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Correo del Maestro Núm. 37, junio 1999

Apuntes para el cine nuestro de cada día

Adolfo Hernández Muñoz

Cabeza de Vaca*

Los ensayos que se publican a continuación se refieren a momentos estelares en el cine mexicano. Por un lado, nuestro cómico Mario Moreno "Cantinflas" y, por el otro, el destacado papel del cineasta Echevarría como puntero de una nueva época de nuestra cinematografía, avalan intentos de perdurar en el séptimo arte. Hagamos votos porque así sea. Un cine que ha dado páginas brillantes con Fernando de Fuentes, Emilio Fernández, Julio Bracho, Roberto Gavaldón y Luis Buñuel, tiene la obligación de seguir destacando.

A Nicolás Echevarría creador del film.
A Lilia Cárdenas coproductora y entusista
colaboradora de la aventura cinematográfica.

Una noche de octubre hace algunos años vi, en función privada, la película mexicana coproducida por España Cabeza de Vaca, que se refiere a las andanzas de Álvar Núñez Cabeza de Vaca. El film es muy valioso y está basado, en gran parte, en el libro que el conquistador de imperial mansedumbre escribió bajo el título Naufragios, pieza señera de aquellas aventuras épicas. De Álvar Núñez se ha dicho que era un “Quijote adelantado, Quijote de presciencia y de temperamento y un algo divinamente loco”(cito a Majó Framis).

Convierte a Cabeza de Vaca en una de las mejores películas que se han hecho en estos años en México y Latinoamérica. La fotografía de Guillermo Navarro está plena de aciertos. Todo ello condimentado con una música austera y vivaz de Mario Lavista. Una música a golpes de tambor en tanto el personaje —una suerte de Homero— traza su gesta. Todos los actores trabajan bien, pero sobresale Juan Diego que, más que intérprete está como poseído por el personaje de Cabeza de Vaca, figura sumida en doloroso trance espiritual. Los personajes encarnados por Daniel Giménez, Roberto Sola y Farnesio de Bernal dan cumplida medida de lo que fue la hazaña.

Hay en esta película, de más de 100 minutos de duración, un desgarrar continuo de la conciencia. Una simbiosis entre el conquistador y el conquistado. Una danza de intolerancias: la que llega y la que está. Entre las cruces y los fetiches autóctonos. No cabe duda que Echevarría ya estaba preparado para abordar el tema del “poseído Álvar” y sus desventuras por tierras de América del Norte. Entre sus trabajos anteriores, en 1979 filmó Semana Santa entre los coras. Entre las pócimas y los sahumerios de los chamanes Álvar descubre otra cara de la piedad y él mismo —tomado esclavo por los indios y aprendiz de brujo— accede a la magia bienhechora. Conquista siendo conquistado con “imperial mansedumbre”.

Álvar Núñez cree que tiene el misterio resuelto, pero al arribar a las entonces inhóspitas tierras de la Florida, tras el naufragio de los barcos que integraban la expedición comandada por Pánfilo de Narváez, se encontrará con la otra punta teologal. Iridiscente, la suma cristiana es omnipotente, pero cuando se enfrenta a la magia tribal, de la cual el mismo Cabeza de Vaca se convierte en “gran chamán” la duda aflora. ¿A qué dios adorar? ¿A quién dirigir las oraciones? ¿O será todo lo mismo, pero a la inversa? Luego, como cronista de la gesta, nos dirá algo de ese insólito problema espiritual. Sevillano de dura madera, senequista sin saberlo, Álvar Núñez Cabeza de Vaca es protagonista de una extraña y sin par aventura en la que nuestro hombre recorre, en alucinante experiencia, miles de kilómetros a lo largo de varios años; de 1528 —en plena conquista de la Nueva España— hasta 1536. De las tierras de la Florida hasta el lejano Sinaloa —en la ciudad en construcción San Miguel de Culiacán. De océano a océano. Rica odisea llena de hallazgos, tanto espirituales como materiales. Contribuye esta tremenda caminata a enriquecer la tradición familiar desde que su abuelo, Pedro de Vera, inicia su propia epopeya entre los guanches, al colaborar en la conquista de las islas Canarias.

Dos libros escribió Cabeza de Vaca. El primero, Naufragios, data de 1542 y en él se hace la crónica de las venturas y desventuras —que de todo hubo— de la expedición de Narváez, en la cual nuestro personaje iba como tesorero. Desdichada aventura en la que de 400 soldados solamente sobrevivieron Cabeza de Vaca y otros tres españoles, que vivieron más de 8 años entre las tribus indias norteamericanas.

Cabeza de Vaca, de Nicolás Echeverría,1990.
Fotografía Archivo IMCINE.

El segundo relato, titulado Comentarios, fue escrito en 1555 y en él el autor nos cuenta sus correrías y misiones en América del Sur, su estadía como gobernador en La Asunción (el actual Paraguay), una nueva misión, como jefe, en nombre de la Corona, en la región del Río de la Plata (1541 a 1542) hasta que un “golpe de estado” por envidias y “abusos” que nunca se pudieron probar, lo depuso y fue sustituido por Domingo Martínez de Irala (uno de los fundadores de Buenos Aires), quien lo hizo prisionero y lo envió a España. Deportado en 1545 a la Península, tras unos años de encierro y destierro a África es perdonado y rehabilitado por el Rey, quien lo nombra Juez en el Tribunal de la Casa de Contratación de Sevilla; en tanto sus libros son leídos y citados en toda España. Cabe señalar que en sus épocas paraguayas —glorias y desdichas— contó con un puntual cronista: Pedro Hernández.

La película limita su desarrollo a la aventura norteamericana de Álvar Núñez; quizás pudiera pensarse en una continuación, la aventura lo amerita. En ella se narra la gesta de cuatro admirables viajeros que desde Florida hasta la Sinaloa mexicana, atravesaron lo que después se llamaría Mississippi, Arkansas, Nuevo México, regiones de Chihuahua y Sonora y que, al decir del cronista, no podían ofrecer cosa de valor, salvo unas esmeraldas, ni cosa mejor que sus ilustres harapos. Pero lo que sí podían regalar eran noticias de toda laya hasta fábulas —recibidas con asombro, codicia y cierta ironía por el virrey Don Antonio de Mendoza y por el propio Hernán Cortés.

 

Los informes “que tocaban con el zafir del cielo iban mezclados con observaciones sobre idiomas, costumbre y supersticiones de los indios. Todo ello provenía de tres caballeros barbudos, briosos, a los que fulgía la mirada; caballeros con pechos abruptos y anchos” eran Cabeza de Vaca, Dorante, Maldonado y el negro (Estebanico). Y todos fueron acusados de tener “demasiada amistad con la gente india“. Poco a poco, enturbiaron la verdad con leyendas mágicas como “las siete ciudades de Cibola” que hacían refulgir oro en las pupilas de los poderosos y de algún modo originaron la expedición desdichada de Vázquez de Coronado que terminó en fracaso, tras penalidades sin cuento, aunque constituyó un hito en la exploración de lo que sería Norteamérica.

Cabeza de Vaca de Nicolás Echeverría, 1990.
Fotografía Archivo IMCINE.

Volviendo a Cabeza de Vaca, entre sus desventuras se cuenta la de comer raíces de las plantas más amargas, habitual manjar, y los frutos de cacto cuando huía del desierto y se acercaba a los valles calientes y mientras tanto comer sabandijas y hacer ensalmos y hechizos y revivir guerreros que parecían muertos a guisa de habitual profesión y así, como un salvoconducto providencial, ser celebrado por cualquier tribu de indios, con la veneración debida a un pequeño dios y profeta, caído del lecho de una nube el ser llamado hijo del Sol, cuando era caballero andante de las miserias y hubiera dado su vida del día siguiente por tener hoy un mendrugo de pan; y el ser tenido por hechicero, para no morir del todo, él, que se preciaba de tan limpio y viejo cristiano y era “nieto de Pedro de Vera, el que ganó a Canaria, e hijo de doña Teresa Cabeza de Vaca, hidalga muy nombrada de Jerez de la Frontera”.

Desde hace cuatro siglos Álvar Núñez Cabeza de Vaca descansa en una pradera llena de búfalos, en tierras del Olimpo indio, protegido por sus feroces amigos semínolas, avavares, mareames, dakotas, cultaches, maliacones y anagados. Se dice, y el maravilloso historiador R. Majó Framis da cuenta oportuna de ello, que las huestes de Francisco Vázquez Coronado, que habían llegado al Cañón del Colorado y visto maravillas sin cuento se toparon con unos indios por esas lejanas veredas, quienes advirtieron al oficial Rodrigo Maldonado —que conducía siempre con ellos, y en veneración, a cierto anciano, tan solemne como un Abraham bíblico, aunque no barbado, en cuanto indio, y del todo lampiño. Balbucía este hombre con su lengua cansada de años; extendía las manos hacia adelante, cual el que palpa y toca las aristas de las cosas; se apoyaba en un nudoso cayado, como patriarca hebreo o como pastor de ganados. Era ciego, pero antes tuvo vista. Y narró, en presencia de Maldonado, algo de lo que había visto, años atrás:

Pasaron por este país cuatro hombres blancos, como me dicen que vosotros sois. Hacían oficio de hechiceros y curanderos. Eran amigos de la luna, porque sus curaciones y ensalmos más valían de noche que de día. Eran dulces y humildes. Eran como dioses. Para este anciano, abatido de experiencias, ni más ni menos que para un monje de Cristo, la humildad era cercanía de divinidad...”

Desde hace cuatro siglos Cabeza de Vaca y sus compañeros descansan en la memoria de esos indios adictos que lo amaban y que no se cansaban de decir: “Holgaban de quedar sin comer por dárnoslo...”

De tal estirpe era el nieto de Pedro de Vera, el que ganó Canarias. Un coro de ángeles indios vela su sueño eterno.

Don Mario y sus artistas españoles

Hace algunos años nos dejó el gran mimo. Sus funerales fueron como debían ser, una despedida de rey. Se le ha elogiado por todo y por todos. Ha sido una partida con mezcla de lágrimas y risas como él hubiera querido. Su filmografía abarca 49 títulos que se exhiben en cines, televisión y videocasetes. Como toda buena creación, Cantiflas se apoderó de su autor, y es el propio Mario quien nos lo ha contado, de una manera muy gráfica, al referise al comportamiento de sus primeros públicos: “Si no estaban con usted podía recibir un jitomatazo o el impacto de una botella con excrementos. Es entonces cuando ’Cantinflas’ aprendió a caminar. Salí una noche y repentinamente sentí el miedo en el escenario. Quedé paralizado momentáneamente. Entonces ’Cantinflas’ tomó mi lugar y empezó a hablar. Habló...Y frenéticamente, enredadamente, sin sentido, tonterías, disparates, palabras confusas, incoherentes. Cualquier cosa antes de demostrar miedo. Dio resultado. Atolondrados por el sonido, perdido el equilibrio y por la imposibilidad de entender lo que se decía, los espectadores estaban silenciosos. Después rieron.

Mario Moreno "Cantinflas" y Luis G. Barreiro de Así es mi tierra, 1937.
Fotografía Archivo IMCINE.

Al aumentar las olas de risa y llegar muy intensas al escenario, supe que eso era para mí...” Y así fue. Las carpas, teatros portátiles que se instalaban en las zonas más pobres de México D.F. de los años treinta eran en general, o representaban, con mejor o peor fortuna, la protesta del pueblo contra su miseria, contra los demagogos en turno que pretendían engañarlos desde sus palcos del poder. Les respondían, como embajadores de la miseria, esos cómicos de la lengua que, en muchas ocasiones, cuando las bromas se volvían pullas y escocían, iban a dar con sus huesos a la comisaría del rumbo con amenazas poco veladas.

Los políticos inteligentes y con sentido común, a falta de humor, los dejaban actuar y creaban lo que, desde las ya lejanas épocas de Cervantes, Shakespeare, Molière, eran desfogues para las reclamaciones de la muchedumbre desheredada. Así pues, las carpas fueron en el México de los treinta y cuarenta la tribuna de las carencias. De ahí surgieron peticiones de buena ley. Los artistas de esos teatros eran la oposición a los abusos de los políticos y ellos deberían tener buen olfato para no seguir con sus arbitrariedades.

El gran cómico murió el 20 de abril de 1993. Su personaje “Cantinflas” era el “peladito” de las barriadas humildes de la capital; poseedor de una confusa verborrea llena de agudeza, hizo las delicias no sólo de los públicos mexicanos, sino de toda América hispanoparlante y de España. Chaplin lo calificó como “el mejor cómico del mundo”. Diego Rivera lo inmortalizó en un mural que ocupa toda la fachada del Teatro de los Insurgentes. El tipo de Cantinflas “un espejo de lo que piensa el pueblo” creó, incluso, el verbo “cantinflear” indicativo de hablar mucho y no decir nada según los académicos españoles, el adjetivo “cantinflesco” y el sustantivo “cantinflas”. La gracia endemoniada de Mario Moreno hacía hablar a las capas más pobres y ponía sobre el tapete las carencias de la mayoría. Así, la oea lo proclamó “símbolo de paz y alegría de las Américas”.

La aparición de Cantinflas a la fama casi coincidió con la llegada al país de la emigración española republicana. En ese transplante afortunado esos españoles, “los refugiados” como se les llamaba, pronto se adaptaron y crearon escuela en diversos oficios; desde los sofisticados de las ciencias y las letras, a otro de no menor relevancia y pronto un naciente Cantinflas que venía, trabajosamente, ascendiendo desde las polvosas carpas iluminadas con desfallecientes focos y decoraciones raídas, en lucha constante contra sus públicos mal hablados y llenos de “albures”, desembocó en el cine nacional donde dio sus primeros pasos con unos cortometrajes hasta que Juan Bustillo Oro lo llevó a su primer triunfo de buena ley con Ahí está el detalle en 1940 y así, un año más tarde, el personaje de Cantinflas tomaba el lugar de honor en las preferencias mexicanas con dos películas que, desde entonces, se han estado proyectando ininterrumpidamente; se trataba de El gendarme desconocido (de Miguel M. Delgado) y Ni sangre ni arena (de Alejandro Galindo).

Fernando Fernán Gómez y Mario Moreno "Cantinflas" en Don Quijote Cabalga de nuevo, 1972.
Fotografía Archivo IMCINE.

Por cierto, con Miguel M. Delgado, Mario Moreno formaría una mancuerna actor-director hasta el final de su vida, exceptuando sus incursiones en Hollywood. Decíamos que, en esos años, hacía su aparición la emigración española y entre esos seres que atravesaban, derrotados y con incertidumbre, el océano, se contaba con la presencia de un ramillete notable de artistas y directores de cine. Con ellos se encontraría Mario Moreno y ya no se separarían. Esa simbiosis constituyó un marco espléndido de películas cómicas que al atravesar los mares y presentarse en toda América y en España produjeron un triunfo duradero.

Desde entonces, toda su filmografía muestra un mosaico de actores españoles que, junto con los mexicanos, colaboraron con el magistral cómico que encarnaba el alma de la capital con sus alegrías y sus nostalgias; una capital, entonces casi provinciana, que se estaba volviendo macrópolis de proporciones espantables.

Entre esos artistas españoles recordamos con especial cariño a Don Carlos Martínez Baena, primer actor de la escena española (¿recuerdan El Profe y El supersabio?), a Ángel Garasa, con quien Cantinflas hizo Los tres mosqueteros, Romeo y Julieta, A volar joven, El padrecito y Un quijote sin mancha, entre otras. Cabe mencionar a Pitouto, el actor de corta estatura que vino del cine mudo francés para integrar la “corte cantinflesca” con pequeños papeles de cuadro. En la lista recordamos a Roberto Corell y hay otros más, que escapan a nuestra memoria. Años después, cruzando el océano, se unió al impar Fernando Fernán Gómez con quien, en 1972, realizó Don Quijote cabalga de nuevo.

Cuando llegó a España, Mario Moreno fue recibido con los brazos abiertos; Iberia veía y sentía a Cantinflas. Él lo expresó en una entrevista que concedió a Natalia Figueroa: “Tanto en común, que en España hace muchos años que entendieron a Cantinflas. Además de entenderme, me sienten, que es mucho más importante. Y yo siento a España. México ha acogido a los españoles que llegaron y se quedaron y son ya parte de nosotros y aquí tendrán siempre nuestro cariño y nuestra generosidad. Y yo, cuando piso España, estoy pisando mi casa.”

Así pues, el Cantinflas que conoció las penurias, las estrecheces, en escenarios improvisados ante públicos “bravos y decidores” conoció la aprobación de sus películas en las pantallas españolas que lo tuvieron siempre entre sus favoritos y que lo siguen queriendo pese a que, desde 1981 hay muchos años de ausencia del mimo.

 

Mario Moreno "Cantinflas" y Manuel Medel en Así es mi tierra, 1937.
Fotografía Archivo IMCINE.

El binomio Mario Moreno-Cantinflas es ya algo indisoluble. El cine ha hecho que Cantinflas, como el Cid, siga dando batallas. Y lo seguirá haciendo por muchos años más. La mayor parte de sus tramas, ingenuas, siguen encantando al público de habla hispana. Su inconfundible figura seguirá proyectándose en cine y televisión y con él irán unidas las actuaciones de actores que, despojados de sus escenarios españoles, recobraron su personalidad y éxito con un artista excepcional que los cobijó fraternalmente; un “peladito” mexicano que tendió, a través de su fama, un invisible pero real puente entre México y España.

Tenemos que lamentar, por último, que no fructificara una idea del director Bolaños en el sentido de reunir a Cantinflas con Medel en un film que se hubiera titulado La carpa y para el cual se habían seleccionado una serie de guiones (sketches) en donde dominaba la frescura de esa cercana lejanía. Hubiera sido un final de oro para dos cómicos que surgieron de esos teatros portátiles y que, de alguna manera, representaban al pueblo capitalino y su mosaico de carencias.

Como último consejo, transcribimos lo que Cantinflas, heredero por vía directa de Max Linder, Chaplin y Keaton, nos dejó como advertencia: “Hay que reir siempre. La risa no puede morir”. Tenía razón, es el mejor antídoto de un mundo lleno, cada día más, de lágrimas.

Cabeza de Vaca, de Nicolás Echevarría,1990.
Fotografía Archivo IMCINE.
Cabeza de Vaca de Nicolás Echevarría, 1990.
Apuntes para el cine nuestro de cada día
Fotografía Archivo IMCINE.
Mario Moreno “Cantinflas” y Luis G. Barreiro en Así es mi tierra, 1937.
Fotografía Archivo IMCINE.
Fernando Fernán Gómez y Mario Moreno “Cantinflas” en Don Quijote Cabalga de nuevo, 1972.
Fotografía Archivo IMCINE.
Mario Moreno “Cantinflas” y Manuel Medel en Así es mi tierra, 1937.

Apuntes para el cine nuestro de cada día

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