escribe pronto,
Elisa.
Cuetzalan, Pue. a 30 de junio de 1995
Estimado
Juan,
Me da la
impresión de que el tiempo se encoge. Realizo varias actividades
en la escuela y, sin embargo, otras tantas quedan relegadas.
Vivo esta situación muy a mi pesar, pues me doy cuenta que
hay prioridades.
Hace un
mes llegó el último paquete de los libros de Rincones de
Lectura y no he podido leer ninguno. Solamente los he hojeado
y parecen interesantes. Algunos alumnos me los han solicitado
en préstamo y lo he postergado. Me siento muy apenada con
ellos. Quisiera que los niños y yo aprovecháramos al máximo
estos libros, ya que muchos de ellos son material de apoyo
para las materias que debemos impartir, pero, ¿qué puedo
hacer? No tengo tiempo.
En ocasiones
me desespero por las enormes cargas de trabajo que tenemos
todos los maestros. Te enumeraré lo que hice esta semana
además de impartir los contenidos del programa: hice un
informe para el director, tuve una reunión con los padres
de familia, organicé un concurso de matemáticas, asistí
a una reunión sindical, organicé una comitiva para mejorar
la limpieza de los salones. ¡Ah! y también asistí hoy viernes
a la reunión de Consejo Técnico. Si uno descuidara estas
actividades la escuela se vendría abajo, pero entonces,
¿cómo tener tiempo para leer? Obviamente, en la casa es
lo mismo, solamente que la lista de actividades cambia.
Si hacerlo es tan importante, me hace recordar a un viejo
maestro que decía: Leer nos abre las entendederas.
Hoy es viernes.
Estoy terriblemente cansada y siento que mi cabeza no da
para más. Mañana en la tarde sacaré mi silla al patio y
me sentaré unas horas a tejer en mi lugar preferido, bajo
el árbol frondoso. Seguramente me reanimará el aroma de
las madreselvas que ya están floreciendo. ¡Espero que el
lunes esté tan despejada que me sea posible volver a la
escuela con ánimos renovados!
Saludos
Elisa
¿Por
qué se escribieron estas cartas?
A finales
de 1992, varios promotores/investigadores de la Unidad de
Publicaciones Educativas, sep, desarrollaron estudios de
campo durante seis meses en veintiún escuelas primarias
del país, en su mayoría rurales e indígenas, con el objetivo
de conocer las condicionantes y las posibilidades del uso
del acervo de Rincones de Lectura. Sabíamos por reportes
e indicaciones no sistematizados que los materiales del
Rincón eran bien valorados en las escuelas, pero que el
uso de los libros distaba mucho de ser permanente. Desconocíamos
a qué se debía esta situación. Por eso decidimos hacer un
estudio a profundidad que no violentara los ritmos y las
dinámicas escolares y que, simultáneamente, fuera un proyecto
de acción, es decir, que promoviera e impulsara el uso de
los acervos.
Como metodología
usamos la investigación-acción-participativa, aunada a los
planteamientos de Jurgen Habermas respecto a la acción comunicativa.
Se escribieron registros detallados que se centraron en
los actos de habla, enfatizando razonamientos y argumentos
de lo que sucedía en el aula.
Interactuamos
con las razones de directores, maestros, alumnos y padres
de familia.
Con los
registros ya en la mano, decidimos devolver un producto
dirigido principalmente a los profesores de educación elemental.
Una manera ágil de presentarles este material fue en forma
de un conjunto de cartas ficticias que escribimos Pedro
Gerardo Rodríguez y Yolanda Sassoon basadas en materiales
verdaderos. Al conjunto lo llamamos Cartas al profesor
Juan.
Las tres
cartas aquí presentadas, firmadas con el seúdonimo de Elisa,
fueron escritas por Yolanda Sassoon, basadas en registros
de Gildardo Rodríguez, Laura Aguirre y Estela Santana. Originalmente,
y de manera consecutiva, las cartas se llaman: La esencia
de las cosas, Artimañas y El tiempo se encoge.