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Correo del Maestro Núm. 25, junio 1998

Ángel de Campo, maestro de México

María del Carmen Pérez Hernández

El realismo literario en México durante la época de Micrós

En la segunda mitad del siglo XIX, como oposición al idealismo del momento, nuevas corrientes de pensamiento van a proponer otros enfoques de la vida y, aunque se entrelazan diversas actitudes, predomina una concepción materialista de la realidad con base en la filosofía positivista.

Para mostrar esta nueva visión del mundo, el artista asume con frecuencia una postura crítica. En su obra se refleja la preocupación por una verdad buscada por medio de la observación y el análisis de la realidad.

El gusto del público y la índole de los temas provoca que la forma narrativa se imponga sobre otros modos de expresión y la novela se convierta en artículo de consumo de un público masivo y heterogéneo.

El auge del periodismo contribuyó a la difusión de ideas de conciencia social al incluir en sus entregas tanto el cuento como la novela de folletín.

Así pues, el reflejo de la realidad constituye un universo novelístico que parte de temas como: el hombre y su comportamiento, los conflictos humanos, las cuestiones vitales, el entorno habitual, los problemas económicos y de orden práctico, la realidad social, las costumbres y los sucesos contemporáneos.

Ángel de Campo

Para ello, el escritor crea sus ambientes a partir de la vida cotidiana y el ámbito local, los describe con precisión y detalle. Se habla de lo habitual y circundante. Se busca la objetividad como reacción contra el exceso de subjetividad romántica.

En estos escenarios se mueven los personajes del cuento y la novela realista. El personaje constituye la verdadera preocupación del escritor; son seres tomados de la vida real y recreados por el narrador.

Buena parte de la caracterización de los héroes y heroínas de la narrativa realista residen en la adecuación entre el personaje y su habla.

El mensaje del texto se ocupa de reproducir la realidad, puesto que se trata de la verdad del momento; se despierta el gusto por la realidad nacional, de lo propio frente a lo ajeno.

También existe la intención, en el artista, de que su obra sea útil. De ahí que con frecuencia encontramos un propósito didáctico y un fin moralizante.

En el manejo de la lengua fue donde la narrativa produjo verdaderas innovaciones. La narración constituye la materia prima de la novela y el cuento; sin embargo la descripción, en el realismo, ocupa un lugar muy importante, ya que responde a la necesidad de forjar esa realidad.

Las descripciones de lugares y personajes, de estados de ánimo y paisajes, son exhaustivas y minuciosas en el detalle, a veces tan prolijas que, para no cansar al lector, el escritor maneja el período sintáctico breve. La forma de expresión, tan natural que parece simple y sencilla, está muy trabajada, justamente para esconder la personalidad del escritor y llegar a la claridad y exactitud que pide la objetividad del relato. Al alternar la narración con el diálogo, el autor consigue el equilibrio entre las formas directa e indirecta; pero es sobre todo en el diálogo donde desempeña una auténtica labor de orfebrería; el habla debe responder a la forma del pensamiento del personaje, el lenguaje coloquial confiere realismo a las situaciones si está cuidadosamente dosificado y, en esa búsqueda de lo verdadero, el autor maneja con igual soltura regionalismos que vulgarismos.

En la narrativa nacional del siglo XIX se pretende mexicanizar todo en la obra: el asunto, los personajes, el habla, las costumbres, todo cuanto sea necesario, para dar la atmósfera peculiar de este lugar a la obra literaria.

II. Algunos datos biográficos

En medio de este panorama aparece una figura singular: Ángel de Campo, quien aporta a la corriente cultural imperante su pesimismo agudo y su desdén radical.

Su vida es tranquila y común. Ángel Efrén de Campo y Valle —según información de su sobrino Antonio Fernández Del Castillo— nace en la Ciudad de México el 9 de julio de 1869, en la casa número 25 de la calle de Puente Quebrado, hoy República de El Salvador, en el barrio de San Juan de Letrán.

Asiste al Colegio del Canónigo Díaz. Su padre, el militar Ángel de Campo, muere pronto y su madre, Laura Valle, agota la escasa herencia.

El tío político de Micrós (como se acostumbra llamar a De Campo), Francisco Fernández Del Castillo, lo inscribe en el colegio más prestigiado de entonces, el de don Emilio Baz.

Inició estudios de medicina, pero tuvo que abandonarlos para mantener a sus hermanos y aceptar un modesto empleo en la Secretaría de Hacienda.

Para completar sus ingresos fue profesor en la Escuela Nacional Preparatoria y, alentado por Altamirano, inició sus colaboraciones en los periódicos de la capital.

A la muerte del escritor, Micrós escribe un texto educativo titulado Recuerdos del maestro, dedicado a doña Margarita G. de Altamirano.

Cuantas veces, rodeado por nosotros, se
entusiasmó el Maestro, poníase de pie, se
arreglaba los pantalones, y con ademán

mesurado, hablaba. Fácil su palabra, iba
animándose, desparramaba ejemplos,
citaba autores, y diríase que hablaba ante
un Congreso; empero, sin inmutarse,
porque era orador y era elocuente a todas
horas, su talento no se parecía al de
aquellos que, como ciertas gentes, visten
su palabra de elegante ropaje tan solo en
los días grandes.
(Recuerdos del Maestro, p. 230)

 

 

En esos años de formación, la generación de Micrós lee ávidamente—según afirma Luis González Obregón—a los novelistas contemporáneos —-franceses, españoles, rusos—, desde Zolá hasta Tolstoi, desde Pérez Galdós hasta Turgueniev, sin olvidar a los nuestros, a Fernández de Lizardi, Fernando Orozco, Justo Sierra (padre), al trascendental Facundo, a Guillermo Prieto y a nuestro inolvidable Altamirano.

Después de discursos, ensayos y críticas, llegaron a la conclusión de fundar el liceo Santuario de nuestras glorias y de nuestros afectos, continúa diciendo don Luis González Obregón en el prólogo que hizo a los cuentos de Micrós.

Su intención, al reunirse con Altamirano, fue crear una literatura nacional que reafirmara la mexicanidad de este país.

III. Características de su obra

Del prólogo que hizo Ma. del Carmen Millán a la colección de cuentos titulada Cosas vistas y cartones, se entresacan a continuación algunas de las ideas principales:

•Ángel de Campo es uno de los pocos escritores de su tiempo conocido básicamente como cuentista. Su obra editada es pequeña: tres libros que contienen unos setenta cuentos.

•El cuento no acaba de independizarse de la novela sino hasta los últimos años del siglo XIX con los escritores llamados realistas. Por entonces no estaba totalmente deslindado su campo ni aquilatada su importancia literaria... no existe un criterio para establecer los límites de este género narrativo. Se confunden el cuento largo y la novela corta; y lo mismo sucede con la técnica: un cuento amplificado es una novela; una novela comprimida, es un cuento; y cuento es también cualquier relato o las impresiones y reflexiones personales acerca de un hecho cualquiera.

La colección de cuentos de Ángel de Campo presenta las características propias de la literatura realista que fueron citadas con anterioridad. A estas líneas generales del realismo se unen la tradición moralizante y didáctica que nació en la novela hispanoamericana con El Periquillo Sarniento y a la tendencia nacionalista que Altamirano impuso a la literatura.

Lo más corriente es clasificar la obra de Micrós atendiendo a la temática.

La mayor parte de los cuentos de Ocios y apuntes se seleccionaron de la serie denominada Ocios que apareció en el diario El Nacional, los jueves y los domingos de cada semana, durante el año de 1890.

En este primer libro, Micrós marca el terreno en que se movería en adelante, las líneas que explotaría con mayor acierto y los procedimientos técnicos que usaría.

El lugar es la Ciudad de México y describe la situación de las clases pobres.

Los temas que trata son: experiencias de la niñez, retratos de personajes típicos, historias de niños y animales abandonados, escenas de la vida familiar y amorosa, así como cuadros de costumbres.

Plaza de la Constitución y vista de la Catedral, Ciudad de México, 1912. Foto Duhart, H. Archivo General de la Nación.

Los procedimientos que utiliza con mayor frecuencia son la evocación del pasado a través de un hecho presente, la descripción de caracteres físicos y morales, mediante escenarios vivos, y la humanización de objetos, animales y plantas.

Los cuentos de Micrós son fragmentos de una realidad ya perdida que él conoció de cerca y que supo revivir con sus tipos peculiares. Son un espejo que, a la vez, refleja los hechos intrascendentes de la vida diaria y capta lo más entrañable del espíritu del pueblo.

También es muy importante en la obra el tratamiento del lenguaje, el empleo del habla del pueblo bajo en la conversación entre personajes.

Finalmente, es importante anotar que el lenguaje acorde con el tema tratado, la emoción vívida y tierna, el tono mesurado y discretamente irónico, la rebeldía punzante, el pesimismo, son las características que distinguen a este escritor del resto de su generación.

IV. La Ciudad de México en la obra de Micrós

¿Cómo enfoca Micrós la Ciudad de México y qué llama su atención?

Él mismo lo explica en su obra con estas palabras:

Me interesaban aquellos cuadros y escenas
que encontraba en la calle y nunca había
visto. La mandadera que saluda al gendar-
me, la enamorada pareja trasnochada que
con un último resto de embriaguez va sabe
Dios a dónde; el bullicio de las panaderías
que arrojan a la acera el olor caliente de la
sabrosa hornada, la agitación de la tienda, la
limpieza de la pulquería y el lento abrirse de
las correctas boticas.
(Dura Lex, p. 96)

 

Como él mismo afirma, los personajes del pueblo son uno de los temas principales de su producción. Lo mismo puede hacer la descripción de El Chato Barrios y compararlo con Isidorito Cañas, que hablar del Pobre Cejudo. O bien se preocupa por presentar a un personaje de lo más bajo de la plebe, con el objeto de hacer muchas veces una denuncia social, como lo vemos cuando habla de un condenado a muerte en Dura Lex. Así se expresa Micrós:

Sólo un sargento, un tipo vulgar, parece
preocupado; sí, él comprende todo lo amar-
go de esos minutos, al estar cerca de ese
lujo de la ley social; él sabe cómo la mise-
ria, la ignorancia, las humillaciones, el
hambre como las olas impuras, impelen
del lecho del incesto y la mancebía a un
rebaño que vive en el fango, al hombre
hecho animal por la pobreza con todos los
instintos del bruto, degenerado, incons-
ciente que parece nacer para que se le
suprima en el nombre de una ley inspirada
en la barbarie, pero nunca en los princi-
pios de redención, que hacen del asesino
un enfermo y del abyecto un ejemplar más
de las monstruosidades que engendra la
promiscuidad de la plebe. (p. 99)

 

Otros personajes del pueblo bajo que también le interesan son las prostitutas y de ellas habla en El entierro de la Chiquitita o de Soledad en El Inocente.

 

En ambos casos las protagonistas pagan las consecuencias de su vida descarriada. En la primera, La Chiquitita paga con su vida; en la segunda, Soledad paga con la vida de su hijo. Al respecto Micrós dice:

Se engañan los que toman como excepcio-
nales los caracteres de esas infelices. Sole-
dad junto al hijo, diríase una nodriza
cuidadosa; era tonta y no veía en el
enfermo una culpa hecha dolorosa carne,
un remordimiento, sino una criatura
anémica que curaría con una poca de
Emulsión, visita los miércoles y baratijas
de a seis centavos. ¡Qué saben de medicina
y de herencia ciertas descarriadas! (El
Inocente, p.280).

 

 

En cuanto al lenguaje, Micrós pone en boca de estos personajes las expresiones propias del pueblo, y así lo mismo emplea frases como “hacer de las aguas” (Pobre viejo, p. 20) o como “la mera verdad” (Mi musa), o bien emplea esta otra que ha perdido actualidad para nosotros: “si te dan medio, me das cuartilla por el chisme” (La mesa chica, p. 50); o esta otra que por el contrario parece tan actual: “De veras que las mujeres recogen lo peor. Ahí está Emelina: tantos guapos que le hicieron el oso y fue a dar con Cejudo” (Pobre Cejudo, p. 129).

Esquina Cadena y Colegio de Niñas, Ciudad de México, 1912. Foto Miret, Archivo General de la Nación.

 

Son tan importantes estas formas lingüísticas que inclusive pueden decirnos mucho acerca de la mentalidad de esa época, por ejemplo esta expresión:¿Qué quieres aquí, Luis? Los hombres no entran a la cocina, se te van a caer los pantalones” (La mesa chica, p. 50).

Micrós también escribe sobre las supersticiones propias del pueblo, entre otras la creencia en los cocos, los viejos, el pobre, etc. Y así lo relata:

Las criadas sacaban a colación estúpida-
mente el relato de los cocos y viejos que
habían de cargar de ellos (Si La Niña
Supiera, p.65). ¡Vaya unos niños! Si no
se callan apago la vela y me voy. Arró-
pense y duérmanse... o se los lleva el pobre
y viene el muerto a jalarles los pies (Si La
niña supiera, p. 71).

 

Además de los personajes del pueblo, con sus problemas y su miseria, a Micrós le interesa hablar de los animales a los cuales da vida y compara con los seres humanos.

Tortilleras, 1912. Foto Lupercio. Archivo General de la Nación.

El animismo que hay en los cuentos de Micrós fue muy apreciado en su momento. Actualmente es muy común ver a los animales de caricaturas hablando y actuando como seres humanos.

Los ejemplos en la obra de Micrós son varios, como el de El Chiquitito del cual dice:

El pobre Chiquitito, el infeliz canario,
tenía sed de las aguas de un charco...
¡Pobre cautivo! Su distracción única era
dominar con
la mirada la acera de
enfrente
(p. 4).

 

 

Y haré la comparación del destino del Chiquitito con el de muchos hombres diciendo:

¡Cuántas ilusiones se parecen al pájaro
prófugo, enterrado en una maceta, sin
flores, sin lágrimas, sin epitafios, con un
abrojo y profanada por los gatos! (El
Chiquitito, p. 10)

 

 

Otros animales humanizados de los cuales nos habla son:

... un gato viejo, sensible (que) se llamaba
el Mamouth, pero le decían Mamú a secas.
Desde chico dio a conocer el muy hipó-
crita lo que iba a ser de grande: ¡canalla!

 

 

y El Pinto, Abelardo y Gladiator.

Para ubicar a los protagonistas de sus obras Micrós describe su ambiente, como antes se dijo, presentando aquellos lugares habitados por la clase media y baja de la capital.

Con estas descripciones se puede hacer un viaje de recuerdos por la vieja ciudad de México en el siglo pasado.

Por ejemplo, hay un cuento titulado Dos Besos que está dividido en dos secciones (Antes y Ahora). En la primera parte se refleja como un cuento típicamente romántico, con un escenario de ayer: el Castillo de la Selva Negra. En la segunda parte, Ahora, la obra se presenta con todas las características del realismo y es aquí donde Micrós hace una excelente descripción del escenario de su interés: los barrios pobres de la ciudad de México.

En ella Micrós habla del alumbrado público de esta capital, en la cual la gente tiene que vivir prácticamente de día, porque la iluminación es tan pobre que “a las nueve de la noche son un milagro los transeúntes”.

El alumbrado público es raro por aquellos
pobrísimos y apartados rumbos, en los que
a las nueve de la noche son un milagro los
transeúntes. De la luz eléctrica no existe
más que el poste y un farolillo de tremen-
tina pende de una cuerda atada al asta-
bandera de una pulquería y una T de palo
casi podrido
(Dos Besos, p. 59)

 

La descripción que hace del barrio miserable cuando nos muestra a los pobladores del lugar hacinados en construcciones rudimentarias y paupérrimas Así lo describe Micrós:

Dispersos jacales dejan escapar volutas de
humo y por las junturas se adivina una
hoguera de palos viejos, donde hierve el
maíz. Al reflejo de esa pobre lumbre mue-
len el nixtamal las mujeres, en tanto que
los niños lloran confundidos con el abuelo,
el tío, la prima y el compadre, en el mismo
petate.
(Dos Besos, p. 60)

 

Y en ese mismo barrio miserable, también se menciona, al igual que en La Rumba, la única novela de Micrós, el tren tirado por mulas que suena sus cascabeles:

 

Un último tren repiquetea sus cascabeles en la
esquina, señal inequívoca de que han dado las 8 y
media
(Dos Besos, p. 60)

 

 

Postal, Ciudad de México, 1910. Foto Duhart, H.,Archivo General de la Nación.

 

Y algo más sobre el transporte, esta vez de los desechos fecales, recogidos entonces por carros también tirados por mulas:

Enorme y maloliente tonel con ruedas,se
pierde en los oscuros campos; se oye el
apagado tañer de una campanilla que el
carretero lleva colgada del fajo, somno-
liento carretero que, con las riendas de la
mula sueltas, canta entre dientes melan-
cólica canción popular
(Dos Besos, p.60)

 

 

Pero no sólo describe los barrios de la ciudad sino que también habla de los interiores de las vecindades, de las casas, de los cuartos. Usualmente pinta la miseria de dichos lugares, pero otras se dedica a relatar sus recuerdos personales.

Por ejemplo en El reloj de casa, en Mi musa, o en El heredero, donde hace una minuciosa descripción de las habitaciones y nos menciona una presencia constante: el viejo reloj, con su tic-tac, al cual le da vida humana. Así lo relata Micrós:

No puedo olvidar aquella pieza que olía a
alcanfor. Me parece que veo a mi padre con
su gorra de terciopelo ...

Todo en calma, hasta el viejo reloj que
tenía en su eterno tic-tac, medroso mo-
nólogo algo del latir de un corazón.
(El
Reloj de Casa, p. 20)

 

 

Son múltiples los datos que el escritor nos ofrece para reconstruir muchas y variadas facetas de la vida en el siglo XIX, pues lo mismo habla de las comidas de ese tiempo, que de los juegos de los niños, de los productos que se expendían entonces y de los pregones empleados para anunciarlos. En fin, la obra de Micrós nos ofrece una perfecta pintura, un panorama acabado de lo que fue la vida en la ciudad de México durante el siglo pasado.

Bibliografía

DE CAMPO, Ángel.Ocios y Apuntes y La Rumba. México, Porrúa, 1993. (Colección de Escritores Mexicanos). Cosas vistas y cartones. México, Porrúa, 1986. (Colección de Escritores Mexicanos).

 

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