Un cómputo
persistente
Uno de los
términos que atraviesa los diversos momentos de nuestra
vida diaria es el calendario, objeto recurrente en todas
las latitudes del mundo para organizar actividades y eventos
sociales, culturales, religiosos, económicos, en el curso
de lapsos periódicos, precisos y previamente definidos.
Se estructura en las unidades que conocemos como días, semanas,
meses y años. Implica un cálculo y la definición de acontecimientos
de distinta naturaleza a partir de los cuales pueblos y
culturas deciden enseñorearse del tiempo, de su tiempo,
y de sus faenas, de sus faenas, buscando hitos y eventos
sociales, así como fenómenos naturales que aporten puntos
de referencia regulares, periódicos, en relación con los
cuales el hombre puede también prever y anticipar diversos
acontecimientos en la esfera personal y social.
Los calendarios
constituyen uno de los registros más complejos y ricos de
significados culturales que, frente al tiempo que sin cesar
se diluye entre las manos, los hombres de distintas épocas
y de distintos ámbitos imaginaron como una forma de retenerlo,
controlándolo a su manera.
La preocupación
es antigua, muy antigua, y como tal ha cristalizado en una
multiplicidad de calendarios enraizados en las plataformas
culturales que los originan: los hay babilonios, chinos,
hebreos1, egipcios, griegos,
romanos, y por supuesto mexicanos, cada uno de ellos con
distintas soluciones y simbologías también diversas que
nos colocan en el centro de las más profundas explicaciones
del mundo y de la vida de cada pueblo, así como de lo que
cada grupo social asume como tareas.
El calendario
como tal, del término latino calendarium, surgió
con una intención muy práctica sin lugar a dudas, pues designaba
el libro en que el prestamista controlaba sus cuentas, cuyo
interés mensual debían pagarle el primer día del mes, es
decir, en las calendas de acuerdo con los antiguos
romanos2.
En principio,
los calendarios nacen de la observación de los ritmos orgánicos
propios del cosmos, revelados primero por la sucesión del
día y de la noche; después por la Luna, imagen cambiante
y movible, cuya presencia plena y su posterior desvanecimiento
seguido de su reaparición que se registra en las fases de
la Luna da
|
|
Litografía original de Genaro López
Mariano Veytia.
Calendarios Mexicanos. Edición Fascimilar de
Miguel Ángel
Porrúa, Librero-Editor y
CONACYT, México, 1994.
|
lugar a
los calendarios lunares como el musulmán;
asimismo el Sol, imagen estable y permanente que da cuenta
del desplazamiento de la Tierra por las estaciones climatológicas,
se inscribe en los calendarios solares como
el azteca y el maya, que de alguna manera reconocen el año
trópico, constituido por 365 y pico días solares-.
La periodicidad que se funda en estos hitos, marca parábolas
vitales, orgánicas, vinculadas con la recurrencia cíclica
de la vida y de la muerte, de las sucesivas regeneraciones
que se transforman nuevamente en vida, ciclos directamente
ligados con los acontecimientos propios de las sociedades
agrícolas que se despliegan inmersos en una trama de rituales
y significados religiosos.
Los
calendarios de los antiguos mexicanos
En el caso
de México, los calendarios antiguos en las versiones
de los aztecas, de los mayas, de los olmecas, zapotecas,
tarascos, matlaltzincas y de otros más constituyen
uno de los más ricos legados de las culturas mesoamericanas,
puerto en el cual convergen la observación del curso de
los astros, el riguroso cálculo astronómico y el orden sagrado
del cosmos, algunos de ellos reconocidos por su exactitud
que supera el calendario hoy vigente en el mundo occidental.
La riqueza de sus signos y de sus símbolos despliega en
torno a ellos un vasto horizonte de significación del que
emerge el cosmos de los antiguos mexicanos, armonioso
y ordenado. Aproximándonos a los calendarios aztecas, a
manera de ejemplo, desfilan ante nuestros ojos círculos
de la vida en movimiento, soles y lunas complementarios
entre sí, formas cuadrangulares que sustentan la arquitectura
de las ciudades cósmicas y de las ciudades terrestres que
desde el centro despliegan hacia los puntos cardinales los
cuatro elementos fundamentales casa-tierra,
conejo-aire, caña de carrizo-agua, pedernal-fuego,
signos que encabezaban el calendario solar y cuyos juegos
de combinaciones numéricas, recorridas del uno al trece,
daban nombre a cada uno de los 52 años que integraban el
siglo azteca3. En los calendarios,
los antiguos mexicanos, pueblo del sol, van tejiendo
una urdimbre cuidadosa en torno al astro creador de vida
y movimiento; en el juego de su vida y muerte delimitan
las eras, el devenir de las estaciones y de los días, establecen
el orden de lo sagrado que permea los acontecimientos humanos.
Tener la
posibilidad de mirar cuidadosamente los antiguos calendarios
mexicanos es darle curso a la imaginación para adentrarnos
en la relación tiempo-hombre que en ellos se experimenta:
la necesidad de asir y sacralizar el tiempo que pasa, que
fluye, que se deteriora, que se desgasta fatalmente, sol
tras sol hasta llegar al quinto sol, el de la era
en curso. Entonces los calendarios adquieren otro significado,
pues en sí mismos contienen la posibilidad de restaurar
y regenerar ese tiempo del presente en una concepción cíclica,
en un eterno retorno cuyo modelo es la misma naturaleza
y el cosmos, donde el movimiento circular vida-muerte-vida
hace posible tornar a la plenitud originaria, la propia
del tiempo primordial. Y los ciclos se repiten a
través de los siglos, de los años, de los meses, de las
semanas, de los días, como unidades a partir de las cuales
las sociedades registran el tiempo.
Ahora bien,
si los calendarios de los antiguos mexicanos, desde siempre
han sido motivo de azoro y admiración, la mirada que hacia
ellos se dirige está filtrada por el observador en cuestión.
Así, en el temprano siglo XVI, nos comunican los ojos con
que los vieron los evangelizadores y estudiosos de los siglos
iniciales de la Colonia, cuya óptica fue mediada por la
cosmovisión cristiana que, mesiánica y escatológica, no
dejó pasar oportunidad para explicar algunos hechos de los
antiguos mexicanos bajo la luz del diluvio universal y de
la Torre de Babel, y a veces inclusive los condenó por considerarlos
heréticos. No faltaron quienes, en el tránsito de la astrología
a la astronomía, ofrecieran claves importantes para su interpretación.
No obstante, también hay que reconocer la expresión maravillada
con que los españoles de ese entonces los percibieron y
las polémicas que sostuvieron para validar la fidelidad
de la información que ofrecía este cómputo totalmente nuevo
para ellos.
|
|
Litografía original de Genaro López
Mariano Veytia.
Calendarios Mexicanos. Edición Fascimilar de
Miguel Ángel
Porrúa, Librero-Editor y
CONACYT, México, 1994.
|
Más adelante,
el distanciamiento de la cosmovisión católica que proporcionó
la Ilustración, permitió hacer de los antiguos calendarios
mexicanos un objeto de estudio. Lorenzo Boturini, Mariano
Veytia y Antonio de León y Gama sin negar las aportaciones
de los religiosos Francisco Javier Clavijero y Pedro José
Márquez-, fueron dando cuenta de la lógica cultural
de la distribución del tiempo en ellos contenida, hoy tan
familiar, que brevemente acabamos de mencionar.
Un calendario
para cada necesidad...
Sólo que
a los antiguos calendarios mexicanos, en el curso de los
tres siglos de dominio español, se superponen los registros
del tiempo propios del catolicismo aunque también
los hay masónicos, mormones y evangélicos luteranos-,
orientados por los santorales, festividades y conmemoraciones
propias de la liturgia, que dan cuerpo al calendario
eclesiástico: natividad, semana mayor, pascua de resurrección
y otras, superposiciones que aún conservamos en nuestro
México liberal. Muestra de esta simbiosis es el mexicanísimo
Calendario del más antiguo Galván, que se publica
desde el primer cuarto del siglo XIX 1826 para ser
precisos y que, como buen almanaque de consumo popular,
hace escasos años todavía circulaba por ahí difundiendo
fechas y consejos apropiados para la siembra de diversos
productos, así como santorales, ceremonias y prescripciones
litúrgicas propias del catolicismo, curiosamente entrelazadas
con algunas efemérides cívicas4.
|
|
Litografía original de Genaro López
Mariano Veytia. Calendarios Mexicanos.
Edición Fascimilar de Miguel Ángel Porrúa,
Librero-Editor y CONACYT, México, 1994.
|
Cercanos
a nuestro tiempo, si bien sigue vigente en la cristiandad
occidental el gregoriano5, los
calendarios ya no se limitan a registrar acontecimientos
leídos con los ojos del tiempo sagrado de las sociedades
antiguas y de otras no tan antiguas, pero siempre desde
una perspectiva religiosa, sino que ritman el tiempo profano,
propio de la mirada secularizada de las sociedades modernas.
De modo que se inventan y reinventan calendarios para cada
uno de los usos, costumbres, preocupaciones, creencias y
programas sociales, que dan lugar a calendarios positivistas
como el propuesto por A. Comte y republicanos
como el que a partir de la Revolución Francesa marcó
el inicio del año uno en 1792, con el establecimiento de
la República y cuyos doce meses remitían a los cambios climatológicos
propios de las cuatro estaciones6,
así como otros muchos calendarios que invaden nuestra
vida diaria que, curiosamente, coexisten en cada grupo social.
|
|
Litografía original de Genaro López
Mariano Veytia. Calendarios Mexicanos.
Edición Fascimilar de Miguel Ángel Porrúa,
Librero-Editor y CONACYT, México, 1994.
|
Así, además
de los calendarios religiosos, tenemos aquéllos que proceden
de la gestión de instancias públicas, como lo son calendarios
para elaborar presupuestos propios de las diversas
secretarías e instituciones públicas y privadas, los
calendarios electorales que preparan y norman la polémica
partidista hasta en los más remotos rincones del país-,
los calendarios fiscalescon las temidas declaraciones
de impuestos, pagos de tenencias, prediales y otros-,
los calendarios laborales en los que convergen orientaciones
de la Ley Federal del Trabajo y especificaciones del artículo
56 que se concretan en el contrato colectivo de trabajo-,
los calendarios cívicos que hurgamos en pos de alguna
celebración conmemorativa en nuestra historia patria que,
de paso, nos conduzca a usufructuar un día de asueto,
los calendarios de salud pública que marcan los días
de campañas de vacunación- y los muy cercanos calendarios
escolares que en nuestro caso concreto dan cuenta
de la multiplicidad de tareas por efectuar en el curso de
un período lectivo, y en los que encontramos los consabidos
desfases entre la SEP, la UNAM y otras instancias, que por
lo común ponen en crisis las vacaciones familiares.
También
echamos mano de los calendarios de actividades artísticas
que nos dan a conocer la programación de temporadas
de conciertos, de ópera, de teatro y demás los calendarios
de fiestas populares que a veces amalgaman festividades
religiosas y patrióticas, presididas por danza, música,
juegos pirotécnicos, mecánicos y otros, así como el derroche
de comida, expresiones en las que se encuentran sedimentadas
antiguas tradiciones prehispánicas y coloniales-.
Ah... aún
podríamos referirnos a una de las prácticas en boga, la
de los calendarios astrológicos de uso generalizado entre
quienes se afanan por indagar las conjunciones astrales
que marcan su destino, acudiendo para ello al calendarista
de oficio en turno.
Notas
|
1.
Cuya fecha de partida es el día de la creación; esto
es, el 7 de octubre de 3761 antes de la era cristiana,
de acuerdo con el calendario que nos rige.
2.
Ver: El calendario y su origen, de María de Lourdes
Santiago en nuestro Correo del Maestro, número 8,
año 1, de enero de 1997, pp. 50-51.
3.
El calendario azteca, como sabemos, se organizaba
en veinte meses de 18 días cada uno, que hacen un
total de 360 días, a los que se agregan 5 días, por
aciagos temidos. Cada día se representaba con un signo,
que se iba combinando con la serie del 1 al 13. El
siglo lograba la exacta combinación de signos y números
sin repetición alguna.
4.
Durante el cardenismo, se editó el Calendario Nacionalista,
dirigido a las tradiciones prehispánicas, marcando
sus festividades particulares, así como información
sobre cocina local, remedios caseros, orientaciones
sobre agricultura y otros datos interesantes.
5.
Se trata del calendario juliano, que Julio César estableció
en el año 46 a.C. con base en el egipcio; hacia 1582
el papa Gregorio XIII lo reformó, y es el que usamos
actualmente.
6.
Así, para el otoño, estación en la que inicia el año,
tenemos los meses de vendimiario, brumario y frimario;
para el invierno, de nivoso, pluvioso y ventoso; para
primavera, de germinal, floreal y pradial; para verano,
de mesidor, termidor y fructidor.
|
Bibliografía
CASO, Alfonso. Los calendarios
prehispánicos. México, Instituto de Investigaciones
Históricas, UNAM, México, 1967.
JÁUREGUI, Ernesto y otros. Los calendarios de México.
4 volúmenes, Instituto de Investigaciones Sociales,
UNAM, 1969.
SÁNCHEZ, Julio (compilador). Calendario folklórico de
fiestas de la República Mexicana. Editorial Porrúa,
México, 1956.
VEYTIA, Mariano. Los calendarios mexicanos. Edición
facsimilar de Miguel Angel Porrúa y CONACyT, México,
1994. |