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Correo del Maestro Núm. 23,abril 1999

Calendarios antiguos y otros no tanto* Una necesidad de ordenar nuestra vida

María Esther Aguirre Lora

Un cómputo persistente

Uno de los términos que atraviesa los diversos momentos de nuestra vida diaria es el calendario, objeto recurrente en todas las latitudes del mundo para organizar actividades y eventos sociales, culturales, religiosos, económicos, en el curso de lapsos periódicos, precisos y previamente definidos. Se estructura en las unidades que conocemos como días, semanas, meses y años. Implica un cálculo y la definición de acontecimientos de distinta naturaleza a partir de los cuales pueblos y culturas deciden enseñorearse del tiempo, de su tiempo, y de sus faenas, de sus faenas, buscando hitos y eventos sociales, así como fenómenos naturales que aporten puntos de referencia regulares, periódicos, en relación con los cuales el hombre puede también prever y anticipar diversos acontecimientos en la esfera personal y social.

Los calendarios constituyen uno de los registros más complejos y ricos de significados culturales que, frente al tiempo que sin cesar se diluye entre las manos, los hombres de distintas épocas y de distintos ámbitos imaginaron como una forma de retenerlo, controlándolo a su manera.

Calendario egipcio

La preocupación es antigua, muy antigua, y como tal ha cristalizado en una multiplicidad de calendarios enraizados en las plataformas culturales que los originan: los hay babilonios, chinos, hebreos1, egipcios, griegos, romanos, y por supuesto mexicanos, cada uno de ellos con distintas soluciones y simbologías también diversas que nos colocan en el centro de las más profundas explicaciones del mundo y de la vida de cada pueblo, así como de lo que cada grupo social asume como tareas.

El calendario como tal, del término latino calendarium, surgió con una intención muy práctica sin lugar a dudas, pues designaba el libro en que el prestamista controlaba sus cuentas, cuyo interés mensual debían pagarle el primer día del mes, es decir, en las calendas de acuerdo con los antiguos romanos2.

En principio, los calendarios nacen de la observación de los ritmos orgánicos propios del cosmos, revelados primero por la sucesión del día y de la noche; después por la Luna, imagen cambiante y movible, cuya presencia plena y su posterior desvanecimiento seguido de su reaparición que se registra en las fases de la Luna da

Litografía original de Genaro López Mariano Veytia.
Calendarios Mexicanos. Edición Fascimilar de Miguel Ángel
Porrúa, Librero-Editor y
CONACYT, México, 1994.

lugar a los calendarios lunares —como el musulmán—; asimismo el Sol, imagen estable y permanente que da cuenta del desplazamiento de la Tierra por las estaciones climatológicas, se inscribe en los calendarios solares —como el azteca y el maya, que de alguna manera reconocen el año trópico, constituido por 365 y pico días solares—-. La periodicidad que se funda en estos hitos, marca parábolas vitales, orgánicas, vinculadas con la recurrencia cíclica de la vida y de la muerte, de las sucesivas regeneraciones que se transforman nuevamente en vida, ciclos directamente ligados con los acontecimientos propios de las sociedades agrícolas que se despliegan inmersos en una trama de rituales y significados religiosos.

Los calendarios de los antiguos mexicanos

En el caso de México, los calendarios antiguos —en las versiones de los aztecas, de los mayas, de los olmecas, zapotecas, tarascos, matlaltzincas y de otros más— constituyen uno de los más ricos legados de las culturas mesoamericanas, puerto en el cual convergen la observación del curso de los astros, el riguroso cálculo astronómico y el orden sagrado del cosmos, algunos de ellos reconocidos por su exactitud que supera el calendario hoy vigente en el mundo occidental. La riqueza de sus signos y de sus símbolos despliega en torno a ellos un vasto horizonte de significación del que emerge el cosmos de los antiguos mexicanos, armonioso y ordenado. Aproximándonos a los calendarios aztecas, a manera de ejemplo, desfilan ante nuestros ojos círculos de la vida en movimiento, soles y lunas complementarios entre sí, formas cuadrangulares que sustentan la arquitectura de las ciudades cósmicas y de las ciudades terrestres que desde el centro despliegan hacia los puntos cardinales los cuatro elementos fundamentales —casa-tierra, conejo-aire, caña de carrizo-agua, pedernal-fuego—, signos que encabezaban el calendario solar y cuyos juegos de combinaciones numéricas, recorridas del uno al trece, daban nombre a cada uno de los 52 años que integraban el siglo azteca3. En los calendarios, los antiguos mexicanos, pueblo del sol, van tejiendo una urdimbre cuidadosa en torno al astro creador de vida y movimiento; en el juego de su vida y muerte delimitan las eras, el devenir de las estaciones y de los días, establecen el orden de lo sagrado que permea los acontecimientos humanos.

Tener la posibilidad de mirar cuidadosamente los antiguos calendarios mexicanos es darle curso a la imaginación para adentrarnos en la relación tiempo-hombre que en ellos se experimenta: la necesidad de asir y sacralizar el tiempo que pasa, que fluye, que se deteriora, que se desgasta fatalmente, sol tras sol hasta llegar al quinto sol, el de la era en curso. Entonces los calendarios adquieren otro significado, pues en sí mismos contienen la posibilidad de restaurar y regenerar ese tiempo del presente en una concepción cíclica, en un eterno retorno cuyo modelo es la misma naturaleza y el cosmos, donde el movimiento circular vida-muerte-vida hace posible tornar a la plenitud originaria, la propia del tiempo primordial. Y los ciclos se repiten a través de los siglos, de los años, de los meses, de las semanas, de los días, como unidades a partir de las cuales las sociedades registran el tiempo.

Ahora bien, si los calendarios de los antiguos mexicanos, desde siempre han sido motivo de azoro y admiración, la mirada que hacia ellos se dirige está filtrada por el observador en cuestión. Así, en el temprano siglo XVI, nos comunican los ojos con que los vieron los evangelizadores y estudiosos de los siglos iniciales de la Colonia, cuya óptica fue mediada por la cosmovisión cristiana que, mesiánica y escatológica, no dejó pasar oportunidad para explicar algunos hechos de los antiguos mexicanos bajo la luz del diluvio universal y de la Torre de Babel, y a veces inclusive los condenó por considerarlos heréticos. No faltaron quienes, en el tránsito de la astrología a la astronomía, ofrecieran claves importantes para su interpretación. No obstante, también hay que reconocer la expresión maravillada con que los españoles de ese entonces los percibieron y las polémicas que sostuvieron para validar la fidelidad de la información que ofrecía este cómputo totalmente nuevo para ellos.

Litografía original de Genaro López Mariano Veytia.
Calendarios Mexicanos. Edición Fascimilar de Miguel Ángel
Porrúa, Librero-Editor y
CONACYT, México, 1994.

Más adelante, el distanciamiento de la cosmovisión católica que proporcionó la Ilustración, permitió hacer de los antiguos calendarios mexicanos un objeto de estudio. Lorenzo Boturini, Mariano Veytia y Antonio de León y Gama —sin negar las aportaciones de los religiosos Francisco Javier Clavijero y Pedro José Márquez—-, fueron dando cuenta de la lógica cultural de la distribución del tiempo en ellos contenida, hoy tan familiar, que brevemente acabamos de mencionar.

Un calendario para cada necesidad...

Sólo que a los antiguos calendarios mexicanos, en el curso de los tres siglos de dominio español, se superponen los registros del tiempo propios del catolicismo —aunque también los hay masónicos, mormones y evangélicos luteranos—-, orientados por los santorales, festividades y conmemoraciones propias de la liturgia, que dan cuerpo al calendario eclesiástico: natividad, semana mayor, pascua de resurrección y otras, superposiciones que aún conservamos en nuestro México liberal. Muestra de esta simbiosis es el mexicanísimo Calendario del más antiguo Galván, que se publica desde el primer cuarto del siglo XIX —1826 para ser precisos— y que, como buen almanaque de consumo popular, hace escasos años todavía circulaba por ahí difundiendo fechas y consejos apropiados para la siembra de diversos productos, así como santorales, ceremonias y prescripciones litúrgicas propias del catolicismo, curiosamente entrelazadas con algunas efemérides cívicas4.

Litografía original de Genaro López
Mariano Veytia. Calendarios Mexicanos.
Edición Fascimilar de Miguel Ángel Porrúa, Librero-Editor y CONACYT, México, 1994.

Cercanos a nuestro tiempo, si bien sigue vigente en la cristiandad occidental el gregoriano5, los calendarios ya no se limitan a registrar acontecimientos leídos con los ojos del tiempo sagrado de las sociedades antiguas y de otras no tan antiguas, pero siempre desde una perspectiva religiosa, sino que ritman el tiempo profano, propio de la mirada secularizada de las sociedades modernas. De modo que se inventan y reinventan calendarios para cada uno de los usos, costumbres, preocupaciones, creencias y programas sociales, que dan lugar a calendarios positivistas —como el propuesto por A. Comte— y republicanos —como el que a partir de la Revolución Francesa marcó el inicio del año uno en 1792, con el establecimiento de la República y cuyos doce meses remitían a los cambios climatológicos propios de las cuatro estaciones—6, así como otros muchos calendarios que invaden nuestra vida diaria que, curiosamente, coexisten en cada grupo social.

Litografía original de Genaro López
Mariano Veytia. Calendarios Mexicanos.
Edición Fascimilar de Miguel Ángel Porrúa, Librero-Editor y CONACYT, México, 1994.

Así, además de los calendarios religiosos, tenemos aquéllos que proceden de la gestión de instancias públicas, como lo son calendarios para elaborar presupuestos —propios de las diversas secretarías e instituciones públicas y privadas—, los calendarios electorales —que preparan y norman la polémica partidista hasta en los más remotos rincones del país—-, los calendarios fiscales—con las temidas declaraciones de impuestos, pagos de tenencias, prediales y otros—-, los calendarios laborales —en los que convergen orientaciones de la Ley Federal del Trabajo y especificaciones del artículo 56 que se concretan en el contrato colectivo de trabajo—-, los calendarios cívicos —que hurgamos en pos de alguna celebración conmemorativa en nuestra historia patria que, de paso, nos conduzca a usufructuar un día de asueto—, los calendarios de salud pública —que marcan los días de campañas de vacunación—- y los muy cercanos calendarios escolares —que en nuestro caso concreto dan cuenta de la multiplicidad de tareas por efectuar en el curso de un período lectivo, y en los que encontramos los consabidos desfases entre la SEP, la UNAM y otras instancias, que por lo común ponen en crisis las vacaciones familiares—.

También echamos mano de los calendarios de actividades artísticas —que nos dan a conocer la programación de temporadas de conciertos, de ópera, de teatro y demás— los calendarios de fiestas populares —que a veces amalgaman festividades religiosas y patrióticas, presididas por danza, música, juegos pirotécnicos, mecánicos y otros, así como el derroche de comida, expresiones en las que se encuentran sedimentadas antiguas tradiciones prehispánicas y coloniales-.

Ah... aún podríamos referirnos a una de las prácticas en boga, la de los calendarios astrológicos de uso generalizado entre quienes se afanan por indagar las conjunciones astrales que marcan su destino, acudiendo para ello al calendarista de oficio en turno.

Notas

1. Cuya fecha de partida es el día de la creación; esto es, el 7 de octubre de 3761 antes de la era cristiana, de acuerdo con el calendario que nos rige.

2. Ver: El calendario y su origen, de María de Lourdes Santiago en nuestro Correo del Maestro, número 8, año 1, de enero de 1997, pp. 50-51.

3. El calendario azteca, como sabemos, se organizaba en veinte meses de 18 días cada uno, que hacen un total de 360 días, a los que se agregan 5 días, por aciagos temidos. Cada día se representaba con un signo, que se iba combinando con la serie del 1 al 13. El siglo lograba la exacta combinación de signos y números sin repetición alguna.

4. Durante el cardenismo, se editó el Calendario Nacionalista, dirigido a las tradiciones prehispánicas, marcando sus festividades particulares, así como información sobre cocina local, remedios caseros, orientaciones sobre agricultura y otros datos interesantes.

5. Se trata del calendario juliano, que Julio César estableció en el año 46 a.C. con base en el egipcio; hacia 1582 el papa Gregorio XIII lo reformó, y es el que usamos actualmente.

6. Así, para el otoño, estación en la que inicia el año, tenemos los meses de vendimiario, brumario y frimario; para el invierno, de nivoso, pluvioso y ventoso; para primavera, de germinal, floreal y pradial; para verano, de mesidor, termidor y fructidor.

 

Bibliografía

CASO, Alfonso. Los calendarios prehispánicos. México, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, México, 1967.
JÁUREGUI, Ernesto y otros. Los calendarios de México. 4 volúmenes, Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM, 1969.
SÁNCHEZ, Julio (compilador). Calendario folklórico de fiestas de la República Mexicana. Editorial Porrúa, México, 1956.
VEYTIA, Mariano. Los calendarios mexicanos. Edición facsimilar de Miguel Angel Porrúa y CONACyT, México, 1994.

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