Las Misiones
Pedagógicas, incluso para los que colaboramos con sus equipos
divulgadores, se han convertido, sin quererlo nadie, en
algo así como una leyenda.
Los
que tuvimos la suerte de trabajar en las mismas a las órdenes
de uno de los valores más sólidos y responsables que ha
tenido España, Manuel B. Cossío (aunque quien frenase todos
nuestros ímpetus juveniles fuera esa gran persona llamada
Luis Santullano, que en su exilio de México como alguna
vez me contó en carta inolvidable tuvo que volver
a la heroica tarea de las traducciones), sabemos que a la
hora de la investigación lo que menos importa
es que los misioneros fueran, por encima de todo, divertidos,
puesto que para divertir a auditorios tan improvisados como
rurales es para lo que el Patronato de Misiones contaba
con nuestros jóvenes años. Sin embargo, su presidente, hombre
cultísimo, sabía muy bien que la cultura o divierte o acartonpiedra...
Una de las causas del alejamiento cultural de las gentes
la tienen los pedagogos pelmas, los intelectuales aburridos,
toda esa enorme legión pedantona que cuando invita a los
legos a dejar de serlo no tienen en cuenta que el salto
siempre heroico de la ignorancia a la cultura o se hace
para sentirnos resucitados por su gracia indiscutible o
no merece la pena... Pero...
El teatro
De las tres
secciones de que se componía la entidad pedagógica itinerante,
la del teatro dirigida por Alejandro Casona
era eminentemente divertida por su propia naturaleza. El
teatro por los años treinta no había caído aún en el error
de creer que con ayuda de decorados y figurines brillantes
podía convocar a las gentes para que se aburrieran mortalmente,
y el tinglado con el que nuestras Misiones reunía a los
espectadores populares que José Valdelomar eternizó en su
entrega impagable, tenía muy en cuenta la obsesión cossiesca,
porque los textos seleccionados divertían sobre todas las
cosas, y porque los intérpretes de los mismos, pertenecientes
a una juventud incapaz de creer que ser joven era parecerse
a las tumbas funerarias, derrochaban amenidad. En un momento
en que el teatro español, por razones que aquí no vamos
a considerar, se moría de redichez y barato profesionalismo
con todas las excepciones que los nostálgicos quieran
Federico García Lorca con su Barraca por un
lado y Alejandro Casona con su Teatro de Misiones
por otro, se preocuparon de cómo es posible que la investigación
no descubra las causas por las que un público sin intoxicar
no se familiarizase con las ideas, en lo que las mismas
tienen siempre de auroras más que de monserga. Aquellos
estudiantes entusiastas por otra parte, que todavía no habían
terminado sus carreras y que, por consiguiente, aún no estaban
encaminados, tenían buen cuidado de que sus espectadores
se encaminasen a lo mejor sin casi sentirlo, y en este sentido
puedo jurar que lo conseguían gracias a lo que su trabajo
tuvo de entusiasmo y de generosidad. Los actores no daban
su vida para que la vida de sus personajes reflejaran conductas
poco meritorias, sino para que sus interpretaciones pusieran
de manifiesto lo que la vida tiene siempre, por encima de
los mil conformismos, de aventura y riqueza. En los tabladillos
misionales los estudiantes que soñaban con una España transformada
y más viva no podían hacer el juego, como los malos actores
profesionales, a esas clases españolas empeñadas en discutir
los problemas alrededor de una camilla o sentados apaciblemente
en un tresillo, confundiendo acción y comentario, entusiasmo
creativo con acción resignada. Estos grupos estudiantiles,
por otra parte, no se parecían en nada a esos teatros de
ensayo que pedantizan las ideas y las fábulas, desproveyéndolas
del suficiente atractivo. Las representaciones teatrales
prolongaban una convivencia, un sentido de la solidaridad,
una camaradería, que sin necesidad de prólogos insufribles
(como tantos con los que hoy día nos abruman quienes hacen
de la representación teatral algo muy parecido a un velatorio
más o menos barroco) trascendía del tablado para regocijo
e interés de gentes de pueblo, encantadas, arrastradas por
sugestivas ideas teatrales. En el principio de la acción
escénica, convertido antes que nada en divertimiento, estaba
el encanto, un arrebato particular, lo que ya no solía disfrutarse
en los tablados comerciales, vueltos de espalda a la primera
obligación de la escena: congregar a los seres humanos para
desconocerse y ser un poco más. En el Teatro de Misiones,
y gracias sobre todo a una interpretación desenfadada, poco
veterana, viva, las huestes de Alejandro Casona sembraban
en las plazas de España una inquietud, a la que el teatro
sólo renuncia cuando está muerto: pensar con todos los que
nos acompañan en aquello que somos y no somos... Aunque
los misioneros de las otras secciones, puesto que nobleza
obliga, mirábamos por encima del hombro a semejantes titiriteros,
no cabe la menor duda que porque lo eran, porque daban a
su representación un sentido tan compatible como mágico,
sus representaciones tenían algo de cantos populares; y
su trabajo, el matiz extraordinario que siempre tienen los
cómicos cuando interpretan con toda su vida con todo
su oficio el personaje o personajes que les toca representar.
Eso que en la profesión teatral se llama saltar la
batería, en las representaciones del teatrillo misionero
se producía automáticamente, y no por las tablas
por las odiosas tablas de quienes no eran actores
profesionales... El teatro elevaba la talla de quienes en
su caja de resonancia o en su tinglado construido a base
de cultura no perdían el tiempo entreteniéndose con una
serie de fábulas que les permitían confiar, crecer.
El Museo
del Pueblo
El Museo
de Misiones o Museo del Pueblo era un conjunto
de copias de Berruguete, Sánchez Coello, Ribera, Zubarán,
El Greco, Murillo, Velázquez y Goya que exponíamos en pueblos
pequeños, como Toro (Zamora) o el cordobés Fuenteovejuna,
y otros más importantes. Con el Museo llegábamos los viernes,
en camiones alquilados, a los lugares elegidos por el Patronato,
y, una vez montada nuestra pinacoteca en locales a propósito
para llevar a cabo la labor pretendida, intentábamos que
nuestra audiencia reconociera con nosotros, y a través de
las obras de ocho geniales pintores, lo conseguido a lo
largo del tiempo en el terreno de lo expresivo. Nuestra
semana de predicación artística no era nunca un alarde de
sabihondez inconveniente, sino un afán de familiarizar a
un público popular, aunque no rural en el caso del Museo,
con ese entendimiento de la vida y el hombre que la gran
pintura supone. Nuestras charlas a lo largo de la semana
no consistían en peroratas pluscuanfrondosas alrededor de
lo que tanto se ha escrito en ese mundo siempre discutible
de la historia y la crítica de arte, sino en introducciones
cordiales y entusiastas que, ante realidades pictóricas
hipervalorizadas, consiguieran que quienes nos escuchaban
comprendiesen que la pintura sirve para otra cosa que para
evitar el vacío de los muros. En este Museo del Pueblo tuve
la suerte de consolidar amistades extraordinarias con Luis
Cernuda, con Rafael Dieste y con Ramón Gaya, entre otros
(de Antonio Sánchez Barbudo, pilar misionero, ya era muy
amigo). Los misioneros, durante los dos primeros días, procurábamos
que nuestro público se diera cuenta de que la cultura, aparte
de una disciplina, puede ser una fiesta, y ni que decir
que una vez familiarizados nuestros oyentes con lo que los
mundos de Berruguete, Sánchez Coello, Ribera y Zurbarán
nos inspiraban todo era más fácil cuando de lo que se trataba
era del realismo milagroso del Greco, del tierno aunque
no ternurista de Murillo y del todavía no demasiado comprendido
por la gente culta, pese a todo lo que sobre él se ha escrito,
Diego Velázquez de Silva. Los misioneros procurábamos que
la pintura no fuese una realidad mítica, sino el camino
fecundo para ponernos en contacto con lo superior, con el
fin de rectificar lo mediocre. Entre nosotros, que dedicábamos
muchas horas a considerar cómo tenían que ser nuestras actuaciones,
predominaba la idea de que la cultura, cuando no fecunda
y mejora, pedantonea al más pintado, por lo que en nuestras
actuaciones ante las obras maestras, lo mismo que en charlas
complementarias con ayuda de diapositivas, que a veces dábamos
con aclaración y regalo, intentábamos que el entendimiento
de lo artístico no quedase reducido a un conjunto de noticias
y datos, sino que fuera algo así como una convivencia con
lo pleno y lo bello, realizado de la manera más natural
posible.
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Don Mauel Batolomé Cossio
(1857-1935).Bustarviejo |
Todos éramos
discípulos o amigos, como a él le gustaba
decir del presidente del Patronato, naturalmente.
Y al señor Cossío, cuando regresábamos de nuestros
viajes, no íbamos a pretender deslumbrarlo con sabiduría
y conocimientos librescos, sino con resultados que nos proporcionaba:
primero, la atención de las gentes, dispuestas a no comportarse
como los snobs de la hora, sino como seres humanos deseosos
de sacar algún partido de lo expuesto por los misioneros,
y segundo,la sorpresa de nuestros oyentes cuando se convencían
a lo largo de un número de charlas de que para lo que se
debe visitar un Museo no es tanto para saber de pintura,
sino para entender, gracias a la pintura y a su esfuerzo
expresivo, cómo se reside en la Tierra con cierto afán de
plenitud.
Los encargados
del Museo de las Misiones Pedagógicas procurábamos demostrar
a nuestros oyentes que éramos más felices cuando mediante
la pintura nos centrábamos en la vida que ciertos sabelotodo
atiborrados de fichas y precisiones, nada despreciables
por otro lado. El pueblo español, ante maneras de ser y
entender la vida y el hombre tan diferentes como las de
los ocho pintores expuestos, conocían por primera vez en
la mayoría de los casos sus obras y nombres, pero antes
y por encima de todo conocían que lo importante, cuando
un pintor nos brinda conquistas perennizadas en sus cuadros
prodigiosos, es desarrollar nuestro talante personal y elevarlo
por obra y gracia de su influjo creador. No es la presente
ocasión de ilustrar estas prologales palabras con comentarios
como el de cierto menestral que en alguna actuación de nuestro
Museo llegó a decirnos en conversación simpática lo
fácil que le resultaba eso de la pintura después de habernos
oído.... Ni momento éste para considerar lo que hoy
podría hacerse con un Museo de Arte Tradicional y un Museo
de Arte Moderno por esos lugares españoles, donde asombrarse
no resulta todavía ni anacrónico ni elemental. El responsable
de estas líneas aprendió en sus intervenciones como un componente
más de las Misiones Pedagógicas que lo mejor que puede hacerse
para popularizar la pintura es introducir a ella... Quizá
porque muchos españoles populares y menos populares que
oyeron sus charlas descubrieron, mediante su personal esfuerzo,
que la pintura en última instancia no es, por encima de
estilos, tendencias y procedimientos formales, otra cosa
que una introducción a lo inefable, a lo invisible, a lo
inédito, realizada por un espíritu que para no morirse de
pena en la vida mediocre nos descubre la esencia, la riqueza
y la magnitud del mundo, en el que durante algunos años
residimos.
Salir
de misiones
Las verdaderas
misiones, aunque como hemos visto no las únicas,
eran las que, provistos de un proyector de cine, films ilustrativos
y cómicos, libros, gramófonos y discos, realizábamos estudiantes
y poetas por pueblos, en los que a veces no se conocía la
realidad de la luz eléctrica. Llegados a lugares en donde
nunca recibían el beneficio de municipios o ciudades importantes,
un contacto con el maestro del pueblo servía al principio
para instalarnos, por cuenta del Patronato, en el domicilio
de alguien que, anegado en la sorpresa inevitable, nos brindaba
su hospitalidad. Los misioneros en el pueblo elegido, lejos
de las ventajas y de las desdichas del mundo civilizado,
constituían la propaganda y expectación más vivas que pueda
imaginarse. El diálogo con los aldeanos y lugareños, la
relación directa con la gente, culminaba a la caída de la
tarde, cuando, al acabar sus faenas, bien en la plaza pública,
bien en las escuelas, valiéndonos de nuestro equipo, les
organizábamos un programa ameno, accesible, consistente
en proyecciones, lectura de poesías, comentarios de muy
diversa índole, con los que tejíamos una especie de charla
cultural procurando que no lo pareciera, rematada por uno
de los famosos films mudos de Charlot que el archivo de
Misiones ponía a nuestra disposición antes de salir a la
conquista de los pueblos más olvidados. Cuando nuestros
actos tenían lugar bajo techado no era cuando el efecto
pretendido se lograba con más eficacia y acierto. Las veces
que la misión se realizaba al aire libre en un rincón o
plaza rural inolvidables, una vez superada la desconfianza
que producía dar sin cobrar, entretener a los espectadores
sin exigirles lo más mínimo, los misioneros nos crecíamos
en nuestro cometido pedagógico, debiendo subrayarse la compenetración
extraordinaria que se lograba entre actores y oyentes. Hubo
pueblos en que lo que más interesó a sus habitantes fueron
las pilas eléctricas, por ellos desconocidas, con las que
poníamos en marcha el proyector cinematográfico... Recordamos
algunos en los que costó bastante trabajo convencer al auditorio
para que mirase a la sábana en que proyectábamos nuestras
películas, aunque ninguno de los concurrentes ignorara que
aquel mimo sorprendente, que les hacía reír como si fueran
seres civilizados, era el genial cómico Charlot... Naturalmente
que en bastantes lugares donde actuamos, las llamadas fuerzas
vivas, para camuflar con dos palabras a los representantes
de la España estancada esa España a la que Luis Santullano
nos recomendaba antes de salir de misiones que
no irritásemos ni de hecho ni de palabra, oponía su
resistencia habitual contra quienes no teníamos otro propósito
que convivir con los españolitos más abandonados de nuestro
pueblo y anunciarles que, pasados unos días, el Patronato
al que pertenecíamos les enviaría una espléndida biblioteca
para que los consejos de que estudiasen y mejorasen su condición
humana no se quedaran en un vulgar palabrerío... Y naturalmente
también que esas mismas gentes hostiles, ante la naturaleza
sin politiquería de los actos que personificábamos y la
llegada de la prometida biblioteca, se daban cuenta a
pesar del vigor existente con que siempre se han distinguido
que la labor de las Misiones Pedagógicas sólo tenía un propósito:
elevar el nivel cultural español.
Cumple
destacar dos actitudes ante la llegada de los misioneros
a los rincones rurales de España: la desconfianza inicial
del pueblo, vencida al primer contacto con todos nosotros,
y el agrior mal disimulado de esas fuerzas vivas, que veían
en poetas y estudiantes a una gente arbitraria, digna de
cualquier desconfianza... Y resulta obligado destacar también,
aun en aquellos donde sólo pudimos actuar una sola vez por
razones de tiempo, el profundo agradecimiento de la gente
popular española, distraída con la cultura, divertida con
nuestras intervenciones secundarias empeñadas en romper
el hielo que en un primer contacto con la gente hasta cierto
punto silvestre, recibía a lo cultural...
En nuestras
actuaciones por los pueblos y pueblecitos españoles como
misioneros patológicos según nos denominaba
con su habitual gracejo Federico García Lorca lo importante
eran dos cosas: la profunda toma de conciencia que nuestros
nuevos amigos experimentaban respecto al abandono sociocultural
en el que por desgracia vivían y el estado de ánimo que
el asombro y lealtad impresionante de aquellas gentes despertaban
en los misioneros. Gentes aquellas que hasta conocernos
desconocían que España eran también ellos, depositarios
¡y de qué manera! de esa atención, capacidad
de entrega, asombro ingenuo, etcétera, tan deteriorados
para nuestra desgracia en las capitales más adultas. El
suceso que en sitios apartadísimos de la tierra española
constituía la llegada de la nación, por otra parte, repercutía
en esos maestros abandonados para desgracia de los pueblos
españoles a la más lamentable de las rutinas.
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Actuación de teatro en Daganzo.
Revista de Occidente,Nos.7-8,nov.1981.(Colección
Carmen Nogués).
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Las misiones
sirvieron para cumplir con aquel que dice, con una gran
fracción del pueblo español, carente de los beneficios de
la cultura, y para que gente perteneciente al sector universitario
nos diésemos cuenta, que el concepto de universidad popular
no era un concepto delirante y utópico.
En este
momento en que uno de tantos misioneros pretende dar fe
de una experiencia breve, apenas real, abortada por la incalificable
guerra civil española, como fueron en definitiva las Misiones
Pedagógicas, convendría meditar que un afluente absolutamente
olvidado de nuestra Universidad, mientras no se demuestre
lo contrario, es ese aporte que una política cultural moderna
y, por ende, confiada en nuestro pueblo, podría hacer diversos
planos siguiendo el ejemplo del Patronato de las Misiones
Pedagógicas.
Los misioneros,
con nuestras actuaciones en rincones olvidados de España,
sólo pretendíamos algo muy concreto: que la gente española
creyese en la cultura. Dándonos cuenta de que en virtud
de la atención, del asombro y de la entrega, los que a tan
respetable menester nos dedicábamos creímos desde entonces
que toda Universidad, que toda cultura, desentendida del
aporte enriquecedor popular, tiende a una culturización
sospechosa, sobre la que en este momento no vamos a insistir.
Yo no sé lo que unos poetas y estudiantes supondríamos en
definitiva para aquellas gentes a las que nadie trataba
de incorporar a la tarea nacional en la que entonces (y
ahora, claro está) todos querríamos estar comprometidos,
aunque puedo contar que en algún momento de mi vida un campesino
andaluz, como tantísimos, me honró como él mismo no pudo
imaginarse, reconociéndome como uno de los que estuvieron
en mi pueblo para llevarnos muchos libros. Yo lo que
sí sé decir es que por haber sido misionero en los tiempos
inolvidables de la República Española mi concepto de la
cultura no es demasiado elitista, minoritario, y que todas
esas cosas que se cuecen en las Universidades, incompatibles
con el concepto de Universidad Popular, no me
afectan como a otros les suelen afectar. El misionero que
tuvo la suerte de cumplir con un deber que muchos hombres
superiores a él en tantísimos casos no ejercen se encontró,
a la vuelta de su quehacer divulgatorio, con que únicamente
cuando la riqueza cultural puede transmitirse legitima ese
estado personal que en tantísimas ocasiones apenas califica
a quienes se convierten en algo por demás discutible como
son los llamados intelectuales...
Por aquel
entonces, precisamente, los intelectuales más progresistas
de la época se dedicaban como cualquiera sabe a defender
la cultura, a ponerla a disposición de todo el mundo, liberándola
pretendiendo liberarla de su condición clasista...
En los días que gracias a la preocupación del Patronato
de Misiones Pedagógicas quienes recorríamos España de punta
a punta aprendimos que la cultura no la defiende quien se
siente su particular depositario, sino todos aquellos que,
mejorados por su riqueza, tratan, en función de su inexcusable
afán solidario, de mejorar gracias al más puro de los contagios
a quienes carecen de ella. Es decir, lo que los misioneros
aprendimos cosa más importante de lo que parece
es que la cultura salva a los que la siembran de una manera
humana y viva, y pierde aunque ello sorprenda en principio
a cultos e ignaros a quienes humillan a sus destinatarios
(sin pretenderlo naturalmente) por convertirlos en idólatras
de unos valores que únicamente como beneficio es legítimo
defender... La poesía, el arte, la música, el teatro, el
cine no nos valían a quienes los utilizábamos como ayuda
esencial para nuesta labor, como material únicamente admirable,
como estandartes, sino como soportes de nuestro entusiasmo
y nuestra fe en un pueblo... Lo que nosotros, cuando leíamos
un poema en una plaza española, procurábamos demostrar a
quienes nos atendían de manera emocionante no era que el
libro a que pertenecía debía leerse como se admira una altura
inaccesible, sino frecuentarse con el convencimiento de
que el autor del mismo había conseguido por el hecho de
crearlo pasar de un estado primigenio y silvestre a un estado
humano más elevado, redimiéndose así de lo mediocre... El
hecho de que oyendo una creación musical de Falla hiciera
exclamar a algún oyente que dentro de lo que estaba escuchando
palpitaba lo andaluz o lo flamenco
quería decir que nuestra defensa de la cultura no se hacía
para que sus nuevos partidarios la reverenciasen, sino para
que quienes en contacto con la biblioteca prometida pudieran
iniciar la más importante y fecunda de las aventuras, dándose
cuenta que ser culto es realizarse más o menos plenamente,
en vez de pedantizarse por un proceso de información. La
cultura en nuestras universidades populares itinerantes,
desposeída de todo lo que la misma tiene de antipático,
y obligado resulta decirlo, se presentaba o al menos
lo pretendíamos como ese estímulo que le hombre necesita
para iniciar un camino plausible y verdadero... Dado que
caricaturizarse sin elevarse, atiborrarse eruditamente sin
experimentar ninguna mejoría, supone una empresa equivocada.