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Finalmente, no debemos perder
la alegría pura y simple de descubrir un pasado que
se había desaparecido de nuestra vida: Mientras
tanto, el encanto del primer descubrimiento es propio
y nuestro, y al ir explorando este magnífico campo
de investigación, el sentir de un gran historiador
de nuestros tiempos (Nieburhr, autor de Historia
de Roma) podrá estar continuamente presente en
nuestras mentes: aquél que le da vida
a lo que se ha desvanecido, disfruta de una alegría
como aquélla de crear.
Stephen J. Gould
citando a Lyell, que cita a Niebuhr
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La ciencia, a lo largo de su historia, ha contribuido significativamente
a transformar la visión que el hombre tiene del mundo. Las
repercusiones de estas transformaciones son tan grandes
no sólo para la ciencia, sino para otras áreas del
conocimiento que los historiadores las describen como
revoluciones.
En un texto
ya famoso, Freud menciona tres episodios en la historia
de la ciencia que lograron suprimir la arrogancia humana.
Primero,
con Copérnico, Galileo y Newton, el hombre no sólo se da
cuenta de que nuestro planeta es muy pequeño en un universo
inimaginablemente extenso sino que, además, no es el punto
en torno al cual giran los demás cuerpos celestes, es tan
sólo un astro más entre otros que se trasladan alrededor
del Sol.
En una segunda
revolución intelectual, Darwin demuestra que todas las especies
son descendientes modificados de especies distintas que
vivieron millones de años antes. Las semejanzas morfológicas
y embriológicas que existen entre los organismos se deben
a lazos genealógicos y no a las ideas de cómo el Creador
quiso formar la vida. Darwin refuta la noción de un mundo
estático en donde las especies no se transforman, y establece
el concepto de especie como una entidad histórica. Además,
Darwin vincula al hombre con toda la naturaleza afirmando
que también es un producto de la evolución.
El golpe
definitivo a la soberbia humana, se da a partir de Freud
y su descubrimiento del inconsciente, instancia esta última
que socava y derrumba el pedestal sobre el que el hombre
se mantenía como ser racional, poseedor incuestionado de
sus pensamientos y de sus actos.
Es indudable
el impacto que cada una de estas ideas produjo en el conocimiento
científico de su época, mismo que se trasladó a la visión
que el hombre tenía del mundo en otras áreas del conocimiento.
Sin embargo,
como escribe el paleontólogo e historiador de la ciencia
Stephen Jay Gould*, Freud no mencionó otra revolución en
este proceso de descentramiento, de ruptura de la antigua
visión antropocéntrica: el tiempo profundo, la noción de
que la Tierra tiene una edad inmensa. Este concepto de
un tiempo difícilmente concebible y ajeno a toda experiencia
humana inmediata constituye la contribución más importante
de la geología al conocimiento humano.
Para comprender
la trascendencia de esta adquisición del conocimiento a
finales del siglo XVIII y comienzos del XIX es necesario
intentar ubicarnos en el contexto intelelectual de la época,
en la idea que hasta entonces había predominado en relación
a la edad de la Tierra. Al igual que en otras nociones,
la visión imperante era la de la Biblia, acorde con cuyos
relatos el arzobispo James Ussher de Dublín calculó, en
el año 1 650, que la Creación había tenido lugar alrededor
de 4 004 años a.C., es decir, hace unos 6 000 años, mismos
que serían la edad de nuestra morada.
¡Seis mil
años! Tiempo inmenso para quienes tan sólo experimentamos
el breve lapso de la vida a través de los aún más breves
tiempos cotidianos. Tiempo efímero, sin embargo, para los
lentos procesos geológicos.
Los hombres
del siglo XVII calculaban la edad de la Tierra en miles
de años, los hombres en la época de Kant ya sabían que la
Tierra tenía millones de años. ¿Cómo se produjo este cambio
en el pensamiento humano? Es necesario señalar que esta
reconstrucción en la perspectiva del hombre sobre la edad
de la Tierra no la creó un solo pensador ni un grupo de
hombres. Esta transformación se forjó con el trabajo de
historiadores, lingüistas, filósofos y también aquéllos
que estudiaban la Tierra (el nombre de geología no se había
acuñado todavía). Además, los descubrimientos científicos
se parecen al paso del día a la noche (o de la noche al
día, según su preferencia): no podemos decir con absoluta
certeza cuándo empieza la noche pero sí podemos afirmar
que ya es de noche. De la misma manera, los descubrimientos
se perciben después de que se han cristalizado en las mentes
de las personas.
No obstante,
sí existen períodos claves en la historia de las ideas que
nos abren la puerta para poder imaginarnos el mundo de una
manera distinta.
Un momento
crucial se produjo cuando el científico escocés James Hutton
desarrolló una teoría que visualizaba a la Tierra como una
máquina cíclica que trabajaba sin cesar.
Anteriormente,
un impedimento para la aceptación de una edad inmensa de
la Tierra era que no se conocía una fuerza de renovación
de ésta. Se conocía el fenómeno de la erosión, pero se pensaba
que si la Tierra había sufrido siempre este mecanismo de
desgaste, entonces debía tener un origen reciente pues de
lo contrario ya se hubiera desgastado. Hutton, influenciado
por el concepto aristotélico de causa final (de finalidad,
de propósito) argumentaba que debe existir una fuerza que
reconstituya la tierra y el suelo para que así siga habiendo
vida humana. En su libro Teoría de la Tierra (1788),
Hutton explicó que la Tierra funciona como una máquina que
se desgasta y se regenera en un ciclo de cuatro pasos. En
la primera fase, la Tierra es desgastada por calor, agua,
viento, roca, etc., para formar sedimentos. Éstos se depositan
como estratos (capas), en las profundidades del océano,
lo que constituye la segunda fase. En una tercera fase la
fuerza y el calor del interior de la Tierra compactan y
solidifican estos estratos para formar roca. Finalmente,
en la última fase, el mismo calor interno levanta la Tierra
y la fractura. Con esto, las capas quedan nuevamente expuestas
y se reinicia el ciclo.
Lo anterior
queda muy bien ilustrado en el dibujo que acompaña al texto
(ver figura de la p. 23).Retomemos ahora las dos imágenes
de las que el hombre se ha valido para representar el tiempo.
En un caso el de la tradición judeo-cristiana,
el tiempo es representado como una línea recta. De acuerdo
con esta idea, el tiempo tiene una dirección, un origen
y un camino en el que los eventos son irrepetibles. En la
otra concepción la de las culturas mesoamericanas,
por ejemplo el tiempo es cíclico, en él los sucesos
pueden repetirse en un mismo orden, un sinfín de veces.
Trasladada
esta última noción a los ciclos de la Tierra, podemos decir
que si éstos han venido repitiéndose durante miles y millones
de años, es posible proyectarlos hacia el futuro y predecir
que los mismos seguirán sucediéndose unos a otros de manera
indefinida. Pero también podemos proyectar esta misma idea
hacia el pasado, con lo que llegamos a la conclusión de
que la Tierra es inimaginablemente vieja y no la morada
que fue creada unos días antes que el hombre, para que éste
la habitara.
El tiempo
de este ciclo, al igual que el tiempo de la evolución, es
tan vasto, tan profundo como lo llamó John McPhee que no
es visible ni experimentable para nadie en el tiempo de
una vida ni en el de muchas generaciones. Sólo podemos ver
de ellos sus huellas, sus evidencias. Por ello podemos entender
la alegría simple y pura de aquella generación de
hombres que logró aprehender esta otra forma del tiempo.
Una
imagen del tiempo geológico
Dada la
dificultad para comprender el tiempo geológico, existen
diversas propuestas que intentan proporcionar una imagen
del mismo. A continuación reproducimos un ejemplo que impacta
por su sencillez y su humor.
Supongamos
que la antigua yarda inglesa distancia tomada desde
la punta de la nariz del rey en turno hasta la punta de
su dedo pulgar, con el brazo extendido representa
la totalidad del tiempo geológico. La punta de la uña del
dedo pulgar del rey representa el tiempo que el hombre ha
estado sobre la Tierra. ¡Cuál no será nuestra sorpresa si
el rey decide limar su uña!

Stephen Jay Goul. Times's Arrow Times Cycle. Harvad
University Press. USA,1987,p.60
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Nótese cómo en esta ilustración hay dos conjuntos
de estratos: el de abajo perpendicular al de arriba.
Toda la serie inferior de capas representa un ciclo:
los sedimentos se fueron depositando de manera horizontal;
posteriormente se compactaron y formaron roca; el
calor inmenso de la Tierra los levantó con tanta fuerza,
que los colocó en posición vertical (parte inferior
del dibujo).
Esta serie de capas que quedó en posición vertical
ahora va a servir de fondo para una nueva serie de
estratos que se van a formar en un segundo ciclo (en
el dibujo, serie de capas horizontales sobre las que
hay vegetación).
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*Nuestro texto presenta algunas de las ideas expuestas en el libro de
Stephen Jay Gould, La flecha del tiempo, el ciclo
del tiempo. Este libro es quizás la mejor introducción
para entender la noción del tiempo en la geología
y el descubrimiento del tiempo profundo.
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