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Correo del Maestro Núm. 35, abril 1999

La importancia de la audición en el desarrollo escolar normal

Pedro Berruecos

En el momento actual existe una preocupación mucho mayor por los problemas del aprendizaje de la lectura y la escritura que la que se manifestaba en ambientes médicos o pedagógicos hasta hace pocos lustros. Entonces, estas alteraciones se menospreciaban o definitivamente se ignoraban. En esta época es cada vez más difícil encontrar a quien, verdaderamente teniendo interés en el desarrollo integral de los niños, pueda pensar que aquéllos que no marchan a ritmos adecuados de trabajo se consideren simplemente como "flojos", "retrasados" o "lentos". En muchas ocasiones el problema que enfrentan tiene como punto de partida una inadecuada función auditiva.

Es bien conocido que existen muchos factores que modifican la evolución de algunos niños, entre ellos destacan el bajo rendimiento intelectual, metodologías pedagógicas inadecuadas, trastornos emocionales, alteraciones orgánicas o funcionales del sistema nervioso central o fallas funcionales en los dos principales sistemas sensoriales: la vista y el oído.

La dislexia, considerada como la incapacidad para la adquisición o el aprendizaje de la lectura, no es tan frecuente como se cree. Este problema ha sido mal analizado a veces por exceso y a veces por defecto, pero puede afirmarse que si bien todo niño disléxico tiene problemas en el aprendizaje, de ninguna manera todos los niños con problemas en el aprendizaje son disléxicos. Por esta razón desde el punto de vista audiológico y foniátrico, antes de pensar en el síndrome disléxico es indispensable tener la certeza de que un niño que no aprenda a leer y a escribir normalmente no es portador de problemas de la audición o de la vista.

La audición es la función básica para la adquisición normal del lenguaje oral. La percepción auditiva, que implica el cuidadoso desciframiento de los estímulos que llegan desde el oído hasta la corteza cerebral, es igualmente una función prioritaria para el desarrollo normal de la apropiación de la lectura y la escritura. Por lo anterior, todas las instituciones escolares deberían implantar, como requisito indispensable para la admisión de un niño a sus aulas, un examen audiométrico, con la misma insistencia con la que se han venido solicitando exámenes de agudeza visual.

En muchos casos, las frecuentes infecciones de las vías aéreas superiores -fosas nasales, faringe, amígdalas y senos paranasales- se asocian a problemas inflamatorios del oído medio. Éstos, en su mayoría superficiales, son resueltos médicamente. Pero esto no sucede en algunos casos en los que esa resolución no es tan fácil ya que se puede tratar de problemas que afectan la porción nerviosa de la audición, en el oído interno. La dificultad superficial para captar estímulos auditivos no se identifica fácilmente ni en el hogar ni en la escuela, y a veces tampoco en los consultorios pediátricos, y afecta de manera constante el desarrollo escolar. Estos problemas son mucho más frecuentes de lo que cualquiera puede imaginar, por lo que tienen que convertirse en uno de los blancos específicos de los programas de identificación temprana de problemas auditivos. Debe recordarse que los problemas de audición medios o profundos son identificados fácilmente por los padres, por los maestros o por los pediatras. Esto no ocurre en el caso de los problemas superficiales que, a pesar de no ser cuantitativamente importantes, sí afectan gravemente el desarrollo psicoemocional y escolar de los niños.

Otra razón para realizar la evaluación auditiva en niños de edad escolar se relaciona con los problemas unilaterales de audición. En estos casos, la conducta es aparentemente normal a pesar de que la audición, parcial o gravemente disminuida en el oído afectado, repercute negativamente en el aprendizaje escolar. Quien en estas condiciones queda colocado en la parte posterior del aula, o en un lugar donde no puede recibir de manera directa la voz del maestro, está en desventaja absoluta con sus compañeros.

El aprendizaje depende más de la audición que de la vista

Es importante recalcar algo que a la mayoría de las personas le parece incongruente: la audición es más responsable del aprendizaje de la lectura y la escritura que la visión. Si bien la lectura requiere de una buena capacidad visual para que se adquiera normalmente, un niño que nace ciego puede aprender a leer y a escribir, hecho que logra por medio del sistema Braille. Esto sucede gracias a que esos niños, al tener una buena audición, no tuvieron problemas para desarrollar su lenguaje oral, el cual es la base para la adquisición del sistema constituido por la lectura y la escritura. Por el contrario, un niño que nace sordo y que por ello está imposibilitado para adquirir el lenguaje oral, a pesar de tener la máxima agudeza en la visión e inteligencia normal, no puede aprender a leer. Al estar limitado su desarrollo lingüístico oral, derivado de su incapacidad auditiva, tiene impedimentos para establecer las bases para la apropiación de la lectura y la escritura. Es por eso que no debemos olvidar que leer es pensar y escribir es pensar por escrito.

Es debido a lo anterior que los padres de familia, los pediatras, los otorrinolaringólogos y, particularmente en estos casos, los directivos de instituciones educativas, deben enfrentar la responsabilidad de no permitir que una falla auditiva no identificada o menospreciada se convierta en el punto de partida de importantes limitaciones en el desarrollo normal de los niños en edad escolar. Para ello deben acudir a instituciones que posean programas de evaluación de la audición que permitan identificar rápidamente los problemas auditivos. En el Instituto Mexicano de la Audición y el Lenguaje (IMAL) se cuenta con programas para la evaluación de la audición y para la identificación masiva, económica y rápida de problemas auditivos apropiados para aplicarse en instituciones educativas pequeñas, medianas o grandes. Tiene equipos audiométricos computarizados que facilitan la realización de estas pruebas, disminuyen el tiempo necesario para efectuarlas y permiten, a través de los resultados que se obtienen, la programación específica de las técnicas terapéuticas que en algunos casos pudieran necesitarse.

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