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Correo del Maestro Núm. 18, noviembre 1997

Rincones y Tradiciones

María del Carmen Frías Bayona

¡Que se queman los tamales!

Hace un año, a propósito del Día de Muertos, Carmita Frías Bayona,

una de nuestras más generosas colaboradoras tabasqueñas, inauguró

en este rincón la tradición de Rincones y Tradiciones, espacio que

de ahora en adelante invita a nuestros lectores a aportar experiencias

que hablen de esa riqueza de nuestras culturas.

Haría había crecido entre rituales, mitos y leyendas. Su familia, año con año, rendía culto a los muertos, por lo que los altares lucían abundantes de comida, tamales chontales*, panes, dulces, bebidas; todo como ofren

da a los difuntos, iluminados por velas, y perfumados con las flores y el humo del sahumerio de resina selvática que penetraba calando las raíces ancestrales.

Por eso ella continuaba la tradición reuniendo a la familia para recibir con alabanzas a las almas que venían del más allá. Aquel 1º de noviembre el altar de María lucía pobre, apenas una pequeña veladora parpadeaba como jugando con las sombras de los retratos familiares e imágenes de santos, testimonios silenciosos que aguardaban por alguien, entretanto la rutina cotidiana caminaba con el día.

María no tuvo para recibir con dulces a las almas de los niños y angelitos,

y su tristeza, reflejada en su rostro, la obligó a apartar los pensamientos. ¿Cómo le haría para los tamales?, ¿qué ofrendaría el dos de noviembre? Con esa preocupación se fue a su trabajo; ya estaba por salir cuando aquel niño se acercó alargándoleun bulto. —Aquí le manda mi mamá para que haga sus tamales— le dijo; el rostro de la mujer se inundó de alegría. Agradeció el regalo y presurosa se dirigió a su casa, consiguió las hojas, el maíz, los guisos, las velas y se dispuso al quehacer, pero el tiempo se le venía encima, así que vecinos y familiares acudieron a ayudarla; como a la una de la madrugada los tamales fueron puestos al fuego, el esposo de María se quedó cuidándolos y echando leña, mientras ella, cansada y satisfecha se durmió, tanto, tanto, que

la madrugada la sorprendió.

Fue cuando entraron muchas visitas, alegres, bulliciosas, que apresuradas la abrazaban con muestras de afecto. De pronto una voz exclamó: —¡Que se te queman los tamales, muchacha! ¡Hijita, eso que tienes en el fuego se te está quemando!

—¡Luis, los tamales se quemaron!— y como bólido corrió hacia la cocina.

La casa invadida por el humo dejaba sentir el olor a quemado de la pérdida inesperada. Había despertado del sueño, las visitas se habían ido, y humo, mucho humo llenaba la casa. Apagó la lumbre y se volvió a la cama muy triste.

Entretanto, su esposo había encendido las velas, puesto la ofrenda y el altar lucía espléndido. Cuando María se levantó nuevamente, se dirigió a elevar su oración; sorprendida expresó: -¿No se quemaron los tamales ? —No, no se quemaron, si vieras, están riquísimos; ya los puse en la ofrenda; pero fueron las ánimas que me despertaron en la madrugada— comentó Don Luis.

María guardó un silencio respetuoso, pensando: —Sólo fue un sueño, un atribulado sueño en el Día de Muertos y elevó su oración; luego, fortalecida en su espíritu, dispuso la mesa familiar para recibir las visitas. Era el dos de noviembre de un año tardío que se fugaba al pasado de un siglo en agonía.

Tamales chontales —Alimento tradicional para las ofrendas—. Porción de masa colada con sal y manteca. En el centro lleva un guisado de carne de cerdo o pavo en adobo con achiote o en chirmol negro. Uno para bodas o fiestas, el otro para el Día de Muertos. Se envuelve en hoja de plátano, se cocina al vapor, y el guiso es a base de semillas de calabaza, ajonjolí, tortilla; todo tostado y molido, hierbas de olor (epazote) y especias como comino y orégano.

BECERRA, Marcos A. Rectificaciones y adiciones al Diccionario de la Real Academia Española. Consejo Editorial del Estado de Tabasco, México, 1980.

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