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Correo del Maestro Núm. 23,abril 1998

El tiempo profundo

Héctor Delgado

Finalmente, no debemos perder la alegría pura y simple de descubrir un pasado que se había desaparecido de nuestra vida: ‘Mientras tanto, el encanto del primer descubrimiento es propio y nuestro, y al ir explorando este magnífico campo de investigación, el sentir de un gran historiador de nuestros tiempos (Nieburhr, autor de Historia de Roma) podrá estar continuamente presente en nuestras mentes’: ‘aquél que le da vida a lo que se ha desvanecido, disfruta de una alegría como aquélla de crear’.


Stephen J. Gould
citando a Lyell, que cita a Niebuhr

 

La ciencia, a lo largo de su historia, ha contribuido significativamente a transformar la visión que el hombre tiene del mundo. Las repercusiones de estas transformaciones son tan grandes —no sólo para la ciencia, sino para otras áreas del conocimiento— que los historiadores las describen como revoluciones.

En un texto ya famoso, Freud menciona tres episodios en la historia de la ciencia que lograron suprimir la arrogancia humana.

Primero, con Copérnico, Galileo y Newton, el hombre no sólo se da cuenta de que nuestro planeta es muy pequeño en un universo inimaginablemente extenso sino que, además, no es el punto en torno al cual giran los demás cuerpos celestes, es tan sólo un astro más entre otros que se trasladan alrededor del Sol.

En una segunda revolución intelectual, Darwin demuestra que todas las especies son descendientes modificados de especies distintas que vivieron millones de años antes. Las semejanzas morfológicas y embriológicas que existen entre los organismos se deben a lazos genealógicos y no a las ideas de cómo el Creador quiso formar la vida. Darwin refuta la noción de un mundo estático en donde las especies no se transforman, y establece el concepto de especie como una entidad histórica. Además, Darwin vincula al hombre con toda la naturaleza afirmando que también es un producto de la evolución.

El golpe definitivo a la soberbia humana, se da a partir de Freud y su descubrimiento del inconsciente, instancia esta última que socava y derrumba el pedestal sobre el que el hombre se mantenía como ser racional, poseedor incuestionado de sus pensamientos y de sus actos.

Es indudable el impacto que cada una de estas ideas produjo en el conocimiento científico de su época, mismo que se trasladó a la visión que el hombre tenía del mundo en otras áreas del conocimiento.

Sin embargo, como escribe el paleontólogo e historiador de la ciencia Stephen Jay Gould*, Freud no mencionó otra revolución en este proceso de descentramiento, de ruptura de la antigua visión antropocéntrica: el tiempo profundo, la noción de que la Tierra tiene una edad inmensa. Este concepto —de un tiempo difícilmente concebible y ajeno a toda experiencia humana inmediata— constituye la contribución más importante de la geología al conocimiento humano.

Para comprender la trascendencia de esta adquisición del conocimiento a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX es necesario intentar ubicarnos en el contexto intelelectual de la época, en la idea que hasta entonces había predominado en relación a la edad de la Tierra. Al igual que en otras nociones, la visión imperante era la de la Biblia, acorde con cuyos relatos el arzobispo James Ussher de Dublín calculó, en el año 1 650, que la Creación había tenido lugar alrededor de 4 004 años a.C., es decir, hace unos 6 000 años, mismos que serían la edad de nuestra morada.

¡Seis mil años! Tiempo inmenso para quienes tan sólo experimentamos el breve lapso de la vida a través de los aún más breves tiempos cotidianos. Tiempo efímero, sin embargo, para los lentos procesos geológicos.

Los hombres del siglo XVII calculaban la edad de la Tierra en miles de años, los hombres en la época de Kant ya sabían que la Tierra tenía millones de años. ¿Cómo se produjo este cambio en el pensamiento humano? Es necesario señalar que esta reconstrucción en la perspectiva del hombre sobre la edad de la Tierra no la creó un solo pensador ni un grupo de hombres. Esta transformación se forjó con el trabajo de historiadores, lingüistas, filósofos y también aquéllos que estudiaban la Tierra (el nombre de geología no se había acuñado todavía). Además, los descubrimientos científicos se parecen al paso del día a la noche (o de la noche al día, según su preferencia): no podemos decir con absoluta certeza cuándo empieza la noche pero sí podemos afirmar que ya es de noche. De la misma manera, los descubrimientos se perciben después de que se han cristalizado en las mentes de las personas.

No obstante, sí existen períodos claves en la historia de las ideas que nos abren la puerta para poder imaginarnos el mundo de una manera distinta.

Un momento crucial se produjo cuando el científico escocés James Hutton desarrolló una teoría que visualizaba a la Tierra como una máquina cíclica que trabajaba sin cesar.

Anteriormente, un impedimento para la aceptación de una edad inmensa de la Tierra era que no se conocía una fuerza de renovación de ésta. Se conocía el fenómeno de la erosión, pero se pensaba que si la Tierra había sufrido siempre este mecanismo de desgaste, entonces debía tener un origen reciente pues de lo contrario ya se hubiera desgastado. Hutton, influenciado por el concepto aristotélico de causa final (de finalidad, de propósito) argumentaba que debe existir una fuerza que reconstituya la tierra y el suelo para que así siga habiendo vida humana. En su libro Teoría de la Tierra (1788), Hutton explicó que la Tierra funciona como una máquina que se desgasta y se regenera en un ciclo de cuatro pasos. En la primera fase, la Tierra es desgastada por calor, agua, viento, roca, etc., para formar sedimentos. Éstos se depositan como estratos (capas), en las profundidades del océano, lo que constituye la segunda fase. En una tercera fase la fuerza y el calor del interior de la Tierra compactan y solidifican estos estratos para formar roca. Finalmente, en la última fase, el mismo calor interno levanta la Tierra y la fractura. Con esto, las capas quedan nuevamente expuestas y se reinicia el ciclo.

Lo anterior queda muy bien ilustrado en el dibujo que acompaña al texto (ver figura de la p. 23).Retomemos ahora las dos imágenes de las que el hombre se ha valido para representar el tiempo. En un caso —el de la tradición judeo-cristiana—, el tiempo es representado como una línea recta. De acuerdo con esta idea, el tiempo tiene una dirección, un origen y un camino en el que los eventos son irrepetibles. En la otra concepción —la de las culturas mesoamericanas, por ejemplo— el tiempo es cíclico, en él los sucesos pueden repetirse en un mismo orden, un sinfín de veces.

Trasladada esta última noción a los ciclos de la Tierra, podemos decir que si éstos han venido repitiéndose durante miles y millones de años, es posible proyectarlos hacia el futuro y predecir que los mismos seguirán sucediéndose unos a otros de manera indefinida. Pero también podemos proyectar esta misma idea hacia el pasado, con lo que llegamos a la conclusión de que la Tierra es inimaginablemente vieja y no la morada que fue creada unos días antes que el hombre, para que éste la habitara.

El tiempo de este ciclo, al igual que el tiempo de la evolución, es tan vasto, tan profundo como lo llamó John McPhee que no es visible ni experimentable para nadie en el tiempo de una vida ni en el de muchas generaciones. Sólo podemos ver de ellos sus huellas, sus evidencias. Por ello podemos entender la alegría simple y pura de aquella generación de hombres que logró aprehender esta otra forma del tiempo.

Una imagen del tiempo geológico

Dada la dificultad para comprender el tiempo geológico, existen diversas propuestas que intentan proporcionar una imagen del mismo. A continuación reproducimos un ejemplo que impacta por su sencillez y su humor.

Supongamos que la antigua yarda inglesa —distancia tomada desde la punta de la nariz del rey en turno hasta la punta de su dedo pulgar, con el brazo extendido— representa la totalidad del tiempo geológico. La punta de la uña del dedo pulgar del rey representa el tiempo que el hombre ha estado sobre la Tierra. ¡Cuál no será nuestra sorpresa si el rey decide limar su uña!

 

Stephen Jay Goul. Times's Arrow Times Cycle. Harvad University Press. USA,1987,p.60
Nótese cómo en esta ilustración hay dos conjuntos de estratos: el de abajo perpendicular al de arriba. Toda la serie inferior de capas representa un ciclo: los sedimentos se fueron depositando de manera horizontal; posteriormente se compactaron y formaron roca; el calor inmenso de la Tierra los levantó con tanta fuerza, que los colocó en posición vertical (parte inferior del dibujo).
Esta serie de capas que quedó en posición vertical ahora va a servir de fondo para una nueva serie de estratos que se van a formar en un segundo ciclo (en el dibujo, serie de capas horizontales sobre las que hay vegetación).

 

*Nuestro texto presenta algunas de las ideas expuestas en el libro de Stephen Jay Gould, La flecha del tiempo, el ciclo del tiempo. Este libro es quizás la mejor introducción para entender la noción del tiempo en la geología y el descubrimiento del tiempo profundo.

 

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