¡Que se queman
los tamales!
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Hace un año, a propósito
del Día de Muertos, Carmita Frías Bayona,
una
de nuestras más generosas colaboradoras tabasqueñas,
inauguró
en
este rincón la tradición de Rincones y Tradiciones,
espacio que
de
ahora en adelante invita a nuestros lectores a aportar
experiencias
que
hablen de esa riqueza de nuestras culturas.
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Haría
había crecido entre rituales, mitos y leyendas. Su familia,
año con año, rendía culto a los muertos, por lo que los
altares lucían abundantes de comida, tamales chontales*,
panes, dulces, bebidas; todo como ofren
da a
los difuntos, iluminados por velas, y perfumados con las
flores y el humo del sahumerio de resina selvática que penetraba
calando las raíces ancestrales.
Por
eso ella continuaba la tradición reuniendo a la familia
para recibir con alabanzas a las almas que venían del más
allá. Aquel 1º de noviembre el altar de María lucía pobre,
apenas una pequeña veladora parpadeaba como jugando con
las sombras de los retratos familiares e imágenes de santos,
testimonios silenciosos que aguardaban por alguien, entretanto
la rutina cotidiana caminaba con el día.
María
no tuvo para recibir con dulces a las almas de los niños
y angelitos,
y su
tristeza, reflejada en su rostro, la obligó a apartar los
pensamientos. ¿Cómo le haría para los tamales?, ¿qué ofrendaría
el dos de noviembre? Con esa preocupación se fue
a su trabajo; ya estaba por salir cuando aquel niño se acercó
alargándoleun bulto. Aquí le manda mi mamá para que
haga sus tamales le dijo; el rostro de la mujer se
inundó de alegría. Agradeció el regalo y presurosa se dirigió
a su casa, consiguió las hojas, el maíz, los guisos, las
velas y se dispuso al quehacer, pero el tiempo se le venía
encima, así que vecinos y familiares acudieron a ayudarla;
como a la una de la madrugada los tamales fueron puestos
al fuego, el esposo de María se quedó cuidándolos y echando
leña, mientras ella, cansada y satisfecha se durmió, tanto,
tanto, que
la madrugada
la sorprendió.
Fue cuando
entraron muchas visitas, alegres, bulliciosas, que apresuradas
la abrazaban con muestras de afecto. De pronto una voz exclamó:
¡Que se te queman los tamales, muchacha! ¡Hijita,
eso que tienes en el fuego se te está quemando!
¡Luis,
los tamales se quemaron! y como bólido corrió hacia
la cocina.
La casa
invadida por el humo dejaba sentir el olor a quemado de
la pérdida inesperada. Había despertado del sueño, las visitas
se habían ido, y humo, mucho humo llenaba la casa. Apagó
la lumbre y se volvió a la cama muy triste.
Entretanto,
su esposo había encendido las velas, puesto la ofrenda y
el altar lucía espléndido. Cuando María se levantó nuevamente,
se dirigió a elevar su oración; sorprendida expresó: -¿No
se quemaron los tamales ? No, no se quemaron, si vieras,
están riquísimos; ya los puse en la ofrenda; pero fueron
las ánimas que me despertaron en la madrugada comentó
Don Luis.
María
guardó un silencio respetuoso, pensando: Sólo fue
un sueño, un atribulado sueño en el Día de Muertos y elevó
su oración; luego, fortalecida en su espíritu, dispuso la
mesa familiar para recibir las visitas. Era el dos de noviembre
de un año tardío que se fugaba al pasado de un siglo en
agonía.
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Tamales
chontales Alimento tradicional para las ofrendas.
Porción de masa colada con sal y manteca. En el centro
lleva un guisado de carne de cerdo o pavo en adobo
con achiote o en chirmol negro. Uno para bodas o fiestas,
el otro para el Día de Muertos. Se envuelve en hoja
de plátano, se cocina al vapor, y el guiso es a base
de semillas de calabaza, ajonjolí, tortilla; todo
tostado y molido, hierbas de olor (epazote) y especias
como comino y orégano.
BECERRA,
Marcos A. Rectificaciones y adiciones al Diccionario
de la Real Academia Española. Consejo Editorial
del Estado de Tabasco, México, 1980.
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