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| Pasífae contempla absorta al
pequeño tauro |
De la antigua
Creta, situada en el centro del Mar Mediterráneo, cruce
de caminos entre Europa, África y Asia, llegó hasta nuestros
días una de las más sugerentes imágenes míticas, la del
laberinto, cuyas historias de amor, de poder, de sufrimiento,
de heroicidades a menudo hemos olvidado.
El laberinto
sí existió. Se encontraba en el piso subterráneo de un palacio.
Fue una de las edificaciones más fantásticas que Dédalo,
uno de los famosos artesanos del mundo griego, hiciera en
la ciudad de Cnosos, donde tenía su palacio el rey Minos:
se trataba de una construcción sui generis que ocupaba
una gran extensión de terreno llena de intrincados senderos
que convergían y divergían, se entrecruzaban y sobreponían,
bordeados de altísimas paredes, que hacían muy difícil,
prácticamente imposible, orientarse para hallar el centro
o bien retornar a la entrada. Eran las habitaciones destinadas
al Minotauro, hijo de Pasífae, mujer del rey cretense.
Se dice
que Minos imploraba a Poseidón una señal que hiciera patente
a los cretenses el deseo de los dioses porque reinara entre
ellos. Sus súplicas fueron escuchadas y, un día, de entre
las olas del mar surgió un toro de una hermosura inaudita
que Minos debería ofrecer en sacrificio a los dioses, pero
el nuevo rey se resistió, se quedó con él y lo sustituyó
por otro. Poseidón lo castigó haciendo que su esposa se
enamorara locamente del toro y engendrara a ese terrible
ser.
El Minotauro,
mitad hombre y mitad toro, sólo se alimentaba con carne
humana: cada año siete jovencitos y siete jovencitas de
las ciudades que se encontraban bajo el dominio del rey
de Creta debían ser sacrificados para saciar su hambre.
Cuando llegó el turno al pueblo ateniense de alimentar al
monstruo, el valiente Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas,
se dispuso a vencerlo y partió a Creta acompañando a las
víctimas, decidido a defenderlas de la muerte.
Apenas desembarcó
en Creta, Ariadna, la joven hija del rey Minos, se enamoró
de él y decidió apoyarlo en su empresa solicitando los consejos
de Dédalo, quien conocía bien el plano del laberinto. El
único recurso posible para encontrar la salida sería un
carrete de hilo de seda que Ariadna proporcionaría a Teseo,
para que éste lo desenredara mientras se adentraba hasta
el centro del laberinto donde habría de encontrar al Minotauro
y asesinarlo. Y así fue: Teseo se dirigió con sus compañeros
al laberinto y encabezó la hazaña enfrentando, por sí mismo,
a ese maléfico ser. Rincón tras rincón, vericueto tras vericueto
lo buscaba, mientras que el hilo se devanaba dibujando una
línea sin fin, hasta que se dio el terrible encuentro. El
triunfo fue del príncipe ateniense.
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Antes de
que el rey Minos se diera cuenta de lo que había sucedido,
los jóvenes zarparon y Ariadna también huyó con Teseo. Pero
el héroe pronto comprendería, a través de un sueño, que
era imposible continuar unidos de por vida, pues Ariadna
estaba destinada a Dionisios. Los jóvenes atenienses salvados
por Teseo continuaron el camino de regreso a su patria y
tal seguía siendo el júbilo ante la derrota del Minotauro
que al aproximarse a las costas griegas olvidaron sustituir
la vela negra, signo de luto por las víctimas, por la vela
blanca, señal del retorno victorioso de Teseo.
El rey Egeo
día tras día aguardaba desde la Acrópolis la llegada de
su hijo y al avizorar la nave con la vela negra, lleno de
dolor al pensar que había muerto se suicidó arrojándose
al mar, que después conoceríamos como mar Egeo.
La narración
mítica concluye aquí y nos comunica las hazañas de Teseo
frente a las adversidades de todo tipo de las que sale bien
librado y fortalecido, dueño de sí mismo. Sólo que en realidad
el laberinto, desde siempre, estaba grabado en el corazón
de todos los hombres.
En el curso
del tiempo el laberinto atraviesa la vida de pueblos y culturas
antiguas dotando de sentido confrontaciones y desplazamientos
de los seres humanos. China, Egipto, India, Mesopotamia
recurren a estas construcciones; el propio Virgilio confirma
su existencia al describir el camino que conduce a la Sibila
de Cumas.
El hombre
del medioevo solía plasmar en el piso de las catedrales
diseños laberínticos, como analogía del peregrinaje a Tierras
Santas que el creyente había de recorrer de rodillas y orando
para alcanzar el centro, que era nada menos que Jerusalem.
Y si recordamos el carácter ritual y secreto de las corporaciones
y cofradías de los constructores de esos años origen
de la masonería, podemos intuir su significado iniciático,
esto es la superación de obstáculos para acceder a la revelación
de aquello que por su carácter sagrado se preserva sigilosamente,
en cuyo caso nos encontramos más próximos al laberinto
de Salomón que al del héroe griego. La construcción
de Salomón nos confronta con la Gran Obra de los alquimistas,
donde el combate que se libra para acceder al centro, manifiesta
los procesos de purificación y realización espiritual del
hombre.
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| Moneda de oro de Cnosos |
No es casual
que el trazo arquitectónico de las ciudades medievales sea
laberíntico, hecho de caminos sinuosos dominados por el
centro de los poderes feudales y eclesiásticos, pues el
laberinto remite también a una suerte de fortaleza y de
defensa frente a cualquier forma de adversidad humana y
de mal espiritual, cuyo propósito es el de preservar el
espacio de lo sagrado. Tal es el caso, por ejemplo, de El
laberinto del mundo y el paraíso del corazón, una de
las creaciones literarias de juventud del pensador checo
del siglo XVII Juan Amós Comenio, donde el hombre, peregrino
en la tierra de acuerdo con la cosmovisión cristiana,
recorre ciudades y naciones, Reinos e Iglesias, oficios,
escuelas y universidades, observando los motivos de discordia,
de enemistad, de conflicto, de guerra entre hombres y mujeres,
entre pueblos y gobiernos, para, finalmente, recuperar,
en medio del desasosiego, del deterioro, del desengaño y
de la muerte, la unidad originaria que encuentra en lo más
profundo de sí mismo. Éste es el tesoro que custodian celosamente
los caminos laberínticos que conducen al centro.
El gusto
por los laberintos que persiste durante los siglos posteriores
expresa un uso ornamental: desde el Renacimiento se manifiesta,
y ya en el XVII, siglo barroco por excelencia, se perfecciona
en el cultivo de la naturaleza donde la arquitectura de
los parques y de los jardines modela arbustos para dar forma
a caminos laberínticos que, deleitados, recorren los paseantes.
Al paso
de los siglos, aparentemente, el laberinto continuó despojándose
de su carácter inicial y esta palabra devino sinónimo de
una situación complicada, enredada, para la que no se avizoran
salidas fáciles ni inmediatas, pero podríamos sorprendernos
al observar rastros que confirman la persistencia de su
contenido simbólico: las imágenes que suscita nos colocan
precisamente en el ámbito de las paradojas y los dilemas
propios de la vida, donde siempre está presente el sentido
de la aventura orientado hacia la indagación de salidas,
la búsqueda de sí mismo, el florecimiento de lo mejor que
está en cada uno de nosotros, la construcción de las propias
circunstancias y de las hazañas que hemos de experimentar.
Pudiéramos decir que todos conservamos algo de las aspiraciones
de los héroes griegos