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Correo del Maestro Núm. 37, junio 1999

La s Misiones Pedagógicas

Enrique Azcoaga

 

Las Misiones Pedagógicas, incluso para los que colaboramos con sus equipos divulgadores, se han convertido, sin quererlo nadie, en algo así como una leyenda.

Los que tuvimos la suerte de trabajar en las mismas a las órdenes de uno de los valores más sólidos y responsables que ha tenido España, Manuel B. Cossío (aunque quien frenase todos nuestros ímpetus juveniles fuera esa gran persona llamada Luis Santullano, que en su exilio de México —como alguna vez me contó en carta inolvidable— tuvo que volver a la heroica tarea de las traducciones), sabemos que a la hora de la “investigación” lo que menos importa es que los misioneros fueran, por encima de todo, divertidos, puesto que para divertir a auditorios tan improvisados como rurales es para lo que el Patronato de Misiones contaba con nuestros jóvenes años. Sin embargo, su presidente, hombre cultísimo, sabía muy bien que la cultura o divierte o acartonpiedra... Una de las causas del alejamiento cultural de las gentes la tienen los pedagogos pelmas, los intelectuales aburridos, toda esa enorme legión pedantona que cuando invita a los legos a dejar de serlo no tienen en cuenta que el salto siempre heroico de la ignorancia a la cultura o se hace para sentirnos resucitados por su gracia indiscutible o no merece la pena... Pero...

El teatro

De las tres secciones de que se componía la entidad pedagógica itinerante, la del teatro —dirigida por Alejandro Casona— era eminentemente divertida por su propia naturaleza. El teatro por los años treinta no había caído aún en el error de creer que con ayuda de decorados y figurines brillantes podía convocar a las gentes para que se aburrieran mortalmente, y el tinglado con el que nuestras Misiones reunía a los espectadores populares que José Valdelomar eternizó en su entrega impagable, tenía muy en cuenta la obsesión “cossiesca”, porque los textos seleccionados divertían sobre todas las cosas, y porque los intérpretes de los mismos, pertenecientes a una juventud incapaz de creer que ser joven era parecerse a las tumbas funerarias, derrochaban amenidad. En un momento en que el teatro español, por razones que aquí no vamos a considerar, se moría de redichez y barato profesionalismo —con todas las excepciones que los nostálgicos quieran— Federico García Lorca con su “Barraca” por un lado y Alejandro Casona con su “Teatro de Misiones” por otro, se preocuparon de cómo es posible que la investigación no descubra las causas por las que un público sin intoxicar no se familiarizase con las ideas, en lo que las mismas tienen siempre de auroras más que de monserga. Aquellos estudiantes entusiastas por otra parte, que todavía no habían terminado sus carreras y que, por consiguiente, aún no estaban encaminados, tenían buen cuidado de que sus espectadores se encaminasen a lo mejor sin casi sentirlo, y en este sentido puedo jurar que lo conseguían gracias a lo que su trabajo tuvo de entusiasmo y de generosidad. Los actores no daban su vida para que la vida de sus personajes reflejaran conductas poco meritorias, sino para que sus interpretaciones pusieran de manifiesto lo que la vida tiene siempre, por encima de los mil conformismos, de aventura y riqueza. En los tabladillos misionales los estudiantes que soñaban con una España transformada y más viva no podían hacer el juego, como los malos actores profesionales, a esas clases españolas empeñadas en discutir los problemas alrededor de una camilla o sentados apaciblemente en un tresillo, confundiendo acción y comentario, entusiasmo creativo con acción resignada. Estos grupos estudiantiles, por otra parte, no se parecían en nada a esos teatros de ensayo que pedantizan las ideas y las fábulas, desproveyéndolas del suficiente atractivo. Las representaciones teatrales prolongaban una convivencia, un sentido de la solidaridad, una camaradería, que sin necesidad de prólogos insufribles (como tantos con los que hoy día nos abruman quienes hacen de la representación teatral algo muy parecido a un velatorio más o menos barroco) trascendía del tablado para regocijo e interés de gentes de pueblo, encantadas, arrastradas por sugestivas ideas teatrales. En el principio de la acción escénica, convertido antes que nada en divertimiento, estaba el encanto, un arrebato particular, lo que ya no solía disfrutarse en los tablados comerciales, vueltos de espalda a la primera obligación de la escena: congregar a los seres humanos para desconocerse y ser un poco más. En el Teatro de Misiones, y gracias sobre todo a una interpretación desenfadada, poco veterana, viva, las huestes de Alejandro Casona sembraban en las plazas de España una inquietud, a la que el teatro sólo renuncia cuando está muerto: pensar con todos los que nos acompañan en aquello que somos y no somos... Aunque los misioneros de las otras secciones, puesto que nobleza obliga, mirábamos por encima del hombro a semejantes titiriteros, no cabe la menor duda que porque lo eran, porque daban a su representación un sentido tan compatible como mágico, sus representaciones tenían algo de cantos populares; y su trabajo, el matiz extraordinario que siempre tienen los cómicos cuando interpretan con toda su vida —con todo su oficio— el personaje o personajes que les toca representar. Eso que en la profesión teatral se llama “saltar la batería”, en las representaciones del teatrillo misionero se producía automáticamente, y no por las “tablas” —por las odiosas tablas— de quienes no eran actores profesionales... El teatro elevaba la talla de quienes en su caja de resonancia o en su tinglado construido a base de cultura no perdían el tiempo entreteniéndose con una serie de fábulas que les permitían confiar, crecer.

El Museo del Pueblo

El Museo de Misiones o “Museo del Pueblo” era un conjunto de copias de Berruguete, Sánchez Coello, Ribera, Zubarán, El Greco, Murillo, Velázquez y Goya que exponíamos en pueblos pequeños, como Toro (Zamora) o el cordobés Fuenteovejuna, y otros más importantes. Con el Museo llegábamos los viernes, en camiones alquilados, a los lugares elegidos por el Patronato, y, una vez montada nuestra pinacoteca en locales a propósito para llevar a cabo la labor pretendida, intentábamos que nuestra audiencia reconociera con nosotros, y a través de las obras de ocho geniales pintores, lo conseguido a lo largo del tiempo en el terreno de lo expresivo. Nuestra semana de predicación artística no era nunca un alarde de sabihondez inconveniente, sino un afán de familiarizar a un público popular, aunque no rural en el caso del Museo, con ese entendimiento de la vida y el hombre que la gran pintura supone. Nuestras charlas a lo largo de la semana no consistían en peroratas pluscuanfrondosas alrededor de lo que tanto se ha escrito en ese mundo siempre discutible de la historia y la crítica de arte, sino en introducciones cordiales y entusiastas que, ante realidades pictóricas hipervalorizadas, consiguieran que quienes nos escuchaban comprendiesen que la pintura sirve para otra cosa que para evitar el vacío de los muros. En este Museo del Pueblo tuve la suerte de consolidar amistades extraordinarias con Luis Cernuda, con Rafael Dieste y con Ramón Gaya, entre otros (de Antonio Sánchez Barbudo, pilar misionero, ya era muy amigo). Los misioneros, durante los dos primeros días, procurábamos que nuestro público se diera cuenta de que la cultura, aparte de una disciplina, puede ser una fiesta, y ni que decir que una vez familiarizados nuestros oyentes con lo que los mundos de Berruguete, Sánchez Coello, Ribera y Zurbarán nos inspiraban todo era más fácil cuando de lo que se trataba era del realismo milagroso del Greco, del tierno aunque no ternurista de Murillo y del todavía no demasiado comprendido por la gente culta, pese a todo lo que sobre él se ha escrito, Diego Velázquez de Silva. Los misioneros procurábamos que la pintura no fuese una realidad mítica, sino el camino fecundo para ponernos en contacto con lo superior, con el fin de rectificar lo mediocre. Entre nosotros, que dedicábamos muchas horas a considerar cómo tenían que ser nuestras actuaciones, predominaba la idea de que la cultura, cuando no fecunda y mejora, pedantonea al más pintado, por lo que en nuestras actuaciones ante las obras maestras, lo mismo que en charlas complementarias con ayuda de diapositivas, que a veces dábamos con aclaración y regalo, intentábamos que el entendimiento de lo artístico no quedase reducido a un conjunto de noticias y datos, sino que fuera algo así como una convivencia con lo pleno y lo bello, realizado de la manera más natural posible.

Don Mauel Batolomé Cossio
(1857-1935).Bustarviejo

Todos éramos discípulos —o “amigos”, como a él le gustaba decir— del presidente del Patronato, naturalmente. Y al “señor Cossío”, cuando regresábamos de nuestros viajes, no íbamos a pretender deslumbrarlo con sabiduría y conocimientos librescos, sino con resultados que nos proporcionaba: primero, la atención de las gentes, dispuestas a no comportarse como los snobs de la hora, sino como seres humanos deseosos de sacar algún partido de lo expuesto por los misioneros, y segundo,la sorpresa de nuestros oyentes cuando se convencían a lo largo de un número de charlas de que para lo que se debe visitar un Museo no es tanto para saber de pintura, sino para entender, gracias a la pintura y a su esfuerzo expresivo, cómo se reside en la Tierra con cierto afán de plenitud.

Los encargados del Museo de las Misiones Pedagógicas procurábamos demostrar a nuestros oyentes que éramos más felices cuando mediante la pintura nos centrábamos en la vida que ciertos sabelotodo atiborrados de fichas y precisiones, nada despreciables por otro lado. El pueblo español, ante maneras de ser y entender la vida y el hombre tan diferentes como las de los ocho pintores expuestos, conocían por primera vez en la mayoría de los casos sus obras y nombres, pero antes y por encima de todo conocían que lo importante, cuando un pintor nos brinda conquistas perennizadas en sus cuadros prodigiosos, es desarrollar nuestro talante personal y elevarlo por obra y gracia de su influjo creador. No es la presente ocasión de ilustrar estas prologales palabras con comentarios como el de cierto menestral que en alguna actuación de nuestro Museo llegó a decirnos en conversación simpática “lo fácil que le resultaba eso de la pintura después de habernos oído...”. Ni momento éste para considerar lo que hoy podría hacerse con un Museo de Arte Tradicional y un Museo de Arte Moderno por esos lugares españoles, donde asombrarse no resulta todavía ni anacrónico ni elemental. El responsable de estas líneas aprendió en sus intervenciones como un componente más de las Misiones Pedagógicas que lo mejor que puede hacerse para popularizar la pintura es introducir a ella... Quizá porque muchos españoles populares y menos populares que oyeron sus charlas descubrieron, mediante su personal esfuerzo, que la pintura en última instancia no es, por encima de estilos, tendencias y procedimientos formales, otra cosa que una introducción a lo inefable, a lo invisible, a lo inédito, realizada por un espíritu que para no morirse de pena en la vida mediocre nos descubre la esencia, la riqueza y la magnitud del mundo, en el que durante algunos años residimos.

“Salir de misiones”

Las verdaderas “misiones”, aunque como hemos visto no las únicas, eran las que, provistos de un proyector de cine, films ilustrativos y cómicos, libros, gramófonos y discos, realizábamos estudiantes y poetas por pueblos, en los que a veces no se conocía la realidad de la luz eléctrica. Llegados a lugares en donde nunca recibían el beneficio de municipios o ciudades importantes, un contacto con el maestro del pueblo servía al principio para instalarnos, por cuenta del Patronato, en el domicilio de alguien que, anegado en la sorpresa inevitable, nos brindaba su hospitalidad. Los misioneros en el pueblo elegido, lejos de las ventajas y de las desdichas del mundo civilizado, constituían la propaganda y expectación más vivas que pueda imaginarse. El diálogo con los aldeanos y lugareños, la relación directa con la gente, culminaba a la caída de la tarde, cuando, al acabar sus faenas, bien en la plaza pública, bien en las escuelas, valiéndonos de nuestro equipo, les organizábamos un programa ameno, accesible, consistente en proyecciones, lectura de poesías, comentarios de muy diversa índole, con los que tejíamos una especie de charla cultural procurando que no lo pareciera, rematada por uno de los famosos films mudos de Charlot que el archivo de Misiones ponía a nuestra disposición antes de salir a la conquista de los pueblos más olvidados. Cuando nuestros actos tenían lugar bajo techado no era cuando el efecto pretendido se lograba con más eficacia y acierto. Las veces que la misión se realizaba al aire libre en un rincón o plaza rural inolvidables, una vez superada la desconfianza que producía dar sin cobrar, entretener a los espectadores sin exigirles lo más mínimo, los misioneros nos crecíamos en nuestro cometido pedagógico, debiendo subrayarse la compenetración extraordinaria que se lograba entre actores y oyentes. Hubo pueblos en que lo que más interesó a sus habitantes fueron las pilas eléctricas, por ellos desconocidas, con las que poníamos en marcha el proyector cinematográfico... Recordamos algunos en los que costó bastante trabajo convencer al auditorio para que mirase a la sábana en que proyectábamos nuestras películas, aunque ninguno de los concurrentes ignorara que aquel mimo sorprendente, que les hacía reír como si fueran seres civilizados, era el genial cómico Charlot... Naturalmente que en bastantes lugares donde actuamos, las llamadas fuerzas vivas, para camuflar con dos palabras a los representantes de la España estancada —esa España a la que Luis Santullano nos recomendaba antes de “salir de misiones” que no irritásemos ni de hecho ni de palabra—, oponía su resistencia habitual contra quienes no teníamos otro propósito que convivir con los españolitos más abandonados de nuestro pueblo y anunciarles que, pasados unos días, el Patronato al que pertenecíamos les enviaría una espléndida biblioteca para que los consejos de que estudiasen y mejorasen su condición humana no se quedaran en un vulgar palabrerío... Y naturalmente también que esas mismas gentes hostiles, ante la naturaleza sin politiquería de los actos que personificábamos y la llegada de la prometida biblioteca, se daban cuenta —a pesar del vigor existente con que siempre se han distinguido— que la labor de las Misiones Pedagógicas sólo tenía un propósito: elevar el nivel cultural español.

Cumple destacar dos actitudes ante la llegada de los misioneros a los rincones rurales de España: la desconfianza inicial del pueblo, vencida al primer contacto con todos nosotros, y el agrior mal disimulado de esas fuerzas vivas, que veían en poetas y estudiantes a una gente arbitraria, digna de cualquier desconfianza... Y resulta obligado destacar también, aun en aquellos donde sólo pudimos actuar una sola vez por razones de tiempo, el profundo agradecimiento de la gente popular española, distraída con la cultura, divertida con nuestras intervenciones secundarias empeñadas en romper el hielo que en un primer contacto con la gente hasta cierto punto silvestre, recibía a lo cultural...

En nuestras actuaciones por los pueblos y pueblecitos españoles como “misioneros patológicos” —según nos denominaba con su habitual gracejo Federico García Lorca— lo importante eran dos cosas: la profunda toma de conciencia que nuestros nuevos amigos experimentaban respecto al abandono sociocultural en el que por desgracia vivían y el estado de ánimo que el asombro y lealtad impresionante de aquellas gentes despertaban en los misioneros. Gentes aquellas que hasta conocernos desconocían que España eran también ellos, depositarios —¡y de qué manera!— de esa atención, capacidad de entrega, asombro ingenuo, etcétera, tan deteriorados para nuestra desgracia en las capitales más adultas. El suceso que en sitios apartadísimos de la tierra española constituía la llegada de la nación, por otra parte, repercutía en esos maestros abandonados para desgracia de los pueblos españoles a la más lamentable de las rutinas.

Actuación de teatro en Daganzo. Revista de Occidente,Nos.7-8,nov.1981.(Colección Carmen Nogués).

Las misiones sirvieron para cumplir con aquel que dice, con una gran fracción del pueblo español, carente de los beneficios de la cultura, y para que gente perteneciente al sector universitario nos diésemos cuenta, que el concepto de universidad popular no era un concepto delirante y utópico.

En este momento en que uno de tantos misioneros pretende dar fe de una experiencia breve, apenas real, abortada por la incalificable guerra civil española, como fueron en definitiva las Misiones Pedagógicas, convendría meditar que un afluente absolutamente olvidado de nuestra Universidad, mientras no se demuestre lo contrario, es ese aporte que una política cultural moderna y, por ende, confiada en nuestro pueblo, podría hacer diversos planos siguiendo el ejemplo del Patronato de las Misiones Pedagógicas.

Los misioneros, con nuestras actuaciones en rincones olvidados de España, sólo pretendíamos algo muy concreto: que la gente española creyese en la cultura. Dándonos cuenta de que en virtud de la atención, del asombro y de la entrega, los que a tan respetable menester nos dedicábamos creímos desde entonces que toda Universidad, que toda cultura, desentendida del aporte enriquecedor popular, tiende a una culturización sospechosa, sobre la que en este momento no vamos a insistir. Yo no sé lo que unos poetas y estudiantes supondríamos en definitiva para aquellas gentes a las que nadie trataba de incorporar a la tarea nacional en la que entonces (y ahora, claro está) todos querríamos estar comprometidos, aunque puedo contar que en algún momento de mi vida un campesino andaluz, como tantísimos, me honró como él mismo no pudo imaginarse, reconociéndome como uno de “los que estuvieron en mi pueblo para llevarnos muchos libros”. Yo lo que sí sé decir es que por haber sido misionero en los tiempos inolvidables de la República Española mi concepto de la cultura no es demasiado elitista, minoritario, y que todas esas cosas que se cuecen en las Universidades, incompatibles con el concepto de “Universidad Popular”, no me afectan como a otros les suelen afectar. El misionero que tuvo la suerte de cumplir con un deber que muchos hombres superiores a él en tantísimos casos no ejercen se encontró, a la vuelta de su quehacer divulgatorio, con que únicamente cuando la riqueza cultural puede transmitirse legitima ese estado personal que en tantísimas ocasiones apenas califica a quienes se convierten en algo por demás discutible como son los llamados intelectuales...

Por aquel entonces, precisamente, los intelectuales más progresistas de la época se dedicaban como cualquiera sabe a defender la cultura, a ponerla a disposición de todo el mundo, liberándola —pretendiendo liberarla— de su condición clasista... En los días que gracias a la preocupación del Patronato de Misiones Pedagógicas quienes recorríamos España de punta a punta aprendimos que la cultura no la defiende quien se siente su particular depositario, sino todos aquellos que, mejorados por su riqueza, tratan, en función de su inexcusable afán solidario, de mejorar gracias al más puro de los contagios a quienes carecen de ella. Es decir, lo que los misioneros aprendimos —cosa más importante de lo que parece— es que la cultura salva a los que la siembran de una manera humana y viva, y pierde —aunque ello sorprenda en principio a cultos e ignaros— a quienes humillan a sus destinatarios (sin pretenderlo naturalmente) por convertirlos en idólatras de unos valores que únicamente como beneficio es legítimo defender... La poesía, el arte, la música, el teatro, el cine no nos valían a quienes los utilizábamos como ayuda esencial para nuesta labor, como material únicamente admirable, como estandartes, sino como soportes de nuestro entusiasmo y nuestra fe en un pueblo... Lo que nosotros, cuando leíamos un poema en una plaza española, procurábamos demostrar a quienes nos atendían de manera emocionante no era que el libro a que pertenecía debía leerse como se admira una altura inaccesible, sino frecuentarse con el convencimiento de que el autor del mismo había conseguido por el hecho de crearlo pasar de un estado primigenio y silvestre a un estado humano más elevado, redimiéndose así de lo mediocre... El hecho de que oyendo una creación musical de Falla hiciera exclamar a algún oyente que dentro de lo que estaba escuchando palpitaba “lo andaluz” o “lo flamenco” quería decir que nuestra defensa de la cultura no se hacía para que sus nuevos partidarios la reverenciasen, sino para que quienes en contacto con la biblioteca prometida pudieran iniciar la más importante y fecunda de las aventuras, dándose cuenta que ser culto es realizarse más o menos plenamente, en vez de pedantizarse por un proceso de información. La cultura en nuestras universidades populares itinerantes, desposeída de todo lo que la misma tiene de antipático, y obligado resulta decirlo, se presentaba —o al menos lo pretendíamos— como ese estímulo que le hombre necesita para iniciar un camino plausible y verdadero... Dado que caricaturizarse sin elevarse, atiborrarse eruditamente sin experimentar ninguna mejoría, supone una empresa equivocada.

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