Volver al índice

Correo del Maestro Núm. 18,noviembre 1997

La enseñanza de la historia de América Latina*

Claudia Wasserman

Por qué aprendemos y enseñamos la historia europea como si fuera la historia de la humanidad? ¿Y por qué en Brasil sabemos más sobre la historia medieval europea que sobre la historia de México contemporáneo, y en México se enseña más sobre la historia francesa que sobre la historia brasileña? Muchos chilenos saben, por ejemplo, que Hitler mató a millares de judíos en la Segunda Guerra Mundial, pero desconocen muchos aspectos de la dictadura militar Argentina de los años 70 que tenía elementos de persecución característicos del nazismo.

¿Qué sucedió en la historia de esos países para que ellos se dieran las espaldas unos a otros, a pesar de las coincidencias en lo tocante a la historia de la conquista, de la colonización, de los procesos de independencia y en la propia configuración nacional?

Debemos buscar la respuesta justamente en los procesos históricos que le impusieron a los países de América Latina una posición subordinada en el concierto de las naciones.

Primero la conquista, después la explotación colonial, en seguida la penetración imperialista fueron las formas encontradas por los países centrales del capitalismo para la succión de los excedentes de producción latinoamericanos y, en todos los períodos, la burguesía metropolitana encontró, en América Latina, las élites como "compañeras ideales" en el proceso de explotación capitalista. La explotación sucesiva de las riquezas latinomericanas, la pauperización de los trabajadores y la imposición de determinadas tareas productivas impuestas a esos países por la división internacional del trabajo, transformaron a los países latinoamericanos en países pobres, atrasados y, como se acostumbraba decir, subdesarrollados.

Siendo así, los intelectuales latinoamericanos —aquellos que eran y son responsables por la imagen que el país tiene de sí mismo y por las propuestas presentadas como solución a los problemas estructurales— pasaron a formular ideas acerca de las causas del subdesarrollo y buscar soluciones para el atraso.

Desde los próceres de las independencias, pasando por el siglo XIX en el proceso de formación de los Estados nacionales, hasta los días de hoy, lo más común es que los pensadores y políticos latinoamericanos encuentren la solución de los males de América Latina en la copia, o sea, en la importación indiscriminada de los modelos europeo y norteamericano de civilización.

La atracción por el progreso comenzó con Bolívar que, a lo largo del proceso de independencia de la América española, buscaba revertir la fragmentación del subcontinente:

"Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un único vínculo que conecte sus diversas partes al todo. Visto que tienen un único origen, una lengua, idénticas costumbres y misma religión, deberían, muy naturalmente, tener un único gobierno que confederase los diferentes estados que vengan a formarse; pero no es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres dispares dividen la América. ¡Cómo sería bello si el Istmo del Panamá fuese para nosotros lo que el Corinto era para los griegos! Ojalá tuviésemos la suerte de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios, para tratar y discutir los altos intereses de la paz y de la guerra con las naciones de las otras tres partes del mundo..." [1]

 

Bolívar evocaba el ejemplo griego (europeo), mientras Mariano Moreno, líder de la independencia Argentina, evocaba el ejemplo norte-americano,

"El emprendimiento de la obra de nuestra libertad, a la verdad, es tan grande, que por su aspecto tiene similitud con los palacios de Siam, que con tan magníficas entradas, no presentan en su interior sino edificios bajos y débiles; pero la Providencia que desde lo alto examina la justicia de nuestra causa, la protegerá, sin duda, permitiendo que de los desastres saquemos lecciones las más importantes. Porque aunque algunos años antes de la instalación del nuevo gobierno se pensó, se habló, y se hicieron algunas combinaciones para realizar la obra de nuestra independencia, ¿diremos que fueron medios capaces y suficientes para realizar la obra de la independencia del Sud, pensarlo, hablarlo y prevenirlo?(...)

Permítaseme decir aquí, que a veces la casualidad es la madre de los acontecimientos, pues si no se dirige bien una revolución, si el espíritu de intriga y ambición sofoca el espíritu público, entonces vuelve otra vez el estado a caer en la más horrible anarquía. Patria mía, ¡cuántas mutaciones tienes que sufrir! ¿Dónde están, noble y grande Washington, las lecciones de tu político? ¿Dónde las reglas laboriosas de la arquitectura de tu gran obra? Tus principios y tu régimen serían capaces de conducirnos, proporcionándonos tus luces, a conseguir los fines que nos hemos propuesto.

  En esta verdad las historias antiguas y modernas de las revoluciones nos instruyen muy completamente de sus hechos, y debemos seguirlos para consolidar nuestro sistema, (...) [2]

José de San Martin

Las sabias palabras de Mariano Moreno pasaron a ser seguidas "al pie de la letra". Aun-que sea verdad la premisa "las historias antiguas y modernas enseñan muchas lecciones", los pensadores políticos tomaban esas historias como modelos ideales y como las únicas salidas para el atraso de América Latina. Principalmente los dirigentes políticos y los intelectuales ligados al poder miraban hacia lo que era auténtico y nacional con desprecio y, al mismo tiempo, admiraban las "luces" venidas del extranjero como portadoras del progreso y de la civilización.

A lo largo del siglo XIX, el positivismo hizo fortuna en los países latinoamericanos y sirvió para justificar el poder de las oligarquías exportadoras de materias primas y la exclusión política de la mayoría de la población, bajo el lema hasta hoy en vigor en la bandera de Brasil: "orden y progreso". O sea, los positivistas señalaban el clima, la geografía y las razas peculiares de América Latina como las principales responsables del desorden y del atraso. Proponían gobiernos fuertes, que consiguiendo eliminar los "obstáculos de autenticidad", fuesen capaces de darles un aire más europeo a los países latinoamericanos.

Simón Bolívar

Estas ideas prevalecieron durante todo el siglo XIX y por ellas Brasil no miraba hacia Argentina, Argentina no miraba hacia Chile, Chile no miraba hacia Venezuela, y así sucesivamente. Todos miraban hacia el océano, esperando que de él viniesen las tan aguardadas luces... Aún al final del siglo XIX y al comienzo del siglo XX, algunos autores ya sabían que las "luces" venían acompañadas de la espada y de sangre.

El cubano José Martí y el uruguayo José Enrique Rodó fueron los precursores de la Hora Americana, supieron precozmente de los males advenidos de la copia, prevenían acerca de la penetración imperialista y proponían la valorización del indio, del negro y de la raza mestiza. Martí proponía la valorización de la cultura prehispánica y que se realizase una segunda independencia.

Jamás hubo en América, de la independencia a acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menos poder (...) ahora, después de ver con ojos judiciales los ante-cedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia.

 

El ensayo Ariel, del uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917), fue publicado en 1900 y evocaba un "espíritu" latinoamericano rechazando el utilitarismo y la mediocridad de la democracia norteamericana. Rodó fue proclamado como el profeta del "nuevo idealismo" latinoamericano e inspiró, de manera directa, una serie de intelectuales del subcontinente, llamados "arielistas".

Además de esos precursores, el impacto causado por la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, la Revolución Mexicana y por la crisis de las oligarquías, hizo nacer en la intelectualidad latinoamericana sentimientos de desencanto con la tan anhelada civilización europea y, al mismo tiempo, la visualización de la alternativa nacional-democrática y del socialismo. Hasta la mitad del siglo XX, los países de la América Latina vivieron la época de apogeo del nacionalismo y, a pesar de que muchos movimientos reivindicaron, en este período, la necesidad de procesos de integración subcontinental, los gobiernos nacionalistas estaban mucho más empeñados en el desarrollo interno, especialmente en la creación y consolidación de parques industriales. El envolvimiento europeo y norteamericano en la crisis que se abrió con la Segunda Guerra Mundial, permitió un aflojamiento de las relaciones de dependencia y, consecuentemente, la industrialización de algunos países, como Brasil, México, Chile y Argentina.

 Este crecimiento económico —incapaz de apartar a esos países de la condición de eslabones débiles en la cadena imperialista— fue responsable por las ideas de nacionalismo chauvinista y de predisposición de potencia. Este desarrollo industrial en los moldes impuestos por los países centrales del capitalismo generó competencia entre las naciones latinoamericanas e ideas de subimperialismo mismas que eran comunes entre las élites de esos países. En este sentido, aunque en las primeras décadas del siglo XX hayan surgido los primeros movimientos políticos que tenían ideas de integración latinoamericana, después de la segunda mitad del siglo, las élites de los países de la América Latina demostraban una vez más el deseo implícito de imitar a los países europeos y a los Estados Unidos.

Actualmente, y principalmente después del final de la guerra fría, la tendencia a la formación de bloques económicos regionalizados parece volver a encender las ideas de integración entre los países latino-americanos. Sin embargo, para que eso ocurra en el plan económico, los profesores de historia tienen el papel fundamental de dar a conocer las costumbres, hábitos, modos de vida e intereses de los vecinos que por tanto tiempo permanecieron aislados en un mismo continente. La integración cultural no es más importante que la integración política y económica, pero ella es precondición de aquéllas. Parejas que no se conocen no se integran. Ésa es una tarea para los maestros, los músicos, los artistas, los artesanos y no para la retórica de los políticos y economistas.

________________________________________

[1] BOLÍVAR, Simón. Escritos Políticos. Lisboa: Ed. Estampa. 1977. p. 98, intitulada "Cartas de Jamaica: respuesta de un americano meridional a un caballero de esta isla". Kingston, 6 de septiembre de 1815.

[2] MORENO, Mariano. Plan Revolucionario de Operaciones: Buenos Aires: Plus Ultra 1975, 3 ed. p. 24, 25 y 26: Originalmente escrito en agosto de 1810.

Volver al índice