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Correo del Maestro Núm.37, junio 1999

Lázaro Cárdenas y los republicanos españoles

Concepción Ruiz-Funes

Un mismo proyecto educativo

El 14 de abril de 1931, a raíz de un plebiscito, se proclamó en España la Segunda República que habría de iniciar una serie de cambios cruciales en torno a la educación, la religión, al problema del campo, del desempleo, al papel del ejército. Los gobiernos republicanos que se suceden durante cinco años ponen en marcha la reforma agraria, la reorganización de la jurisdicción del trabajo, la democratización de la enseñanza elemental, media y superior, la concesión de una aministía general que libera a los presos políticos, la difusión de la cultura en los pueblos más alejados de las capitales; en fin, una serie de cambios en beneficio del pueblo que provocan una división entre los grupos moderados y radicales republicanos que se alternaban en el poder, situación que fue aprovechada por los grupos falangistas para llevar a cabo un alzamiento contra la República.

Salón de clases del Colegio Madrid, principios de la década de los 40.

El 18 de julio de 1936 un grupo de generales fascistas, encabezados por Francisco Franco, se sublevaron contra el gobierno democrático repu-blicano, apoyados por la mayoría de las guarniciones militares de todo el país. El pronunciamien-to se logró técnicamente, pues privó al gobierno legal de casi todos sus cuadros militares, pero política e ideológicamente fracasó en las zonas principales del país, donde el ejército fue desarmado por la población. Si inició así la guerra civil, una lucha que dependió de condiciones militares y sociales españolas e internacionales. Los fascistas apoyados por la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler lograron la ocupación de prácticamente toda España a lo largo de tres años de una lucha cruenta y fraticida. La República había sido abandonada por las democracias europeas, recibiendo sólo el apoyo de una gran cantidad de hombres y mujeres —que organizados en las Brigadas Internacionales lucharon en España en defensa de la libertad, la justicia y la democracia— y la ayuda oficial de los gobiernos de la Unión Soviética y de México.

En febrero de 1939, la República española es derrotada. Casi medio millón de españoles, mujeres, hombres, ancianos y niños, atraviesan la frontera hacia Francia, donde son concentrados en campos, chozas, caserones y establos de distintos puntos del país.

El gobierno de México, presidido por Lázaro Cárdenas, desde el estallamiento de la guerra civil proporcionó a la República gran apoyo político en los foros internacionales y también ayuda material con el envío de armas y voluntarios internacionalistas. Al ver perdida la causa republicana emitió un decreto otorgando el derecho de asilo a todos los refugiados que quisieran salir de Francia. El ministro plenipotenciario de México en Francia, Narciso Bassols, recibió del presidente Lázaro Cárdenas amplios poderes para organizar la evacuación de los refugiados hacia México. En el transcurso de 1939, llegan a nuestro país veintisiete barcos en los que viajaban, aproximadamente, cinco mil exiliados. A lo largo de cuatro años siguieron llegando exiliados republicanos, ya por otras vías. Se calcula que para 1945 había en México aproximadamente viente mil refugiados españoles.

El grupo de exiliados que llega a México tiene una composición social, política y geográfica heterogénea. Anarquistas, comunistas republicanos, socialistas, nacionalistas vascos y catalanes, jóvenes, viejos, maestros, intelectuales, profesionistas, políticos. Sin embargo, al llegar a México, a pesar de estas diferencias, a todos los une el exilio. Un exilio que significó para todos los españoles un salir sin querer, un huir para salvar la vida y la pérdida de familiares, espacios y objetos.

Festivsl de fin de curso de la Academia Hispano Mexicana, noviembre de 1951.

Este grupo de exiliados políticos, que no tiene precedente en México, llegó en un momento propicio para su incorporación a la vida nacional. El gobierno mexicano los admite y acoge con hospitalidad y todo tipo de facilidades legales, protegiéndolos mediante un Acuerdo, emitido por el presidente Cárdenas, bajo el cual tienen todas las facilidades para radicar en el país por tiempo indefinido sin necesidad de renovar su forma migratoria, para nacionalizarse, si así lo desean, para dedicarse a actividades remuneradas o lucrativas e intervenir en todo acto de comercio, con excepción de cantinas, cabarets y similares.

Las facilidades proporcionadas por el gobierno mexicano se extienden a la autorización para la fundación de dos organismos de ayuda a los exiliados bajo la responsabilidad y la subvención económica de los propios españoles, con el compromiso de que facilitaran el acomodo de los refugiados para que este grupo no fuera gravoso económicamente para el gobierno de México.

Así, en 1939, se creó el Comité Técnico de Ayuda a los Republicanos Españoles, cuyo financiamiento corrió a cargo del gobierno de la República en el exilio y que proporcionó ayuda económica individual y creó una serie de empresas que facilitaron la incorporación laboral de una gran cantidad de refugiados. En 1940 se fundó la Junta de Ayuda a los Republicanos Españoles, también con recursos propios del gobierno en el exilio, manejada por socialistas, cuya política no fue de subsidios sino que estableció un sistema de socorro que incluía pensiones, ayuda médica, viajes, etc. y la creación de empresas.

Muchos de los refugiados españoles inician su asentamiento en la ciudad de México con el respaldo de estos dos organismos. Los exiliados habían perdido una guerra y con ella su país, su ciudad, sus calles, sus familias. Al llegar a México, si bien pensaron que su destierro era provisional, les preocupó buscar espacios que sustituyeran, aunque fuera en poca medida, lo perdido. Se limitaron todos ellos a unas cuantas zonas de la ciudad que rodeaban el centro, colonias de clase media muy cercanas entre sí que fueron sus fronteras durante largos años. Y aquí, impusieron en los mercados hábitos alimenticios, hicieron tertulias en los cafés, buscaron casa para los partidos políticos y los centros culturales y fundaron colegios. En estos espacios se diluyeron sus diferencias sociales y preservaron sus costumbres, se aglutinaron y fueron, a partir de entonces, y para el mundo que los rodeaba, “refugiados españoles”. Los definieron algunas señas de identidad que compartieron todos: la comida, la forma de vestir, la forma de hablar, una ideología liberal y republicana — independientemente del partido al que pertenecieran—, la educación que dieron a los hijos. Todo ello al fin, una serie de manifestaciones culturales que había que preservar, pues pensaban que el regreso sería al terminar la contienda mundial. Si bien la conservación de estas manifestaciones culturales se enseña y afianza en los espacios privados, también es cierto que se extiende a los colegios, como continuación de la casa, donde se refuerza.

Los refugiados españoles, decíamos antes, llegan a México en un momento muy propicio para su desempeño laboral y profesional. La mayoría de ellos recibe la ayuda económica de los organismos españoles creados para este fin, lo cual les permite buscar un trabajo fijo con un mínimo de desahogo. Intelectuales y profesionistas se incorporan de inmediato a instituciones oficiales de enseñanza superior y de investigación. Pero además, los organismos de refugiados patrocinan la creación de escuelas, lo cual da fuentes de trabajo y proporciona un espacio para los hijos de los exiliados que les permitirá continuar sus estudios en un ambiente conocido y no ser una carga para el gobierno mexicano que ofrecía sus escuelas públicas ya saturadas.

Durante el mandato del presidente Lázaro Cárdenas se realizan en México cambios muy importantes en la educación. Se plantea como gran objetivo el carácter nacional de la enseñanza, la cual debía abarcar a toda la población. Se realiza una reforma al Artículo Tercero, propuesta por Cárdenas, por medio de la cual se le da a la educación una orientación socialista. Se inicia así un proyecto educativo cuya finalidad fundamental es un cambio social en el que se logre que el interés general de la población esté por encima de los intereses individuales. Este nuevo enfoque de la educación ayudará a fortalecer la democracia y favorecer el racionalismo, entendido como una corriente que impulsa la relación de la escuela con la vida. Se crean en todo el país internados, becas y comedores que posibiliten el estudio a las clases más desprotegidas, se realizan importantes campañas de alfabetización, se da un impulso sin precedentes a la enseñanza técnica, agrícola y rural y se favorece la formación en la ciudades de escuelas privadas laicas. En cuanto a la educación superior, se funda el Instituto Politécnico Nacional, el Instituto Nacional de Antropología e Historia y la Casa de España en México que posteriormente será el Colegio de México. Sin embargo, al llegar a la presidencia Manuel Ávila Camacho, en 1940, se vuelven a transformar los planes educativos, eliminando del Artículo Tercero constitucional la denominación de socialista de la enseñanza, con lo cual se borra todo el énfasis del anticlericalismo precedente y la educación rural deja de tener prioridad.

Se fomenta, al igual que en el periodo anterior, la creación de escuelas privadas, pero dándole énfasis especial a los colegios religiosos.

Festivales de fin de curso, Academia Hispano Mexicana, 1951.

Los exiliados españoles fundaron tres escuelas: el Instituto Luis Vives, la Academia Hispano Mexicana y el Colegio Madrid, que iniciaron y siguieron durante muchos años practicando el concepto de educación promovido por el gobierno de Lázaro Cárdenas, que al fin tenía muchas coincidencias con la reforma educativa que había llevado a cabo en España el gobierno de la República. Con algunas diferencias, los tres colegios se propusieron formar a los alumnos a través de una enseñanza de corte liberal y laica, en la que la relación del aprendizaje con la vida es necesaria y donde el maestro debe conducir al alumno a descubrir la verdad sin dogmas ni posiciones políticas, en un ambiente de respeto y tolerancia al otro. Este proyecto no sólo intenta recuperar el modelo educativo que había iniciado la República, respetando y ejerciendo las normas de la Secretaría de Educación, sino que además permite crear una cantidad considerable de fuentes de trabajo para maestras y maestros exiliados, para personal de administración e intendencia y también crear un espacio en el que los hijos e hijas de los exiliados encontraran una continuación de la educación que recibían en casa.

A pesar de seguir al pie de la letra los programas de la Secretaría de Educación, en estos colegios, durante los primeros años de exilio, siempre hubo tiempo para transmitir, de muy diversas maneras, la cultura de los exiliados. Hay que resaltar que todo el profesorado era español republicano y si había alumnos mexicanos, que los hubo, procedían todos ellos de un sector liberal de la sociedad mexicana. Se hablaba de la Guerra Civil Española, se cantaban las canciones de las Brigadas Internacionales, se seguía con atención el desarrollo de la Guerra Mundial, ya que la esperanza del retorno de los refugiados dependía de que los aliados, una vez ganada la guerra, no permitieran la permanencia del franquismo. Pero sobre todo, los alumnos, que pasaban la mayor parte del día en la escuela, absorbían el estado de ánimo de los maestros: el ser exiliados. Durante muchos años para todos los que habían perdido la guerra el exilio fue su razón de vivir.

Los refugiados vivieron entre dos realidades, la que dejaron y la que encontraron, pero siempre, y fundamentalmente durante los diez primeros años, aferrados al regreso. Así buscan y encuentran una identidad integradora del grupo que ligue relaciones que se darán a través de experiencias pasadas, presentes y futuras. Es un actuar consciente o inconsciente que surge en un momento histórico y en un espacio geográfico que no era el suyo, era una necesidad.

Los primeros años de escuela de los niños y niñas refugiados fueron, como la de todos los niños de esa edad, de socialización, dentro de un ambiente de valores que sólo reciben, no cuestionan, no critican. Y en este ambiente los maestros y maestras refugiados tuvieron el mismo rol que los padres en las casas, los niños los identificaron. Aprendieron historia de México, pero también historia de España, el Himno Nacional Mexicano, pero también el de la República, cantaron corridos de la Revolución, pero también canciones de la guerra. Y así, las primeras generaciones egresadas de estos colegios quedaron marcadas por una identidad ambivalente entre el ser refugiado español y al mismo tiempo ser mexicano.

Festival de fin de curso de la Academia Hispano Mexicana, noviembre de 1951.

Lázaro Cárdenas y los republicanos españoles

1 En relación a las causales, evolución, resolución del conflicto es especialmente pertinente el texto de Gabriel Jackson La República Española y la guerra civil, 1931-1939. Ed. Grijalbo, México, 1967, 449 pp.

2 Este número está tomado de “Creación de organismos, mutualidades, centros de reunión, instituciones académicas” de Teresa Mejía y Alfonso Maya (redactor), en: El exilio Español en México 1939-1982. Ed. Salvat y fce. México, 1982. pp. 101, cuyos autores señalan como

Los maestros Antonio Ballesteros Usano y Emilia Elías de Ballesteros, 1939.

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