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Correo del Maestro Núm.39,agosto 1999

El laberinto o la aventura de buscar la salida

María Esther Aguirre Lora
Pasífae contempla absorta al pequeño tauro

De la antigua Creta, situada en el centro del Mar Mediterráneo, cruce de caminos entre Europa, África y Asia, llegó hasta nuestros días una de las más sugerentes imágenes míticas, la del laberinto, cuyas historias de amor, de poder, de sufrimiento, de heroicidades a menudo hemos olvidado.

El laberinto sí existió. Se encontraba en el piso subterráneo de un palacio. Fue una de las edificaciones más fantásticas que Dédalo, uno de los famosos artesanos del mundo griego, hiciera en la ciudad de Cnosos, donde tenía su palacio el rey Minos: se trataba de una construcción sui generis que ocupaba una gran extensión de terreno llena de intrincados senderos que convergían y divergían, se entrecruzaban y sobreponían, bordeados de altísimas paredes, que hacían muy difícil, prácticamente imposible, orientarse para hallar el centro o bien retornar a la entrada. Eran las habitaciones destinadas al Minotauro, hijo de Pasífae, mujer del rey cretense.

Se dice que Minos imploraba a Poseidón una señal que hiciera patente a los cretenses el deseo de los dioses porque reinara entre ellos. Sus súplicas fueron escuchadas y, un día, de entre las olas del mar surgió un toro de una hermosura inaudita que Minos debería ofrecer en sacrificio a los dioses, pero el nuevo rey se resistió, se quedó con él y lo sustituyó por otro. Poseidón lo castigó haciendo que su esposa se enamorara locamente del toro y engendrara a ese terrible ser.

El Minotauro, mitad hombre y mitad toro, sólo se alimentaba con carne humana: cada año siete jovencitos y siete jovencitas de las ciudades que se encontraban bajo el dominio del rey de Creta debían ser sacrificados para saciar su hambre. Cuando llegó el turno al pueblo ateniense de alimentar al monstruo, el valiente Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas, se dispuso a vencerlo y partió a Creta acompañando a las víctimas, decidido a defenderlas de la muerte.

Apenas desembarcó en Creta, Ariadna, la joven hija del rey Minos, se enamoró de él y decidió apoyarlo en su empresa solicitando los consejos de Dédalo, quien conocía bien el plano del laberinto. El único recurso posible para encontrar la salida sería un carrete de hilo de seda que Ariadna proporcionaría a Teseo, para que éste lo desenredara mientras se adentraba hasta el centro del laberinto donde habría de encontrar al Minotauro y asesinarlo. Y así fue: Teseo se dirigió con sus compañeros al laberinto y encabezó la hazaña enfrentando, por sí mismo, a ese maléfico ser. Rincón tras rincón, vericueto tras vericueto lo buscaba, mientras que el hilo se devanaba dibujando una línea sin fin, hasta que se dio el terrible encuentro. El triunfo fue del príncipe ateniense.

Antes de que el rey Minos se diera cuenta de lo que había sucedido, los jóvenes zarparon y Ariadna también huyó con Teseo. Pero el héroe pronto comprendería, a través de un sueño, que era imposible continuar unidos de por vida, pues Ariadna estaba destinada a Dionisios. Los jóvenes atenienses salvados por Teseo continuaron el camino de regreso a su patria y tal seguía siendo el júbilo ante la derrota del Minotauro que al aproximarse a las costas griegas olvidaron sustituir la vela negra, signo de luto por las víctimas, por la vela blanca, señal del retorno victorioso de Teseo.

El rey Egeo día tras día aguardaba desde la Acrópolis la llegada de su hijo y al avizorar la nave con la vela negra, lleno de dolor al pensar que había muerto se suicidó arrojándose al mar, que después conoceríamos como mar Egeo.

La narración mítica concluye aquí y nos comunica las hazañas de Teseo frente a las adversidades de todo tipo de las que sale bien librado y fortalecido, dueño de sí mismo. Sólo que en realidad el laberinto, desde siempre, estaba grabado en el corazón de todos los hombres.

En el curso del tiempo el laberinto atraviesa la vida de pueblos y culturas antiguas dotando de sentido confrontaciones y desplazamientos de los seres humanos. China, Egipto, India, Mesopotamia recurren a estas construcciones; el propio Virgilio confirma su existencia al describir el camino que conduce a la Sibila de Cumas.

El hombre del medioevo solía plasmar en el piso de las catedrales diseños laberínticos, como analogía del peregrinaje a Tierras Santas que el creyente había de recorrer de rodillas y orando para alcanzar el centro, que era nada menos que Jerusalem. Y si recordamos el carácter ritual y secreto de las corporaciones y cofradías de los constructores de esos años —origen de la masonería—, podemos intuir su significado iniciático, esto es la superación de obstáculos para acceder a la revelación de aquello que por su carácter sagrado se preserva sigilosamente, en cuyo caso nos encontramos más próximos al laberinto de Salomón que al del héroe griego. La construcción de Salomón nos confronta con la Gran Obra de los alquimistas, donde el combate que se libra para acceder al centro, manifiesta los procesos de purificación y realización espiritual del hombre.

 

Moneda de oro de Cnosos

No es casual que el trazo arquitectónico de las ciudades medievales sea laberíntico, hecho de caminos sinuosos dominados por el centro de los poderes feudales y eclesiásticos, pues el laberinto remite también a una suerte de fortaleza y de defensa frente a cualquier forma de adversidad humana y de mal espiritual, cuyo propósito es el de preservar el espacio de lo sagrado. Tal es el caso, por ejemplo, de El laberinto del mundo y el paraíso del corazón, una de las creaciones literarias de juventud del pensador checo del siglo XVII Juan Amós Comenio, donde el hombre, peregrino en la tierra —de acuerdo con la cosmovisión cristiana—, recorre ciudades y naciones, Reinos e Iglesias, oficios, escuelas y universidades, observando los motivos de discordia, de enemistad, de conflicto, de guerra entre hombres y mujeres, entre pueblos y gobiernos, para, finalmente, recuperar, en medio del desasosiego, del deterioro, del desengaño y de la muerte, la unidad originaria que encuentra en lo más profundo de sí mismo. Éste es el tesoro que custodian celosamente los caminos laberínticos que conducen al centro.

El gusto por los laberintos que persiste durante los siglos posteriores expresa un uso ornamental: desde el Renacimiento se manifiesta, y ya en el XVII, siglo barroco por excelencia, se perfecciona en el cultivo de la naturaleza donde la arquitectura de los parques y de los jardines modela arbustos para dar forma a caminos laberínticos que, deleitados, recorren los paseantes.

Al paso de los siglos, aparentemente, el laberinto continuó despojándose de su carácter inicial y esta palabra devino sinónimo de una situación complicada, enredada, para la que no se avizoran salidas fáciles ni inmediatas, pero podríamos sorprendernos al observar rastros que confirman la persistencia de su contenido simbólico: las imágenes que suscita nos colocan precisamente en el ámbito de las paradojas y los dilemas propios de la vida, donde siempre está presente el sentido de la aventura orientado hacia la indagación de salidas, la búsqueda de sí mismo, el florecimiento de lo mejor que está en cada uno de nosotros, la construcción de las propias circunstancias y de las hazañas que hemos de experimentar. Pudiéramos decir que todos conservamos algo de las aspiraciones de los héroes griegos…

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