Cabeza
de Vaca*
Los ensayos que se publican a continuación se refieren
a momentos estelares en el cine mexicano. Por un lado, nuestro
cómico Mario Moreno "Cantinflas" y, por
el otro, el destacado papel del cineasta Echevarría
como puntero de una nueva época de nuestra cinematografía,
avalan intentos de perdurar en el séptimo arte. Hagamos
votos porque así sea. Un cine que ha dado páginas
brillantes con Fernando de Fuentes, Emilio Fernández,
Julio Bracho, Roberto Gavaldón y Luis Buñuel,
tiene la obligación de seguir destacando.
A Nicolás Echevarría creador del film.
A Lilia Cárdenas coproductora y entusista
colaboradora de la aventura cinematográfica.
Una noche
de octubre hace algunos años vi, en función privada, la
película mexicana coproducida por España Cabeza de Vaca,
que se refiere a las andanzas de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.
El film es muy valioso y está basado, en gran parte, en
el libro que el conquistador de imperial mansedumbre escribió
bajo el título Naufragios, pieza señera de aquellas
aventuras épicas. De Álvar Núñez se ha dicho que era un
Quijote adelantado, Quijote de presciencia y de temperamento
y un algo divinamente loco(cito a Majó Framis).
Convierte
a Cabeza de Vaca en una de las mejores películas
que se han hecho en estos años en México y Latinoamérica.
La fotografía de Guillermo Navarro está plena de aciertos.
Todo ello condimentado con una música austera y vivaz de
Mario Lavista. Una música a golpes de tambor en tanto el
personaje una suerte de Homero traza su gesta.
Todos los actores trabajan bien, pero sobresale Juan Diego
que, más que intérprete está como poseído por el personaje
de Cabeza de Vaca, figura sumida en doloroso trance espiritual.
Los personajes encarnados por Daniel Giménez, Roberto Sola
y Farnesio de Bernal dan cumplida medida de lo que fue la
hazaña.
Hay en esta
película, de más de 100 minutos de duración, un desgarrar
continuo de la conciencia. Una simbiosis entre el conquistador
y el conquistado. Una danza de intolerancias: la que llega
y la que está. Entre las cruces y los fetiches autóctonos.
No cabe duda que Echevarría ya estaba preparado para abordar
el tema del poseído Álvar y sus desventuras
por tierras de América del Norte. Entre sus trabajos anteriores,
en 1979 filmó Semana Santa entre los coras. Entre
las pócimas y los sahumerios de los chamanes Álvar descubre
otra cara de la piedad y él mismo tomado esclavo por
los indios y aprendiz de brujo accede a la magia bienhechora.
Conquista siendo conquistado con imperial mansedumbre.
Álvar Núñez
cree que tiene el misterio resuelto, pero al arribar a las
entonces inhóspitas tierras de la Florida, tras el naufragio
de los barcos que integraban la expedición comandada por
Pánfilo de Narváez, se encontrará con la otra punta teologal.
Iridiscente, la suma cristiana es omnipotente, pero cuando
se enfrenta a la magia tribal, de la cual el mismo Cabeza
de Vaca se convierte en gran chamán la duda
aflora. ¿A qué dios adorar? ¿A quién dirigir las oraciones?
¿O será todo lo mismo, pero a la inversa? Luego, como cronista
de la gesta, nos dirá algo de ese insólito problema espiritual.
Sevillano de dura madera, senequista sin saberlo, Álvar
Núñez Cabeza de Vaca es protagonista de una extraña y sin
par aventura en la que nuestro hombre recorre, en alucinante
experiencia, miles de kilómetros a lo largo de varios años;
de 1528 en plena conquista de la Nueva España
hasta 1536. De las tierras de la Florida hasta el lejano
Sinaloa en la ciudad en construcción San Miguel de
Culiacán. De océano a océano. Rica odisea llena de hallazgos,
tanto espirituales como materiales. Contribuye esta tremenda
caminata a enriquecer la tradición familiar desde que su
abuelo, Pedro de Vera, inicia su propia epopeya entre los
guanches, al colaborar en la conquista de las islas Canarias.
Dos libros
escribió Cabeza de Vaca. El primero, Naufragios,
data de 1542 y en él se hace la crónica de las venturas
y desventuras que de todo hubo de la expedición
de Narváez, en la cual nuestro personaje iba como tesorero.
Desdichada aventura en la que de 400 soldados solamente
sobrevivieron Cabeza de Vaca y otros tres españoles, que
vivieron más de 8 años entre las tribus indias norteamericanas.
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Cabeza de Vaca, de Nicolás
Echeverría,1990.
Fotografía Archivo IMCINE. |
El segundo
relato, titulado Comentarios, fue escrito en 1555
y en él el autor nos cuenta sus correrías y misiones en
América del Sur, su estadía como gobernador en La Asunción
(el actual Paraguay), una nueva misión, como jefe, en nombre
de la Corona, en la región del Río de la Plata (1541 a 1542)
hasta que un golpe de estado por envidias y
abusos que nunca se pudieron probar, lo depuso
y fue sustituido por Domingo Martínez de Irala (uno de los
fundadores de Buenos Aires), quien lo hizo prisionero y
lo envió a España. Deportado en 1545 a la Península, tras
unos años de encierro y destierro a África es perdonado
y rehabilitado por el Rey, quien lo nombra Juez en el Tribunal
de la Casa de Contratación de Sevilla; en tanto sus libros
son leídos y citados en toda España. Cabe señalar que en
sus épocas paraguayas glorias y desdichas contó
con un puntual cronista: Pedro Hernández.
La película
limita su desarrollo a la aventura norteamericana de Álvar
Núñez; quizás pudiera pensarse en una continuación, la aventura
lo amerita. En ella se narra la gesta de cuatro admirables
viajeros que desde Florida hasta la Sinaloa mexicana, atravesaron
lo que después se llamaría Mississippi, Arkansas, Nuevo
México, regiones de Chihuahua y Sonora y que, al decir del
cronista, no podían ofrecer cosa de valor, salvo unas esmeraldas,
ni cosa mejor que sus ilustres harapos. Pero lo que sí podían
regalar eran noticias de toda laya hasta fábulas recibidas
con asombro, codicia y cierta ironía por el virrey Don Antonio
de Mendoza y por el propio Hernán Cortés.
Los informes
que tocaban con el zafir del cielo iban mezclados
con observaciones sobre idiomas, costumbre y supersticiones
de los indios. Todo ello provenía de tres caballeros barbudos,
briosos, a los que fulgía la mirada; caballeros con pechos
abruptos y anchos eran Cabeza de Vaca, Dorante, Maldonado
y el negro (Estebanico). Y todos fueron acusados de tener
demasiada amistad con la gente india. Poco a
poco, enturbiaron la verdad con leyendas mágicas como las
siete ciudades de Cibola que hacían refulgir oro en
las pupilas de los poderosos y de algún modo originaron
la expedición desdichada de Vázquez de Coronado que terminó
en fracaso, tras penalidades sin cuento, aunque constituyó
un hito en la exploración de lo que sería Norteamérica.
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Cabeza de Vaca de Nicolás Echeverría,
1990.
Fotografía Archivo IMCINE. |
Volviendo
a Cabeza de Vaca, entre sus desventuras se cuenta la de
comer raíces de las plantas más amargas, habitual manjar,
y los frutos de cacto cuando huía del desierto y se acercaba
a los valles calientes y mientras tanto comer sabandijas
y hacer ensalmos y hechizos y revivir guerreros que parecían
muertos a guisa de habitual profesión y así, como un salvoconducto
providencial, ser celebrado por cualquier tribu de indios,
con la veneración debida a un pequeño dios y profeta, caído
del lecho de una nube el ser llamado hijo del Sol, cuando
era caballero andante de las miserias y hubiera dado su
vida del día siguiente por tener hoy un mendrugo de pan;
y el ser tenido por hechicero, para no morir del todo, él,
que se preciaba de tan limpio y viejo cristiano y era nieto
de Pedro de Vera, el que ganó a Canaria, e hijo de doña
Teresa Cabeza de Vaca, hidalga muy nombrada de Jerez de
la Frontera.
Desde hace
cuatro siglos Álvar Núñez Cabeza de Vaca descansa en una
pradera llena de búfalos, en tierras del Olimpo indio, protegido
por sus feroces amigos semínolas, avavares, mareames, dakotas,
cultaches, maliacones y anagados. Se dice, y el maravilloso
historiador R. Majó Framis da cuenta oportuna de ello, que
las huestes de Francisco Vázquez Coronado, que habían llegado
al Cañón del Colorado y visto maravillas sin cuento se toparon
con unos indios por esas lejanas veredas, quienes advirtieron
al oficial Rodrigo Maldonado que conducía siempre
con ellos, y en veneración, a cierto anciano, tan solemne
como un Abraham bíblico, aunque no barbado, en cuanto indio,
y del todo lampiño. Balbucía este hombre con su lengua cansada
de años; extendía las manos hacia adelante, cual el que
palpa y toca las aristas de las cosas; se apoyaba en un
nudoso cayado, como patriarca hebreo o como pastor de ganados.
Era ciego, pero antes tuvo vista. Y narró, en presencia
de Maldonado, algo de lo que había visto, años atrás:
Pasaron
por este país cuatro hombres blancos, como me dicen que
vosotros sois. Hacían oficio de hechiceros y curanderos.
Eran amigos de la luna, porque sus curaciones y ensalmos
más valían de noche que de día. Eran dulces y humildes.
Eran como dioses. Para este anciano, abatido de experiencias,
ni más ni menos que para un monje de Cristo, la humildad
era cercanía de divinidad...
Desde hace
cuatro siglos Cabeza de Vaca y sus compañeros descansan
en la memoria de esos indios adictos que lo amaban y que
no se cansaban de decir: Holgaban de quedar sin comer
por dárnoslo...
De tal estirpe
era el nieto de Pedro de Vera, el que ganó Canarias. Un
coro de ángeles indios vela su sueño eterno.
Don Mario y sus artistas españoles
Hace algunos
años nos dejó el gran mimo. Sus funerales fueron como debían
ser, una despedida de rey. Se le ha elogiado por todo y
por todos. Ha sido una partida con mezcla de lágrimas y
risas como él hubiera querido. Su filmografía abarca 49
títulos que se exhiben en cines, televisión y videocasetes.
Como toda buena creación, Cantiflas se apoderó de su autor,
y es el propio Mario quien nos lo ha contado, de una manera
muy gráfica, al referise al comportamiento de sus primeros
públicos: Si no estaban con usted podía recibir un
jitomatazo o el impacto de una botella con excrementos.
Es entonces cuando Cantinflas aprendió a caminar.
Salí una noche y repentinamente sentí el miedo en el escenario.
Quedé paralizado momentáneamente. Entonces Cantinflas
tomó mi lugar y empezó a hablar. Habló...Y frenéticamente,
enredadamente, sin sentido, tonterías, disparates, palabras
confusas, incoherentes. Cualquier cosa antes de demostrar
miedo. Dio resultado. Atolondrados por el sonido, perdido
el equilibrio y por la imposibilidad de entender lo que
se decía, los espectadores estaban silenciosos. Después
rieron.
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Mario Moreno "Cantinflas"
y Luis G. Barreiro de Así es mi tierra, 1937.
Fotografía Archivo IMCINE. |
Al aumentar
las olas de risa y llegar muy intensas al escenario, supe
que eso era para mí... Y así fue. Las carpas, teatros
portátiles que se instalaban en las zonas más pobres de
México D.F. de los años treinta eran en general, o representaban,
con mejor o peor fortuna, la protesta del pueblo contra
su miseria, contra los demagogos en turno que pretendían
engañarlos desde sus palcos del poder. Les respondían, como
embajadores de la miseria, esos cómicos de la lengua que,
en muchas ocasiones, cuando las bromas se volvían pullas
y escocían, iban a dar con sus huesos a la comisaría del
rumbo con amenazas poco veladas.
Los políticos
inteligentes y con sentido común, a falta de humor, los
dejaban actuar y creaban lo que, desde las ya lejanas épocas
de Cervantes, Shakespeare, Molière, eran desfogues para
las reclamaciones de la muchedumbre desheredada. Así pues,
las carpas fueron en el México de los treinta y cuarenta
la tribuna de las carencias. De ahí surgieron peticiones
de buena ley. Los artistas de esos teatros eran la oposición
a los abusos de los políticos y ellos deberían tener buen
olfato para no seguir con sus arbitrariedades.
El gran
cómico murió el 20 de abril de 1993. Su personaje Cantinflas
era el peladito de las barriadas humildes de
la capital; poseedor de una confusa verborrea llena de agudeza,
hizo las delicias no sólo de los públicos mexicanos, sino
de toda América hispanoparlante y de España. Chaplin lo
calificó como el mejor cómico del mundo. Diego
Rivera lo inmortalizó en un mural que ocupa toda la fachada
del Teatro de los Insurgentes. El tipo de Cantinflas un
espejo de lo que piensa el pueblo creó, incluso, el
verbo cantinflear indicativo de hablar mucho
y no decir nada según los académicos españoles, el adjetivo
cantinflesco y el sustantivo cantinflas.
La gracia endemoniada de Mario Moreno hacía hablar a las
capas más pobres y ponía sobre el tapete las carencias de
la mayoría. Así, la oea lo proclamó símbolo de paz
y alegría de las Américas.
La aparición
de Cantinflas a la fama casi coincidió con la llegada al
país de la emigración española republicana. En ese transplante
afortunado esos españoles, los refugiados como
se les llamaba, pronto se adaptaron y crearon escuela en
diversos oficios; desde los sofisticados de las ciencias
y las letras, a otro de no menor relevancia y pronto un
naciente Cantinflas que venía, trabajosamente, ascendiendo
desde las polvosas carpas iluminadas con desfallecientes
focos y decoraciones raídas, en lucha constante contra sus
públicos mal hablados y llenos de albures, desembocó
en el cine nacional donde dio sus primeros pasos con unos
cortometrajes hasta que Juan Bustillo Oro lo llevó a su
primer triunfo de buena ley con Ahí está el detalle
en 1940 y así, un año más tarde, el personaje de Cantinflas
tomaba el lugar de honor en las preferencias mexicanas con
dos películas que, desde entonces, se han estado proyectando
ininterrumpidamente; se trataba de El gendarme desconocido
(de Miguel M. Delgado) y Ni sangre ni arena (de Alejandro
Galindo).
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Fernando Fernán Gómez
y Mario Moreno "Cantinflas" en Don Quijote
Cabalga de nuevo, 1972.
Fotografía Archivo IMCINE. |
Por cierto,
con Miguel M. Delgado, Mario Moreno formaría una mancuerna
actor-director hasta el final de su vida, exceptuando sus
incursiones en Hollywood. Decíamos que, en esos años, hacía
su aparición la emigración española y entre esos seres que
atravesaban, derrotados y con incertidumbre, el océano,
se contaba con la presencia de un ramillete notable de artistas
y directores de cine. Con ellos se encontraría Mario Moreno
y ya no se separarían. Esa simbiosis constituyó un marco
espléndido de películas cómicas que al atravesar los mares
y presentarse en toda América y en España produjeron un
triunfo duradero.
Desde entonces,
toda su filmografía muestra un mosaico de actores españoles
que, junto con los mexicanos, colaboraron con el magistral
cómico que encarnaba el alma de la capital con sus alegrías
y sus nostalgias; una capital, entonces casi provinciana,
que se estaba volviendo macrópolis de proporciones espantables.
Entre esos
artistas españoles recordamos con especial cariño a Don
Carlos Martínez Baena, primer actor de la escena española
(¿recuerdan El Profe y El supersabio?), a
Ángel Garasa, con quien Cantinflas hizo Los tres mosqueteros,
Romeo y Julieta, A volar joven, El padrecito y Un
quijote sin mancha, entre otras. Cabe mencionar a Pitouto,
el actor de corta estatura que vino del cine mudo francés
para integrar la corte cantinflesca con pequeños
papeles de cuadro. En la lista recordamos a Roberto Corell
y hay otros más, que escapan a nuestra memoria. Años después,
cruzando el océano, se unió al impar Fernando Fernán Gómez
con quien, en 1972, realizó Don Quijote cabalga de nuevo.
Cuando llegó
a España, Mario Moreno fue recibido con los brazos abiertos;
Iberia veía y sentía a Cantinflas. Él lo expresó en una
entrevista que concedió a Natalia Figueroa: Tanto
en común, que en España hace muchos años que entendieron
a Cantinflas. Además de entenderme, me sienten, que es mucho
más importante. Y yo siento a España. México ha acogido
a los españoles que llegaron y se quedaron y son ya parte
de nosotros y aquí tendrán siempre nuestro cariño y nuestra
generosidad. Y yo, cuando piso España, estoy pisando mi
casa.
Así pues,
el Cantinflas que conoció las penurias, las estrecheces,
en escenarios improvisados ante públicos bravos y
decidores conoció la aprobación de sus películas en
las pantallas españolas que lo tuvieron siempre entre sus
favoritos y que lo siguen queriendo pese a que, desde 1981
hay muchos años de ausencia del mimo.
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Mario Moreno "Cantinflas"
y Manuel Medel en Así es mi tierra, 1937.
Fotografía Archivo IMCINE. |
El binomio
Mario Moreno-Cantinflas es ya algo indisoluble. El cine
ha hecho que Cantinflas, como el Cid, siga dando batallas.
Y lo seguirá haciendo por muchos años más. La mayor parte
de sus tramas, ingenuas, siguen encantando al público de
habla hispana. Su inconfundible figura seguirá proyectándose
en cine y televisión y con él irán unidas las actuaciones
de actores que, despojados de sus escenarios españoles,
recobraron su personalidad y éxito con un artista excepcional
que los cobijó fraternalmente; un peladito mexicano
que tendió, a través de su fama, un invisible pero real
puente entre México y España.
Tenemos
que lamentar, por último, que no fructificara una idea del
director Bolaños en el sentido de reunir a Cantinflas con
Medel en un film que se hubiera titulado La carpa
y para el cual se habían seleccionado una serie de guiones
(sketches) en donde dominaba la frescura de esa cercana
lejanía. Hubiera sido un final de oro para dos cómicos que
surgieron de esos teatros portátiles y que, de alguna manera,
representaban al pueblo capitalino y su mosaico de carencias.
Como último
consejo, transcribimos lo que Cantinflas, heredero por vía
directa de Max Linder, Chaplin y Keaton, nos dejó como advertencia:
Hay que reir siempre. La risa no puede morir.
Tenía razón, es el mejor antídoto de un mundo lleno, cada
día más, de lágrimas.
Cabeza de Vaca, de Nicolás Echevarría,1990.
Fotografía Archivo IMCINE.
Cabeza de Vaca de Nicolás Echevarría, 1990.
Apuntes para el cine nuestro de cada día
Fotografía Archivo IMCINE.
Mario Moreno Cantinflas y Luis G. Barreiro en
Así es mi tierra, 1937.
Fotografía Archivo IMCINE.
Fernando Fernán Gómez y Mario Moreno Cantinflas
en Don Quijote Cabalga de nuevo, 1972.
Fotografía Archivo IMCINE.
Mario Moreno Cantinflas y Manuel Medel en Así
es mi tierra, 1937.
Apuntes para el cine nuestro
de cada día